jueves, 8 de enero de 2009

LANDA CUENTA


Acabo de leer, hace no más de diez minutos, un libro que hace apenas unas semanas era inexistente para mí: Alfredo el Grande. Está firmado por Marcos Ordóñez y lleva el subtítulo de “Landa lo cuenta todo” (Editorial Aguilar, 2008). Se trata de la biografía profesional de Alfredo Landa, uno de los actores más representativos del llamado cine del “destape”, que se desarrolló al final del tardofranquismo y durante la “transición”. Como otros de su generación, también identificados durante mucho tiempo con ese cine tan menor, casi detestable, ha tenido la oportunidad de mostrar que es un excelente actor, puesto a prueba en obras de calidad y exigencia infinitamente mayores, como Los santos inocentes, El crack, etc. No es a la fuerza malo el actor que hace una o muchas películas u obras de teatro malas, ni al contrario. En un pasaje de la obra, expresada a modo de conversación del cómico con el autor, reconoce aquel que ha hecho películas malísimas, desastrosas, pero que en la inmensa mayoría ha estado bien. Y es verdad. Y en muchas, muy bien.

Cuando un personaje como Landa escribe o dicta (o colabora con entrevistas…) una obra como esta, lo más fácil es pensar que lo hace para reivindicar su figura y librarla del lastre antes mencionado. Yo no sé si es eso lo que ha querido. Desde luego, en el libro no se olvida la mención de ninguna película, mala o buena, ni se endulza la descalificación de las malas. Quizás no haya otra pretensión que recordarnos que, junto a las malas, ha hecho bastantes muy buenas y que se le ha reconocido como excelente actor con importantísimos premios (como, por ejemplo los Goya), en películas de tanta calidad como las de los que más. Con toda sencillez, confiesa que muchos bodrios los aceptó porque “teníamos que comer todos los días”. Además, esos eran los guiones que había. Mejor dicho, había otros, pero esos los rechazaba, porque eran aún peores.

Por poco aficionado y conocedor que sea uno del cine patrio, y si además es uno suficientemente objetivo, tendrá que admitir que se trata de uno de los más grandes actores de la época actual. Un actor de capacidad, de estudio, de dedicación y esfuerzo, y, cómo no, de vocación. Él la llama “pasión”. A mí me ha satisfecho mucho la lectura de este peculiar libro de memorias. Con él he llenado las lentas y largas horas de restablecimiento de un catarro atroz, de los que te encierran en casa varios días. De todas las películas españolas que yo haya podido ver en mi vida, una buena parte ha estado protagonizada por Alfredo Landa. Es uno de los habitantes de mi galería de populares interesantes. Por eso, cuando me enteré de que había publicado este título (al principio creía que él firmaba como autor) y de qué iba, no dudé en buscarlo. Mi interés se centraba, como suele suceder, en saber más de un personaje así, es decir, sentía bastante curiosidad. Y también, quería saber sobre los entresijos del cine español contemporáneo, al que, en tanto que industria, me dijeron que ponía a parir. Todo lo he conseguido. Y con creces, porque al estar expresado como una charla, el texto es de una viveza y una amenidad enormes: te informa y te entretiene.

Recomiendo esta obra, puesto que, además de lo que he dicho, le permite a uno acceder al verdadero perfil de otros actores, de autores, de directores, productores…, todos de primerísima fila, cuyo talante muestra zonas bastante más oscuras o más luminosas de las ya sabidas.

Al final, creo que no sólo es la biografía profesional del actor, sino que constituye un capítulo de la historia cotidiana del cine español de los últimos cuarenta o cincuenta años.

martes, 6 de enero de 2009

LAS CALLES DE MI PUEBLO (IV). CALLES DE BUEN NOMBRE.

En mi pueblo hay calles con nombre realmente hermoso. Por lo sugerente, por las imágenes que evoca, porque despierta la fantasía, aviva el recuerdo…, o sencillamente porque suena bien.



Una es la calle de la Estrella, no muy amplia ni vistosa en sí, aunque hace poco ha sido restaurada en su asfaltado y cuenta con varias construcciones cuidadas estéticamente. Me gusta mucho ese nombre. Está cerca, como no podía ser menos, de la más extensa calle del Sol, otro astro, en este caso el “rey”. Con perfil de suave vado, desemboca la regia avenida en una plazuela, cuyo nombre no figura en ningún mosaico ni letrero externos, pero a la que la llaman del Espíritu Santo.



Una cuesta afluente, con sensitivo título, es la de las Flores. Lejana, en el espacio y en el tiempo (pues es reciente su apertura), discurre una vía hipónima (si se me permite tal catalogación), la de los Claveles, en el Barrio de la Quinta.

También sale de la paráclita plazuela la calle Mármol, que a mí me suena a ricos y lujosos jaspes, de terso y suave brillo, pacientemente bruñidos a mano en la próxima
calle Pulidos. (alguien, más realista, pensaría en un vulgar taller marmolero).

Con un tramo ascendente y otro descendente (igual que Mármol, pero aquí con distinto nombre cada uno), hallamos una callecita cuyo nombre
resulta verdaderamente enigmático, Madre e Hija: ¿quiénes fueron
estas dos mujeres, cuyos nombres la historia ha velado pudorosamente? Sin duda, dos figuras importantes, al menos populares, como tándem familiar. Nunca sabremos de ellas, sólo que se las conoció y admiró en tanto que hija y madre. ¿Podemos efectuar alguna conjetura?, ¿podemos alimentar nuestra imaginación y recrear la historia, el asunto, que daría pie a la notoriedad y a la ocultación? La calle es antigua, como todo el barrio por donde nos estamos moviendo, conocido como de San Miguel, por desplegarse en torno a la calle y la parroquia del arcángel.

Lindando con otra zona del pueblo, la del Portichuelo, hay una cuesta, ni muy larga ni muy ancha, a la que llaman con una palabra que, más que nombre, parece mote: es la cuesta del Bolo (no entro en disquisiciones ni pesquisas históricas para explicar por qué se le puso así; me quedo con la resonancia humorística actual). Lo mismo que un brevísimo repecho, en las márgenes del río de la Villa, por el Barrio del Carmen, a la que han puesto, con elegante sorna y quién sabe si también con algo de leve inquina por el ruido, Cantarranas. De idéntica consideración, ínfima, debió de ser en su tiempo la que bautizaron como calle de la Polilla, entre el Barrio de San Pedro y el Cerro. Por otra parte, resultan al menos curiosos los términos Taza y Plato, enseres comunes y cotidianos, para dos calles que se cruzan en ángulo recto (como los ejes del plato y la taza), por el Barrio de San Miguel. Para entender el motivo del de la Silla, basta con seguir su trazado, parecido, lógicamente, al de la calle del Codo, dos interesantes, aunque sencillas, metáforas.



En cuanto a la calle Pajeros…, prefiero limitarme al criterio gremial, muy socorrido en este caso, pues me salva de meterme en atrevidas elucubraciones y buscar donde nada se me ha perdido.


Volvamos, para terminar, a topónimos más dignos, al menos más eufónicos. La jovencísima calle Vista Alegre no desmerece de sus ancestros, arriba mencionados.
Y la calle Doncellas, ¿habrá alguna voz con más poder de seducción?

Hecho curioso -seamos un poco pícaros- es que la virginal travesía se toca por un extremo con la llamada calle del Obispo, según se aprecia en la foto.

De otro lado, la calle y el callejón de la Gloria, bastante distantes entre sí, son una suerte para los vecinos que en ellas viven, frente a los que penan en la del Purgatorio y, mucho más cruelmente, en la del Infierno.



Estas dos y la que alude al cielo corren paralelas, en pleno centro de la ciudad. ¡Qué sensación tan vivificadora, en la calle Fresca y en la del Viento! Por último, un nombre cargado de sugerencias, incluso literarias, con sabor a cuento y con ribetes de leyenda: la calle del Duende, en la falda del Cerro de la Cruz, denominación esta que también nos trae al recuerdo textos de Zorrilla o Bécquer.


Existen, como decía, calles con nombres ciertamente hermosos en mi pueblo. Estas son algunas, a las que añadiré otro día algunas más. Es un placer añadido residir en ellas y por ellas transitar a diario.

viernes, 2 de enero de 2009

CUÁNTO vs CÓMO

Hoy, primero de año, he realizado una encuesta casera entre mis amigos y conocidos. Aunque, a decir verdad, más que una encuesta en sentido estricto, ha sido una comprobación. Es decir, un procedimiento para reafirmarme en mis suposiciones acerca del tema elegido. Se trata de lo siguiente: les he preguntado a bastantes personas sobre “la noche” (la Nochevieja). Sin excepción, me han contestado, tal como esperaba, en términos cuantitativos: “hemos estado hasta las…”, “estaba lleno a rebosar, había XXX personas”, “me ha salido super caro / barato”, “era un local amplísimo / demasiado pequeño”, “actuaron X orquestas”, “sirvieron X copas y canapés”, etc. Era de esperar, digo. Así que, para recibir información sobre cómo lo han pasado, para mí más importante, he tenido que interrogar específicamente sobre eso: “¿Y cómo lo has / habéis pasado?”. Pregunta que, desde luego, ha suscitado menos interés en mis interlocutores.

Mi suposición se ha confirmado: en la vida diaria, se emplea lo cuantitativo como principal vara de medir, y nunca mejor dicho, medir, la valía de las cosas, las personas y los hechos. Por ejemplo, si es el caso de hacer juicio sobre la casa que se ha comprado alguien, lo que se observará, principalmente, es el tamaño, el número de habitaciones, el dinero que le ha costado y cuánto tardará en amortizarla (o pagar el préstamo), la amplitud del garaje…, y no la comodidad, la iluminación natural, la estética arquitectónica, la distribución de los espacios, la existencia de obstáculos (escaleras, por ejemplo), la atmósfera que crean los colores con que se han pintado las paredes, etc. En el terreno de la enseñanza, tan delicado, cuando se evalúa a un alumno, lo que se hace es identificar cuánto sabe y contrastarlo con lo que debería saber; nunca he oído a los profesores explicar que han suspendido a un alumno por lo mal que sabía lo mucho que sabía. Ni siquiera está clara la diferencia entre saber bien y saber mal. En el juego recreativo, algo tan poco dado al parecer a la mensurabilidad, siempre se gana o se pierde, y casi siempre es por algo reproducible en un marcador: goles, canastas, horas, minutos o segundos empleados, metros o kilómetros recorridos, altura del monte escalado, etc. No hay nada relacionado con la calidad del juego o la diversión que proporciona a los participantes y al público, fines -creo- más propios de tal actividad. Pero, claro, me dirán, es que ese juego ha dejado de ser un puro entretenimiento, para pasar a convertirse en pura competición. O sea, una desgracia.

Nos sentimos inseguros de nuestras compras si no apreciamos en ellas algún beneficio cuantitativo (“es muy barato, me he ahorrado…”; o bien, “es muy bueno, porque es de los caros”). Incluso cuando nos interesamos por la calidad, siempre es en comparación con el precio (“relación calidad – precio”, que se dice ahora). Hay gente a la que le gusta presumir del número de libros que ha leído, no del disfrute que le han proporcionado; de la cantidad de amigos que tiene, de que posee todos los discos o películas de tal artista, de que se comió tres platos de paella, y olvida ponderar el sabor, el punto de cocción; e incluso existen hombres que se ufanan ante los demás de la intensidad de su vida sexual en términos de veces. Y mujeres que se reducen o son reducidas a medidas.

Parece que no creamos en otro procedimiento más que la cifra para expresar lo bueno o lo malo que es algo para nosotros. Más aún, parece que sólo nos satisface de verdad una cosa por su tamaño, duración, peso, coste…

Todo esto nos lleva a pensar en un credo materialista, en el que nada resulta aceptable ni creíble si no es perceptible por los sentidos y no se sujeta a medida. También, en una obsesión objetivista, donde no cabe la apreciación personal, la valoración subjetiva, etc. Muy propias, una y otra filosofía, de nuestro tiempo. Ambas se evidencian en un hecho, entre otros: hoy, todo se reduce a dinero, el valor de algo es lo que cuesta, su precio de venta o de compra. Todo. Nos estamos acostumbrando a desconfiar de los juicios cualitativos, siempre subjetivos. El dinero, juez supremo, no admite ni estimaciones subjetivas ni exámenes de calidad. Y a lo mejor llega a olvidársenos pesar lo que hacemos, recibimos o damos en la balanza de la felicidad, de la satisfacción, del placer, del agrado, de amor.

“Caballo grande, ande o no ande”, reza un antiguo refrán, síntesis de la actitud que analizo. Y otro, más cruel: “Tanto tienes, tanto vales”. Tal vez es una actitud no tan de hoy, aunque seguro que también de hoy. Incluso si entendemos el “hoy” en sentido restrictivo, como 1 de enero. Ahí está, si no, mi encuesta.