jueves, 28 de enero de 2010

CÓMO ME LLAMO

El nombre de cada persona es una etiqueta útil en la comunicación social y en el ámbito administrativo. En ambos, nos identifica y nos singulariza (con no pocas excepciones) . Nuestros padres y hermanos, antes que nadie, nos llaman por nuestro nombre al dirigirse a nosotros; luego nuestros compañeros, vecinos, amigos, etc. De las acciones administrativas, la primera es precisamente la inscripción en el Registro Civil y en ella se determina, por decisión paterna, cómo nos llamaremos oficialmente de ahí en adelante.

En España, a diferencia de otros países, el nombre lo forman en realidad tres palabras al menos: el denominado “nombre de pila” (que puede ser compuesto de dos o más) y los dos apellidos, el primero de nuestro padre y el primero de nuestra madre (actualmente puede invertirse el orden). Será el que figure en el DNI y en todos los organismos, instituciones, entidades, etc., donde estemos inscritos o con los que mantengamos alguna relación de la que deba quedar constancia. Por ejemplo, en la escuela, una de las primeras. Fuera de tales contextos, los padres, abuelos, tíos, hermanos, etc. nos llaman Javier, Francisco o Teresa, es decir, utilizando el nombre de pila, inalterado o bien con alguna adaptación afectivas: Javi, Francis / Franciquillo/ Fran / Cisco, Tere / Teresita… Son los llamados “hipocorísticos” (término procedente de un vocablo griego que significa ‘acariciar’).

Precisamente es en la escuela donde empieza a ensancharse el mundo de las relaciones sociales, hecho en el que queda implicado el nombre. Al llegar al colegio o a lo largo de la etapa que ahí empieza, suele ocurrir una de estas cuatro cosas: que los compañeros y compañeras nos sigan llamando como en casa, que modifiquen ese nombre, que se dirijan a nosotros mediante uno de los apellidos, generalmente el primero o el que resulte más… llamativo, o bien que nos endosen un mote. Por eso, a la llegada a la escuela es sucede como una segunda acción de registro o nominación, esta ya definitiva. Si pasas de María a Mariquilla, de Sebastián a Sebas, de José Luis a Pepelu, de Moisés a Moi, de Manuel a “Cocheras”, de Mª Jesús a “Tita”, puedes estar casi seguro de que con esa segunda identidad onomástica te quedarás para los restos. Diríase que la sociedad, la tribu, ejerce así el poder de signar a sus miembros a su gusto, como condición para admitirlos en su seno. Afirmaba una compañera mía que aquel profesor que no tuviese un mote no pertenecía realmente al colegio donde enseñara. (Otro día habrá ocasión de tratar acerca de los motes de los profesores).

Establecida de esta manera la regla general, suele ocurrir que a los varones se nos acostumbra a alterar más la denominación que a las mujeres. Por ejemplo, a muchos niños los llaman incluso sus compañeros y amigos por el apellido, no así a las niñas (suena raro decirle a una niña o mujer “Ruiz” o “Gómez”); a ellos también se les pone motes más que a ellas, etc. ¿Por qué? No lo sé, aunque podría aventurar (otro día) alguna hipótesis.

Las cosas son así, es evidente. Distinto es que no a todos les satisfaga del todo. Por ejemplo, hay personas que, ni de pequeñas ni de mayores, digieren bien algunos hipocorísticos, mucho menos los motes, y saben lo difícil que es salir victorioso cuando se enfrascan en la pelea por recuperar “su” nombre. El que esto escribe, José Antonio, lleva escuchando de boca de un medio amigo el “cariñoso” Pepe, al que profesa una feroz inquina (“Pepe” viene de las iniciales “P.P.” que se colocaban detrás de “San José” y que querían decir “Pater Putativus”, o sea, padre no auténtico). Sin embargo, otras muchas personas, tal vez la mayoría, acogen de buena gana cualquier modo de ser renombrados, incluso el apodo. Recuerdo a una niña, muy bajita, que estaba orgullosa de tener “ya” su mote cuando los compañeros de colegio le empezaron a decir “Pulga”. Si lo pensamos bien, el apodo es la expresión que más propiamente nos identifica, puesto que encierra algún rasgo específico, cosa que el auténtico nombre no hace. En este sentido, hay motes que logran dar forma verbal, muy frecuentemente mediante metáforas, metonimias, hipérboles, etc., no sin cierto humor intencionado, a lo más característico de talante o del físico de una persona, y no deberían, por eso, llamarse “alias” (que posee el sentido de “otro”). Conozco a un hombre que, desde pequeño, tenía un cuerpo achaparrado y le pusieron “Remache”, a una mujer a la que llamaban “Meneaculos” por razones que ya imaginan, a un contundente defensa central al que apodaron “Burra”, a un supuesto donjuán que se vanagloriaba continuamente de sus maniobras eróticas en zonas profundas, al que denominaban “Comechochos”, etc., etc. Sería curioso y divertido reunir una colección de motes.

En los pueblos pequeños, no hay familia que no tenga su apodo. Muchos, casi todos, vienen de antiguo. De ahí que, si un día cumplieron su función descriptiva, con el transcurso de los años valen como meros recalificadores, una especie de nuevos apellidos. Tampoco, en el ámbito de la clandestinidad, pues ahí forman parte del “lenguaje en clave” (conocido es el nombre de guerra “Isidoro”, con el que se conocía a Felipe González antes de la democracia); con el mismo fin de ocultar la verdadera identidad (aunque no por motivos relacionados con la ley) se utilizan en internet los "nicks" y los llamados "nombre de usuario". Lo contrario ocurre en determinadas actividades, como el toreo, en el qu, casi siempre, el diestro elige un sobrenombre más acorde con la visión de sí mismo (“Jesulín de Ubrique”, “Espartaco”, “Finito de Córdoba”…) o el cante (“El Niña de Marchena”, “La Niña de Antequera”, “La Paquera de Jerez”, “Perlita de Huelva”, “La Terremoto”…). Quedan aún instituciones con el cambio de nombre por norma: las órdenes religiosas y el Papado. Por cierto, hablando de normas, ciertas empresas (grandes superficies, banca, etc.) obligan a los trabajadores cara al público a que lleven una tarjeta identificadora bien visible, con su nombre de pila (sin apellidos, tanto si son varones como mujeres).

Llegados a este punto, podríamos preguntarnos: ¿cómo se debe llamar a una persona? Para mí, la respuesta es sencilla. Si se está bajo el dominio de una regla, ley o norma, como quede por ellas establecido. En cambio, en el dominio de la libre y pura relación interpersonal, fuera del marco de una institución, la llamaremos como mejor convenga. Quiero decir, como mejor convenga para salvar la buena relación que podamos tener con esa persona, o para mejorarla o incluso iniciarla. Aquí no hay imposiciones, salvo la de la cortesía y el afecto. Todo lo que tienda y ayude a incrementarlos, sirve. En cualquier caso, tengo para mí que nadie se va a ofender si lo tratas utilizando su nombre de pila, que juzgo el más noble y digno. Tampoco, si se trata de un varón, el empleo de un apellido. Ahora bien, espetarle un mote… resulta más delicado y se pueden correr riesgos. Naturalmente, influye mucho la relación personal previa y la posición social mutua, así como el contexto en que se desarrolle la comunicación.

6 comentarios:

  1. Yo he notado una cosa: que a las mujeres que se les llama por el apellido, se antepone un "la" ("la Piquer", "la Garbo", "la Dietrich"...). En el caso de los hombres, no sucede así.

    Sería muy interesante profundizar en por qué las mujeres no son objeto de motes en la misma medida que son los hombres. ¿Tal vez por corrección política, o porque históricamente, las mujeres no han "necesitado" destacar a nivel social? (Entiéndase esto último como una consecuencia de la tradicional sociedad machista desde el inicio de los tiempos). Es indudable que los motes ayudan a crear empatía con alguien (el protagonista de "El Gran Lebowski" no sería tan famoso si no se llamara "El Nota").

    Muy buena entrada.


    OLI I7O

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  2. Por no hablar de nuestro tan querido fútbol...
    ¿Por qué esa obsesión con otorgarles nombres de animales?
    La pulga Messi,el ratón Ayala,el gato Ablanedo,el conejo Saviola,el puma Emerson,el mono Burgos,el cuco Zigada,el buitre Butragueño,...
    ¿No tenemos suficientes recursos léxicos como para describir cualidades sin comparar mamíferos?
    Jejeje...

    Salu2

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  3. Yo creo que no importa con que nombre nos digiramos a las personas, lo único la regla que debemos seguir, es la del respeto.

    Por otro lado, dirigirse a una persona de una determinada manera, también tiene su lado bonito, ya que indica cercanía, amistad...

    A mi me gusta llamar a los que más quiero, de un modo distinto, para demostrarles que para mi son especiales y por eso, no quiero dirigirme a ellos, del mismo modo que el resto de la gente.

    Un abrazo,

    RATO

    PD: Me sumo al comentario de Oli, a mi también me parece muy buena entrada.

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  4. Muchas gracias a los tres por haber entrado en mi entrada. Celebro que os haya entretenido unos minutos. Efectivamente, Oli, a las mujeres "famosas" se las llama así; recuerdo a una actriz italiana, conocida como "la Lollo" (Gina Lollobrigida); también dicen ahora "la Merkel", etc. Toni, yo creo que esa costumbre de apodar así a los futbolistas es importación de Hispanoamérica, de donde provienen muchos jugadores y periodistas de radio. Rato, gracias por mostrar ese componente afectivo de los motes, que yo no mencioné. Ahora caigo en la cuenta de que, en el seno de la pareja de enamorados, abundan los motes cariñosos, generalmente en diminutivo.

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  5. Hace años conocí a un matrimonio que tuvo cuatro hijas y dos hijos. Ellas profesaron como monjas, ellos se hicieron curas o frailes.Cada nacimiento se convertía en una vocación. La gente, asombrada ante hecho tan prodigioso, le puso al marido el mote de pollasanta.

    Anónimo 2

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  6. Jajaja. Qué bueno. Aquí donde vivo, había en tiempos un fecundo fabricante de niños espúreos. Por eso, y porque era al parecer muy beato, le decían que "confundía los golpes de pecho con los golpes de picha". Jaja.

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