miércoles, 24 de diciembre de 2008

sábado, 15 de noviembre de 2008

PAJARILLO

A mitad de camino, volví la cabeza. Allí estaba ella como una preciosa flor celeste, en medio de un gran telón de fondo de árboles amarillos y ocre. Ahora, en otoño, perdían sus hojas. Me dirigía al kiosko, situado a unos 200 metros del banco del parque donde nos habíamos sentado hacía ya más de media hora, después del instituto. Los de segundo de Bachillerato teníamos los jueves Química de 4 a 6 y siempre nos íbamos ella y yo a ese parque, desde que empezamos a salir, hace un mes.

La tarde caía y el sol le daba de frente, como un enorme foco de luz anaranjada. La miré, y era una reina en su trono, una hermosísimo trozo de cielo rodeado de filigranas de oro. Otra vez experimenté el placer y la emoción de estar contemplando a una diosa en el paraíso.

Seguí andando. Casi había llegado. No se me iba la preocupación que me había torturado toda la tarde. ¿Por qué ese silencio de María? ¡Había estado tan callada todo el rato! Casi parecía no oírme, casi no me había mirado. Dios, ¿qué le ocurría? Sin levantar sus benditos ojos, sólo decía sí o no, o me contaba historias tontas de su hermanito, que a mí me importaban un rábano. ¿Qué le pasaba? María, mi amor, mi estrella, la única por la que daría hasta la vida, no me hacía el más mínimo caso esa tarde. ¿Es que no quería estar conmigo? ¿Se encontraba enferma? No, enferma no. Precisamente hoy estaba estupenda, radiante, con ese conjunto de color celeste, pantalón y rebeca, y esa camisa estampada bastante trasparente, ajustada en el pecho, que dejaba entrever un sujetador blanco. ¡Bien que me fijé! Pero, para desgracia mía, puso la bolsa del Corte Inglés entre ella y yo nada más llegar, sin darse cuenta (¿o sí?) del gesto de tristeza y furia que hice. Se separó de mí por una triste bolsa, con no sé que regalo para no sé quien. No me enteré mucho de las explicaciones que me dio sobre eso. Porque yo quería estar muy cerca de ella, para que nuestros cuerpos se tocaran, y de que habláramos de nosotros. Estuve a punto de llorar, lo juro.

Me repuse un poco cuando, esta vez sí, mirándome de frente (ay, qué mirada de miel), me pidió que fuese a comprar una cocacola.

Y a eso iba al kiosco. Pedí una lata de coca para ella y un seven-up para mí. Pagué y emprendí el camino de regreso. ¿Me había mandado por refrescos para separarme de ella? Seguía igual, quieta como una estatua, linda estatua de cristal celeste. Las hojas caían a su lado, pero ni las veía, creo. Era seguro que María, la preciosa María, estaba allí, pero en realidad estaba en otro sitio, que tampoco yo sabía cuál. Su cabeza, su corazón se hallaban ausentes.

De pronto, un pajarillo se paró en su pierna. Un pajarillo que, extrañamente, llamó su atención. Piaba el insignificante animal y ella lo escuchaba, movía los ojos, incluso le dedicó dos o tres sonrisas... ¡Parecía que hablaban! Envidia, celos... eso fue lo que sentí, en forma de clavo que se me hincaba en el pecho a medida que me acercaba. María, mi princesa, tan muda para mí, charloteando con esa mierda de pajarillo. Pero, ¿de qué hablaban, si es que en realidad estaban hablando? A la envidia, a los celos, se unió la curiosidad. Así que mis pasos se aceleraron y también mi corazón y mi pulso.

Me faltaban ya dos o tres metros para llegar al banco. El pájaro creo que me vio, o me oyó, y se fue. María siguió con la mirada su vuelo.

Llegué y me senté de nuevo. ¿Eh? Dios, ¿qué está pasando? Ni me dio tiempo a darle su lata. María se levantó, creí que se marchaba. Pero no, ni mucho menos. Más que ver, noté, sentí sus tibias manos en mis hombros... Un torrente de sangre hirviendo se precipitó por todo mi cuerpo. ¡María, María! La siguiente descarga de placer vino cuando la niña, mi deseada, se sentó en mis piernas y puso sus labios en los míos. Y ya no era yo, era una hoguera de rojo fuego el que la abrazó, después de dejar caer, creo, las latas a no sé donde. Y ya no era María, era un río de almíbar celeste, derramado encima de mi persona. De mi afortunada persona, que tuvo oídos para escuchar un divino rumor de su boca, pegada a mi oreja: “Manu, sí, te quiero”.





Gracias, muchas gracias, un millón de gracias, mil millones..., todos los millones de gracias, hermano pajarillo, endeble gorrión, mágica ave... del parque. Gracias, seas quien seas. ¿Qué fue lo que le dijiste?
JARAMOS.G

sábado, 8 de noviembre de 2008

QUIERO SER COMO LA LUNA

<< “Debemos esforzarnos por ser como la luna”. Un anciano de Kabati repetía esta frase a la gente que pasaba por su casa camino del río para coger agua, cazar, recoger vino de palma, o iba camino de las plantaciones. Recuerdo haber preguntado a mi abuela qué quería decir el anciano. Me explicó que el dicho servía para recordar a la gente que debía comportarse bien y ser buena con los demás. Que las personas se quejan cuando hace demasiado sol y el calor se vuelve insoportable, y también cuando llueve mucho o cuando hace frío. Pero, dijo, nadie se queja cuando resplandece la luna. Todos se sienten felices y aprecian la luna, cada uno a su manera. Los niños observan sus sombras y juegan aprovechando su luz, los mayores se reúnen en la plaza para contar historias y bailar toda la noche. Suceden muchas cosas agradables cuando sale la luna. Estas son algunas razones para querer ser como la luna. […]

Desde que mi abuela me dijo por qué deberíamos esforzarnos por ser como la luna, decidí firmemente intentarlo. >>


Y yo, en cuanto que leí este pasaje, que vale como un remanso en el contexto de la durísima novela Un largo camino. Memorias de un niño soldado, de Ishmael Beah.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA (y II)

Entro en esta segunda parte del artículo sobre el de la señora Ana Navarro acerca de “Educación para la ciudadanía”, recordando que en la primera expresaba yo mi oposición a que a esa faceta de la formación de los niños y jóvenes le cuadrara bien el formato de asignatura. Tampoco a otras, como por ejemplo la “Vida moral” y parecidas.

Decía que valores y virtudes como el respeto, la tolerancia, el diálogo, etc., se promueven mejor de otra manera. Ahora, para no quedarme en la pura crítica, es decir, para ser constructivo y aportar algo, pues el asunto me parece de sumo interés, quiero brindarles (a Doña Ana y a todo el que quiera seguir leyendo), con toda modestia y humildad, algunas otras vías, más eficaces y apropiadas a mi modo de ver, para llegar al fin que parece ser se propone la citada materia escolar.

Ya he mostrado, a título de ejemplo, el método de aquella madre (que, reitero, tanto me recuerda a la señora Navarro) que regaló una ametralladora a su hija. Ese sería el método “vivencial”, consistente en que los niños tengan experiencias de las cuales se destilen en su mente y en su corazón los principios morales y cívicos en cuestión. Mejor experiencias positivas que negativas, claro está, pero sin descartar éstas.

Otro instrumento educativo, tal vez el más poderoso tratándose de niños, es el ejemplo. Me refiero al ejemplo de los adultos, naturalmente. Todos los padres y madres saben que los hijos “hacen lo que ven”, como suele decirse. O sea, el elemento verdaderamente determinante es el modelo a que están expuestos en casa, en la escuela y en todos los demás contextos en donde se desenvuelven, sin excluir el de los medios de comunicación, de tan gran impacto. Pero para que el ejemplo surta el efecto deseado tiene que cumplir algunos requisitos: tiene que ser global y a la vez permanente. Esto es, todos los agentes educadores deben estar en la misma línea, y siempre, porque las contradicciones desorientan a los chavales y les forman una ensaladilla ética muy perniciosa, de la que todos conocemos ejemplos (dentro y fuera de la casa y del colegio). En síntesis, el niño tiene que estar inmerso y respirar, de modo constante, la atmósfera moral que se quiere que nutra, en el presente y en el futuro, las fibras de su personalidad. Una atmósfera clara, sin contaminaciones (o con las menos posibles, puesto que nadie, ni los padres ni los educadores, es perfecto).

Claro está que también hay que decirles cómo tienen que hacer las cosas y por qué, o sea, darles información, trazarle caminos explícitamente, darles pistas, advertirles, aconsejarles, incluso imponerles normas. Este sería el recurso más parecido a la enseñanza escolar, pero con una importantísima diferencia, sobre todo metodológica; una diferencia tan grande, que, insisto, la hace inasimilable a la forma de asignatura. La información que para un niño es relevante y realmente interioriza es aquella que se le presenta en el momento oportuno, cuando hay que hacerle ver que lo que ha hecho o dejado de hacer en ese instante es lo que debía o no debía, o cuando lo que debe hacer ahora es esto o lo otro. El aplazarla para cuando “toque sermón” o el adelantarla al momento de “explicación de la teoría” no sirven de nada. Creo yo (he vivido yo, he experimentado yo). Y esa es la principal distancia entre el método escolar y el método familiar, si puede llamarse así el que acabo de exponer. Naturalmente, en la escuela debe continuar la educación moral y social, es también responsabilidad suya, aunque en primera instancia lo sea de los padres; pero no debe equivocarse, aplicando el método típicamente escolar, el formato de asignatura, sino el método familiar. Método que posee otra característica: el sentimiento. Me refiero a que el chico o chica ha de captar que quien le está educando es una persona que le quiere; más aún, es una persona a la que él o ella quieren (admiran, adoran, etc.).

Por último, las sanciones. Los valores de la ciudadanía y los principios éticos en general se evidencian en comportamientos concretos. La sanción positiva (el premio, en sentido amplio: desde un beso a un regalo, pasando por todo lo intermedio, un “eso que quieres te lo tienes que ganar, si no…”) y la negativa (el castigo, también en sentido amplio, tendiendo a la privación de algo que, de haber tenido otra conducta, hubiera alcanzado) son refuerzos imprescindibles del comportamiento y de las actitudes que tras él laten. Para mí, el valor de la sanción está en que hace ver al chaval que algo puede perder o dejar de ganar, si no obra en un determinado sentido, y lo contrario. ¿Es necesaria? Yo creo que sí. A todos nos hacen falta empujoncitos para cuando la voluntad flaquea. Y la de los niños es débil. Sobre todo, porque carece aún de puntos cardinales claros y toma con facilidad sendas erróneas. Etc. De todos, que conste que mi postura consiste en defender la aplicación de todos estos instrumentos educativos conjuntamente; creo que aislados son muy poco eficaces. Unos se apoyan a otros.

De momento no se me ocurre nada más, señora Navarro y lectores en general. Casi seguro que me he quedado corto. Invito a que todo aquel que tenga alguna idea que añadir, lo haga. Se lo agradeceremos todos. Al menos, yo. Salvo que sea mantener la asignatura o poner otras del mismo corte.

Aun a riesgo de ponerme como el plomo, no quiero terminar sin volver a la poco afortunada determinación administrativa, que la señora Navarro apoya, de la asignatura para educar en lo cívico. Sólo para expresar mi asombro al escuchar de algunos amigos míos, profesionales de la enseñanza, la manera en que se está impartiendo. Por ejemplo, el curso pasado, es decir, el curso inaugural, cuando era la asignatura “estrella”, daba la materia el profesor de Tecnología, que era Licenciado en Física y se estaba preparando las oposiciones de Matemáticas. En otro, la enseñaba la profesora de Francés. Etc. En tales circunstancias, es lógico que muchos alumnos la llamaran, junto a otras, asignatura “pájaro”, porque “sólo servía para ver pasar la hora volando”. Esto no es serio. No lo es ni aun en el caso de que, como la señora Navarro, se esté de acuerdo con la implantación de la asignatura. Que no es serio quiere decir que es una hipocresía. Cosa muy grave, tratándose de la educación de los niños y jóvenes.

sábado, 6 de septiembre de 2008

EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA (I)

Hace unos días, revolviendo en las páginas y los archivos digitales de “El Sol de Antequera”, me topé con un artículo de la señora Ana Navarro (“Educar para convivir”), hasta hace poco concejala de mi pueblo y ahora responsable de no sé qué área en la Consejería de Cultura, con tampoco sé qué rango. La verdad, no sé mucho sobre las ocupaciones actuales de la señora Navarro, pero creo que eso no cuenta para lo que quiero tratar, que es de su artículo.
Es uno de los sopocientos que en los últimos tiempos se han escrito y publicado para valorar, apoyar y defender, o para hacer lo contrario, la asignatura llamada “Educación para la ciudadanía”, estrenada en los colegios el curso pasado. Si he captado bien el fondo de su planteamiento, la señora Navarro viene a decir lo que el siguiente párrafo de su exposición condensa: “La asignatura de Educación para la Ciudadanía va a educar a nuestros hijos e hijas para convivir, para ser más tolerantes, para tomar conciencia de lo que significa la igualdad, y el respeto a las diferencias. Valores éstos que no son de izquierdas ni de derechas, católicos ni musulmanes, sino de cualquier ser humano”.


Pues bien, yo no voy a entrar en la cuestión de si la citada materia conduce a la adquisición de valores que están o deben estar asumidos por todos los ciudadanos, o bien si constituye una vía de adoctrinamiento sesgado, de acuerdo con la ideología del partido que en cada caso gobierne. Es otro tipo de cosas las que quiero tocar, no los contenidos de la asignatura ni el consenso que idealmente debería concitar. Pero, antes, permítaseme esta rapidísima apostilla a las palabras de la señora Navarro, citadas antes, sobre tales aspectos: tengo para mí que, en muchos países musulmanes, el respeto a ciertos principios democráticos e incluso a los derechos humanos es inexistente o muy escaso. Ejemplos: lapidación de mujeres, condena de la homosexualidad, prohibición de la libertad de creencia y culto, etc. Derechos y principios que, supongo, la asignatura de “Educación para la ciudadanía” tendrá instaurados en su mismísima base conceptual y moral. Así que la autora del artículo que comento, tal vez tendría que haber modulado un tanto sus afirmaciones (cuando dice “valores éstos que no son de izquierdas ni de derechas, católicos ni musulmanes, sino de cualquier ser humano”) o no haber citado así, sin más, la religión que configura el sistema político de esos países y la mentalidad de muchos de sus ciudadanos.

Pero, como digo, no es a eso a lo que iba. Yo quería referirme a la manera en que ha cristalizado la intención del legislador de ayudar a que los niños y jóvenes adquieran una moral cívica adecuada y desarrollen un comportamiento acorde con ella: es decir, al hecho de que dicha intención se haya encarnado en una asignatura escolar. Igual que, hace un año o dos, también dio lugar a una materia de clase, llamada “Cambio social y nuevas relaciones de género” (título de concisión modélica, por cierto), el deseo de inculcar en los niños actitudes contrarias a la violencia doméstica, etc. A mí me parece que es una equivocación pensar que ese tipo de formación, la ciudadanía o el respeto al otro sexo y a todas las personas en general, etc., quepa en los límites de una asignatura o que ese sea el cauce e instrumento pedagógico más apropiado para tal tipo de educación. Hace algunos años, discutía a menudo con un compañero que defendía la postura inversa. Y argumentaba yo que hay enseñanzas que, tanto por su contenido como por la forma de transmitirlo que le es propia, requieren otro marco, otro emboque didáctico.

Me voy a explicar. Conozco desde hace muchos años a una señora, de la misma generación que la señora Navarro (quizás de su misma edad), que tiene una hija, más o menos como la suya. Cuando la niña era pequeña, su madre quiso educarla en la igualdad entre hombres y mujeres, etc. Y recuerdo que la citada señora, con muy buen criterio, lo que hizo fue fomentar en la niña ciertas preferencias, no sé si circunstanciales o permanentes, por algunos juguetes tradicionalmente masculinos. Sé, porque me lo dijo, que un año los Reyes le dejaron una ametralladora. Seguramente, la señora Navarro reprobaría hoy esa conducta, por belicista, incitadora de la violencia… Aquella madre, no sé si también Doña Ana en igual situación, no reparó quizás en ese detalle y puso todo el énfasis en el simbolismo igualitario. O no estaba en esa movida. Todos tenemos un pasado del que nos resistimos a hacer "memoria histórica". Tal vez ella y la señora Navarro se proclamen ahora contrarias a los juguetes bélicos, como una manera de parecer (no necesariamente ser) pacifistas. Bueno, no sé. No entremos en juicios de intención. Con lo que me quiero quedar es con el procedimiento que la mujer empleó, muy sabio por cierto: en vez de largarle a la tierna niña un sermón o de hacerle aprender de memoria el tema, actuó educativamente por vía de los hechos: poniendo es sus manos un objeto que la igualaba a los niños. Estoy seguro que con ese detalle y con la suma de otros en la misma línea, la cría lograría aprender más que si hubiese cursado “Cambio social y nuevas relaciones de género” con resultado de Sobresaliente. Felicidades, pues, para esa señora, que, insisto, tanto me recuerda a Doña Ana.

Como digo, el error de nuestros gobernantes no está en sus intenciones, que no conozco, pero que supongo buenas (¿Mucho suponer? Quizás, pero dejemos eso para otro día). Y consiste en el procedimiento elegido: instituir una asignatura, que al final es un libro de texto, unas lecciones de memoria, unos exámenes, etc., etc., cosas que se memorizan para el momento y después, si te vi, no me acuerdo. Como, por ejemplo, los ríos de África, que todos hemos estudiado y, salvo el Nilo y alguno más, poca gente (europea, por ejemplo) recuerda. Con unas clases sobre ciudadanía o sobre igualdad de género, no se aprende a ser ciudadano ni a dejar el machismo ni a ser buena persona ni nada por el estilo, señora Navarro. Ya ve usted, ni siquiera se aprenden -para siempre, que es lo que importa- los ríos de África, que son un contenido más acorde con el método académico…

Dejo aquí mi comentario, para seguir en un próximo artículo, en el que haré algunas propuestas de cómo se me ocurre a mí que se podrían hacer las cosas para que fueran mejores ciudadanos los niños y jóvenes, ahora y luego, cuando lleguen a adultos.

viernes, 22 de agosto de 2008

Músicos de chatarra












Hoy van sólo fotos. Me compré estos dos curiosos músicos, realizados con tornillos y piezas similares, para hacer una serie de fotos que obraran como conjunto. Soy aficionado, sólo eso. Pongo aquí algunas de las que he tirado hasta ahora (o no he tirado, según se mire).



























































miércoles, 20 de agosto de 2008

LAS CALLES DE MI PUEBLO (III): "DOS CALLES APOCOPADAS"

Hoy le toca el turno a dos espacios urbanos que, por mor de su nombre, admiten, aplicado con ancha laxitud, el calificativo de “apocopados”. Como el lector sabrá, la apócope es un fenómeno lingüístico por el cual se suprime la parte final de una palabra: “san” de “santo” , “primer” de “primero” o, en la pronunciación coloquial, “mu” de “muy”, “pa” de “para”, etc. Los nombres que voy a mencionar, el de una calle y el de una plaza, son expresiones recortadas, cercenadas, mutiladas, como ocurre a los términos apocopados, aunque no se trata exactamente de eso, pues confieso que utilizo el concepto con mucha alegría. Diré ya que son la calle Obispo, o del Obispo, y la plaza de Castilla, o Castilla.

En cuanto a la primera, mucha gente recordará que su nombre anterior era “calle del Obispo Muñoz Herrera”. Le fue asignado en honor y recuerdo del prelado antequerano Juan Muñoz Herrera, quien rigió la diócesis de Málaga desde el año 1896 hasta su juerte, en 1919. Sin embargo, como era de esperar, ningún habitante, grande o chico, culto o menos culto, dice el nombre extenso desde hace tiempo, sino el abreviado, calle del Obispo, y nadie o muy pocos recuerdan la figura del eclesiástico evocada por la mención de la calle. Para quienes no sean de la localidad o lo ignoren, la vía de la que hablamos no es de categoría menor, dentro del contorno urbano de la ciudad: la transitan en abundancia peatones y vehículos, pues sirve de enlace entre la calle de San Pedro, muy próxima a la salida y entrada hacia o desde Málaga y Granada, y las plazas Fernández Viagas y San Francisco, o el Mercado Central de Abastos y sus alrededores, e incluso, yendo a pie, la Calzada. Además, en el período escolar, los alumnos (y los papás o mamás de los más pequeños) abarrotan la entrada al prestigioso colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. El porqué del triunfo de la variedad breve, calle del Obispo, que señala la dignidad y no los apellidos de quien la ostentara, es bastante fácil de entender, pues responde a la tendencia natural a la reducción y acortamiento de las palabras que presentan todas las lenguas, tendencia muy viva, sobre todo, en la modalidad oral coloquial. Está claro, además, que, habiendo en el pueblo una sola calle dedicada a un obispo, se prefiera la expresión mínima identificadora (por un principio obvio de economía designativa). A lo que no le encuentro explicación es al respaldo institucional al recorte, pues no quiero pensar que el simple hecho de ser un hombre de religión católica o el de su relación personal con Romero Robledo -que ni llegaba supuestamente al grado de amistad- o incluso el mero olvido popular del personaje basten para mutilar el nombre, disimular así la mención y reducir a la nada el homenaje que en su día se quiso tributar a un hijo de la localidad.

Por su parte, la plaza de Castilla no tiene trazas de apócope a simple vista. Únicamente si se sabe la historia de esta nominación, se comprende el paralelismo con la anterior. La plaza fue, hasta los años 60, si no recuerdo mal, un simple llano, más o menos cuadrado, abierto, igual que hoy, por dos costados, el que mira a la Plaza de Toros y el opuesto. La fuente que había en este lado aprovisionaba de agua a las familias de los alrededores, a base de cántaros, penosamente transportados, casi siempre, por las abnegadas amas de casa. La gente conocía, lógicamente, el sitio como el “Llano”. En él jugábamos los niños del barrio por las tardes y todas las ferias se congregaba una gran multitud para presenciar la quema de fuegos artificiales, que allí se producía. Recuerdo que muchas de las varillas de los cohetes caían en mi patio. Un año, la mañana siguiente a los fuegos, apareció un paracaídas pequeñito, en el cual había descendido, encantadoramente lenta, una de las llamitas de colores de la noche pasada. Ese paracaídas fue mi objeto preferido, pieza de mi tesoro infantil más preciada, durante mucho tiempo. Pues bien, creo que en los años 60, tal vez al final de la década, el Llano se convirtió en una plaza, a la cual se le puso el nombre de “Plaza de José Castilla Pérez”, personaje que en esos momentos era Gobernador Civil de Málaga. Como es natural, un nombre “tan largo” (en contraste, por cierto, con la estatura de la persona, que era visiblemente “corta”) y tan relacionado con una época y un sistema político, estaba poco menos que esperando la piqueta que lo demoliera. Curiosamente, no ocurrió la desaparición o sustitución, sino otro hecho, la desfiguración por mutilación, que es lo que me lleva al paralelismo apocopal con la calle del Obispo. En los primeros años de la democracia, cuando en muchas poblaciones se impuso un modo particular de ruptura con el pasado, cual fue la permuta de los nombres de calles y plazas (en mi pueblo también ocurrió, según veremos en otro artículo), el derribo de estatuas, etc., lo que hizo aquí el Ayuntamiento con la plaza fue extirpar el nombre de pila y el segundo apellido del Gobernador, para que quedase exclusivamente “Plaza de Castilla” y la memoria de una región española supliera así a la de un personaje y a la consiguiente rememoración histórica y política. De tal modo, el topónimo Castilla, que prácticamente constituye un universal denominativo en el callejero hispánico, ha hecho olvidar el mucho más estrecho homenaje a una autoridad política de quinta, sexta o séptima fila y ha contribuido, sin que fuera quizás necesaria la ayuda, a borrarla por completo de la memoria local. La verdad es que a nadie asombró el cambio, si es que alguien reparó en él, porque el alias popular era, desde hacía tiempo, “Plaza de Castilla” o “Plaza Castilla”. Ante hechos como este, me reafirmo en mi teoría, según la cual las calles, plazas, plazuelas, callejones, pasajes, instituciones, organismos… no deberían recibir nombres de personas, pues se hacen prontamente caducos. A no ser que se trate de figuras de importancia y calidad realmente extraordinarios, verdaderas cumbres de la historia, aceptadas unánimemente. Que son muy pocas, por cierto.

Así, pues, el nombre actual de la céntrica, hermosa y concurrida plaza, presidida por los “enamorados de La Peña”, es una especie de apócope, de origen popular también, como la calle del Obispo, según decisión colectiva y espontánea, no intencionada supongo, aunque respaldada y consagrada, siguiendo algún criterio o pauta políticos o ideológicos (más claros en un caso que en otro), por el Ayuntamiento.

Tal vez el lector esté pensando por qué no he metido en este saco la también apocopada calle Infante, la arteria principal del pueblo. La tengo en cuenta, pero trataré sobre ella en otro artículo, pues constituye un caso un tanto peculiar.

lunes, 18 de agosto de 2008

KONRAD


El título completo del librito que quiero comentar es este: Konrad o el niño que salió de una lata de conservas, muy conocido en los ambientes escolares y de animación a la lectura. En realidad, es un clásico de la llamada “literatura infantil y juvenil” y constituye, por lo tanto, una referencia dentro de este ámbito. Se publicó en 1975. Su autora es Christine Nöstlinger, escritora austríaca, que ganó el prestigioso Premio Andersen en 1984. Signo de la calidad, la popularidad y la aceptación del libro es el número de ediciones que ha conocido: la última en castellano es, si estoy bien informado, la número 45. Puede leerse gratis aquí: http://colegios.pereiraeduca.gov.co/instituciones/galeriadigital/Espanol/_Literatura/Doc_web/Libreria%20infantil1/sites/rincon/trabajos_ilce/konrad/sec_4.html

Un resumen del argumento, más o menos completo, aparece, entre otras muchas páginas, en esta: http://es.shvoong.com/books/476527-konrad-el-niño-que-salio/.Y reseñas y comentarios también se encuentran abundantemente en la red. Valoraciones las hay de todo signo; véanse estas dos muestras extremas, primero la negativa (que parece, curiosamente, de un niño o niña, cuyo “estilo” mantengo), luego la positiva (curiosamente también, de un adulto):


“el liBroo es una mierda,, a parte de q ni siqiera me entere de nada mientras lo leiamos en clase es bastante royo podia averse enroollado menos contando la historia me aburria demasiado eStuuviimoos un monton d tiempo leyendolo menos mal q ya lo hemos acabado xq estoy del puto libroooo hasta el ...” http://es.shvoong.com/books/476527-konrad-el-niño-que-salio/


“La cantidad de aventuras, situaciones y escenas en las que se mete la señora Bartolotti en su intento de lidiar con la crianza del niño, la forma en que el niño se va desarrollando en un entorno lleno de locuras (pero de muchísimo cariño), y el suspenso que generan los siniestros personajes de la compañía que envió a Konrad y que pretenden quitárselo a la señora Bertolotti, hacen de esta novela una de esas lecturas en las que no pasa una página sin que riamos, nos sorprendamos o simplemente apresuremos la lectura para llegar al siguiente capítulo. […] Bien, este libro ya tiene sus años, pero creo que es de esos libros que no vencen nunca. […] De hecho, leer este libro seguramente me hizo ser un niño un poco más feliz.” http://agaliletras.blogspot.com/2008/05/konrad-o-el-nio-que-sali-de-una-lata-de.html


Justo es decir que abundan las opiniones favorables, de personas a las que les encantó la lectura del librito.

A mí también me gustó mucho. El libro te atrapa y lo lees de un tirón. De hecho, yo me lo bebí de tres o cuatro tragos, mientras viajaba de Munich a Málaga, en cinco o seis horas, entre las de espera y las de vuelo. Los personajes son cándidamente encantadores, incluso los “malos” (los de la fábrica de niños) y las ocurrencias de la madre a la fuerza, las del niño, las de la vecinita, las del papá por acuerdo, etc., resultan muy divertidas… Y tiene su intriga, a partir del momento en que el niño, que ya es un ser querido e incluso admirado por los “suyos”, corre el riesgo de ser rescatado por la fábrica y reenviado a otro destinatario más juicioso. De todos modos, no me parece que sea un relato para niños menores de 12 años, y creo que me quedo corto.

Dicho esto, quiero centrarme en un aspecto concreto de la obra que es, por otra parte, muy ostensible. Me refiero al mensaje, a la visión de la vida que rezuma por todos los poros la historia. O, mejor dicho, a uno de los mensajes. Se evidencia a partir de un constraste muy marcado entre la personalidad de la madre y la del niño. Ella es el modelo antisistema, antinormas, antiformalismos, anticoherencia, anti… todo. Actúa por impulsos, según su santa voluntad, que casi siempre le dicta conductas contrarias a las habituales entre sus semejantes (“La señora Bartolotti tenía una lista completa de palabras que no le gustaban. Además de como es debido, formal, serio y metódico, no le gustaban propósito, razonable, cotidiano, instructivo, decoroso, comedimiento, costumbre, ama de casa, apropiado y pertinente.”, p. 50). En cambio, el niño es la encarnación del deber: no sabe lo que quiere, lo que desea, lo que le gusta…, sino sólo lo que ha de hacer (“-Konrad, no debes apuntar los nombres de los que salen de clase. / Pero Konrad movía la cabeza y decía:/ - Kitti, a mí no me gusta hacerlo, de verdad que no. Pero, cuando ellos hacen cosas prohibidas, mi deber es dar parte; lo ha dicho la profesora. ¡Yo tengo que cumplir con mi deber!”, p. 99); anhela aprender, en su nueva casa, cuáles son las nuevas leyes y principios, para ser obediente con ellos, porque esa es su forma de vida. Como sucede en los relatos, los demás personajes se alinean en torno a los dos citados: en el bando de la madre está la vecinita; en el del niño, su papá adoptivo (cuyo cariño le hace cambiar de opinión y de sector), los de la fábrica, la vecina…


A efectos de lo que quiere mostrar, no es imparcial la historia. Se le nota una simpatía por el bando más dado a la espontaneidad y lejano de lo convencional. Tanto es así, que, al final, la salvación del niño se debe, precisamente, la aplicación de esa filosofía, es decir, a la “reeducación” del chaval.


Konrad es, por esto que digo, un libro sobre la educación de la infancia, a partir de unos presupuestos bastante rousseaunianos y de tinte libertario. Y, como tal propuesta pedagógica, constituye una especie de manifiesto sobre el mundo y la vida. Se entiende que la sociedad “actual”, a través de los sistemas educativos (formal e informal), es una fábrica de crear niños como en latas de conserva, artificialmente elaborados para la docilidad y la obediencia a unos mandamientos interesadamente dictados por los dueños del cotarro. Hay, pues, que destruir, romper los muros que coartan la libertad, que prohíben la disidencia, que cierran la puerta a la opinión individual, que esconden la peculiaridad y la diferencia, que ahogan la imaginación, la fantasía, la creatividad, que visten de etiqueta y depravan lo natural y lo auténtico… Hay, en una palabra, que derribar lo construido por esta cultura inhumana, prosaica, injusta, opresora, castradora…En la página 118 de la novelita dice cuál es el método, o sea, cómo hay que “reeducar” (literalmente, “adiestrar”) al niño.

Yo pongo en conexión este pensamiento, así resumido, con ideas que entre los años 50 al 80, aproximadamente, tuvieron gran aceptación en Europa y que resumen eslóganes muy claros y emblemáticos, como “Changer la vie”, “La imaginación al poder”, “Haz el amor, no la guerra”, o en fenómenos contraculturales como el movimiento hippie, o hechos como la escuela de Summerhill (aunque se fundó mucho antes) o la publicación de la Gramática de la fantasía de Rodari… En España coincidió su expansión con la transición política, momento muy apropiado por cierto, por ser la primera fase (la más “romántica”) de salida hacia la democracia, imaginada entonces como panacea para el logro de la libertad total.

Hoy, en la primera década del siglo XXI, hay ya mucha gente de vuelta. O sea, decepcionada. Aquello era bonito, pero no funcionó. Era una hermosa teoría. Y ninguna teoría puede explicar globalmente la realidad ni, mucho menos, servir como principio de actuación en ella. El hombre, la sociedad, el arte, la técnica, la naturaleza… son hechos de una complejidad tal, que no caben en ninguna interpretación particular, unívoca. Y mucho menos, si, como es el caso, más que una construcción teórica, esa filosofía de la vida latente en el librito es de filiación más sentimental que conceptual, más idealista que práctica. Creo que nadie piensa que hay que orientar la educación de los niños dejándoles hacer (los resultados están ahí), ni que la poesía o el arte deban marcar la pauta para la acción política o para la actuación práctica, ni que haya que derribar todas las fronteras, materiales y morales, ni que todo lo de antes tenga que ir al estercolero… Esto es ya una antigualla.

Actualmente, el ecologismo, el pacifismo, la antiglobalización, la libertad sexual… pueden considerarse, junto a otros, los herederos más constructivos y apreciables de aquellas posiciones. También han producido excrecencias, y me atrevo a considerar una de ellas la llamada “actitud progre”, que, en España al menos, aún persiste y funciona como máscara social y política de personajes y grupos (muy señeros e influyentes, por desgracia) que pretenden parecer progresistas, sin serlo ni haberlo sido nunca.

De todo ello, extraigo una conclusión. La resumo en un par de frases, con las cuales también termino: Konrad es una obra que, a fuerza de ser moderna, me parece ya antigua. Es una historia linda, pero anacrónica.

miércoles, 30 de julio de 2008

LAS CALLES DE MI PUEBLO (II)

En la anterior entrada sobre los nombres de las calles con faltas de ortografía, quedé en expresar por qué sospecho yo que quizás los munícipes, o alguno de ellos, hayan sentido que les remuerde la conciencia por tales disparates y estén reaccionando. La verdad, es muy débil la base en que me apoyo e incluso dudo si mi sospecha se debe más a un arranque de buena fe y a mi ser de persona biempensada, que a un giro real en la actitud de la asamblea de ediles. En cualquier caso, lo que he visto que ha sucedido admite ser interpretado como acto de desagravio, como deseo de reparar las faltas -nunca mejor dicho- cometidas, como una suerte de indemnización a quienes nos vimos agredidos, molestados, violentados, zaheridos… con tanto despropósito ortográfico y ofensa para nuestra lengua. Se trata de lo siguiente: en son de homenaje, han elegido a uno de los más egregios cultivadores del español, tal vez el más excelso, y no sólo le han puesto su nombre -bien escrito- a una calle, sino que ¡¡se lo han colocado a dos!! (de momento). Vean.





Saquen ustedes sus propias conclusiones. Yo estoy aún bastante dudoso, sin saber si inclinarme por ver en esto un sincero plan de resarcimiento o, por el contrario, una sonada pérdida de memoria y una flagrante incuria en aquel que nominó repetitivamente la segunda calle dedicada al “As de los Ingenios”. Es decir, si es arrepentimiento o si es ignorancia y descuido.
No me hurto, sin embargo, de pensar en la cantidad y calado de los problemas que vecinos de ambas carreras habrán tenido gracias al / por mor de la clonación: cartas equivocadas, envíos que el cartero pretende cobrar a quien no los pidió, visitas erróneas, regalos que premian a quien no los merecía, multas asestadas a quien ni siquiera conduce, etc. Si los nombres de las calles están para distinguirlas a tales efectos, aquí queda claro que se ha columpiado quien sea y por las razones que sean.
¿Si tiene arreglo? Claro que sí. Renombrar una de las dos calzadas, por ejemplo. Yo lo aceptaré, pues es seguro que Don Miguel, sobrado como está, no peleará nunca por una calle de más o una calle de menos. Aunque seguro que hay otras posibilidades: que las averigüe quien erró. Pero, ruego, no caiga, por favor, en la irrisión de adoptar la fórmula de las sagas peliculeras: “Cervantes I”, “Cervantes II”, etc. Y menos duplicando, triplicando… a nuestro insigne manco.

martes, 29 de julio de 2008

EL SÍNDROME DE LA OFERTA

Últimamente, en muchas poblaciones de España, la mendicidad está dando paso a otra forma de pordioseo: me refiero a la busca y rebusca que todas las noches efectúan grupos de personas, generalmente emigrantes, en los contenedores de basura. Confieso que la primera vez que vi desde mi cómodo balcón a dos adolescentes levantar la tapa y meter en el contenedor, casi de cuerpo entero, a un niño que las acompañaba, me chocó enormemente. Para mí era algo inusitado, casi increíble .

Y sentí lástima. Y también, vergüenza. Desde entonces, he presenciado ya muchas escenas parecidas. No puede decirse que me haya acostumbrado y me dejen insensible, pero va formando parte de una cierta cotidianeidad. Por desgracia.
En cualquier caso, son situaciones que me hacen pensar. Y una de las conclusiones a las que he llegado es que no todas las mujeres y escasos hombres, jóvenes o mayores, que responden a la llamada del contenedor, lo hacen por sangrante necesidad, es decir, porque no tienen literalmente qué llevarse a la boca o qué ponerse para reservar su cuerpo. Me da la impresión de que no son pordioseros, de los de pedir limosna; no se les ve desarrapados, ni malnutridos, etc. Estoy casi seguro de que una parte, al menos, de ese personal hace lo que hace por motivos distintos a los que parecen. ¿Cuáles?
Suele venirme a la cabeza, muchos de los días en que veo a tan particulares exploradores, la imagen de la multitud que la jornada primera de rebajas entra en tromba y hace su particular toma de la Bastilla en tiendas, almacenes y grandes superficies, y se zambulle en los cajones, percheros y estanterías, a revolver las prendas, para ver qué chollo encuentra y aprovecharlo antes de que lleguen otros asaltantes.


¿Tiene algo que ver una situación con otra? ¿Es equivocado e incluso poco justo, o cruel, compararlas? No lo sé. Que me perdonen los aludidos, pero el caso es que las tengo asociadas en cuanto imágenes mentales.

Incluso otra más: un día, en la playa, había una furgoneta de una firma comercial, repartiendo viseras de cartón con el nombre de la marca publicitada. Lo hacía lanzándolas a puñados por los aires, hacia el grupo -la masa- congregada en torno al dadivoso vehículo. Pues bien, allí vi a adultos hechos y derechos, a señoras y señoritas de buen porte, darse empujones y codazos para conseguir una miserable visera.
Buscando una explicación, no sólo a los hechos que acabo de exponer, tal como yo los veo, sino también a la conexión que espontáneamente establezco entre ellos, únicamente encuentro esta: uno de los móviles que impulsan a los miembros de la actual sociedad consumista a determinadas acciones, es el que llamaré “síndrome de la oferta”. Lo defino, esquemáticamente, así: se trata de buscar (sin descanso) y conseguir (a costa de lo que sea) aquel producto (mientras más, mejor) cuyo precio sea lo más inferior posible al que tiene o tuvo en otro lugar, o al precio habitual, al precio correspondiente a la “calidad” del producto, real o aparente, etc. Es decir, el impulso incontenible por perseguir sin descanso la rebaja, la oferta, la oportunidad, la liquidación… No se trata del simple deseo de ahorrarse unas perras, que todos sentimos y obedecemos. No. Es una obsesión, una atracción irreprimible, sin motivo ni fundamento en la necesidad, la carencia o el interés. Es querer acaparar bienes de cualquier tipo, esto o aquello, haga falta o no, da igual, por la sencilla razón de que “ahora está barato”.
Semejante criterio de compra es el que da lugar y creciente auge a mercadillos, tiendas “de chinos” y “de moros”, o a las que en tiempos de la peseta se denominaban “todo a cien”, etc., muchos de los cuales están haciendo una fortuna. Se va a ellos a adquirir a mitad de precio, o menos, toda clase de artículos (hasta agua), sin mirar si la calidad está también menguada. Quiero reseñar, a tal propósito, que en uno de estos comercios próximo a donde vivo, están ahora “de rebajas”: ¿cómo se puede vender más barato lo baratísimo sin perder lo ganado con el precio “normal”? ¿No es porque atrae más a muchos compradores lo rebajado incluso que lo barato? Justamente, es un aspecto de la teoría que sostengo y una manifestación del “síndrome de la oferta”. Que, por cierto, también justifica la enorme aceptación y éxito que suele tener la subvención, correspondencia no comercial de la rebaja.
En un sistema basado en el consumo y donde el dinero es el instrumento esencial “de cambio” (aquello con lo que se compra), resulta bastante explicable la aparición del “síndrome de la oferta”. ¿Por qué? Señalo cinco motivos: 1) La rebaja hace que el consumidor crea que sale ganando, ganando dinero naturalmente, aunque pierda calidad. 2) Mientras más rebajado esté (o parezca que está) el producto, más dinero se gana o parece que se gana. 3) La experiencia, la vivencia “de ganar” es siempre placentera y lo justifica casi todo. 4) El ahorro que supone la rebaja del precio de lo adquirido permite consumir más, precisamente en la misma proporción en que esté o se vea disminuido el precio. 5) También genera placer y satisfacción en muchos consumidores/consumistas el hecho mismo de comprar, o sea, el comprar por comprar.
Llegados a este punto, ¿dónde queda, respecto al “síndrome de la oferta”, el ejercicio del repaso y expurgación, vespertinos o nocturnos, de los contenedores de basura, que han dado pie a mis reflexiones? Después de lo dicho, explicaría el fenómeno así: los yogures, salchichas y otros embutidos, conservas… que el supermecado deposita en su puerta para que quien quiera se los apropie, ¿no representan el ideal del que padece el “síndrome de la oferta”? Sí, porque su valor de ganancia para el “comprador” es el máximo, siendo su precio el mínimo, o sea, cero. Sacar las bolsas con lo invendible es lo mismo que efectuar la mayor oferta, la más extrema rebaja. Hablo de aquellos que se acercan a los desechos no por estricta necesidad, que será más de uno por desgracia, sino de aquellos que son ya enfermos del dichoso síndrome y lo hacen por placer y con morbo, una vez perdida la vergüenza y vencido el pudor consiguientes a ser vistos hozando entre restos y despojos.
Antes o además de la visita al contendor, hay otras formas y grados de padecimiento del síndrome, como los arriba nombrados y otros que se pueden imaginar. Inmersos como estamos todos en el consumo, puede que bastantes, sin saberlo, estén ya próximos a caer en las garras de la enfermedad. Sugiero, pues, para terminar, que nos sometamos a un sencillo autocontrol. Hay quien no puede dejar de visitar a “los chinos” dos o tres veces al día: ¿cuántas vamos nosotros -o quisiéramos ir- al día, semana o mes?

martes, 22 de julio de 2008

LAS CALLES DE MI PUEBLO (I)

Las calles de cualquier ciudad o pueblo admiten ser vistas de muchas maneras. Yo me he propuesto contemplar las del mío pueblo desde un ángulo poco corriente: el nombre que les ha puesto el vulgo o la autoridad. Y utilizar ese nombre para catalogarlas, a partir de algún rasgo de su designación, para luego hacer algún comentario, si encarta. Tengo la impresión de que obtendré resultados al menos curiosos.

Hoy empiezo. Esta primera entrega se centra en un fenómeno que abunda -es constante, diría- en los nombres de las calles de aquí. Se trata, como muestran las fotos, del poco apego por la tilde o acento del artista que ha realizado los azulejos con los nombres. No quiero pensar que el origen esté en el edil responsable (en tal caso, irresponsable). En realidad, es un punto de desafecto, de malquerencia hacia la tilde, de ignorancia de su uso, muy generalizados ahora entre la gente, desde el mismo instante en que empieza a aprender a escribir. (¡Qué interesante paradoja! ¡Aprender a escribir y no aprender a un tiempo!)
Doy algunos ejemplos en fotos, que he elegido al azar.


La cosa es que estas grafías no han molestado a ninguno de mis paisanos, ni los han soliviantado ni nada. Era de esperar. A mí sí que me han llamado la atención. ¿Quieren alguna muestra más?
Pero lo peor es que, claro, cuando se empieza a pecar, ya no se sabe qué infracción marcará el límite, el “más-allá-no-por-favor”. Yo creí que todo quedaría en la abstinencia acentuadora. Mas no. Se pasó la frontera y se cometió el delito que anhelaba imposible. Miren cómo se escribe en mi pueblo, anuentes todos los habitantes, el nombre del insigne pintor:


¿Habrá después, me pregunto, un “Golla”, un “Muriyo” un “Cristóval Toral” (la versión a-tildada no sería ya novedad), unas "Bictimas del Terrorismo" o incluso un “Greko”, por generosa e ignara concesión a la modernidad linguochatera? No lo sé.
Digo “no lo sé”, aunque se esperaría que la lógica de las cosas me llevara al convencimiento de que en el futuro brotasen por doquier nombres así “tuneados” (¡Cuán diferente parece, de esta manera dicha, la simple y grosera falta de ortografía!). Pues, es verdad, no estoy seguro. Porque, pese a todo, he creído descubrir en la Corporación Municipal, que es la autora y responsable del callejero y del trabajo de quien lo escribe, un atisbo de mala conciencia, tal vez un germen de arrepentimiento y propósito de enmienda, etc. ¿En qué lo he notado?
Lo explicaré en la siguiente entrega, pues esta va resultando ya un poco extensa.

miércoles, 16 de julio de 2008

LA PUERTA QUE ME HE TRAÍDO

Esta es la Puerta de Brandemburgo que me he traído.
Son dos: la cara de delante y la cara de detrás. Es decir, el lado de acá y el lado de allá. Todo en Berlín o es de un lado o es de otro. Para recordarlo -y quizás perpetuarlo- está la marca en forma de línea, dibujada en las calles por donde pasaba "la pared". Según me ha dicho alguien allí, en muchas mentes también está trazada.

domingo, 6 de julio de 2008

PINCHAZO EN PALACIO



Eso que ven ahí es un palacio de ferias, de exposiciones, congresos… Conozco el lugar desde que no había ni palacio ni nada: campo abierto. Es decir, cuando era más agradable a la vista el paraje. Porque no me dirán ustedes que mirar esto es una actividad que merezca la pena, que resulte soportable, etc. Es -parece, para ser justo- un montón de latas viejas, sin brillo ni casi color, colocadas siguiendo no sé qué criterio caprichoso (aunque dicen que pretende imitar un barco surcando las olas del mar, ¡!). No creo que deba aludir al dinero que habrá costado el proyecto, la construcción… Ustedes -también contribuyentes- me lo agradecerán.
Pues bien, el destino creo que me tenía preparado un castigo por haber sido malo con la casona desde su inicio, haber despotricado de su arte sin medida ni descanso, etc. Ayer, cuando ya comenzaba a hacer calor y a convertirse en hervidero de coches hacia las playas cercanas la autovía que pasa por delante del horripilante inmueble, una rueda de mi auto reventó o se pinchó… o yo qué sé qué, a la altura del dichoso, diré ya maldito, palacio. Y allí hube de estar casi una hora, se imaginan con qué estado de ánimo, por ese incidente doble: la avería del auto y la proximidad de la maldición arquitectónica, que se colocó a un palmo de mis narices.
Por suerte, sólo fue una hora. Todo no iba a ser malo. La grúa a la que llamé -porque yo poseo un tullimiento en las muñecas que me imposibilita para tareas fuera de las cotidianas de aseo, manutención y tecla- vino al cuarto de hora, aunque el acceso real hasta mi zona de espera fue algo mayor, debido a que eligió una entrada equivocada a la autovía. Además, unos obreros que trabajaban en un viaducto por allí cerca, se acercaron y se apiadaron de mí, tal vez movidos por una doble compasión: el verme soportar la calina y el intentar evitarme lo que ellos llevarían días, incluso meses, aguantando: la proximidad del monstruo con pretensiones palaciegas. ¡Qué buena es la gente! Sólo saben lo que es sufrir quienes, como ellos, padecen; y algunos, como ellos, se dispusieron a hacerme corto y llevadero el penar. Estaban en la faena cuando llegó el chaval de la grúa. Sin tener por qué (¡qué buena es la gente!, repito), metió mano y concluyó el cambio de rueda, relevando así a los operarios, que sentían, a la vez, el impulso samaritano y la obligación de estar en su puesto de trabajo.
Me fui hacia la playa agradecido, muy agradecido. Emocionado. Tan intenso era este sentimiento, ¡que se me había olvidado incluso… ya saben ustedes qué! Buena que es la gente, sí, buena.

miércoles, 2 de julio de 2008

"PUERTAS" DE BRANDEMBURGO

Sobre el monumento que representan esas fotos de la entrada anterior, leo, de un reciente visitante de Berlín (eso seré yo dentro de unos días), lo siguiente:
“La puerta de Brandemburgo es uno de los símbolos más importantes de la reunificación alemana. […] A modo de resumen, la puerta de Brandemburgo es una especie de arco de la victoria pero con bastantes connotaciones. No es el típico arco de la victoria, como podría ser el de Tito o Constantino que podemos encontrar en Roma, ni el Arc del Triomf de Barcelona, ya que el estilo es bastante diferente. Y, más que un arco como "los de toda la vida", de lejos parece muchas columnas con un techo y una estatua encima. Obviamente no es algo tan simplón, pero si que cambia el tipo de estructura, ya que la puerta de Brandemburgo es de estilo neoclásico y fue construida a finales del siglo XVIII. Además, en este monumento, la designación de llamarla puerta es totalmente acertada, ya que si paseáis por la zona, podréis comprobar con vuestros propios ojos cómo hace los efectos de puerta entre dos zonas de Berlín: la salida de una de las calles más grandes, Unter den Linden, equivalente a Diagonal en Barcelona o la Gran Vía madrileña, y uno de los mayores y más bonitos parques que he visto hasta ahora, el Tie Garten. […] Así que, lo dicho, un monumento de casi 70 metros de ancho, y más de 25 de alto será incapaz de dejarnos indiferentes en un enclave como éste, y menos todavía si conocéis las zonas que tiene cerca. Además, es un monumento bastante querido y considerado en Alemania, ya que, por ejemplo, y a modo de curiosidad, es el reverso de las monedas de 10, 20 y 50 cts de euro alemanas.(http://www.ciao.es/La_puerta_de_Brandenburgo_Berlin__Opinion_1433066)
En los días que faltan hasta mi viaje a Berlín trataré de documentarme un poco más. De momento, es suficiente. Porque el verdadero motivo que me ha llevado a colocar aquí la famosa puerta es de otra índole, distinto del interés artístico, histórico o turístico. Y tiene que ver más con las fotos, que con el monumento en sí. ¿Os habéis fijado bien en lo que representan las imágenes? Agrandadlas y veréis que una parte del arco, la inferior, está cubierta por una especie de toldo, donde aparece, a su vez, otra imagen, que muestra el estado en que quedó -supongo- después de la Segunda Guerra Mundial.
La superposición de ambas figuras me resulta muy sugerente. Son dos épocas que se nos presentan simultáneamente ante la vista, el presente y el pasado juntos, una situación y otra del mismo objeto, una fase y la siguiente (o la anterior), un retorno al pasado o un salto hacia el futuro…, una reencarnación.
Tengo que confesar que la contemplación de las fotografías de la puerta y su antes o su después, según se mire, me ha removido algo. He sentido una extraña sensación y he recordado aquel mito de Dafne, convertida en árbol de laurel (http://es.wikipedia.org/wiki/Dafne) por motivo del amor, y el famoso soneto XIII de Gracilaso (“A Dafne ya los brazos le crecían…”, http://www.poesia-inter.net/gvsone13.htm), que congela un instante del proceso, en el que la bella está dejando de ser mujer y aún no es completamente árbol. O sea, es también el antes y el después a la vez. Y me he preguntado: ¿cómo sería la vida, la mía por ejemplo, si se pudiera desarrollar en dos pistas, una de las cuales correspondiera a la niñez o la adolescencia, y la otra a la edad adulta o a la vejez, sin la posibilidad de alterar el curso de ninguna? O sea, saber hoy, vivir hoy, ahora, lo que ocurrirá dentro de veinte, treinta años, y vivirlo a la vez. Ser un vehículo que marcha por dos caminos a un tiempo, cada uno en sentido contrario al otro. Ser un chaval y un anciano, con todos los inconvenientes, las molestias, las complicaciones, las dificultades... de ambos períodos, y también las alegrías, los placeres, el disfrute… Un niño que va y un viejo que viene. Ser una cosa y la contraria, ser y no ser. Extraña, pero fascinante estereoscopía. ¡Oh, Puerta de Bandenburgo!

domingo, 29 de junio de 2008

¡PRONTO TE VERÁN MIS OJOS!



Las fotos las he tomado prestadas de:

¿QUÉ ESTARÁN HACIENDO...?

Inicio este blog hoy, 29 de junio de 2008, fecha en que la Selección Española de Fútbol juega la final de la Eurocopa contra Alemania. No me importa demasiado que gane o pierda. No es por eso por lo que cito el acontecimiento para señalar el estreno de mi blog. Más bien se debe a una curiosidad: cuando más de la mitad de los españoles (y de los alemanes y, en general, media Europa) esté viendo el partido, ¿qué harán quienes no lo hagan? Alguien podría pensar que es una pregunta tonta, una curiosidad insulsa, un interrogante sin posible respuesta... o con una respuesta obvia: estarán haciendo lo que deban, necesiten o quieran. Pues... yo no lo veo así. Porque no es igual disponer de un tiempo para realizar determinada tarea o actividad en circunstancias "normales", que disfrutar de él cuando sabes, a ciencia cierta, que casi ninguna de las personas que te rodea, con las que convives, con las que te relacionas, etc., te va a requerir en una hora y media o dos horas. Casi nadie te va a llamar, casi nadie te va a pedir nada, casi nadie va a indagar dónde estás, dónde has ido, qué estás haciendo. Es decir, que esos no-aficionados van a gozar de un tiempo de libertad casi absoluta. Algo parecido a perderse en el paraíso de una solitaria playa caribeña sin nombre ni ubicación en ningún mapa. Y que van a poder utilizar esa libertad de la manera que les plazca: en unos grandes almacenes inusitadamente vacíos, caminando por la calle principal con el disfraz más disparatado, entrar a un lugar sagrado (religioso o laico) y gritar o propinar los más atrevidos insultos a sus titulares... Se trata de dos horas cortas de permiso absoluto, de vacaciones totales, de ausencia de normas o leyes, de evasión del control social..., durante las cuales es posible abandonar el comedimiento, la discreción..., ir hacia lo inacostumbrado, la exageración, el atravesar todo límite. Hacer lo que siempre se quiso hacer y nunca se pudo porque los demás estaban mirando o simplemente estaban. Cuando se juega un partido como el de hoy todo son ventajas, para los que lo ven y para los que no lo ven. Puede uno, incluso, dedicarse a dar el pitido de comienzo a un blog como este.