martes, 6 de octubre de 2009

PROMESA DE LA MAÑANA

Después de Fotopoemas , he tenido la oportunidad de leer un segundo libro de Nicolás Ramos, Promesa de la mañana (Benalmádena, 2005). Es un tomito de poemas breves, “formado por cuatro cuadernillos [...], ahora ordenados en sucesión temporal y completados con una sección final, ‘La luna en el tejado’, inédita hasta ahora” (A. Carvajal, “Introducción”, pp. 7-8).
Y de nuevo me atrevo a garabatear unas breves impresiones personales, siquiera sea par dar noticia de mi parecer y buscar salida a la emoción en mí avivada. Como la vez anterior, me fundo más en mi propio gusto y paladeo, que en categorías críticas de corte académico. Ya está, para eso, la citada “Introducción” del profesor Antonio Carvajal.



Creo intuir que la más rica vena y el más brillante destello de la poesía de Nicolás Ramos se aparecen y nos deslumbran en la descripción, en la descripción lírica. Casi todos los poemas de este libro son, por otra parte, descriptivos. Con una aparente sencillez, con unos medios que parecen muy pocos, con la soberbia humildad del auténtico creador, el poeta nos muestra objetos, lugares, escenas… vistos a su manera, que no es otra que la manera por la cual se convierten en productos estéticos. Para ello cuenta con un eficacísimo lenguaje, cuyo centro y eje es la metáfora. Metáfora construida con materiales verbales cotidianos, que, una vez ubicados en el verso, se transmutan y se cargan de especial potencia expresiva, capaz de pintar el mundo y el universo todo con una faz nueva y hermosamente personal. Metáfora a veces extrema, atrevida, insólita…, tan singular y tan desconcertante como el auténtico arte.
Un primer poema, testigo de lo que indico, es el titulado (igual que el primer cuadernillo) “Azulada sal” (p. 24). Excelente texto, tal vez uno de los más valiosos del libro, en el que descubrimos aquella que llamó V. Aleixandre “ciudad del paraíso”, Málaga. Este es otro paraíso, con formas, colores y hasta sabores aunados en un conjunto inusitadamente bello, dinámico, real en la medida en que lo es la emocionada visión de lo querido:

Málaga es descapotable
y azulada sal
se adhiere a los pómulos de la noche.
A doscientos besos por hora se aproxima
la comisura del horizonte .
A doscientos besos por hora nada
nos detiene.
Málaga es descapotable
y azulada sal
se adhiere a los pómulos de la noche.

De esta primera parte, también destaco el que comienza “Cantaba primorosa una amapola…”, verdaderamente encantador en su simplicidad, con ecos de lírica popular.

Entre las cinco secciones del libro, puede que la mejor sea la segunda, titulada “Mare”, vocablo latino -supongo, como forma simplificada de la expresión “mare nostrum”-, que avanza la temática unitaria del conjunto. Es muy representativo de la poesía que tengo por más genuina de Nicolás Ramos el siguiente poema, cuyo primer verso contiene la clave constructiva e interpretativa de todo él (p. 46):

Mujer, mar,
sosiego, ira,
deseo, inmensidad.

Azules ojos,
mar azul;
ingrávido deseo
de golpear.

Cintura que baila,
barca que tímida navega.

Arena dorada,
cara serena,
orillas fértiles
de aguas inquietas;
labios que besan.

Mujer, mar;
sosiego, ira,
deseo, inmensidad.

La predilección por lo descriptivo diluye en este otro (p. 47) un elemental arranque narrativo, y el mar aparece otra vez como metáfora del amor. O al revés, qué más da.

Flotando ligeramente, espuma, aire.

Dos mares rojos embravecidos
de mutuo acuerdo, agua, cielo.

Se eleva la noche en suspiros
que van y vienen, viento y viento.

Tú y yo, dadivosamente
.

En la medida en que la realidad exterior, como conjunto de sensaciones (por lo tanto, realidad personalmente mudada), constituye lo principal del lenguaje poético de Nicolás Ramos, puede decirse que se trata de una poesía visual. Creo que es así, como lo es la poesía que define el Modernismo intimista español del primer Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. ¡Qué herencia, Dios! Una lírica donde las palabras que nombran las cosas y sus cualidades sugieren, sin decirlo, el sentimiento que engendran y del que se contagian. Poeta visual, sólo así, poeta de la imagen.

La imagen es, precisamente, eje temático de uno de los últimos poemas del libro (p. 66, sección “La luna en el tejado”):

La imagen siempre queda.
Queda el gesto y el perfume,
la mirada triste y serena,
las gotas de rocío…
Unas tardes violeta y frías,
un paseo por las calles,
una risa y un llanto:
la luna en el tejado
.

Estoy seguro de que no fue casualidad la idea de inaugurar el género del fotopoema.

Como acostumbro, termino expresando mi agradecimiento al autor de las obras que, después de disfrutarlas -y por eso-, comento. Muchas gracias, Nicolás.

1 comentario:

  1. ESTUVE EN UN RECITAL DE NICOLAS RAMOS EN MOLLINA
    Y ME DEJO ENCANTADA. AL FIN COMPRENDI LO QUE ES POESIA.

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