miércoles, 20 de enero de 2010

JOVEN ORGANISTA

Mi primera actuación al órgano tuvo lugar a los 16 años. Una tarde de mayo, la coral a la que yo pertenecía debía cantar una pieza mariana con acompañamiento y el organista tenía obligaciones que le impedirían llegar a tiempo. El director me mandó aviso poco antes de que comenzara la función. Más improvisación…, y mayor reto, imposible. Por otra parte, yo no podía negarme, porque no había otro a mano. Así que suplí al titular. Al cual, he de decirlo, nadie echó en falta. Para mí fue uno de los mejores días de mi vida, una de las tardes más dichosas… La gente, como digo, no le dio mayor importancia y no recibí ni una sola felicitación. Tampoco me eran necesarias. Creo que los más auténticos y sinceros parabienes se los da uno mismo casi siempre.

La segunda vez que pulsé en público las teclas de un órgano fue en una de las catedrales más hermosas de España, y quizás del mundo: la catedral nueva de Salamanca. El verano en que cumplí los 17, pasé unas semanas estudiando armonía en esa ciudad, compendio toda ella de arte y cultura. Mi profesor, Don Aníbal, nos llevó una mañana a la catedral y nos invitó a que los que quisiésemos probáramos el órgano, ese monumento en sí mismo impresionante. Yo no lo dudé. Subí y toqué alguna cosita de la que, desgraciadamente, no me acuerdo. Hace unos años he tenido la suerte de visitar el templo con mi familia y contarle esta anécdota, cuya remembranza tantas emociones en mí despertó.

El tercer hito en mi currículum organístico lo originó una nueva suplencia, ésta más dura y severa. Fue al año siguiente de aquella primera sustitución. El organista de la coral cayó enfermo. Y acudieron a mí. Era invierno y yo también tenía unas décimas de fiebre producidas por un catarro. La partitura de ese día ni siquiera la conocía, nunca la había tenido en mis manos. Era una obra asimismo en honor de la Virgen, un “Alma Mater” compuesta por nuestro director. Cuando me senté delante del órgano y me percaté de que estaba en “la bemol mayor” (o sea, que tenía cuatro bemoles), pensé que no podría tocarla de primeras sin pegar bastantes patinazos, porque además presentaba abundantes modulaciones. Así que tuve que acudir a una artimaña: efectuar un transporte sobre la marcha, o sea, pasar a la tonalidad de “la mayor” (tres sostenidos), que me era más familiar. Para ello, “bajé” el teclado medio tono, como modo de compensar el cambio de tonalidad. Al final, la cosa no salió mal. Hacia fuera, el éxito consistió, una vez más, en pasar desapercibido. De puertas adentro, mi gozo era sumo aquella tarde-noche.

A partir de entonces, el organista titular y yo nos alternábamos, dependiendo de nuestros gustos (mejor dicho, de los de él, y no gustos, sino caprichos) o de otras circunstancias. Eso me permitió, una Semana Santa, acompañar a la coral sentado al órgano de la catedral de Málaga, precioso instrumento también.


Así fue como, unos meses más tarde, llegué a ser primer organista, apenas cumplidos los 18 años. En calidad de tal, tuve la oportunidad de acompañar a la coral en un excelente órgano “moderno”, en su forma y en su mecanismo, ya electrónico. Me refiero al que había (y seguirá allí, supongo) en el Santuario de Ntra. Sra. de la Victoria de Málaga. De ese mismo año, el último como organista, recuerdo un día memorable, para mí, insisto: aquel en que me atreví con el “Aleluya” del “Mesías” de G.F. Händel.

En muy poco tiempo, había logrado uno de mis mayores sueños. La verdad, no me imaginaba que llegaría tan pronto, cuando a los 10 u 11 empecé a aprender, por mi cuenta, escribiendo encima de las teclas del armonio de la parroquia las notas que les correspondían. Desde mi actual atalaya, veo que pocas metas alcanzadas me han producido tanta complacencia.

¡Y qué agradable traer hoy a la memoria momentos de mi vida tan importantes y significativos, en los que tanto disfruté! La “culpa” la tiene ese chaval que aparece en las fotos, Gert van Hoef, cuyas asombrosas interpretaciones he descubierto hoy por la mañana en YouTube. Gracias le debo a Gert, por empujarme a que rebobinara yo las mías (que estaban, eso es seguro, muy por debajo). Una y otra cosa he hecho casi con lágrimas en los ojos, lágrimas de esas con las que se llora de íntimo deleite.
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Aquí van algunas direcciones de YouTube con miniclips del pequeño organista. Lástima que no se vea más que en una su dominio del “pedal”, es decir, de las teclas que en el órgano se tocan con los pies.

5 comentarios:

  1. Realmente, al margen de la pasión que se pueda sentir por el órgano, hay que reconocer que suena de maravilla...
    Salu2.

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  2. La "pasión" que uno siente por algunas cosas (y personas) tiene mucho que ver con el hecho de que la primera atracción hacia ellas tuvo lugar en la niñez o en la adolescencia. Pocos descubrimientos posteriores, pocas emociones luego despertadas o alimentadas, gozan de tanta intensidad como las que se iniciaron en esta edad. Todo lo que en esos años se hace, se recuerda posteriormente revestido del brillante oropel de la juventud. La pasión que este niño sentirá toda su vida por el órgano se deberá, en parte, a que disfrutó inmensamente con él en su infancia y adolescencia. Igual se puede decir de su definitivo amor por la música culta (llamada también "clásica"). El futuro de una afición, o una vocación, depende mucho del momento en el que nace.

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  4. Pues tengo que darte la enhorabuena, pues no todo el mundo llega a tener la posibilidad de disfrutar de ocasiones así, de olvidarse del mundo haciendo lo que más le gusta a uno. Sin embargo, tras leerte me queda una pregunta. ¿Por qué no seguiste dedicándote a ello?

    Por otro lado me dirijo a ti para felicitarte por tu blog pues, aunque blogs hay a patadas, a la hora de buscar alguno que cuente algo interesante el número de los mismos se reduce considerablemente.
    Ya tienes en mí a un nuevo seguidor que espero sólo sea uno más entre el montón de ellos que te mereces.
    Un saludo

    Mr. M

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  5. Muchas gracias, jefe Mr. M.

    Pues... para estudiar la carrera en Granada, tuve que salir de mi casa para vivir allí. Y todo estaba en contra de seguir con la música. Eran otros tiempos. Cuando acordé (criada ya la prole y estabilizado en mi profesión), era demasiado tarde para volver. Esas cosas pasan.

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