jueves, 22 de octubre de 2009

LA GUERRA..., ¡UNA MIERDA!

Sin comerlo ni beberlo y, lo peor, sin esperarlo, me convertí en el esloganero del sindicato. No sé si ese palabro está en la Academia o es un bodrio que yo me he guisado. A lo que me refiero es al tío que hace los eslóganes cuando se prepara una manifestación, concentración o movida similar. Exclamaciones como “¡Que no cierre la Ford! ¡Que no, que no, que no!”, o bien “¡Las frutas, de España! ¡De Marruecos, ni castañas!”. Así, para que chille a grito pelao toda la masa militante. Pongo estas, porque son de las últimas creaciones de Nono, el esloganero oficial, antes de tener el accidente. Se pasó casi ocho meses en el hospital, muy fastidiado. Precisamente por eso, me dieron su puesto y su rango.

Yo siempre me iba con Nono a su casa cuando tenía que inventarse frases. Pero más que nada porque admiraba su talento, sus ocurrencias, su puntería para darle al enemigo en el tomate, su guasa incluso... Y me lo pasaba en grande. A veces me pedía opinión sobre alguna palabra o giro, o sobre el resultado final. Y yo, como es lógico, siempre le respondía “¡Genial, de lujo!”. Lo decía de verdad, aunque él me llamaba “pelotas”, “sobón”... Bueno, pues únicamente por eso, porque parecía que colaborábamos, aunque no fuera verdad, creo yo que me encargaron los lemas para la siguiente manifestación. Todo el mundo sabía quién era el verdadero autor, pero Juanma, el coordinador, echó mano de mí porque nadie hubiera querido tragarse el marrón y porque yo era el único que, por lo que he dicho, no podía negarme.

Iba a ser una marcha enorme contra la guerra de Afganistán donde nos había metido el gobierno carca de García Peinado, convocada por los partidos de izquierdas, los sindicatos, organizaciones pacifistas... Total, mogollón de gente.

Me hicieron el encargo un jueves y yo tenía que entregar el lunes siguiente, porque los coordinadores ser reunían el martes. El acto estaba fijado para el sábado. Debían ser al menos cuatro eslóganes. Como es normal, yo me puse atacado. Nunca había hecho nada así y temía que no me saliera ni una frase en condiciones. Así, fui retrasando el momento de ponerme y lo dejé para el domingo, en que estaría solo en casa. Me quedaría sin fútbol, pero... bueno.

Después de almorzar, me fui al salón, donde podría disfrutar de soledad, tranquilidad y silencio. Un whisky, unos cuantos folios, lápiz y goma, o sea, las herramientas que veía usar a Nono. Recordaba también su sistema de trabajo ("Si no tienes sistema...", decía Nono): primero, los argumentos; luego, las rimas.

Empecé a pensar motivos para decir “no” a la guerra. Era lo que mi maestro llamaba “material de fondo”.
- Se matan inocentes
- Se destruyen las ciudades, las casas, las fábricas..., produce el follón para mucho tiempo
- Siembra el odio
- Es un enorme gasto de dinero que se podría invertir en educación o sanidad
- …
Tardé como un cuarto de hora en parir estas ideas. Como ya no se me ocurrían más, pasé al “material de forma”, como Nono denominaba las rimas. Palabras que rimen con “guerra”, que era el término fundamental, claro:
- sierra
- cierra y encierra
- tierra y entierra
- perra
- aterra
- yerra
- ...


El tercer paso era escribir una primera parte de la exclamación, o sea, como el primer verso, y luego el segundo, rimando con él. Se empezaba, según Nono, por los motivos o argumentos. Así que cogí el que había escrito primero: “se matan inocentes”, para pensar palabras que terminasen en “-entes”. Me salieron estas: “dementes”, “permanentes”, “afluentes”, “aguardientes”, “clientes”, “dientes”, “potentes” e “imponentes”. Fui descartando y me quedé con “dementes”, que me parecía que iba más de acuerdo. Por supuesto, mucho más que “aguardientes”, “afluentes”, “imponentes”, que pegarían en un eslogan antibelicista tanto como Fidel Castro en una Primera Comunión. Y me lancé a crear el primer eslogan de mi vida. Evito todos los intentos fallidos, unos doce o catorce. Al final, me inventé este, que di por bueno: “Luchar es de dementes, que matan inocentes”. Ya oía en mi imaginación a miles y miles de comprometidas y emocionadas gargantas gritando contra los locos salvajes que matan criaturitas... ¡Venga! ¡Vamos por otro! Esto no es tan complicado. Pasé a lo segundo que había apuntado y el pareado final quedó así: “La guerra es un follón, que matan un pilón”. Se parecía un poco al primero, pero… me sonaba bien, ¡qué fuerte eso de “un pilón”! Tenía la seguridad de que estaba trabajando bien. Y me sentí orgulloso y contento por mí y también por mi amigo, el titular.

A continuación, lo mismo que hacía Nono, me pasé a los “materiales de forma”, o sea, a la palabra “guerra” y sus rimas más convenientes. Me salieron dos, bastante estimables, creo: “¡No más guerra, sobre la faz de la Tierra!” y “Si vas a la guerra, eres hijo de perra”. Me gustó mucho lo de “la faz de la Tierra”, que me sonaba a la belleza de la Naturaleza, la paz…El otro no tendría problemas por la alusión a las putas, porque la evitaba. “No hay que pasarse”, era el catecismo de Nono. Lo de “si vas a la guerra” parecía que le hablaba a los soldados, que no van porque quieran…, sino porque los mandan y se ganan así el sueldo; pero, también pueden salirse del ejército, ¡qué carajo!

Con estos cuatro eslóganes, di el trabajo por terminado. Miré el reloj y eran las 8:15, así que aún podría ver casi todo el partido. Cuando terminara, se los mandaría a Juanma en un correo.

Así lo hice.

Luego, antes de irme a la cama, fui a mirar si me había contestado, acusando recibo al menos. Y, efectivamente, tenía una respuesta del jefe: “Esas frases, letra a letra, te las metes por el mismo culo, que es donde está la mierda. ¡So melón!”.

martes, 6 de octubre de 2009

PROMESA DE LA MAÑANA

Después de Fotopoemas , he tenido la oportunidad de leer un segundo libro de Nicolás Ramos, Promesa de la mañana (Benalmádena, 2005). Es un tomito de poemas breves, “formado por cuatro cuadernillos [...], ahora ordenados en sucesión temporal y completados con una sección final, ‘La luna en el tejado’, inédita hasta ahora” (A. Carvajal, “Introducción”, pp. 7-8).
Y de nuevo me atrevo a garabatear unas breves impresiones personales, siquiera sea par dar noticia de mi parecer y buscar salida a la emoción en mí avivada. Como la vez anterior, me fundo más en mi propio gusto y paladeo, que en categorías críticas de corte académico. Ya está, para eso, la citada “Introducción” del profesor Antonio Carvajal.



Creo intuir que la más rica vena y el más brillante destello de la poesía de Nicolás Ramos se aparecen y nos deslumbran en la descripción, en la descripción lírica. Casi todos los poemas de este libro son, por otra parte, descriptivos. Con una aparente sencillez, con unos medios que parecen muy pocos, con la soberbia humildad del auténtico creador, el poeta nos muestra objetos, lugares, escenas… vistos a su manera, que no es otra que la manera por la cual se convierten en productos estéticos. Para ello cuenta con un eficacísimo lenguaje, cuyo centro y eje es la metáfora. Metáfora construida con materiales verbales cotidianos, que, una vez ubicados en el verso, se transmutan y se cargan de especial potencia expresiva, capaz de pintar el mundo y el universo todo con una faz nueva y hermosamente personal. Metáfora a veces extrema, atrevida, insólita…, tan singular y tan desconcertante como el auténtico arte.
Un primer poema, testigo de lo que indico, es el titulado (igual que el primer cuadernillo) “Azulada sal” (p. 24). Excelente texto, tal vez uno de los más valiosos del libro, en el que descubrimos aquella que llamó V. Aleixandre “ciudad del paraíso”, Málaga. Este es otro paraíso, con formas, colores y hasta sabores aunados en un conjunto inusitadamente bello, dinámico, real en la medida en que lo es la emocionada visión de lo querido:

Málaga es descapotable
y azulada sal
se adhiere a los pómulos de la noche.
A doscientos besos por hora se aproxima
la comisura del horizonte .
A doscientos besos por hora nada
nos detiene.
Málaga es descapotable
y azulada sal
se adhiere a los pómulos de la noche.

De esta primera parte, también destaco el que comienza “Cantaba primorosa una amapola…”, verdaderamente encantador en su simplicidad, con ecos de lírica popular.

Entre las cinco secciones del libro, puede que la mejor sea la segunda, titulada “Mare”, vocablo latino -supongo, como forma simplificada de la expresión “mare nostrum”-, que avanza la temática unitaria del conjunto. Es muy representativo de la poesía que tengo por más genuina de Nicolás Ramos el siguiente poema, cuyo primer verso contiene la clave constructiva e interpretativa de todo él (p. 46):

Mujer, mar,
sosiego, ira,
deseo, inmensidad.

Azules ojos,
mar azul;
ingrávido deseo
de golpear.

Cintura que baila,
barca que tímida navega.

Arena dorada,
cara serena,
orillas fértiles
de aguas inquietas;
labios que besan.

Mujer, mar;
sosiego, ira,
deseo, inmensidad.

La predilección por lo descriptivo diluye en este otro (p. 47) un elemental arranque narrativo, y el mar aparece otra vez como metáfora del amor. O al revés, qué más da.

Flotando ligeramente, espuma, aire.

Dos mares rojos embravecidos
de mutuo acuerdo, agua, cielo.

Se eleva la noche en suspiros
que van y vienen, viento y viento.

Tú y yo, dadivosamente
.

En la medida en que la realidad exterior, como conjunto de sensaciones (por lo tanto, realidad personalmente mudada), constituye lo principal del lenguaje poético de Nicolás Ramos, puede decirse que se trata de una poesía visual. Creo que es así, como lo es la poesía que define el Modernismo intimista español del primer Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. ¡Qué herencia, Dios! Una lírica donde las palabras que nombran las cosas y sus cualidades sugieren, sin decirlo, el sentimiento que engendran y del que se contagian. Poeta visual, sólo así, poeta de la imagen.

La imagen es, precisamente, eje temático de uno de los últimos poemas del libro (p. 66, sección “La luna en el tejado”):

La imagen siempre queda.
Queda el gesto y el perfume,
la mirada triste y serena,
las gotas de rocío…
Unas tardes violeta y frías,
un paseo por las calles,
una risa y un llanto:
la luna en el tejado
.

Estoy seguro de que no fue casualidad la idea de inaugurar el género del fotopoema.

Como acostumbro, termino expresando mi agradecimiento al autor de las obras que, después de disfrutarlas -y por eso-, comento. Muchas gracias, Nicolás.

martes, 29 de septiembre de 2009

ASÍ LO PIENSO Y ASÍ LO DIGO

En un día como hoy, me viene a la cabeza el siguiente pensamiento, que no puedo dejar de expresar: una gran obra no convierte, por sí sola, en un gran hombre a su autor. Ni siquiera después de morir.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

MALAS NOTAS, BUENA SUERTE

Esta vez fue Cárdenas quien me libró de una de las mayores catástrofes de mi vida. Los que tenéis por costumbre u os ha sucedido alguna vez sacar unas notas de pena sabéis bien a lo que me refiero con eso de la catástrofe. Es lo que viene después de que manden el papel a tu casa, y después de que tu mamá lo lea, y después de que te diga “Pablo, ven”, y después de que tú no le hagas caso y grite poniendo cara de rottweiler con hepatitis: “¡¡Pa-blo!! ¡¡Que ven-gas!!”.

Cárdenas llevaba como dos o tres semanas con una diarrea que se iba. A mí, como si le hubiera dado por dejarse barba y bigote: ni le echaba cuentas. Ahora sí que la atiendo y la mimo, todo agradecido. Mi madre andaba súper preocupada y triste, mucho más que si a mí me hubiera dado por fugarme de casa. Nada más vivía para Cárdenas. Todo el tiempo con la paranoia de sus medicinas, su dieta, su camita, su… O sea, con el coco sorbido.

En estas, que llega el papel ese de las notas. Y, claro, ni caso. Pero a los dos o tres días, no sé cómo, lo vio y lo leyó, junto a otros que tenía con recetas y tal de Cárdenas. Entonces me llamó, “Pablo”. Y yo casi me hago lo que Cárdenas no dejaba de hacer cada cuarto de hora, o sea, que casi me diarreo. Fui a donde estaba, antes de que se produjera el temible berrido de la segunda convocatoria. Con cara muy triste y toda conforme, me dijo: “Pablo, hijo, a ver si empiezas ya a ser un hombre y tomarte las cosas en serio. ¿No ves el problema que tenemos con Cárdenas? ¿No ves el apuro que tengo y lo que estoy sufriendo? Anda, anda. Ya no eres un niño.” Y me dio… ¡un beso!, antes de romper a llorar y dirigirse junto a Cárdenas. ¡No es posible! Así que, ¡no voy a morir! ¡Te debo la vida Cárdenas!, ¡te quiero, nena!


Ese día me pareció hasta bonita la cerda Cárdenas, la preferida de mi madre entre todos los puercos de nuestra granja. Le tenía inmenso cariño por ser chiquita y por tirar a medio rubia la pelambre que malcubría su fofo cuerpo. Y porque era una mimosa la guarrita. “Ahora yo le debo una caricia, muchas caricias. Y, si me sobran, también le llevaré algunas chuches. ¡Ayyy, qué guapaaa!”

Cogí el papel de las notas y… ni me acuerdo dónde lo metí. Total, y por suerte, para lo que serviría ya. Ahora tendría que haberme dicho mi supuesto ángel de la guarda la frase esa con la que felicitan a los malos boxeadores, aunque cambiada: “¡Salvado por la… marrana!”.
______________________________________
(La creación de esta sencilla escena me la han inspirado las fechas en las que estamos, por una parte, y, por otra, un dicho de mi pueblo: "Comes / hueles más que la guarra (de) Cárdenas". También ha tenido que ver un amigo que se llama Juanma.)

martes, 8 de septiembre de 2009

FOTOPOEMAS

En el mes de mayo del pasado 2008 se colgó en las paredes de la Sala de Exposiciones del Ayuntamiento de Antequera una singular muestra. Se trataba de una colección de poesías y fotos, emparejadas una a una, para constituir lo que los autores llamaron fotopoemas. Cada panel fotográfico se correspondía con uno poético, alusivos uno a otro en sentido amplio. El fotógrafo era Tony Smallman, artista británico afincado en Antequera (y dedicado a la enseñanza) desde hace años; y el poeta, el conocido escritor y librero antequerano Nicolás Ramos.

El fotopoema es un producto artístico en sí, tan lejano del “poema ilustrado”, como de la foto “comentada o explicada o traducida poéticamente”. Parte de la unión de una imagen y unos versos, para dar lugar a una creación nueva, no igual a la suma de los componentes. Así lo concibieron sus autores, los cuales -según me comentaron- no dejaron de sorprenderse los primeros del resultado, una vez que contemplaron su obra en aquella original exposición, tan diferente y de efecto visual y potencia comunicativa tan distintos a los que logra la difusión en forma de libro de versos y/o de fotografías.

Después de dar noticia de la exposición y del objeto expuesto, quiero insertar aquí algunos de aquellos fotopoemas publicados. No de los mejores, que no sabría yo elegir por falta de criterio y conocimientos, sino de los que más me han gustado, mirando con más atención la parte literaria que la icónica, pues si de aquella sé poco, de ésta sé aún menos. Son sólo tres.

“La escalera” está formado por cuatro versos preciosos, que traen al recuerdo el mito de Dafne convertida en árbol, inspirador de célebres poemas clásicos. La foto muestra, en blanco y negro, el esqueleto desnudo y frío en que ha parado el frondoso árbol verde originario.

ME VI SUBIENDO AL ÁRBOL MAJESTUOSO
PARA SABER QUÉ FRUTO ME LLAMABA.
NO LO HALLÉ ENTRE LAS HOJAS NI EN LAS RAMAS:
SE TRANSFORMÓ EL VERDOR EN ESCALERA


En “Cometas”, fundiéndose con una imagen aparentemente sencilla, aunque realmente grandiosa, hay seis versos en los que se engasta una colección de metáforas impagables, que transfiguran en múltiples visiones las simples telas volantes:

ONDEAN AL VIENTO LÁBILES COMETAS,
A LA CORRIENTE INVITAN SIN RECELO.
BRIDAS CAPACES, SUAVE MONTA A PELO,
JINETES DE AIRE DANDO VOLTERETAS.
¡CÚPULAS ASPIRANTES EN EL CIELO!
FLOTANDO CAPRICHOSAS MARIONETAS.


“Entre las cenizas y los aviones” lo tengo como el fotopoema puro, el auténtico fotopoema. Aquí la poesía saca de la imagen su significado propio -geometría urbana-, para volcar en ella una multitud de sentidos en torno al "gigante" corazón -lo humano-, sostenido en medio de un mundo sombrío, desnudo, fúnebre, amenazante… O le añade el nuevo contenido al original, con un resultado de extraordinaria intensidad, que va calando a cada vuelta del reiterado estribillo.

DURMIENTES Y DESPIERTOS:
GIGANTE EL CORAZÓN EN LAS CIUDADES.
RESURGEN DE LAS RUINAS:
GIGANTE EL CORAZÓN EN LAS CIUDADES.
NUEVAS VENTANAS SE ABREN:
GIGANTE EL CORAZÓN EN LAS CIUDADES.
A LTOS RASCACIELOS:
GIGANTE EL CORAZÓN EN LAS CIUDADES.



Este breve recordatorio de aquella pequeña y grande exposición, hecho en un medio como Internet, ¿podrá servir a los autores para que se animen a crear un espacio virtual propio donde sigan brillando, ya en la inmensidad de la red, sus fotopoemas, y sus fotos y sus poemas?

miércoles, 2 de septiembre de 2009

NO ME GUSTA ESTA FERIA

Sin que haya podido indagar en mis adentros la razón exacta, el porqué preciso, lo cierto y verdad es que la actual feria de Antequera no me gusta. No es que haya feria ahora y me refiera a esa, no. La última acabó hace una semana, aproximadamente. A lo que aludo es al “formato”, como se dice ahora, al “modelo”, que también se dice, o sea, al tipo de feria que en los últimos años se ha impuesto: cacharros y casetas. Los cacharros para los niños y las casetas, para los jóvenes y mayores. Los cacharritos, ya se sabe. Las denominadas casetas son, esencialmente, establecimientos donde se expenden bebidas alcohólicas (parece que en las destinadas a menores, no) con alguna que otra engañifa sólida, de no muy alto nivel culinario, desde luego muy inferior al de los bares y restaurantes habituales, a cambio de unos precios bastante elevados, en los que van incluidos los decibelios en directo o en disco, bravos decibelios que te impiden hablar/escuchar, si es que lo intentas.

Yo, como no tengo ya chavales a los que pasear en la ola o la serena (así se nombraba antes) o los coches de choque o los aviones…, sólo me queda, en este paradigma ferial, congregarme en torno al alcohol y los pinchitos o similares, arropado por un caudal de música, para mí excesivo como digo. ¿Bailar? Algo, sí. Pero en plan payasada, lo mismo que en las sopocientas bodas/bautizos/comuniones que lleva uno ya en el cuerpo, todas también iguales entre sí.



No me gusta esa clase de feria en que la variedad está ausente, en que ya se sabe que todo será exactamente igual al año pasado y a los anteriores y a todas las celebraciones y fiestas a las que asistes durante el año. Si no bebes y/o no te gusta mucho el mediocre tapeo ferial, enharinado de polvo terrestre, ya lo tienes todo hecho y te puedes ahorrar la bajada al real.

Porque esa es otra. El traslado del recinto a aquel retirado lugar, allá en los confines últimos de la ciudad, en los límites ya de la circunvalación (o sea, en medio del campo), aparte de la lejanía, de tener que coger el coche y de deber ir expresamente, ha sacado la feria del pueblo, y no sólo en el sentido geográfico. El pueblo no está en feria, aunque aquí (más bien por los alrededores) haya una feria. Parece igual, pero es muy diferente.

No me gusta esta feria. Porque ni siquiera me han entusiasmado los nombres de los cantantes o artistas de otra especialidad contratados desde hace un tiempo. Tal vez la señora Vega haya sido la de más postín este año; coincidió que actuaba una noche que bajé al recinto festivo y ¡vaya decepción! Ni siquiera el sonido era bueno.

Si alguno de los que empezaron a leer esta penosa crítica ha llegado hasta aquí, tal vez se esté preguntando: ¿y qué tiene que tener la feria para que le guste a este hombre? Yo respondo: ni idea. No lo sé. Pero eso no me quita el derecho a quejarme, claro. Porque que yo no sepa cómo “diseñar” (se dice también ahora) una feria en condiciones no es nada malo. Lo malo de verdad es que no lo sepan los responsables del municipio.

lunes, 17 de agosto de 2009

LA INOCENCIA COMO REFUGIO

Creo que honro el blog incluyendo el siguiente párrafo de un libro que, al menos para mí, es importantísimo. Siempre estoy leyéndolo. Este fragmento define el concepto central de "inocencia", una de las claves para entender muchas de las cosas que pasan en la sociedad actual.

“Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones: el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad feliz. En la primera, hay que comprender la inocencia como parodia de la despreocupación y de la juventud; culmina en la figura del inmaduro perpetuo. La segunda es sinónimo de angelismo, significa la supuesta falta de culpabilidad, la pretendida incapacidad para cometer el mal, del que siempre son culpables los otros; culmina en la figura del mártir autoproclamado.”

P. BRUCKNER: La tentación de la inocencia. (1995). Barcelona, Círculo de Lectores, 1998, pp. 14-15.

jueves, 6 de agosto de 2009

TRES LIBROS "CON NIÑO"

Se da la casualidad de que los tres últimos libros que he leído son otras tantas novelas a las que llamaré “con niños”, tomando el término del mundo de la publicidad, donde se distingue entre “anuncios para niños” y “anuncios con niños”. Sus títulos son, por orden de lectura, Paraíso inhabitado, de Ana María Matute (Barcelona, Destino, 2008), Todo por una chica, de Nick Hornby (Barcelona, Anagrama, 2009) y De una vida a otra, de Fernando Delgado (Barcelona, Planeta, 2009).

Bastante diferentes entre sí, en temática y valor literario, la primera narra un trozo de la vida de una niña, Adriana, precisamente el que coincide con la salida de la infancia, la llegada del primer amor y la experiencia de la separación de los padres, el estallido de la Guerra Civil, etc. En la etapa de postguerra se sitúa una secuencia de la obra de Fernando Delgado, la que cuenta algunos momentos de la biografía infantil del protagonista, Juan Jonay o Román (se da un cambio de nombre); la otra se fija en su situación de adulto, desde la que narra en primera persona. Es curioso que los tres relatos emplean este tipo de narrador, de modo que el o la protagonista es el o la que refiere los hechos. Todo por una chica recoge la crónica de lo sucedido a Sam, un chico de 15 años, desde que conoce a Alicia, que será su novia (mejor, novieta) un breve tiempo, hasta los meses posteriores al nacimiento del hijo de ambos, contada desde la óptica del muchacho, que se supone tiene unos 18 ó 19 años en tanto que narrador.


Las tres son muy buenas obras, tal como ha puesto de manifiesto la crítica. Pero, para mí, la mejor es sin duda la de Ana María Matute, autora a la que tengo una especial afición, desde que hace muchos años la descubrí en sus cuentos. Paraíso inhabitado es un relato lineal, cuya lectura, fácil y cómoda, logra que en ningún momento decaiga el interés, pese a la ausencia de hechos extraordinarios, sorprendentes, y de técnicas especiales en el componente temporal, como es propio de estas historias retrospectivas. Precisamente en las otras dos novelas, el salto atrás es continuo e incluso en la de Fernando Delgado constituye el molde estructural, que da como resultado el que se superpongan escenas referentes a dos o más épocas: hay diálogos que comienzan unos personajes en un momento dado del espacio cronológico abarcado y lo siguen los mismos en otra etapa e incluso otros diferentes.

Puede decirse que existe en las tres un componente de “novela psicológica”, ya que no sólo interesa contar lo que pasa, sino también, y quizás sobre todo, expresar la repercusión interior de los sucesos. Adriana vivió con asombro y con dolor lo acaecido a su alrededor y en relación con su persona en esos años narrados. Diré que fue lo que me llevó a hacerme con la novela, aparte del “valor de marca” de la autora: me interesaba conocer la perspectiva, la visión femenina en el punto en que arranca la adolescencia. Y aseguro que el texto de Matute me ha satisfecho con creces, gracias, entre otras cosas, a la maestría con que la autora maneja el estilo detallista y el análisis interior, el minucioso examen de cada uno de los variadísimos pálpitos del corazón de la niña.

Miradas en conjunto, las otras dos narraciones son algo más “superficiales”, menos penetrantes y, por eso, más simples. Lo que no obsta para que, técnicamente, resulten más complejas, sobre todo en el manejo del tiempo, como he dicho. Todo por una chica viene a mostrarnos, tan sólo, cómo el miedo y la inseguridad se adueñaron de Sam desde el momento en que el niño se imaginó y se vio como padre, a sus 15/16 años (cumple años en el período narrado), de donde se deriva un mensaje de tipo “educativo” muy claro: chavales, chavalas, jamás os permitáis tener hijos antes de ser adultos, utilizad el preservativo o acudid al aborto. Al contrario que en Paraíso inhabitado, el contexto en que se producen los hechos, compuesto por los padres, el colegio, las amistades…, tiene poca relevancia, es relativamente plano, casi diría que algo tópico. Sentía yo cierta curiosidad por saber algo de la mentalidad y las actitudes inglesas adultas en relación con la sexualidad y el embarazo adolescentes, pero no ahonda demasiado el libro en esas cuestiones tangenciales o de entorno. Un rasgo más he de destacar de este texto, muy bien traducido por Jesús Zulaica: el lenguaje espontáneo, ocurrente, simpático, cercano a la realidad del habla adolescente auténtica. En ese aspecto, es una delicia “oír” al muchacho contar sus cosas, quitándole hierro al drama, conformándose y aun riéndose a veces de su suerte, tendiendo al enfoque menos dramático de lo que le ha ocurrido, que es en sí bastante grave. Eso está estupendamente conseguido: no todos los autores adultos logran imitar tan bien el modo de expresarse de los adolescentes. Por eso resulta muy digna de consideración la labor del traductor.

La reflexión que suscita De una vida a otra surge de la siguiente situación, que es el centro del relato: ¿qué ocurre cuando un niño de 12 ó 13 años (“añitos” es el derivado que se me viene a la cabeza) se encuentra en medio del fuego cruzado entre sus padres; es decir, cuando es elegido como objeto, inocente e indefenso, de cruel venganza; en definitiva, cuando es el que paga los platos rotos? Su vida puede darse ya por deshecha. Y, más aún, si acaece en unos años como los de la postguerra franquista, primitivos, salvajes, atroces. Este, y no el franquismo, es el auténtico tema de la obra. Duro, muy duro, aunque aliviado un tanto por la contención con que el autor lima la tragedia.

Tres libros “con niños”, pues, que, salvo casos especiales, no van destinados a niños. Ni siquiera el de la pareja embarazada, creo yo, pese a que puede parecer el más próximo. Insisto, salvo que se trate de adolescentes con una cierta madurez humana y lectora.

Como se ve, este verano, en que he dejado ya definitivamente las aulas del instituto, o sea, a los niños de carne y hueso, ha tocado que sea el de niños de papel. Porque no ha acabado aún la racha: ayer empecé Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa, que supongo -estoy más que seguro- será merecedor de otro comentario.

miércoles, 1 de julio de 2009

HOMENAJE JUBILAR 2

Soy tu tocayo, el "Punto Filipino". Aunque sólo llevo aquí un curso, me da mucha pena que te tengas que jubilar. Siempre que hemos tenido un problema, tú nos lo has solucionado. Como cuando íbamos a JUVELOJA a la excursión y nos daba vergüenza darle el dinero al maestro porque había que entrar en la clase de 3ºC; nos daba vergüenza y tú le diste el dinero al maestro de Educación Física. Como cuando se le perdió el bolígrado a José Miguel y tú le diste el tuyo. Y como lo de Elizabeth: se lo dijiste a la Orientadora y lo soculionamos. Siempre has sido muy "apañao" y has estado siempre con nosostros para lo que nos ha hecho falta. Te escribo para que nunca te olvides de mí y te acuerdes siempre. Como te decía antes, que me da mucha pena que te vayas. Adiós, maestro. Espero que nunca te olvides de mí. Adiós de tu "Punto Filipino": JOSÉ ANTONIO ASENCIO. 1º A.

Cómo me voy a olvidar, tocayo, cómo me voy a olvidar. Aunque no nos veamos en mucho tiempo. Jamás se me borrarán de la memoria sentimental nuestra convivencia en el instituto, donde hemos tenido, sin saber por qué, una especial relación; y tus ojos, inundados de lágrimas, el día de la despedida, mientras cantabais esa canción tan hermosa. Un fortísimo y larguísimo abrazo, "Punto Filipino". Y muchas gracias.

domingo, 28 de junio de 2009

CUMPLEAÑOS

Mi actual circunstancia vital, o sea, el haber alcanzado hace poco los 60 y el don de la jubilación, me ha invitado a reflexionar sobre la celebración de los cumpleaños. Confieso que, siempre que el paso de una edad a otra ha comportado un cambio de decena, he entrado en una fase de cavilaciones, más o menos intensa y/o duradera . El llegar a otra década parece que lcomporta una nueva y especial trascendencia. Sólo parece, claro, porque tanto hay de los 58 a los 59, como de los 59 a los 60. Pero… no es igual, ¿verdad? Por ejemplo, significa mudar de cincuentón a sesentón. Uf, uf. Bueno, el caso es que he estado dándole vueltas a eso del cumpleaños. Naturalmente, a la defensiva. Y me he preguntado: en realidad, ¿qué es lo que se celebra, el tener doce meses más de edad o la conmemoración del día en que uno nació? Es decir, ¿se festeja el logro de una meta deseada o la vuelta de una efemérides anual? Dada la actitud con que me he estado interrogando, la respuesta ha sido claramente pro domo mea, interesada, sesgada, egoísta, nada objetiva, etc., etc. ¿O es que creían que iba yo a aceptar que el personal se deleitara en hacer ostentoso tan indudable signo de… avanzada veteranía? Así que he cambiado las tornas y a todos los que me han felicitado, les he respondido: “Gracias por alegrarte al recordar el día mi nacimiento, sin duda importante para ti ”. Tal es el modo en que he tratado de dejar en segundo plano la cifra y remitir, a los demás y a mí mismo, a la excelencia de la fecha. Y, de paso, he sacado, y sigo sacando, otro provecho: me voy dedicando a la tarea, ahora veo que hermosa, de esculcar en mi baúl de los recuerdos para buscar razones que me hagan mantenerme en mi idea de que mereció la pena mi llegada a este mundo.

domingo, 21 de junio de 2009

HOMENAJE JUBILAR 1


Este es el primer texto de una serie que voy a insertar, referente al día en que compañeros y amigos (¿cuál es la diferencia?) me quisieron dar la despedida jubilar, ya que paso a ser profesor en stand by. Es otra forma, la enésima (aunque insuficiente aún) de agradecérselos a sus autores.
Se trata de un precioso poema de Encarna Lara, amiga y sublime poetisa, de la que estoy deseando conocer, saborear y comentar un libro más. Muchas gracias por regalarme este "mapa de una estrella".

sábado, 21 de marzo de 2009

APRENDER A ESCUCHAR MÚSICA

Andaba yo buscando, desde hacía tiempo, un libro, del que no conocía ni su autor ni su título ni la editorial ni apenas su contenido. Sólo sabía que lo quería y para qué. O sea, su finalidad. Era esta: que me sirviera de ayuda para mejorar mi forma de escuchar música y, así, sacar más jugo a mis audiciones. Audiciones que son muy frecuentes, porque es notorio que soy de los aficionados que se pueden denominar amantes en el más genuino sentido de la palabra. Me enamoré de la música en cuanto pude sentir eso que tal vez sea posible denominar “amor estético”, normalmente -y felizmente- anterior incluso al uso de razón.
Pues bien, el libro llegó a mí hace unas semanas. Se me apareció inesperadamente, al pasar yo, con cierta prisa, por delante de los estantes de una librería de mi pueblo. Lo cogí, miré el índice y enseguida lo reconocí. Me lo llevé a casa y lo leí de un par de tirones. Desde entonces ando buscando un lugar donde posarlo, a la altura de la admiración, de la adoración que ya le profeso. El libro es Cómo escuchar la música, de Aaron Copland. La primera edición en inglés es de 1939 y la última reimpresión en español, de 2006, procede de la cuarta edición en lengua original, que aparece aumentada. Tiene 284 páginas.



La obra se divide en 11 capítulos, pero el contenido global puede considerarse distribuido en tres núcleos temáticos: el primero lo integran los elementos esenciales de la música (ritmo, melodía, armonía y timbre), la textura y la estructura; el segundo, las formas musicales (formas por secciones, variación, forma fugada…), y el tercero, algunos géneros (la ópera, la música de películas...). En cada uno de los aspectos tratados, el autor cita ejemplos de obras clásicas y contemporáneas, que ilustran perfectamente lo explicado. E incluso aconseja la audición de composiciones completas, para comprobar los conceptos expuestos y para hacer prácticas de escucha. Con todo ello, persigue -y consigue- lograr el fin que anuncia en las primeras páginas: que la música no sea para el auténtico devoto un simple sonido agradable, del que se deja llevar, pero del que no entiende absolutamente nada. Es necesario saber algo acerca de la música y de las obras musicales para que eso no ocurra. Aunque tampoco se trata de pedir a todo el mundo que oiga como oye un compositor o un intérprete cualificado.
Personalmente, me ha gustado mucho, y me ha enseñado más, el capítulo VI, titulado “La estructura musical”. Yo creo que es uno de los que más beneficio aportaría también a cualquier persona interesada, entre otras cosas porque brinda una información que en pocos lugares se encuentra y que es básica para aprender a “seguir el hilo” de la pieza musical y entender el sentido de cada parte y del todo. O sea, ofrece pistas esenciales, cuya asimilación es imprescindible para la formación de la competencia básica del receptor musical. Dice así uno de los fragmentos iniciales: “Para crear la sensación de equilibrio formal, se usa en música un principio importantísimo. Y es tan fundamental para nuestro arte, que probablemente no dejará de usarse, de un modo u otro, mientras se escriba música. Ese principio es el muy simple de la repetición. La mayor parte de la música se basa estructuralmente en una amplia interpretación de ese principio. […] El único principio formal que hay que mencionar además de ese, es el contrario de la repetición, esto es, el de la no repetición. Hablando en general, la música cuya estructura vertebral se basa en la repetición, se puede dividir en cinco categorías diferentes. La primera es la repetición exacta; la segunda, la repetición por secciones o simétrica; la tercera, la repetición por medio de la variación; la cuarta, la repetición por medio del tratamiento fugado; la quinta, la repetición por medio del desarrollo.” (p. 119). A partir de aquí, el texto desarrolla cada una de esas modalidades de repetición. Y, al concluir el capítulo, y el libro, el lector tiene la impresión, tan frecuente siempre que se trata de unas páginas verdaderamente nutritivas, de que la próxima vez que ponga un CD en su equipo ya nada será como antes.
Para concluir esta reseña, que he escrito sobre todo por agradecimiento al autor, también compositor, ya desaparecido, cuyo libro me ha proporcionado la oportunidad de crecer como oyente de obras musicales, quiero relatar algo que me ocurrió cuando iba por el tercer o cuarto párrafo. Hice una breve interrupciòn para hablar con uno de mis alumnos, de 14 años, sobre la emoción que estaba sintiendo en ese momento, al oír, de fondo, una de las canciones de Esteban Valdivieso, compañero de Universidad, fallecido no hacía mucho. El chiquillo, que había entrado en mi despacho no recuerdo bien a qué, va y me espeta: “Algunas veces, una canción no es nada más que un ruido; pero otras, es parte de la vida de uno”. Confieso que, mi ánimo, inflamado por la música que sonaba y embriagado por el penetrante aroma del incienso que yo mismo estaba quemando en loor del libro de Copland, se quedó, un instante, en suspenso...

jueves, 8 de enero de 2009

LANDA CUENTA


Acabo de leer, hace no más de diez minutos, un libro que hace apenas unas semanas era inexistente para mí: Alfredo el Grande. Está firmado por Marcos Ordóñez y lleva el subtítulo de “Landa lo cuenta todo” (Editorial Aguilar, 2008). Se trata de la biografía profesional de Alfredo Landa, uno de los actores más representativos del llamado cine del “destape”, que se desarrolló al final del tardofranquismo y durante la “transición”. Como otros de su generación, también identificados durante mucho tiempo con ese cine tan menor, casi detestable, ha tenido la oportunidad de mostrar que es un excelente actor, puesto a prueba en obras de calidad y exigencia infinitamente mayores, como Los santos inocentes, El crack, etc. No es a la fuerza malo el actor que hace una o muchas películas u obras de teatro malas, ni al contrario. En un pasaje de la obra, expresada a modo de conversación del cómico con el autor, reconoce aquel que ha hecho películas malísimas, desastrosas, pero que en la inmensa mayoría ha estado bien. Y es verdad. Y en muchas, muy bien.

Cuando un personaje como Landa escribe o dicta (o colabora con entrevistas…) una obra como esta, lo más fácil es pensar que lo hace para reivindicar su figura y librarla del lastre antes mencionado. Yo no sé si es eso lo que ha querido. Desde luego, en el libro no se olvida la mención de ninguna película, mala o buena, ni se endulza la descalificación de las malas. Quizás no haya otra pretensión que recordarnos que, junto a las malas, ha hecho bastantes muy buenas y que se le ha reconocido como excelente actor con importantísimos premios (como, por ejemplo los Goya), en películas de tanta calidad como las de los que más. Con toda sencillez, confiesa que muchos bodrios los aceptó porque “teníamos que comer todos los días”. Además, esos eran los guiones que había. Mejor dicho, había otros, pero esos los rechazaba, porque eran aún peores.

Por poco aficionado y conocedor que sea uno del cine patrio, y si además es uno suficientemente objetivo, tendrá que admitir que se trata de uno de los más grandes actores de la época actual. Un actor de capacidad, de estudio, de dedicación y esfuerzo, y, cómo no, de vocación. Él la llama “pasión”. A mí me ha satisfecho mucho la lectura de este peculiar libro de memorias. Con él he llenado las lentas y largas horas de restablecimiento de un catarro atroz, de los que te encierran en casa varios días. De todas las películas españolas que yo haya podido ver en mi vida, una buena parte ha estado protagonizada por Alfredo Landa. Es uno de los habitantes de mi galería de populares interesantes. Por eso, cuando me enteré de que había publicado este título (al principio creía que él firmaba como autor) y de qué iba, no dudé en buscarlo. Mi interés se centraba, como suele suceder, en saber más de un personaje así, es decir, sentía bastante curiosidad. Y también, quería saber sobre los entresijos del cine español contemporáneo, al que, en tanto que industria, me dijeron que ponía a parir. Todo lo he conseguido. Y con creces, porque al estar expresado como una charla, el texto es de una viveza y una amenidad enormes: te informa y te entretiene.

Recomiendo esta obra, puesto que, además de lo que he dicho, le permite a uno acceder al verdadero perfil de otros actores, de autores, de directores, productores…, todos de primerísima fila, cuyo talante muestra zonas bastante más oscuras o más luminosas de las ya sabidas.

Al final, creo que no sólo es la biografía profesional del actor, sino que constituye un capítulo de la historia cotidiana del cine español de los últimos cuarenta o cincuenta años.

martes, 6 de enero de 2009

LAS CALLES DE MI PUEBLO (IV). CALLES DE BUEN NOMBRE.

En mi pueblo hay calles con nombre realmente hermoso. Por lo sugerente, por las imágenes que evoca, porque despierta la fantasía, aviva el recuerdo…, o sencillamente porque suena bien.



Una es la calle de la Estrella, no muy amplia ni vistosa en sí, aunque hace poco ha sido restaurada en su asfaltado y cuenta con varias construcciones cuidadas estéticamente. Me gusta mucho ese nombre. Está cerca, como no podía ser menos, de la más extensa calle del Sol, otro astro, en este caso el “rey”. Con perfil de suave vado, desemboca la regia avenida en una plazuela, cuyo nombre no figura en ningún mosaico ni letrero externos, pero a la que la llaman del Espíritu Santo.



Una cuesta afluente, con sensitivo título, es la de las Flores. Lejana, en el espacio y en el tiempo (pues es reciente su apertura), discurre una vía hipónima (si se me permite tal catalogación), la de los Claveles, en el Barrio de la Quinta.

También sale de la paráclita plazuela la calle Mármol, que a mí me suena a ricos y lujosos jaspes, de terso y suave brillo, pacientemente bruñidos a mano en la próxima
calle Pulidos. (alguien, más realista, pensaría en un vulgar taller marmolero).

Con un tramo ascendente y otro descendente (igual que Mármol, pero aquí con distinto nombre cada uno), hallamos una callecita cuyo nombre
resulta verdaderamente enigmático, Madre e Hija: ¿quiénes fueron
estas dos mujeres, cuyos nombres la historia ha velado pudorosamente? Sin duda, dos figuras importantes, al menos populares, como tándem familiar. Nunca sabremos de ellas, sólo que se las conoció y admiró en tanto que hija y madre. ¿Podemos efectuar alguna conjetura?, ¿podemos alimentar nuestra imaginación y recrear la historia, el asunto, que daría pie a la notoriedad y a la ocultación? La calle es antigua, como todo el barrio por donde nos estamos moviendo, conocido como de San Miguel, por desplegarse en torno a la calle y la parroquia del arcángel.

Lindando con otra zona del pueblo, la del Portichuelo, hay una cuesta, ni muy larga ni muy ancha, a la que llaman con una palabra que, más que nombre, parece mote: es la cuesta del Bolo (no entro en disquisiciones ni pesquisas históricas para explicar por qué se le puso así; me quedo con la resonancia humorística actual). Lo mismo que un brevísimo repecho, en las márgenes del río de la Villa, por el Barrio del Carmen, a la que han puesto, con elegante sorna y quién sabe si también con algo de leve inquina por el ruido, Cantarranas. De idéntica consideración, ínfima, debió de ser en su tiempo la que bautizaron como calle de la Polilla, entre el Barrio de San Pedro y el Cerro. Por otra parte, resultan al menos curiosos los términos Taza y Plato, enseres comunes y cotidianos, para dos calles que se cruzan en ángulo recto (como los ejes del plato y la taza), por el Barrio de San Miguel. Para entender el motivo del de la Silla, basta con seguir su trazado, parecido, lógicamente, al de la calle del Codo, dos interesantes, aunque sencillas, metáforas.



En cuanto a la calle Pajeros…, prefiero limitarme al criterio gremial, muy socorrido en este caso, pues me salva de meterme en atrevidas elucubraciones y buscar donde nada se me ha perdido.


Volvamos, para terminar, a topónimos más dignos, al menos más eufónicos. La jovencísima calle Vista Alegre no desmerece de sus ancestros, arriba mencionados.
Y la calle Doncellas, ¿habrá alguna voz con más poder de seducción?

Hecho curioso -seamos un poco pícaros- es que la virginal travesía se toca por un extremo con la llamada calle del Obispo, según se aprecia en la foto.

De otro lado, la calle y el callejón de la Gloria, bastante distantes entre sí, son una suerte para los vecinos que en ellas viven, frente a los que penan en la del Purgatorio y, mucho más cruelmente, en la del Infierno.



Estas dos y la que alude al cielo corren paralelas, en pleno centro de la ciudad. ¡Qué sensación tan vivificadora, en la calle Fresca y en la del Viento! Por último, un nombre cargado de sugerencias, incluso literarias, con sabor a cuento y con ribetes de leyenda: la calle del Duende, en la falda del Cerro de la Cruz, denominación esta que también nos trae al recuerdo textos de Zorrilla o Bécquer.


Existen, como decía, calles con nombres ciertamente hermosos en mi pueblo. Estas son algunas, a las que añadiré otro día algunas más. Es un placer añadido residir en ellas y por ellas transitar a diario.

viernes, 2 de enero de 2009

CUÁNTO vs CÓMO

Hoy, primero de año, he realizado una encuesta casera entre mis amigos y conocidos. Aunque, a decir verdad, más que una encuesta en sentido estricto, ha sido una comprobación. Es decir, un procedimiento para reafirmarme en mis suposiciones acerca del tema elegido. Se trata de lo siguiente: les he preguntado a bastantes personas sobre “la noche” (la Nochevieja). Sin excepción, me han contestado, tal como esperaba, en términos cuantitativos: “hemos estado hasta las…”, “estaba lleno a rebosar, había XXX personas”, “me ha salido super caro / barato”, “era un local amplísimo / demasiado pequeño”, “actuaron X orquestas”, “sirvieron X copas y canapés”, etc. Era de esperar, digo. Así que, para recibir información sobre cómo lo han pasado, para mí más importante, he tenido que interrogar específicamente sobre eso: “¿Y cómo lo has / habéis pasado?”. Pregunta que, desde luego, ha suscitado menos interés en mis interlocutores.

Mi suposición se ha confirmado: en la vida diaria, se emplea lo cuantitativo como principal vara de medir, y nunca mejor dicho, medir, la valía de las cosas, las personas y los hechos. Por ejemplo, si es el caso de hacer juicio sobre la casa que se ha comprado alguien, lo que se observará, principalmente, es el tamaño, el número de habitaciones, el dinero que le ha costado y cuánto tardará en amortizarla (o pagar el préstamo), la amplitud del garaje…, y no la comodidad, la iluminación natural, la estética arquitectónica, la distribución de los espacios, la existencia de obstáculos (escaleras, por ejemplo), la atmósfera que crean los colores con que se han pintado las paredes, etc. En el terreno de la enseñanza, tan delicado, cuando se evalúa a un alumno, lo que se hace es identificar cuánto sabe y contrastarlo con lo que debería saber; nunca he oído a los profesores explicar que han suspendido a un alumno por lo mal que sabía lo mucho que sabía. Ni siquiera está clara la diferencia entre saber bien y saber mal. En el juego recreativo, algo tan poco dado al parecer a la mensurabilidad, siempre se gana o se pierde, y casi siempre es por algo reproducible en un marcador: goles, canastas, horas, minutos o segundos empleados, metros o kilómetros recorridos, altura del monte escalado, etc. No hay nada relacionado con la calidad del juego o la diversión que proporciona a los participantes y al público, fines -creo- más propios de tal actividad. Pero, claro, me dirán, es que ese juego ha dejado de ser un puro entretenimiento, para pasar a convertirse en pura competición. O sea, una desgracia.

Nos sentimos inseguros de nuestras compras si no apreciamos en ellas algún beneficio cuantitativo (“es muy barato, me he ahorrado…”; o bien, “es muy bueno, porque es de los caros”). Incluso cuando nos interesamos por la calidad, siempre es en comparación con el precio (“relación calidad – precio”, que se dice ahora). Hay gente a la que le gusta presumir del número de libros que ha leído, no del disfrute que le han proporcionado; de la cantidad de amigos que tiene, de que posee todos los discos o películas de tal artista, de que se comió tres platos de paella, y olvida ponderar el sabor, el punto de cocción; e incluso existen hombres que se ufanan ante los demás de la intensidad de su vida sexual en términos de veces. Y mujeres que se reducen o son reducidas a medidas.

Parece que no creamos en otro procedimiento más que la cifra para expresar lo bueno o lo malo que es algo para nosotros. Más aún, parece que sólo nos satisface de verdad una cosa por su tamaño, duración, peso, coste…

Todo esto nos lleva a pensar en un credo materialista, en el que nada resulta aceptable ni creíble si no es perceptible por los sentidos y no se sujeta a medida. También, en una obsesión objetivista, donde no cabe la apreciación personal, la valoración subjetiva, etc. Muy propias, una y otra filosofía, de nuestro tiempo. Ambas se evidencian en un hecho, entre otros: hoy, todo se reduce a dinero, el valor de algo es lo que cuesta, su precio de venta o de compra. Todo. Nos estamos acostumbrando a desconfiar de los juicios cualitativos, siempre subjetivos. El dinero, juez supremo, no admite ni estimaciones subjetivas ni exámenes de calidad. Y a lo mejor llega a olvidársenos pesar lo que hacemos, recibimos o damos en la balanza de la felicidad, de la satisfacción, del placer, del agrado, de amor.

“Caballo grande, ande o no ande”, reza un antiguo refrán, síntesis de la actitud que analizo. Y otro, más cruel: “Tanto tienes, tanto vales”. Tal vez es una actitud no tan de hoy, aunque seguro que también de hoy. Incluso si entendemos el “hoy” en sentido restrictivo, como 1 de enero. Ahí está, si no, mi encuesta.