sábado, 15 de noviembre de 2008

PAJARILLO

A mitad de camino, volví la cabeza. Allí estaba ella como una preciosa flor celeste, en medio de un gran telón de fondo de árboles amarillos y ocre. Ahora, en otoño, perdían sus hojas. Me dirigía al kiosko, situado a unos 200 metros del banco del parque donde nos habíamos sentado hacía ya más de media hora, después del instituto. Los de segundo de Bachillerato teníamos los jueves Química de 4 a 6 y siempre nos íbamos ella y yo a ese parque, desde que empezamos a salir, hace un mes.

La tarde caía y el sol le daba de frente, como un enorme foco de luz anaranjada. La miré, y era una reina en su trono, una hermosísimo trozo de cielo rodeado de filigranas de oro. Otra vez experimenté el placer y la emoción de estar contemplando a una diosa en el paraíso.

Seguí andando. Casi había llegado. No se me iba la preocupación que me había torturado toda la tarde. ¿Por qué ese silencio de María? ¡Había estado tan callada todo el rato! Casi parecía no oírme, casi no me había mirado. Dios, ¿qué le ocurría? Sin levantar sus benditos ojos, sólo decía sí o no, o me contaba historias tontas de su hermanito, que a mí me importaban un rábano. ¿Qué le pasaba? María, mi amor, mi estrella, la única por la que daría hasta la vida, no me hacía el más mínimo caso esa tarde. ¿Es que no quería estar conmigo? ¿Se encontraba enferma? No, enferma no. Precisamente hoy estaba estupenda, radiante, con ese conjunto de color celeste, pantalón y rebeca, y esa camisa estampada bastante trasparente, ajustada en el pecho, que dejaba entrever un sujetador blanco. ¡Bien que me fijé! Pero, para desgracia mía, puso la bolsa del Corte Inglés entre ella y yo nada más llegar, sin darse cuenta (¿o sí?) del gesto de tristeza y furia que hice. Se separó de mí por una triste bolsa, con no sé que regalo para no sé quien. No me enteré mucho de las explicaciones que me dio sobre eso. Porque yo quería estar muy cerca de ella, para que nuestros cuerpos se tocaran, y de que habláramos de nosotros. Estuve a punto de llorar, lo juro.

Me repuse un poco cuando, esta vez sí, mirándome de frente (ay, qué mirada de miel), me pidió que fuese a comprar una cocacola.

Y a eso iba al kiosco. Pedí una lata de coca para ella y un seven-up para mí. Pagué y emprendí el camino de regreso. ¿Me había mandado por refrescos para separarme de ella? Seguía igual, quieta como una estatua, linda estatua de cristal celeste. Las hojas caían a su lado, pero ni las veía, creo. Era seguro que María, la preciosa María, estaba allí, pero en realidad estaba en otro sitio, que tampoco yo sabía cuál. Su cabeza, su corazón se hallaban ausentes.

De pronto, un pajarillo se paró en su pierna. Un pajarillo que, extrañamente, llamó su atención. Piaba el insignificante animal y ella lo escuchaba, movía los ojos, incluso le dedicó dos o tres sonrisas... ¡Parecía que hablaban! Envidia, celos... eso fue lo que sentí, en forma de clavo que se me hincaba en el pecho a medida que me acercaba. María, mi princesa, tan muda para mí, charloteando con esa mierda de pajarillo. Pero, ¿de qué hablaban, si es que en realidad estaban hablando? A la envidia, a los celos, se unió la curiosidad. Así que mis pasos se aceleraron y también mi corazón y mi pulso.

Me faltaban ya dos o tres metros para llegar al banco. El pájaro creo que me vio, o me oyó, y se fue. María siguió con la mirada su vuelo.

Llegué y me senté de nuevo. ¿Eh? Dios, ¿qué está pasando? Ni me dio tiempo a darle su lata. María se levantó, creí que se marchaba. Pero no, ni mucho menos. Más que ver, noté, sentí sus tibias manos en mis hombros... Un torrente de sangre hirviendo se precipitó por todo mi cuerpo. ¡María, María! La siguiente descarga de placer vino cuando la niña, mi deseada, se sentó en mis piernas y puso sus labios en los míos. Y ya no era yo, era una hoguera de rojo fuego el que la abrazó, después de dejar caer, creo, las latas a no sé donde. Y ya no era María, era un río de almíbar celeste, derramado encima de mi persona. De mi afortunada persona, que tuvo oídos para escuchar un divino rumor de su boca, pegada a mi oreja: “Manu, sí, te quiero”.





Gracias, muchas gracias, un millón de gracias, mil millones..., todos los millones de gracias, hermano pajarillo, endeble gorrión, mágica ave... del parque. Gracias, seas quien seas. ¿Qué fue lo que le dijiste?
JARAMOS.G

sábado, 8 de noviembre de 2008

QUIERO SER COMO LA LUNA

<< “Debemos esforzarnos por ser como la luna”. Un anciano de Kabati repetía esta frase a la gente que pasaba por su casa camino del río para coger agua, cazar, recoger vino de palma, o iba camino de las plantaciones. Recuerdo haber preguntado a mi abuela qué quería decir el anciano. Me explicó que el dicho servía para recordar a la gente que debía comportarse bien y ser buena con los demás. Que las personas se quejan cuando hace demasiado sol y el calor se vuelve insoportable, y también cuando llueve mucho o cuando hace frío. Pero, dijo, nadie se queja cuando resplandece la luna. Todos se sienten felices y aprecian la luna, cada uno a su manera. Los niños observan sus sombras y juegan aprovechando su luz, los mayores se reúnen en la plaza para contar historias y bailar toda la noche. Suceden muchas cosas agradables cuando sale la luna. Estas son algunas razones para querer ser como la luna. […]

Desde que mi abuela me dijo por qué deberíamos esforzarnos por ser como la luna, decidí firmemente intentarlo. >>


Y yo, en cuanto que leí este pasaje, que vale como un remanso en el contexto de la durísima novela Un largo camino. Memorias de un niño soldado, de Ishmael Beah.