sábado, 25 de diciembre de 2010

SIN ZAMBOMBA NI PANDERETA

          He caído hoy en la cuenta de que, en lo que llevamos de Navidad, no he visto en las calles de la ciudad donde vivo ni una sola zambomba ni tampoco panderetas. No sé si será consecuencia de algún virus específico que ha asolado mi lugar o si ha ocurrido en toda la piel de toro patria, al menos en Andalucía, región donde estos dos instrumentos populares no han faltado, tradicionalmente, para acompañar el canto de los villancicos. El caso es que tampoco se están pasando anuncios donde la zambomba, la pandereta, el almirez, los platillos, la botella de anís… formen parte del atrezzo, junto a los clásicos trajes de pastorcillos, etc.  Tan sólo la publicidad de Iberia ha incluido zambombas, aunque con un uso totalmente descontextualizado y desnaturalizado.

          ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué está ocurriendo? ¿Se está perdiendo también la tradición de los villancicos y su característica orquestación? Algo sí. Aunque, si mi estimativa no me engaña, he creído oír en el sonido ambiente de grandes centros comerciales y supermercados, e incluso en la megafonía callejera que, según expresé en otro artículo, han instalado en la ciudad que me vio nacer, bastante más música navideña que otros años. También se mantiene, quizás intensificado incluso, el gusto por los belenes, otro símbolo de la navidad tradicional.
          Si la gente no compra panderetas o zambombas es que, seguramente, no piensa cantar mientras digiere la cena de Nochebuena, por ejemplo. Ni antes de esa noche ni después. Los niños, grandes imitadores, siempre han delatado los propósitos de sus padres, tíos y abuelos portando por las calles esos instrumentos a escala infantil, cuando van con su mamá de compras, al parque… Este año, no. Y no he salido menos que otros. Así que “Los peces en el río” parece que han dejado de beber, en sus versiones caseras, familiares…

          Como digo, cabe preguntarse por las causas de tal vacío instrumental. Sinceramente, yo no tengo ni idea de por qué pasa. Anoto, sin embargo, un fenómeno paralelo: las tiendas de chinos y de moros (dicho sea sin sentido peyorativo) también carecen esta temporada en sus estanterías de zambombas y panderetas. Yo no he visto por aquí ninguna. Señalo, nada más señalo, la coincidencia. ¿Tienen alguna relación la desaparición de los instrumentos en la fanfarria y animación navideñas, y en las tiendas del antiguo “todo a 100”? No lo sé. Ahí está.

          Sin embargo, no caben más que dos posibilidades: a) magrebíes y asiáticos han decidido, por lo que sea, extirpar costumbres ancestrales del país de acogida, empezando por el bumbúm-chinchín navideño, con un deslumbrante éxito (¿de qué nos privarán mañana?); b) esos mismos comerciantes, con un olfato fuera de lo común, han detectado un creciente desapego de la población autóctona por la interpretación de sus cantos navideños y de todo lo que los rodea, como son los sencillos, quizás toscos, instrumentos de madera, barro y pellejo, y para ajustar la oferta a la demanda y no despilfarrar ni un euro, no han hecho pedidos de zambombas ni panderetas.
          No sabría inclinarme, según decía, por una de las dos posibles causas. ¿Algún lector/a apostaría por alguna? Ni siquiera me siento seguro de que se trate de causas y no de consecuencias.


          No he mencionado la existencia de otras tiendas, pocas, poquísimas, donde también se suelen expender zambombas y panderetas: no me sirven como referencia. En relación con los dos productos que me ocupan (quizás algunos más), y acerca de la cuestión que expongo, los comercios de chinos y moros constituyen el verdadero campo de observación. No lo duden. Ya hace tiempo que usurparon el lugar y la función de otros establecimientos comerciales. 

miércoles, 22 de diciembre de 2010

DÍA DE LECTURAS


Ayer estuve en un instituto de Secundaria, el I.E.S. “José Saramago” de Humilladero (Málaga), donde me habían invitado a participar en el Día de la Lectura. Se celebra en todos los centros andaluces en el mes de diciembre, según marca la ley. Traigo aquí el hecho porque creo que merece la pena conocer cómo planifican y desarrollan allí la jornada, a cargo del Equipo de Biblioteca. Acompaño un breve reportaje fotográfico, realizado por Francisco Pinto, “Karpin”, alumno del propio instituto.








En resumen, es así:

1) El centro se convierte en un conjunto de “minisalas”, a semejanza de un multicine, con la diferencia de que, en vez proyectar películas, se leen textos durante una hora. Este curso creo que han sido 12 aulas-salas.


2) Se invita a profesores (de cualquier materia), padres y alumnos a que se ofrezcan como lectores. Normalmente, son profes y madres los que actúan, aunque alguna vez también han sido niños (recuerdo una vez en que un grupito hizo una lectura dramatizada de una breve pieza de teatro). A cada uno de los voluntarios se le asigna un aula-sala. Los lectores eligen los textos, que no tienen que ser necesariamente literarios.




                           

3) Se confecciona la cartelería correspondiente y se cuelga en las paredes del instituto. Se diseñan e imprimen unos tiques o entradas, como las de los multicines. Dos días antes “se ponen a la venta” (gratuita, claro) y cada niño solicita el correspondiente al aula que elija, según el texto que más le guste. La “venta” se lleva a cabo, como en los cines, los teatros o el fútbol, con la formación de las típicas colas en cada “ventanilla”. En cada aula-sala no se admiten más de 15 ó 20 asistentes.





4) Se fija la hora, normalmente la anterior al recreo, y la sesión se desarrolla tal como los lectores hayan decidido: “a pelo” o con música de fondo, con proyección, con un diálogo posterior a la lectura o no, colocando a los presentes en “U” o no, etc.

Yo he asistido ya a tres versiones de esta actividad, que me parece muy provechosa, aparte de original. En el centro se crea los días anteriores una gran expectación acerca de las personas que leerán, los textos, etc. El momento del reparto de entradas resulta muy animado, porque nadie quiere quedarse sin plaza en la sala elegida. Todo esto vale como elemento motivador, y también la curiosidad por ver a la maestra de Mates o al profe de Química leyendo un cuentecillo o un fragmento de filosofía oriental, o al que imparte Tecnología presentar la evolución de la moda, etc. Lo normal es que todo salga muy bien, es decir, que a todos los niños les agraden las lecturas, escogidas con especial cuidado por los profesores y padres actuantes; ellos tienen, por supuesto, gran capacidad de maniobra, ya que no deben atenerse, como cuando se está en clase normal, a programaciones oficiales ni norma alguna.
  














Me parece una manera de animar a los niños a la lectura, haciendo que la vivan (“didáctica vivencial”) de una manera distinta a la académica habitual. Este año, como los anteriores, ha resultado muy bien. Lo normal es que haya niños que, en los días posteriores, se interesen por algunos libros de los que se han leído y los soliciten, con idea de llevárselos y leerlos.







Termino con una sincera y emocionada felicitación al I.E.S. “José Saramago”. Y ¡que se repita!

domingo, 19 de diciembre de 2010

ÚLTIMA ORTOGRAFÍA

          Está próxima a aparecer, como libro, la última reforma de la ortografía del español, fruto por primera vez en la historia del acuerdo entre las veintitantas academias que “fijan, limpian y dan esplendor” a nuestra lengua en el mundo. Como hecho curioso, coincide con el cambio en la dirección de la RAE, a la que llega el catedrático catalán, de origen aragonés, José Manuel Blecua.
          Aún no conoce el gran público el contenido completo de las modificaciones introducidas con respecto a la renovación realizada no hace mucho, poco más de dos años. De todos modos, se sabe que, a diferencia de este, el reciente código ortográfico ha sido fruto, como digo, de un acuerdo unánime de todas las academias hispanas, que se materializó el 28 del mes pasado en Guadalajara, México.
          En tal situación, no me atrevo a valorar con detalle los cambios, los cuales parece que no pasarán de meras sustituciones y eliminaciones de carácter secundario: se dirá “ye” en vez de “i griega”, la “ch” y la “ll” dejarán de ser letras únicas para convertirse en la unión de “c” y “h”, y dos eles, se suprimirá la tilde en palabras como “guion”, truhan”, etc., para evitar contradecir la regla de acentuación de los monosílabos… , y cosas así. O sea, que lo esencial, tanto de la ortografía de las palabras, como de la ortografía de la tilde, sigue intacto.
          He leído algunos comentarios rápidos de prensa y ya se empiezan a observar ciertas tendencias: una mayoría bastante clara opina que no era necesario ninguna alteración (no sé si se sobreentiende “como estas”), mientras que la minoría está de acuerdo con la transformación e incluso a una parte le parece muy parca.
          Sinceramente, a mí también me lo parece. Y digo más: se ha perdido una nueva oportunidad para entrar a fondo en la cuestión, que no es baladí. Pero los prejuicios operan aún con enorme fuerza, el peso de la tradición es insalvable, los académicos solo miran hacia atrás…, o yo no sé qué es lo que pasa. El caso es que aquella reacción al discurso de G. García Márquez en el Congreso Internacional de la Lengua Española de Zacatecas (1997), donde proponía algunos leves cambios, está aún vigente. En una encuesta del periódico “El País”, que recoge la postura de los españoles en relación con la reforma que está a punto de publicarse, más del 50% está en contra de introducir modificación alguna. Lástima que no se complete este sondeo con la indagación de las razones que fundamentan las posturas. Modestamente, me atrevo a aventurar que no hay otra que la tan socorrida, cuando no existen motivos de peso, de “porque siempre ha sido así ”. En un mensaje de “Facebook” se lee lo siguiente: “Con la de horas que pasamos en nuestra infancia aprendiendo las normas ortográficas, para que ahora nos las cambien. Cuando vengan nuestros hijos pidiendo ayuda en los deberes, ¿cómo lo haremos?” Otros hablan, como algunos prebostes del academicismo argüían en Zacatecas, del aspecto tan espantoso que tendrían los textos clásicos con la ortografía alterada. Total, no hay argumentos (serios).
          Ante esta cuestión, y debido al sesgo profesional, mi enfoque siempre parte de la perspectiva de la enseñanza (que es minoritario, parece): no tiene ya justificación ocupar (perder, me atrevo a decir) tanto tiempo y esfuerzo en el intento, casi siempre baldío, de que los niños aprendan y apliquen la ortografía correcta o, como suele decirse, que no saquen faltas de ortografía. ¡Una verdadera tortura para todos, incluido el maestro! No me sirve el contraargumento de que muchos alumnos, los buenos, no tienen problema y de que, por lo tanto, la culpa no es de la materia por aprender, sino del aprendiz, que no ejerce. Tampoco proviene enteramente del método, porque ninguno de los miles que se han ideado y puesto en práctica, dan gran resultado.
          Desde mi óptica, se impone, pues, acometer una simplificación de la ortografía, aunque solo sea por motivos didácticos, que no es poca razón; una simplificación algo más decidida que las realizadas.



          Existen propuestas individuales de diverso origen, finalidad y calado, que la Academia nunca ha tomado en consideración. Por no extenderme demasiado, creo que son poco apropiadas las que se consideran más extremas o radicales, puesto que la ortografía es el rostro del idioma, en su versión escrita, y no convienen intervenciones quirúrgicas demasiado atrevidas. Nadie niega que los escollos más importantes para los alumnos son los casos de dobles o triples grafías para un único sonido: “V/B”, “G/J”, “G/”GU”, “C/Z”, “C/QU/K”, “LL/Y”, “I/Y”, “RR/R”. También, la presencia de la “H”, letra a la que podemos llamar muda. La aplicación de las reglas de acentuación, por su parte, no es menos problemática. En esos puntos centraría yo la reforma, que concluiría en lo siguiente:

     1. Mantener el empleo actual de la letra “B” y extender su uso a las palabras que ahora incluyen “V” (que, por historia, anda más cerca de la “U”): “cantaba”, “bida”, “bruja”, “blando”, etc.

     2. Asignar el sonido “gue” a la letra “G” y el sonido “ge” o “je” a la letra “J” (al estilo de Juan Ramón Jiménez), y eliminar el dígrafo “GU”: “Juanjo”, “gerra”, “Jerardo”, etc.

     3. Mantener la pareja “C/Z” para el sonido “ce”, como dice la norma en vigor, así como también la tríada “C/K/QU”, con idéntico sonido gutural oclusivo sordo.

     4. Hacer desaparecer la grafía “LL” a favor de “Y”: “ayer”, “yubia”, reyano”, etc.

     5. Escribir solo con “I” (latina) el sonido “i”: “amigo”, “lei” (a pesar del plural “leyes”), etc.

     6. Para el sonido "rr", mantener el doblete “RR/R” casi con los usos en vigor: “R” al comienzo de palabra y “RR” en el interior siempre, incluso en algunos de los casos en que ahora se emplea “R”: “raro”, “Isrrael”, “bretón”, etc.

     7. Colocación de tilde en la sílaba tónica de todas las palabras polisílabas: “mésa”, “retén”, “sostenér”, etc. Así se evitaría entrar en pormenores de teoría prosódica, que los niños no entienden y los mayores olvidan.

     8. Supresión de la “H”, excepto en el caso de “CH” para el sonido “che”.

          En mi modesta opinión, estos cambios   -a los que pronto se habituaría nuestra práctica lectoescritora-  aligerarían bastante la labor de los maestros y la harían más eficaz, y quedarían más horas y fuerzas para el aprendizaje de otros aspectos de la escritura, más jugosos y sustanciales. No se quiere decir que desaparecerían todas las dificultades: seguiría habiendo problemas no solo con los dobletes y tríos que propongo permanezcan, sobre todo con “S/C/Z” (“sala”, “cerebro”, “zurdo”) en la zona dialectal andaluza (con excepciones) y canaria, así como en toda América hispana. Quizás llegue un día en que estas tres letras se reduzcan a una sola, la “S”, tal como sucede con la pronunciación en la inmensa mayor parte del dominio hispanoparlante; pero creo que aún es pronto para dar ese paso hacia el seseo gráfico. Ya he dicho que se necesita ser prudente. En Andalucía, están además las cacografías originadas dialectalmente, como en las palabras con consonantes implosivas  (“suSto”, “aCto”, “deSpuéS”, “coLmo”, “comeR”…), que sufren mutaciones o desaparecen. Y en todas partes seguiría jugando a la contra el género chatero y de "sms".
          Pero, claro, en un ámbito tan amplio como el del español, donde cohabitan tantas variedades, el código ortográfico de raíz fonética “perfecto”, sin incoherencias ni disfunciones gráfico-prosódicas, es una aspiración inútil. Nos hemos de conformar con que tenga pocas y que sea viable en la escritura y en la enseñanza.

jueves, 9 de diciembre de 2010

ENSEÑANZA Y EDUCACIÓN


          El último Informe “Pisa”, correspondiente al año 2009, pone estos días de actualidad otra vez la enseñanza y de nuevo quedamos a la altura del betún: no superamos la media europea en el conjunto de las áreas evaluadas.

          A grandes rasgos, la fisonomía esencial del actual sistema educativo en España, tan sumamente ineficaz, es heredera directa de la filosofía y la práctica que inauguró la LOGSE en 1990. Desde entonces no ha cambiado lo básico, bien porque los sucesivos gobiernos no han querido o no han sabido, o bien porque algunos han suprimido, antes de aplicarse, normas dictadas por sus antecesores, de signo político opuesto. De esa Ley General del Sistema Educativo se han realizado infinidad de análisis y tal vez se haya agotado casi como objeto de estudio, teniendo en cuenta, además, que pocos responsables políticos han prestado atención a las valoraciones críticas. Está dicho todo o buena parte de lo fundamental. En este humilde artículo me limito a aludir a un aspecto muy simple, pero muy significativo a la vez y de no poca trascendencia, del pensamiento que sostiene la concepción educativa logsiana y la lógica del sistema vigente.

          Antes de entrar en harina, quiero confesar que voy a hablar por boca de arrepentido, puesto que en los primeros años de la LOGSE defendía yo, con cierto ardor incluso, lo contrario de lo que aquí voy a exponer. Era lo propio de un profesor relativamente joven, llevado en volandas a aquel paraíso de idealismo y de romanticismo característicos de la primera época de nuestra democracia. Lo que hoy defiendo procede de una visión más realista, más meditada y contrastada, adoptada por quien viene ya de vuelta de muchas cosas, como gran número de españoles y españolas de mi generación.

          Una de la innovaciones que la LOGSE pretendió imponer es la que se reflejaba en el cambio de denominación de algunas etapas del sistema. Así, si anteriormente se empezaba en Párvulos, para continuar con la Enseñanza Primaria, seguida del Bachillerato y COU, a partir de la nueva ley todos los nombres de los tramos no universitarios contenían el término común “educación” y no “enseñanza”: “Educación Infantil”, “Educación Primaria”, “Educación Secundaria Obligatoria” y “Educación Secundaria Post-Obligatoria” (luego llamada “Bachillerato”). Con ello se quiso simbolizar la idea de que a la institución escolar se le encomendaba no sólo la instrucción, sino también (y quizás ante todo) la educación. Esta pareja de términos enfrentados era casi sinónima de otras muy de la época, como formación e información, etc. El profesorado más y mejor dispuesto, ansioso de introducir mejoras en las clases, paralelas a las que sacaron al país de un régimen político y de un modelo de sociedad ya repudiado por todos, acogió e interiorizó este principio, y se aprestó sin más a la tarea de inculcar los hábitos, las normas de conducta, los valores, las actitudes que componen el capital ético inicial de cada persona, labor hasta entonces encomendada a los padres, sin abandonar la obligación de impartir conocimientos y desarrollar habilidades, su labor más tradicional y hasta entonces más genuina.
          Después de veinte años, el resultado de la LOGSE no ha podido ser peor. Al margen del “Informe Pisa”, basta un somero examen para ver que lo que se ha conseguido en el aspecto que aquí trato, es sobre todo: a) contribuir a que los padres en general desatiendan un tanto la obligación de educar (bien) a los niños, puesto que se supone que es responsabilidad del colegio, lo que, en cierto modo, representa una liberación del estrés provocado por la dedicación laboral de ambos cónyuges y su derecho (hiperproclamado por la publicidad y el consumo) al ocio, y b) colocar la educación en un terreno de nadie, puesto que el profesorado, el colegio, es incapaz de lograr el objetivo propuesto (mejor dicho, encomendado), sin medios realmente eficaces para sustituir a la familia ni para, llegado el caso, extirpar la (mala) educación adquirida por los chavales en la casa y en la calle.

          Así están las cosas en capas muy extensas de la sociedad española actual. Y, además, cunde el desánimo, provocado no sólo por la escasa (buena) educación de los niños y jóvenes, sino también por el bajísimo nivel de su instrucción. Diríamos, con la archiconocida frase, que unos por otros, la casa sin barrer. Más aún, bastantes de esos niños y adolescentes se han habituado a que nadie apueste ni se ocupe de su educación con fuerte compromiso, con constancia, y reaccionan volviendo la espalda o encarándose sin temor con quienes les muestran la ineludible firmeza y les exigen el esfuerzo que la misión requiere. No tienen nada que perder; a sus padres, muchos los tienen ya K.O., según confiesan cuando éstos van a decirle al maestro o la maestra que no pueden con sus hijos.
          No quiero ser catastrofista. No todo está mal en todas partes, es verdad. Además, no me interesa dibujar un cuadro completo de la situación actual, para el que, por otra parte, carezco de datos. Lo que me importa es poner de relieve que, si diferenciamos entre educación y enseñanza, y creo que debemos hacerlo, la primera corresponde esencialmente (no exclusivamente, claro) a la familia y a la sociedad entera (la “tribu educadora”), y la segunda, la enseñanza, al sistema educativo fundamentalmente. El maestro o la maestra que recibe a los niños, ha de poder contar con que los chicos vienen con el mínimo equipaje de principios y normas de conducta aceptables en nuestra cultura occidental, los cuales se reforzarán y completarán en la medida de lo posible en el aula. Si no acuden así los chavales, será poco fructífera toda labor, incluso la puramente instructiva. El niño que no se corta en llamar al profesor hijo de la gran puta, mamonazo y otras lindezas por el estilo, que no lleva ni siquiera los libros y cuadernos a clase, que no se arredra ante nada ni nadie, que no siente inquietud por los suspensos o la repetición de curso…, el niño que, en definitiva, ya ha llegado a eso, sea cual sea su edad, ¿creen ustedes que cambiará por temor a un castigo en casa, que no le caerá (y lo sabe porque nunca o casi nunca le ha caído) o por temor a un apercibimiento o incluso expulsión del colegio, que no menoscabarán un ápice su vida cotidiana, libre, sin apenas interferencia de los padres? ¿Creen que estará dispuesto ese mismo sujeto a dedicar un minuto de su precioso tiempo a dejar de hacer lo que le pida el cuerpo y a esforzarse por aprender algo? ¿Creen que actuará en él algún mecanismo moral de control de sus emociones y actos? Etc. Aludo a situaciones extremas para mostrar claramente lo que quiero decir. De todos modos, la media no se aleja demasiado de ellas.

          Aunque parezca una paradoja, concluyo, estoy convencido de que gran parte del éxito o fracaso del sistema educativo depende de factores externos, de los que el principal es lo que se haga o se deje de hacer en casa con los hijos. Por suerte, sospecho que una nutrida cifra de padres, jóvenes, preocupados, con cierta formación, está empezando a cambiar la orientación y el rumbo de las cosas.


sábado, 4 de diciembre de 2010

CONTROLADORES vs. MINISTRO

          Alguna vez en la vida, un hombre tiene que partirle la boca a algún semejante para callársela por siempre jamás o para intentar que no se pase ya nunca más de la raya. Ojalá no fuera así, pero así es. Resulta inevitable. Forma parte de la lucha por la supervivencia, que con toda propiedad se nombra con un término bélico.

          Viene este pensamiento a propósito del problema planteado desde ayer en el espacio aéreo civil español. Sale un decreto del Gobierno, los controladores no lo aceptan y dejan de ejercer como signo de reprobación. El forcejeo entre estos profesionales y el ministerio viene desde largo y ayer llegó a su culminación. O ahora o nunca, supongo que pensaron ambas partes. O, dicho más coloquialmente (también por ambas partes), estos no me vacilan a mí. Y se han lanzado a partirse la boca.

          Acepto que, como he afirmado, llega un día en que el cuerpo a cuerpo es la única salida. ¿Quiere decir esto que justifique lo que está pasando, que es muy grave y está afectando a tantos miles de personas sin culpa? En absoluto. Pondré un ejemplo cotidiano para explicarme. Vamos a suponer que mi vecino y yo nos llevamos a matar y la cosa pasa ya de castaño oscuro. Tanto él como yo nos hemos hecho el propósito de cortar por lo sano y darnos de ostias, si es preciso. Más vale una vez morado que ciento amarillo. No obstante, los dos estaríamos dispuestos a parlamentar para avenirnos civilizadamente, aunque lo vemos difícil. Hasta aquí, y según el principio de convivencia que he fijado, nada se sale de la normalidad, sea cual sea el final. Incluso sería esperable que, antes o después, llegáramos a las palabras gruesas y a las manos. Lo que nadie aceptaría es que eligiéramos (o no evitáramos) la refriega cuando fuéramos con la familia, es decir, con los niños, la abuela…, y en su presencia lleváramos a cabo un combate que ellos no han buscado y que tan sólo les puede acarrear perjuicios.

          Los controladores y el ministro tenían que verse las caras, según el punto al que las cosas estaban llegando antes del decreto. Y se las han visto, pero en el peor momento, en el peor sitio y a la peor hora: cogiendo en medio, entre otros, a decenas de miles de pasajeros que soñaban con sus vacaciones y que, pese a haber pagado ya, nunca disfrutarán. ¿Quién tiene la culpa? De acuerdo con lo que vengo sentando, los dos: el gobierno sabía lo que con toda seguridad ocurriría después del decreto (¿o es que no fue esa la razón de la renuncia de ZP a viajar a América?), pese a lo cual publica el texto legal el día de inicio del puente, cuando más daño hace la reacción de los controladores. Y estos, una vez puestos en el brete, responden a la provocación y se lanzan. Una y otra conducta representan lo contrario de la prudencia y de la sensatez. Se han liado a puñetazos sin mirar que sus sopapos herirían a los más débiles. Es lo contrario también, por supuestísimo, de querer solucionar el conflicto pacíficamente, sin dañarse ni a sí mismos ni a terceros.

          El autor del decreto tendría al menos que haber aguardado y, si fuera posible, iniciar conversaciones con anterioridad a su aprobación, sabiendo, como sabía, insisto, que se armaría la marimorena. A su vez, los controladores, pese a todo, deberían haberse contenido y haber dejado su acción extrema, si por otras vías no hubiera solución, para otro momento que no fuera el del puente. Pero no, todo ha sucedido al revés: los dos han sacado sus armas y han abierto fuego (creo que en un alarde, trágico, de chulería).

          Ahora reina el caos. La militarización, el cierre del espacio aéreo español, con inmensas repercusiones en el tráfico nacional e internacional… Creo que, además de perder la cordura por buscar el K.O. rápido del contrario en tales circunstancias, tal vez tampoco hayan medido sus fuerzas: por una parte, ¿puede el gobierno empapelar a todos los controladores civiles?, ¿serían suficientes los militares para cubrir tantas horas, diurnas y nocturnas? Y por otra: ¿han previsto los controladores el desprestigio que se han ganado (como efecto bien calculado por el ministro) y las repercusiones laborales que sus actos tendrán, de acuerdo con un decreto que parece redactado “ad hoc”?

          No puedo concluir sin expresar mi sentimiento a los afectados, ya que, salvo analizar los hechos aquí, en público, y denunciar las actitudes, otra cosa no me es posible. ¡Qué mala suerte!

jueves, 25 de noviembre de 2010

Diálogos con Arturo Pérez-Reverte, 1

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EL LIBRO ELECTRÓNICO

               Respetado y estimado Don Arturo: llevo una buena sarta de años dialogando en secreto con usted. No oralmente ni cara a cara, porque no me ha sido posible, sino mediante una especie de singular telepatía. Se basa en una secuencia de monólogos: usted escribe, yo lo leo y, en lo hondo de mi conciencia, le replico, sin recibir -claro está- contestación. Cerramos así un circuito conversacional muy tosco, de baja interactividad... Pero, a partir de ahora, de hoy mismo, voy a pasar de la telepatía a la vía telemática, aprovechando la red de redes y el formato blog, que tengo a mi alcance por ser lo que menos se despacha en cuanto a publicaciones. No me diga que esta iniciativa no representa un avance, ¿eh? Al menos podré yo convertir en lenguaje mis pensamientos, para objetivarlos y para darles cuerpo, y ambos, escritor y lector, podremos tener un público común que presencie nuestros intercambios y los juzgue. En concreto, lo que he pensado es realizar de vez en cuando un comentario en esta mi página bloguera a artículos aparecidos con su firma (bajo el conocidísimo título genérico “Patente de corso”) en el suplemento de los domingos “XL Semanal”. Aquellos que a mí me sugieran alguna respuesta. Creo que será una buena manera de salir yo de la sombra y de la soledad, a cuyo cobijo vengo regurgitando sus párrafos, y de exponerme a la pública opinión, con la que contrastar mis sandeces o mis ideas fulgurantes respecto a las de usted, preciado maestro, al someterlas a mi cata. Sinceramente, estoy convencido de que a todos nos vendrá bien que yo salga a la palestra. Vamos a ello.

               Comienzo hoy con la reflexión que, titulada “Leer con luz de luna”, publicó usted en el magazine citado correspondiente a la semana del 14 al 20 de este mes. En síntesis, viene a confesar lo siguiente: “He dicho que libro de papel y libro electrónico deberían ser complementarios; pero, si me obligan a elegir, diré alto y claro que no hay color. Y que, llegado a ese extremo, la pantalla portátil me la refanfinfla”. De verdad, entiendo yo que, en el fondo, en el fondo, bajo esa aparentemente razonable teoría de la complementariedad, siempre siempre se la refanfinfla, antes incluso de estar en el brete; que la decisión la tiene tomada, que el voto ya está echado, vamos, que le jode -como usted diría- el cacharro. Es lo que se infiere de una frase posterior, donde describe sus sensaciones íntimas cuando entra en relación, física incluso, con los inquilinos de su enorme biblioteca: “Tengo casi treinta mil libros en casa; suficientes para resistir hasta la última bala. Quien crea que esa trinchera extraordinaria, su confortable compañía, la felicidad inmensa de acariciar lomos de piel y cartoné y hojear páginas de papel, pueden sustituirse por un chisme de plástico con un millón de libros electrónicos dentro, no tiene ni puta idea”. ¿No es fruto de un largo trato amoroso, de un incontenible impulso por acariciar el cuerpo amado, en pos de incomparable y seguro placer?



               Vamos a clarearnos los dos, Don Arturo: ni usted ni yo hemos leído en soporte electrónico ni el menú de un bar de desayunos. Nada, nada. Usted habla de oídas, lo mismo que lo haría yo. No sé si alguna editorial o su señora esposa o alguno de sus hijos ha tenido la ocurrencia de regalarle una tableta digital de esas. En tal caso, seguro que ni la ha desembalado. En cuanto a mí, ya está en la carta de Reyes. Por eso, hasta entonces, reconozco que también sería pura elucubración lo que achacara de malo o atribuyera de bueno al chisme, como usted lo denomina, creo que despectivamente. Mire, ahora que está de moda darle caña a la Iglesia, diré que lo suyo es y lo mío sería igual que los discursos, libros, encíclicas y sermones en los que el Papa, ese santo -y supuestamente casto- varón, se pone a tratar sobre el sexo, la familia, el matrimonio… Dios mío, si SS, en expresión bíblica, no conoce mujer, ¿cómo se lanza a hablar de cosas en las que está ella implicada en cuerpo y alma? Craso error. Por eso, siempre les sale, a él y a los obispos y a los curas en general, la abstinencia como remedio para todo: para evitar el SIDA y otras enfermedades similares, para no tener hijos, para avivar y encender el deseo de contraer matrimonio (y sobrevalorar este) después de un noviazgo a palo seco, etc. Así es: al final, se agarran a lo que saben, a la pureza, a la honestidad y el recato, a la continencia, a la evitación, al “estarse quietos”…

               Usted también coge el camino que le marca la querencia, Don Arturo. Estoy casi por jurar, insisto, que no ha experimentado lo que significa y reporta la convivencia con el “e-book”. ¡Y a mucha honra!, le falta exclamar. Fíjese, léase usted: “Si los libros de papel, bolsillo incluido, han de acabar siendo patrimonio exclusivo de una casta lectora mal vista por elitista y bibliófila, reivindico sin complejos el privilegio de pertenecer a ella”.

               No sé lo que nos deparará el futuro. Sin embargo, estoy por afirmar que el lector electrónico terminará por ocupar el primer puesto y arrinconar, si no hacer desaparecer, al libro de papel. Este es un punto, la visión del futuro, en el que usted no ha entrado. ¿Tal vez por temor a tener que decir lo que yo acabo de afirmar? No sé. Usted no peca de cobarde, nunca nunca. Yo he hecho ese vaticinio más por aquello de “qué atrevida es la ignorancia”, que por disponer de indicios más o menos seguros. De todos modos, carente de las vivencias bibliófilas que en su ánimo acumula, yo, al contrario que usted, Don Arturo, no creo que tenga problema en cambiar de materiales y reemplazar el papel por el plástico, la pantalla y la tinta electrónica. Al fin y al cabo, lo que trasmiten es lo que cuenta. Y, además, eso me permitirá llevarme a todas partes mis diez, veinte o treinta mil libros, si los llego a tener, para que estén siempre conmigo, cálidamente abrazados por mi mano y por ella amorosamente protegidos. Ya puestos a razones sentimentales...


martes, 16 de noviembre de 2010

VOTAR POR INTERNET

.               Lo que después voy a contar, ocurrido hace unos días (mejor dicho, oído en la radio hace unos días), me ha traído a la memoria una situación antigua. Ambas están relacionadas con internet y, tal como se verá, ambas revelan una misma mentalidad o visión. No es casualidad, por ello, que una me haya llevado a la otra. Empiezo por la anterior en el tiempo.
               Eran los días en que el hijo de un amigo estrenaba internet en casa. Vivíamos, y vivimos, su familia y la mía pared con pared. Una tarde, como tantas, me hallaba yo en su piso, no recuerdo por qué razón. El chaval, que tendría unos 11 ó 12 años entonces, me llamó a su habitación para que observara -y me admirara de- su pericia en la navegación por la red y mirase algunas de las páginas que ya tenía como favoritas. Yo le hice el cumplido, en presencia de su madre, que se sumó orgullosa a la escena. Después de unos minutos, no bien había iniciado mi despedida, me preguntó el chaval:              
         
          - ¿Te vas a conectar ahora a Messenger?


          - Pues… no sé. Quizás. ¿Por qué?
          - Para charlar.

La madre, poco ducha aún en las cosas de la red y en las rutinas -o vicios- de los internautas, intervino, ingenuamente sorprendida:
         
          - ¿Para hablar? ¿Y por qué no habláis aquí, cara a cara?


A los dos, al niño y a mí, lo confieso, nos dejó sin saber qué responder. Como al padre en aquel un memorable anuncio publicitario del Atlético de Madrid. En su candidez, llevaba la señora toda la razón. Finalmente, esbocé una sonrisa, me despedí, di media vuelta y me fui. No pude evitar, claro está, que me viniera a la cabeza la expresión “hablar por hablar”, que actualicé así: “internet por internet”, “conectarse porque sí”, etc.
              
               Bien, pues este suceso, que parece una reducción al absurdo del empleo de la técnica (como un fin, y no como un medio), lo he visto casi repetido en una noticia oída la semana pasada: estaban informando en una emisora de que, para la próxima elección a Consejos Escolares, sector padres, los votantes podrían ejercer su derecho a través de la red. Así se ahorrarían molestias, tener que desplazarse…, y todo, incluido el recuento, ganaría en fluidez, etc. Hasta aquí, muy bien. Lo sorprendente es lo que oí después: los padres que tuvieran intención de votar por internet deberían IR AL CENTRO a recoger el correspondiente certificado con las claves acreditativas e identificadoras. O sea, para ahorrarse ir a votar, habría que ir en busca de los papeles. No se necesita más para advertir la paradoja, la contradicción, el absurdo… de nuevo. 

            
               “Igualico, igualico” que el crío de mi vecino, que buscaba ante todo estar y que los demás estuviéramos en la red. Pero muy diferente a la vez, porque aquí se trata de adultos, de la Administración Educativa, es decir, la Consejería de Educación, la Junta, los dineros de todos nosotros, los gobernantes que se supone están preparados, son maduros, no nos toman por tontos, por… Se supone.

               ¿Cómo se explican tales ocurrencias? En el caso de chaval vecino, no se me ha olvidado el largo tiempo de espera, contando los días y los minutos, hasta que por fin su PC se abrió a la “www”, momento que vivió con inusitada ilusión y entusiasmo. Lo que, dada su corta edad, justificaba esa ciega adoración por el “dios-internet” y el ansia de morar en su seno planetario. Ahora bien, la conducta institucional de la Consejería no cabe considerarla sino como una burda estrategia, un mecanismo para despertar y alimentar en la ciudadanía una actitud parecida a la del niño, infantil, inmadura, irracional, alienante…, para mantenernos con la vista fija en el resplandor maravilloso del nuevo becerro de oro y que caigamos postrados a sus pies, dispuestos a acatar todo mandato que tenga que ver con la pantalla luminosa: ¿votar en la elecciones al Consejo Escolar? Votar y… lo que haga falta, si es por internet. Es lo que persiguen quienes, como en este caso la Administración Educativa, ponen internet en el anzuelo. Aunque…, como la táctica es tan de brocha gorda, tal vez ya no piquen tantos.

lunes, 8 de noviembre de 2010

CHAVEA MARC

               El hecho de que un chiquillo con 17 años sea desde ayer campeón del mundo no deja de ser algo sorprendente. Pero mucho más, si esa competición, de motos de 125 cc., no es para adolescentes, como en fútbol el torneo “Sub 18” o las ligas “cadete”, “juvenil”, etc. Aquí, el triunfador es un muchacho, convertido oficialmente en el mejor entre conductores adultos, aunque todavía es un niño. Ha dejado atrás a todos los demás, muchos de los cuales llevan años intentando el primer puesto. Por eso sobresale aún más, es doblemente campeón. Un niño prodigio. Corre más que nadie, pese a su edad. Lo hace mejor que todos los demás, que por madurez, preparación y experiencia, deberían haberlo dejado en la cuneta. La admiración concitada, así, es extraordinaria.

               Por ser menor, la decisión de dedicarse profesionalmente a un “deporte” (*) como este de las carreras de motos no la habrá tomado él, sino sus padres. Supongo que, no sólo para entrenar, sino incluso para participar en tal o cual carrera necesitará un documento aprobatorio paterno. El riesgo, pues, lo asumen los progenitores, aunque las consecuencias recaen sobre el hijo.

               Sinceramente, no quisiera yo estar en el papel del padre del artista. Me obligaría a soportar una enorme presión moral y psicológica, incluida la proveniente de la indiscutible capacidad del joven motorista y su vocación y sus aspiraciones. En caso de negarme, me quedaría el temor de haber abortado un espléndido futuro. Pero también, por algo más.




               De momento, todo les va saliendo de perlas a los Márquez. No obstante, piénsese lo que comporta la vida de una estrella. Antes de ganar el campeonato, la existencia de Marc debería ser ya muy distinta a la de los demás chiquillos. A partir de ahora, lo será mucho más. Bastantes de sus coetáneos, de sus amigos, tal vez ni hayan acabado la ESO y, si han triunfado en algo, no creo que haya pasado o pase de la liga “junior” regional, de la carrera del “Día de la Bici” y cosas así; la mayoría no manejará otra máquina que la “Play” o la “Wii-Nintendo”. Frente a ellos, a los que no se les impone meta obligatoria alguna, más que aprobar el curso, no hacer el gamberro, venir a su hora por la noche, etc., a un campeón como Marc le cae sobre sus aún tiernos hombros un gran peso, una enorme responsabilidad. Tendrá que mantener el nivel actual y superarse hasta el límite, pues su escudería y los sponsors querrán seguir recibiendo beneficios. Tendrá que asimilar el rol de número 1, lo que supondrá una amplia reconfiguración mental, pues nadie, ni siquiera él, ha nacido sabiendo vivir por encima del resto de los mortales, con el peligro de caerse y dar el costalazo o de subirse a las nubes y perder el sentido de la realidad: el que es adorado, tiende a creerse un dios. Tendrá que protegerse de todos y todas los que se acerquen a él con intención de aprovecharse, de sacarle hasta el tuétano; de los aduladores, de los falsos amigos, de los que lo inviten a escapar de toda forma de vivir “vulgar”, es decir, normal, humana, y por tanto asequible, soportable, etc. Tendrá, en fin, que hacer lo imposible por mantenerse a salvo en un medio tan poco propicio, tan opresivo.

               Mucha responsabilidad, como digo, para un muchacho con tan poco hervor. Hace unos años, supe que el hijo de un compañero, un chaval de no más de 13 o 14 años, andaba ya por una Escuela de Alto Rendimiento de Tenis, en el norte de España. Me hablaba el padre de las condiciones de vida, enteramente consagrada al entrenamiento y la preparación, excluidas todas las demás facetas (hasta los estudios ¡obligatorios!). Y yo deduje que eran tan duras, tan lejanas a las de un chico corriente y moliente (la “forja del héroe”), que no pude menos de escandalizarme. Tanta renuncia, tanto sacrificio, tanto esfuerzo..., sobrevenidos al niño y, por supuesto, a los padres…, ¿no significan una excesiva, y arriesgada, inversión en calidad de vida y en capital formativo, durante unos años tan cruciales? Los padres debían acudir, incluso, a pedir dinero a familiares para mantener la formación tenística del que soñaban, me imagino, sería pronto un supercampeón. Algún tiempo después, me enteré de que el aspirante a la gloria sufrió un revés físico y todo el castillo se derrumbó, se apagó definitivamente el deslumbrante futuro. Y, lo peor, sin la posibilidad de recuperar el pasado.

               Ojalá no suceda nada malo a Marc. Lo deseo de todo corazón. No obstante, si yo hubiera tenido un hijo o una hija con tantas cualidades en algún campo como para poder convertirse en niño o niña prodigio, seguramente les hubiera cerrado esa puerta sin dudarlo mucho. Pocos críos estrella, en distintos ámbitos del deporte o del arte, han llegado a adultos en aceptables condiciones, como era de esperar.

               No se entienda que me opongo a que los jóvenes practiquen el deporte o se entreguen al arte que más les gustan y para los que están especialmente dotados. En absoluto. Lo que trato de decir es que lo hagan de manera que no los absorban tanto, que terminen por anular el resto de facetas que componen la persona y casi rompan, por tanto, a la propia persona. Dicho de otro modo, no creo que merezca la pena sacrificar la infancia y la juventud en aras de buscar un título, cuyo logro tampoco está así asegurado. En la prensa figuran breves biografías de Marc Márquez. Su padre le compró la primera moto a los 4 años, por cierto. Él es muy aficionado a esta especialidad. Muchas veces, caemos los padres en la tentación de encauzar a nuestros hijos hacia la obtención de aquello que en nuestro tiempo no pudimos nosotros.

               Las reflexiones que modestamente he expuesto tal vez contribuyan a distanciarse un poco del tono ingenuamente jubiloso y laudatorio, con que se narra el corto, pero intenso y riguroso, currículum del jovencísimo motorista. “Que así sea”, termino, en estos días papales.
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(*)  Pongo entre comillas la palabra por el simple hecho de que, como expuse en un post anterior, no considero que sean deporte las carreras de motos o de coches.


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lunes, 1 de noviembre de 2010

MI PRIMER SUICIDIO

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          La primera vez que me suicidé fue recién cumplidos los 9 años, a finales de agosto.

          Aún no había aprendido a nadar y me aterrorizaba acercarme a la parte de la piscina por donde cubría. Aunque me aburriera, muchos días prefería quedarme en casa a pasar un mal rato. Era cuando me enteraba de que...


Lee, si quieres, el relato completo en http://jaramito.blogspot.com/
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miércoles, 27 de octubre de 2010

PINTADA

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En ocasiones, tiene uno la suerte de encontrarse en las paredes o persianas metálicas de su ciudad algunas pintadas interesantes. Hay, sin duda, grafiteros que son verdaderos artistas. Me gusta mirar lo que hacen y disfrutarlo. Cierto que a veces se acumula en los muros largos una enorme cantidad y variedad de pinturas, sin orden ni plan preestablecido, sin nada que dé unidad o armonía al conjunto. Los cuadros se suceden o se amontonan, en abigarrado e informe conjunto, que más bien molesta, en cuanto lo miras desde lejos y mientras pasas, que es como se miran los carteles y gráficos de calle. Además, el estilo grafitero es muy ornamental, abundan las imágenes y los textos muy artísticos, con bastante colorido, lo que contribuye a aumentar la sensación de suma confusa y recargada. Pero no importa, a mí me compensa salvar tales contrariedades.



Pues bien, ayer se me presentó la ocasión de mirar una pintada, si no excesivamente original, sí bastante nueva para mí. Lo excepcional era la desnudez y simplicidad de su forma (palabras escritas en negro sobre la pared) y la belleza y poder de sugerencia de su contenido. Reproduzco ese escrito en la foto, que me fue fácil tirar (después de contemplarlo durante varios minutos) porque se hallaba en la fachada prácticamente solo.




Desconozco si las dos metáforas esenciales, “cielo” y “estrellas”, remiten a alguna clave interpretativa especial, fuera de las habituales en la literatura amorosa. En caso de que exista ese código singular, argótico, el hecho de que yo lo ignore me ayudó a entender el texto mural y a apreciarlo como un poema de amor. Un hermoso poema de amor, una fina pincelada de belleza y sensualidad, encerradas en las dos imágenes “cielo” y “estrellas”, las cuales se incrustan en el eje básico de la semántica general: “bésame - tócame”.


Puede que se trate de un pasaje de una canción, que tampoco conozco. En cualquier caso, felicidades al autor o autora, para mí anónimos. Y mi invitación a todos los pintores callejeros a regalarnos cosas así… también. Un abrazo, por fin, al amanuense que tan noble uso dio al spray.
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domingo, 24 de octubre de 2010

EL PLUMERO DE RAJOY


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El alcalde de Valladolid dice que la ministra novatilla le recordaba a unos dibujos animados. Los colegas y, sobre todo, las colegas de la chavala salen en tromba a comerse al edil, por machista, grosero... Éste medio se echa atrás y pide perdón o algo así, añadiendo que él no tiene culpa de que una persona le evoque a un personaje. Todo esto lo escucho en la radio y/o en la televisión a raíz del cambio de mano y/o la desposesión de algunas carteras del gobierno. Confieso que, pese a seguir la historia hasta este punto, me quedo a la luna de Valencia sobre qué es lo que pasa, de cuál es el dibujito que se asemeja a la Excelentísima Señora y por qué comete yerro quien mira, ve, compara y luego se expresa en consecuencia. Pregunto a mis amigos y compañeros, y me ponen al tanto.

La última condena, proveniente de un correligionario de la ofendida, data de hoy. No les voy a decir quién la ha hecho, ya que no me gusta ser reiterativo y explicar lo evidente. Ustedes captarán al instante, en cuanto se percaten de su estilo, de quién se trata.


Se ha despachado a gusto, en un contexto mitinero (que es donde se acude a vomitar sapos y destilar hiel), enfatizando la mala educación, la falta de respeto, el machismo del PP, etc., etc ., encarnados en el fantasioso vallisoletano. En un momento dado, el señor cuyo nombre velo ha afirmado (más o menos) que , claro, siendo como son los pepés, en el momento menos pensado se les “ve el plumero”, aunque algunos, como Rajoy, no tienen que hacer mucho esfuerzo para que se les vea.


Se dan ustedes cuenta, saben ya por dónde va la cosa, ¿no? Más o menos, por donde se decantó un diputado en el Congreso cuando escupió un grito más explícito al máximo dirigente popular, e incluso un veterano jefazo socialista sevillano que hizo lo propio acudiendo a la tradicional metáfora de la mariposa. Por cierto, a favor de la persona objeto de ambos improperios no dijo esta boca es mía quien hoy exige máximo respeto.


Y yo, iluso (“como un gilipollas”, que diría J. Krahe), creyendo que el defensor de la Pajín era sincero y que, al demandar respeto para ella, rechazaba de verdad, nunc et semper, la descalificación y el desdoro, y bla bla bla.


Me creía yo también que, tal como los del bando de la ministra y su abogado han proclamado a los cuatro vientos, la “pluma” es hoy una condición absolutamente normal y natural en muchas personas, una opción, no un defecto…, y que ya no sucedía como antes, que se usaba para injuriar, deshonrar… a los diferentes.


Con lo referido en el post anterior y los consiguientes comentarios, y con esto de ahora, y con algunas otras cosillas más por el estilo, voy cogiendo onda y creo que me iré haciendo bastante más escéptico. A otros tal vez les pediría el cuerpo echar más mala leche, más pellejo, más jeta, para estar a la altura. La altura es obrar de la misma forma que se critica al adversario, o peor aún.
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jueves, 21 de octubre de 2010

EN PAZ CONSIGO MISMO


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 Para vivir sin sufrimiento interior, que es casi siempre peor que el dolor físico, creo que es imprescindible estar en paz consigo mismo. O sea, desterrar las luchas internas, las batallas contra sí mismo, las contradicciones. Me ha asaltado tal reflexión cuando, esta mañana, he oído en la radio a algunos flamantes ministros y ministras hacer sus primeras declaraciones.

Casi siempre, la pregunta inicial versa sobre sus intenciones y objetivos más generales, a lo que suele responder el interrogado con cuatro generalidades vacuas. Bien, es el “protocolo”, como se dice ahora; la costumbre, lo esperable. Sin embargo, hoy algunos de esos recién nombrados lo primero que han tenido que hacer es explicar que la aceptación del cargo ha sido coherente con su línea de pensamiento y actuación sempiterna, que cuadran perfectamente en el ramo, que empuñan la cartera sin que les haga temblar ni les pinche, que están seguros o seguras de que se hallan en su terreno... ¿No es eso ya sintomático, según el dicho tradicional “dime de qué presumes y te diré de qué careces”?

Vaya por delante que yo no dudo de que vayan a ser buenos gestores y vayan a cosechar éxitos en la misión que emprenden. Eso nadie lo sabe, ya se verá. A lo que voy es a otra cosa. Sinceramente, he sentido vergüenza ajena de escuchar al nuevo ministro de Trabajo cómo se compagina su presencia en la pasada huelga general, junto a los sindicatos (que supone, claro está, una postura contraria a la reforma laboral de Corbacho) con la entrada ahora en la dirección de un departamento que tendrá como primera obligación desarrollar la ley de reforma laboral, ya aprobada. Fíjense lo que ha dicho (no son palabras literales, pero casi): estuvo en la huelga junto a los sindicatos por solidaridad con ellos, que son un elemento fundamental del sistema democrático y que están sufriendo demasiados e injustificados (según él) ataques; y no, por solidaridad con los trabajadores ni con la protesta por la ley, con la que “nunca” ha estado en desacuerdo. ¡Tela marinera! Bueno, cada uno se busca la paz consigo mismo como puede. 


Porque la señora o señorita Rosa Aguilar la ha perseguido por otro camino. A la pregunta de sus relaciones con el ya omnipotente Rubalcaba, al que hizo objeto de ataques sin cuento y al que fustigó generosamente cuando aquello del GAL, etc., resulta que, lejos de considerarse situada al menos a cierta distancia, debida a un antagonismo ideológico y una ofensiva política muy clara, resulta que entre ellos no hay la más mínima animadversión, dice, y que se van a entender perfectísimamente, porque “son amigos” y siempre lo han sido. A lo que añade la siguiente fundamentación filosófica, a modo de premisa indiscutible: el ámbito de lo personal nunca debe invadirlo la lucha política, por encarnizada que sea. O sea, te pongo a parir en el parlamento o en la tele y luego nos vamos a la taberna a tomarnos unas cañas amigablemente y hablamos de nuestras cosas. ¡Por Dios, por Dios! Pero, ea, ya se hecho la paz interior.
  
La señorita Trinidad Jiménez no sé lo que ha dicho, ni siquiera si le han sacado a relucir cosillas que la pusieran en apuros. Yo lo haría de la siguiente manera: mire, según mis cálculos, usted sirve tanto para un roto como para un descosido. Lo último que sé es que se ocupaba en el PSOE de cuestiones iberoamericanas, que luego aceptó liderar la sanidad, que luego se propuso (o se dejó proponer) gobernar Madrid y que ahora es la “canciller” española, la jefa de la diplomacia y la voz nacional en el concierto internacional. Oiga, sus conocimientos y su preparación son tan amplios, que no me los creo. Otra frase popular dice “aprendiz de todo, maestro de nada”. ¡Ay, señora Jiménez, la denostada por Guerra, el intelectual del pueblo, el filósofo obrero, qué años más duros, qué martirio este de dedicarse a servir a la Patria, allí donde te requiera!


Otra nueva ministra es Leire Pajín. Aunque su trayectoria (¡tan corta, y ya es ministra!) presenta similitud con la de la señorita Jiménez por lo multidisciplinar, de ella solo diré que se prepare para explicar cómo, en lo más íntimo de su conciencia política y moral, reconcilia la actuación de su mamá en Benidorm y la intachabilidad que es exigible a un alto dirigente, sobre todo si desempeña alto cargo y maneja dineros de todos. Que se prepare un discursillo con el que aparente no sentir en absoluto lucha de contrarios en la profundidad de su corazón.

Tendría que terminar calificando de bastante irrisoria, absurda, la situación y de hueras las acrobacias verbales de estos ministro y ministras; y diciendo que en el pecado llevarán la penitencia. Pero no, voy a concluir minimizando la culpa, al contrastar su conducta con la del jefe, ese que dio hace poco un volantazo a su política económica, puso el coche a marchar en sentido contrario al que llevaba, por mandato internacional, y nos ha querido vender la cabriola como algo necesario y como un supremo esfuerzo, pleno de generosidad y compromiso, para salvar de la debacle al país. O recordando, también, que el tal vez futuro conductor, señor Rajoy, dirigió casi más ministerios de los que en sus tiempos había; al final los perdió todos su partido.

La verdad es que esa actitud de los políticos que resumo en la frase “estar a la orden” (creo que de origen hispanoamericano), me desconcierta y me desasosiega. Y mucho más la pericia, la desenvoltura (¡el descaro!) con que buscan, y quizás consiguen, estar en paz consigo mismos.

 

lunes, 18 de octubre de 2010

ENSEÑAR

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Siempre he tenido la impresión de que la gente a la que se preocupa la educación y se dedica a pensar sobre ella, lo hace más acerca de cómo se aprende, que sobre cómo se enseña. La psicología se ha convertido, por eso mismo, en la ciencia reina entre las que sirven de soportes teóricos a la labor educativa. Hoy día se sabe mucho de la forma en que la mente asimila los conocimientos, en que se adoptan hábitos, se adquieren competencias, se interiorizan los valores, etc. Incluso existe un gran consenso en partir de una posición cognitiva básica, muy productiva, soporte de corrientes y direcciones diversas, y en trascender y superar el conductismo radical de antaño.


Nadie que esté relacionado con estas cuestiones niega ya que un niño solo puede aprender aquello que su nivel de maduración permite, aquello que puede conectar con los conocimientos previos y con experiencias anteriores, aquello por lo que está motivado, sobre todo si esa motivación consiste en un auténtico interés (aunque no llegue a “pasión” o “vocación”), etc. Parece que el cerebro se ha hecho más transparente y deja ver, al menos en situaciones de investigación y de laboratorio, qué es lo que ocurre en su interior cuando una persona incrementa sus saberes. En la vida diaria, también abundan quienes se atreven -nos atrevemos- a formular hipótesis referentes a lo que un niño puede aprender y cómo lo hace, sobre todo en relación con aspectos concretos y limitados, no solo domésticos, como la higiene, la convivencia familiar, la alimentación, etc., sino también escolares, como memorizar la tabla de multiplicar o los verbos.


De lo que no estoy tan seguro, como decía, es de que sea tan alto el nivel de indagación científica y de sabiduría teórica y práctica, acerca de cómo se enseña, con arreglo a lo que se sabe del aprendizaje. Empezando por lo más cercano, es notoria la inquietud de muchos padres que se las ven y se las desean para afrontar la educación de sus hijos y encauzar su vida de niños y adolescentes por el camino más adecuado. Muchos, muchísimos maestros y profesores se rinden a la evidencia de que, haciendo las cosas como se hacen en las escuelas y colegios, se consigue bastante poco; una buena parte de los niños no trabajan, no estudian, no avanzan, no llegan al nivel de formación que se pretende y, desde luego, podrían. Con bastante frecuencia se acierta por ensayo y error o, como en la fábula, porque suena la flauta por casualidad.


Lo que significa que, pese a que intuimos que los métodos de enseñanza actuales y los procedimientos para educar no son los mejores, que son poco efectivos, no alcanzamos a vislumbrar la vertiente positiva, es decir, cuáles serían las fórmulas más adecuadas, cómo deberíamos comportarnos padres y maestros para sacar más rendimiento a nuestro desvelo, a nuestro esfuerzo y a los recursos con los que contamos (en general, más abundantes que en épocas anteriores), cómo deberíamos ejercer la autoridad (de modo que no sea ni “la letra con sangre entra” ni el colegueo y la permisividad), cómo habríamos de gestionar la exposición de los chavales a los medios de comunicación y las nuevas tecnologías... Y no digamos ya si nos situamos en un terreno más ancho y complejo: cómo debería ser un colegio, tanto en su arquitectura como en su organización y funcionamiento o su dotación, cómo debería prepararse a los docentes, cuáles deberían ser los contenidos de aprendizaje académico y cómo tendrían que estar estructurados, qué directrices deberían inspirar el sistema educativo de un país, cuál habría de ser el papel de los padres y del entorno social en general, etc.


Suelen decir los expertos que el campo de la educación es uno de los que más sufre el peso, el lastre, de la inercia. Los cambios, si se dan, son escasos y lentísimos. Recuerdo el día en que gocé de oportunidad de entrar en el aula donde enseñaba Fray Luis de León en la Universidad de Salamanca. Tuve la sensación de que no presentaba grandes diferencias respecto a las de cualquier colegio actual, a pesar de los 500 años transcurridos. Esta idea me la reforzó la reflexión de un sociólogo que más tarde leí y que venía a decir, más o menos: si levantara hoy la cabeza una persona del siglo XV o XVI, se asombraría de todo lo que viera, excepto de una cosa, la forma en que se educa. Siento no recordar el nombre del autor.




¿Por qué se resiste tanto al movimiento, al cambio, el ejercicio de la labor educativa? Quizás influya el hecho de que los educadores, maestros e incluso padres, siempre pertenecen al pasado respecto a la época para la que educan a los niños y, como cada uno tiende a enseñar lo que sabe, son anticuados por definición, incluso para entender a las personas a su cargo. También tendrá algo que ver la confusión social y personal que reina entre los responsables, considerados desde un punto de vista global (que es el auténticamente relevante). Una vez oí a un maestro decir que los medios de comunicación, más concretamente la publicidad, representan el discurso del “sí”, al que padres y maestros oponemos el del “no”, y al final la juventud se aprovecha -o padece, según se mire- del principio aquel de “divide y vencerás”. En lo que depende de la Administración, el interés (poco), los medios (pocos) y la cualificación de los gobernantes en este campo (poca) resultan evidentes. La resistencia del sistema es enorme. Un amigo que hasta hace algún tiempo trabajaba en una institución relacionada con la innovación educativa, afirmaba que la mayoría de las propuestas interesantes de cambio metodológico, de intervención didáctica renovadora que se planteaban, chocaban irremisiblemente con un “eso no puede hacerse en mi escuela” de los maestros a quienes se dirigían. Da la impresión, añadía, de que el sistema educativo es una máquina tan oxidada, que no admite ni siquiera aflojar o apretar un tornillo pequeño.


Termino como empecé, con una impresión personal general, pero de signo opuesto. Creo que la investigación, la experimentación respecto del cómo enseñar, frente al rico panorama teórico del cómo aprender, está en una vía ciega o, al menos, muy a oscuras. Y creo, también, que no es algo casual, sino un fenómeno motivado, interesado. Al fin y al cabo, por mucho que sepamos cómo aprende el individuo, de nada sirve si desconocemos como hay que enseñarle las cosas eficazmente. Un conocimiento no se deriva del otro, aunque entre ambos exista la inevitable correspondencia.

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martes, 12 de octubre de 2010

"SEÑORITA" TRINI

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Los hechos son los siguientes: a raíz del triunfo de Tomás Gómez en las primarias de Madrid, Alfonso Guerra sostiene que no todos los socialistas madrileños pueden considerarse ganadores, porque la victoria ha sido para el “Señor Gómez” y los suyos, y no para la “Señorita Trini” y los suyos. Varias ministras y mujeres con posición relevante en el partido se molestan y expresan su queja por lo que consideran una falta de respeto de Guerra. Doña Trinidad subraya que ella nunca ha injuriado a ninguno de sus compañeros de partido y ni siquiera a sus adversarios. Contesta el Sr. Guerra que él no cree haber insultado a nadie, porque llamar señorita a una mujer soltera es una fórmula de tratamiento aceptable y apropiada; pero que está dispuesto a pedir disculpas si sus palabras han molestado, y a decir “señora” o “lo que sea”. Doña Trinidad apostilla que “en el partido no hay ‘señoritos’ ni ‘señoritas’, sino ‘compañeros’ y ‘compañeras’.

No resulta difícil apreciar que todo el lío se basa en la interpretación de la palabra “señorita”. Más adelante registraré los significados que da el DRAE, pero antes quiero hacer notar el origen andaluz de los dos personajes, circunstancia importante para la correcta comprensión del pique y del consiguiente cruce de manifestaciones. También, recordar el peculiar estilo del Sr. Guerra en sus actuaciones orales, frecuentemente cargadas de dobles sentidos, salpicadas de sarcasmos e ironías, con un lenguaje cáustico, acerado, no exento de un sentido del humor muy personal, con el que logra a menudo caricaturizar y ridiculizar a personas y situaciones. Para ello posee numerosísimos recursos, claro está. En cambio, el discurso de Doña Trinidad es mucho más directo y desnudo de retórica, menos punzante, y su actitud menos belicosa, menos provocadora.

Vayamos ya al diccionario de la Real Academia. De las varias acepciones que ofrece del término “señorito, a”, destaco estas, porque son las que vienen al caso: “ 2. m. y f. coloq. Amo, con respecto a los criados. 3. m. coloq. Joven acomodado y ocioso. 4. f. Término de cortesía que se aplica a la mujer soltera. 5. f. Tratamiento de cortesía que se da a maestras de escuela, profesoras, o también a otras muchas mujeres que desempeñan algún servicio, como secretarias, empleadas de la administración o del comercio, etc.”
(Diccionario de la RAE, Vigésima segunda edición
http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=señorita)

Objetivamente, de todos esos significados, el que más le acomoda a la candidata no elegida es el número 4, pues es una mujer no casada. Tal vez incluso el único. Aunque es posible corregir al Sr. Guerra, y así lo han hecho algunos periodistas, diciendo que lo habitual es el empleo de apellido y no del nombre. Debería haber dicho, pues, “Señorita Jiménez”, y no “Señorita Trini”. Si no me equivoco, ahí reside el meollo de la cuestión y el motivo de la polémica. Porque la expresión “Señorita Trini” adquiere y evoca sentidos de los que carece el empleo del apellido. Sentidos preñados de intencionalidad malévola.

Hasta hace poco, era normal en Andalucía que hubiera amos y criados, sobre todo en las zonas rurales como la mía. Cuidado, no digo “patronos” y “obreros”, que son denominaciones posteriores, introducidas por el discurso socialista, el sindical, etc.; ni “empleados” y “empleadores”, “jefes” y “subordinados”… En tal contexto, los que contrataban (por decirlo de alguna manera) y mandaban en los criados eran los “señoritos”. En mi pueblo, zona netamente latifundista, coincidían con la casta de los ricos terratenientes, que actuaban como caciques. La relación jerárquica entre unos y otros no distaba mucho de la que regía en la época feudal, de la que este sistema que describo era seguramente heredero. Los criados pertenecían casi en cuerpo y alma a sus amos, a sus señoritos. Si se trataba de criadas, la pertenencia corporal se aplicaba con todas sus consecuencias, cuando así le apetecía al señorito. En cuanto a la esposa del amo o su madre, sus hermanas, etc., se les solía llamar “señoras”, más que “señoritas”: esto es importante tenerlo en cuenta. A las hijas e hijos sí se les llamaba con el diminutivo. Por último, en todos los casos el tratamiento de “señorito”, “señorita” o “señora” en boca de la gente popular (los criados) precedía al nombre, nunca al apellido. Quiero añadir que no quedaba excluida la fórmula, más general en el dominio español, “don” o “doña”, que se usaba para todas las personas adultas de reconocido relieve social, como médicos, abogados, etc. y también para los “amos”, aunque estos no tuvieran ni el graduado escolar.



Supongo que por ampliación y depreciación semántica surgió el significado número 3, “joven acomodado y ocioso”, que ya es peyorativo. Igual que otro uso, no recogido por el DRAE, muy propio de mi tierra, aplicado a las mujeres que, sin serlo, quieren parecer ‘señoritas’ por su manera de vestir, de comportarse, etc.. En él se aprecia una coloración claramente irónica. Equivale, como casi sinónima, a una formación léxica derivada, “señoritinga”, bastante ofensiva y llena de sarcasmo, que usamos mucho en Andalucía, aunque el DRAE lo recoge como general (esta no la usó guerra, porque -digo yo- quizás habría perdido la protección y el escudo que le daba la ambigüedad de “señorita”). Así, pues, si yo le digo a una chica, con el tono apropiado, que es una “señorita”, he de esperar que se irrite, porque la estoy motejando de “perezosa”, o de “creída”, o de las dos cosas a la vez. Más todavía, le estoy insinuando que es una “ricachona, explotadora, de la casta de los antiguos señores/as feudales, cacicona” y cosas así, porque se trata del núcleo semántico fundamental que ha permanecido hoy del significado 2, lo que hace de la palabra un insulto.

¿Se comprende ahora que a Doña Trinidad y a otras mujeres de su rango, de su afiliación ideológica oficial, de su autoimagen social, etc., les fastidiara la calificación que se buscó el Sr. Guerra? Desde luego, no podía haber cogido otra más cargada de pólvora y metralla, según es habitual en el prohombre sevillano; sobre todo, cuando, como en esta ocasión, se trata de reprender a quienes toma por adversarios, aquí los que aspiraban a ser vencedores sin serlo. Había que “bajarles los humos”, pensaría, a estos/as que, estando “abajo”, pretenden ascender de nuevo a la “altura” de la posición perdida. La Sra. Jiménez, ella al menos, captó el mensaje (en frase de Felipe González), como no podía ser de otro modo, siendo de la tierra. Recordemos lo que contestó: “En nuestro partido no hay ‘señoritos’ ni ‘señoritas’, sino compañeros y compañeras”. Frase que no se refería, evidentemente, a la condición de casados/as o solteros/as de sus conmilitones.

Termino con una suposición, una sospecha: creo que el Sr. Guerra disfrutaría de lo lindo al zaherir a su compañera, especialmente a ella, porque sabía que lo entendería a la perfección y que su disparo daría en el centro de la diana. Y gozaría, sobre todo, al sacar una vez más a relucir su naturaleza de “descamisado” por antonomasia, de maniquí de “la pana”, de dechado del “look” currante, de supuesta bestia negra de caciques déspotas y “señoritos” carcas. Lo nuevo es que esta vez le ha tocado a una socialista, justamente la respaldada como candidata por Zapatero. ¿Alguien se imagina el porqué de tal elección?

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