miércoles, 23 de septiembre de 2009

MALAS NOTAS, BUENA SUERTE

Esta vez fue Cárdenas quien me libró de una de las mayores catástrofes de mi vida. Los que tenéis por costumbre u os ha sucedido alguna vez sacar unas notas de pena sabéis bien a lo que me refiero con eso de la catástrofe. Es lo que viene después de que manden el papel a tu casa, y después de que tu mamá lo lea, y después de que te diga “Pablo, ven”, y después de que tú no le hagas caso y grite poniendo cara de rottweiler con hepatitis: “¡¡Pa-blo!! ¡¡Que ven-gas!!”.

Cárdenas llevaba como dos o tres semanas con una diarrea que se iba. A mí, como si le hubiera dado por dejarse barba y bigote: ni le echaba cuentas. Ahora sí que la atiendo y la mimo, todo agradecido. Mi madre andaba súper preocupada y triste, mucho más que si a mí me hubiera dado por fugarme de casa. Nada más vivía para Cárdenas. Todo el tiempo con la paranoia de sus medicinas, su dieta, su camita, su… O sea, con el coco sorbido.

En estas, que llega el papel ese de las notas. Y, claro, ni caso. Pero a los dos o tres días, no sé cómo, lo vio y lo leyó, junto a otros que tenía con recetas y tal de Cárdenas. Entonces me llamó, “Pablo”. Y yo casi me hago lo que Cárdenas no dejaba de hacer cada cuarto de hora, o sea, que casi me diarreo. Fui a donde estaba, antes de que se produjera el temible berrido de la segunda convocatoria. Con cara muy triste y toda conforme, me dijo: “Pablo, hijo, a ver si empiezas ya a ser un hombre y tomarte las cosas en serio. ¿No ves el problema que tenemos con Cárdenas? ¿No ves el apuro que tengo y lo que estoy sufriendo? Anda, anda. Ya no eres un niño.” Y me dio… ¡un beso!, antes de romper a llorar y dirigirse junto a Cárdenas. ¡No es posible! Así que, ¡no voy a morir! ¡Te debo la vida Cárdenas!, ¡te quiero, nena!


Ese día me pareció hasta bonita la cerda Cárdenas, la preferida de mi madre entre todos los puercos de nuestra granja. Le tenía inmenso cariño por ser chiquita y por tirar a medio rubia la pelambre que malcubría su fofo cuerpo. Y porque era una mimosa la guarrita. “Ahora yo le debo una caricia, muchas caricias. Y, si me sobran, también le llevaré algunas chuches. ¡Ayyy, qué guapaaa!”

Cogí el papel de las notas y… ni me acuerdo dónde lo metí. Total, y por suerte, para lo que serviría ya. Ahora tendría que haberme dicho mi supuesto ángel de la guarda la frase esa con la que felicitan a los malos boxeadores, aunque cambiada: “¡Salvado por la… marrana!”.
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(La creación de esta sencilla escena me la han inspirado las fechas en las que estamos, por una parte, y, por otra, un dicho de mi pueblo: "Comes / hueles más que la guarra (de) Cárdenas". También ha tenido que ver un amigo que se llama Juanma.)

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