viernes, 2 de enero de 2009

CUÁNTO vs CÓMO

Hoy, primero de año, he realizado una encuesta casera entre mis amigos y conocidos. Aunque, a decir verdad, más que una encuesta en sentido estricto, ha sido una comprobación. Es decir, un procedimiento para reafirmarme en mis suposiciones acerca del tema elegido. Se trata de lo siguiente: les he preguntado a bastantes personas sobre “la noche” (la Nochevieja). Sin excepción, me han contestado, tal como esperaba, en términos cuantitativos: “hemos estado hasta las…”, “estaba lleno a rebosar, había XXX personas”, “me ha salido super caro / barato”, “era un local amplísimo / demasiado pequeño”, “actuaron X orquestas”, “sirvieron X copas y canapés”, etc. Era de esperar, digo. Así que, para recibir información sobre cómo lo han pasado, para mí más importante, he tenido que interrogar específicamente sobre eso: “¿Y cómo lo has / habéis pasado?”. Pregunta que, desde luego, ha suscitado menos interés en mis interlocutores.

Mi suposición se ha confirmado: en la vida diaria, se emplea lo cuantitativo como principal vara de medir, y nunca mejor dicho, medir, la valía de las cosas, las personas y los hechos. Por ejemplo, si es el caso de hacer juicio sobre la casa que se ha comprado alguien, lo que se observará, principalmente, es el tamaño, el número de habitaciones, el dinero que le ha costado y cuánto tardará en amortizarla (o pagar el préstamo), la amplitud del garaje…, y no la comodidad, la iluminación natural, la estética arquitectónica, la distribución de los espacios, la existencia de obstáculos (escaleras, por ejemplo), la atmósfera que crean los colores con que se han pintado las paredes, etc. En el terreno de la enseñanza, tan delicado, cuando se evalúa a un alumno, lo que se hace es identificar cuánto sabe y contrastarlo con lo que debería saber; nunca he oído a los profesores explicar que han suspendido a un alumno por lo mal que sabía lo mucho que sabía. Ni siquiera está clara la diferencia entre saber bien y saber mal. En el juego recreativo, algo tan poco dado al parecer a la mensurabilidad, siempre se gana o se pierde, y casi siempre es por algo reproducible en un marcador: goles, canastas, horas, minutos o segundos empleados, metros o kilómetros recorridos, altura del monte escalado, etc. No hay nada relacionado con la calidad del juego o la diversión que proporciona a los participantes y al público, fines -creo- más propios de tal actividad. Pero, claro, me dirán, es que ese juego ha dejado de ser un puro entretenimiento, para pasar a convertirse en pura competición. O sea, una desgracia.

Nos sentimos inseguros de nuestras compras si no apreciamos en ellas algún beneficio cuantitativo (“es muy barato, me he ahorrado…”; o bien, “es muy bueno, porque es de los caros”). Incluso cuando nos interesamos por la calidad, siempre es en comparación con el precio (“relación calidad – precio”, que se dice ahora). Hay gente a la que le gusta presumir del número de libros que ha leído, no del disfrute que le han proporcionado; de la cantidad de amigos que tiene, de que posee todos los discos o películas de tal artista, de que se comió tres platos de paella, y olvida ponderar el sabor, el punto de cocción; e incluso existen hombres que se ufanan ante los demás de la intensidad de su vida sexual en términos de veces. Y mujeres que se reducen o son reducidas a medidas.

Parece que no creamos en otro procedimiento más que la cifra para expresar lo bueno o lo malo que es algo para nosotros. Más aún, parece que sólo nos satisface de verdad una cosa por su tamaño, duración, peso, coste…

Todo esto nos lleva a pensar en un credo materialista, en el que nada resulta aceptable ni creíble si no es perceptible por los sentidos y no se sujeta a medida. También, en una obsesión objetivista, donde no cabe la apreciación personal, la valoración subjetiva, etc. Muy propias, una y otra filosofía, de nuestro tiempo. Ambas se evidencian en un hecho, entre otros: hoy, todo se reduce a dinero, el valor de algo es lo que cuesta, su precio de venta o de compra. Todo. Nos estamos acostumbrando a desconfiar de los juicios cualitativos, siempre subjetivos. El dinero, juez supremo, no admite ni estimaciones subjetivas ni exámenes de calidad. Y a lo mejor llega a olvidársenos pesar lo que hacemos, recibimos o damos en la balanza de la felicidad, de la satisfacción, del placer, del agrado, de amor.

“Caballo grande, ande o no ande”, reza un antiguo refrán, síntesis de la actitud que analizo. Y otro, más cruel: “Tanto tienes, tanto vales”. Tal vez es una actitud no tan de hoy, aunque seguro que también de hoy. Incluso si entendemos el “hoy” en sentido restrictivo, como 1 de enero. Ahí está, si no, mi encuesta.

3 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo... pero José Antonio, si te paras a pensar... ¿Qué o quién se salva del materialismo ahora? todo gira en torno a cantidades como muy bien dices, una vez para determinar vencedores o perdedores, y otras, para seguir unos esquemas que hemos ido imponiendo poco a poco nosotros mismos sin darnos cuenta. Es una pena, porque mientras más apegados estemos a los objetos, o sea a los bienes materiales, más dependeremos de ellos... o al menos asi lo veo yo, lo mismo que tu posees algo, ese algo te posee a ti, es parecido a cuando escribes un libro, o cualquier texto, al mismo tiempo que es obra tuya, y por lo tanto te pertenece, tu le perteneces a él, el libro forma parte de ti, tiene parte de ti.
    Yo considero, al materialismo, como una especie de droga, a veces eres consciente de lo que haces, y te "arrepientes" pero vuelves a reincidir, y se vuelve a cerrar el circulo.
    Como tantas otras cosas, que aun estan por solucionar en esta sociedad... depende de la actuacion de todos nosotros, mientras que halla alguien, solamente alguien que piense de ese modo, nos sera imposible erradicarlo.
    Sin más por mi parte, felicitarte por el texto y desearte un feliz año nuevo.

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  2. Dicen los sociólogos que en casi todas las actividades humanas está incrustado lo económico. Es más, aquellas que tienen un fin altruista no podrían llevarse a cabo sin su coligación con lo material. El término económico implica, nos guste o no, cantidad; y toda cantidad lleva implícita la posibilidad de ser medida. De ahí, que todo lo veamos desde esa perspectiva. Voy a poner un ejemplo significativo: los maestros valoran a los alumnos con una calificación numérica; pero ahí no queda todo, para referirse a ellos dicen buenos o malos, según las puntuaciones que alcanzan: un caso más en el que cantidad es equivalente a calidad.
    ¿Por qué esto es así? Cervantes hace en el Quijote una magnífica interpretación de la naturaleza humana: en nosotros cohabitan don Quijote y Sancho. Sin embargo, en general, el hombre piensa como el primero, pero obra como el segundo.

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  3. De acuerdo. Y gracias por tu elegante y certero comentario. Además del dinero, señalaba yo otro factores influyentes en la visión cuantitativa del mundo. Así, la obsesión por la objetividad, el desprecio de los factores cualitativos, que son subjetivos, "muy personales", etc. En el fondo, tal obsesión quizás encierre un temor, el de que nuestros juicios y valoraciones no sean incontestables.

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