domingo, 26 de septiembre de 2010

OTRA ORDEN

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Parecía una excepción, un hecho pasajero, que al día siguiente se esfumaría por el éter. Me refiero a la creación de la Orden Militar y Hospitalaria que tuvo lugar en mi pueblo hace un par de semanas y de la que me hice eco, cómo no, en mi post anterior. Creía que sería como el veloz paso de un insecto, como un recuerdo repentino y fugaz del pasado, bien sepultado en el catafalco de la historia.


Pero no. ¡Qué va, qué va! Obró como la mordida del vampiro (qué apopiapo símil, evocación de tenebrosos siglos, castillos y personajes), que propaga la hormona draculina en progresión geométrica.


Según leo en "La Crónica", periódico local, de donde también procede la foto (29-IX al 1-X), en el cercano pueblo de Teba tienen lugar todos los años unas fiestas, que llaman “Dougla’s Day”. Se conmemora la reconquista del castillo local por las tropas de Alfonso XI, en el siglo XIV. “A lo largo de dos días, se celebraron diversas actividades culturales, lúdicas y festivas, con una destacada participación de la comunidad británica de la Costa del Sol y Gibraltar, así como con la asistencia del presidente de la Diputación, Salvador Pendón, y el alcalde de Teba, Juan Anaya. Durante el acto en el castillo, se procedió a la investidura de caballeros templarios de la SKT-SMOTJ en el patio de armas de la fortaleza. Se trata de una antigua orden templaria que, aunque en el resto de Europa desapareció en 1314, en Escocia se ha mantenido hasta nuestros días”. Se ha elegido esta localidad “por ser el lugar en el que, en 1330, un grupo de templarios escoceses, comandados por Sir James Douglas, dieron sus vidas formando parte del ejército cristiano de Alfonso XI”.



En el acto, “tal y como se ha hecho desde el siglo XII, los aspirantes, tras una noche de vigilia y meditación, se comprometen con la fe y los ideales cristianos y juran defender los valores de justicia, igualdad, solidaridad y fraternidad, y reciben un ‘espaldarazo’ simbólico, mediante el cual son admitidos en la orden y adquieren el rango de caballero o caballera (moderna denominación de la antigua dama)”. Al parecer, es el primer acto de investidura de la rama española de la orden, denominada “Gran Priorato de San Miguel”.


Así que ya sabemos dónde, cómo y cuándo se está empezando a volver a las raíces de nuestra historia espiritual. ¿Movidos por la estética del ritual religioso-militar, por la satisfacción o presunción de lucir galas ancestrales, armas atrabiliarias, liturgias y cargos más rancios que un mantecado en Semana Santa? ¿Incitados por un ardor guerrero y místico a la vez, para lanzarse a restablecer valientemente la fe en un mundo tan descreído? No lo sé. En cualquiera de los dos casos, es una chorrada.


Estaré atento a ver dónde germina el siguiente brote. Aunque ya me impresionará menos.
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viernes, 17 de septiembre de 2010

EDAD MEDIA REDIVIVA

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Dedicado a A.R. C. , autor del extraordinario blog “Punto de vista”


Voy a dar fe, porque lo he visto con mis propios ojos, de algo increíble, fruto de la paranoia de algunos, que llega hasta eso, hasta hacer realidad lo que uno nunca se imaginaría realizable. Ustedes los lectores también lo verán a través del objetivo de mi cámara acompañante.

Celebramos por estas fechas en mi pueblo un singular cumpleaños, que en no muchos sitios festejan: hace 600 años que las tropas del Infante don Fernando llevaron a cabo la reconquista del lugar a los moros. Fue un hecho tan celebrado en la época, que al nombre del caballero quedó unido el de la villa en la nómina áurea de los reyes de España: Infante Don Fernando “el de Antequera”. Por cierto, yo siempre había oído y leído nombrar semejante hazaña con el vocablo “toma”, desde que cayó en mis manos el conocido romance de “La toma de Antequera”. En todo caso, se debería articular en el marco general de la Reconquista. Sin embargo, ahora, en los discursos y escritos que están sirviendo de alfombra, palio y trono verbal al centenario, se da en llamar “recristianización” o, en boca de los más descreídos, “incorporación a la Corona de Castilla”. Cualquier cosa, menos el término “reconquista”, que rechina en los oídos hiperpacifistas de los que enmascaran hoy toda guerra con el disfraz de “ayuda humanitaria” y cosas así. Véase la de Afganistán. No evitan la guerra, sino que la tapan con vistosos oropeles lingüísticos.

Bueno, esto es una anécdota. Lo gordo viene a continuación. Resulta que, en pos de la rememoración del remoto y portentoso acontecimiento, algunos parece que han sido abducidos al pasado, para resucitar el Medievo. Seguramente, la portentosa herencia monumental del pueblo y su gloriosa historia han servido de apoyo escenográfico y abono parapsicológico de tal alucinación. Están como transportados a aquel mundo caballeresco, donde los señores cristianos luchaban por defender la fe (o sea, el poder), por mantener sus dominios (incrementándolos, pues el ataque es la mejor defensa), por proteger a los débiles (sin sacarlos de su estado), por derrotar al enemigo, que entonces, en España, era la intrusa morería.

Y, una vez así, ¿qué se les ha ocurrido hacer a estos paisanos míos? Nada más y nada menos que esto: fundar una orden militar. En el siglo XXI, que es donde vivimos los demás, un grupo de militares o asimilados han creado una institución propia de los siglos XII o XIII… ¡Una orden militar! Como las de Santiago, Calatrava, Alcántara, etc. La han denominado “Orden militar y hospitalaria del Infante D. Fernando y Santa Eufemia” (esta santa, patrona de la ciudad, lo es por estar envuelta también, aunque indirectamente, en la expulsión de los musulmanes).



En cuanto me enteré de que iba a ocurrir una cosa así y me repuse de la noticia, me apresté a asistir al acto, consciente de que es de esos que solo suceden una vez en la vida. Allí vi a los pretendientes al rango de caballeros, al pie del altar, ser bendecidos por la Iglesia, a través de dos oficiantes que, por cierto, vestían un hábito muy acorde con la situación: el de la orden trinitaria; ya saben, sayal y escapulario blancos, cruz azul y roja en el pecho. Allí vi desfiles, ofrendas al Infante reconquistador, himnos… Allí vi cómo subieron los aspirantes y todo el acompañamiento al castillo árabe (al que nosotros, más a lo Sancho Panza, llamamos de “Papabellotas”), para firmar el acta de constitución (en el interior de la Torre del Homenaje) y ser consagrados o armados o exaltados a la dignidad de honorables miembros de la “Orden militar y hospitalaria…”, empezando por el elegido como Gran Maestre (¡), en el Patio de Armas de la misma alcazaba. Allí vi santificar las espadas y las capas, y entregarlas y lucirlas… con exultante firmeza y desparpajo. Allí vi a los oradores sagrados apadrinar la generosa y noble iniciativa, y retorcer el lenguaje para quitarle hierro a la entrega, tenencia y uso de las tizonas, por ejemplo, convertidas en metáfora, en símbolo…, yo qué sé de qué. También, vi allí a las autoridades civiles, a través del señor alcalde, que, una vez depositados en la antesala fardos ideológicos, se explayó como suele en la plática conclusiva de la ceremonia religioso-castrense. Allí vi, en fin, todo lo que ustedes ya se pueden figurar.

Lo que no vi fue la cena medieval que se sirvió a continuación, a los pies del castillo, en el recinto de la fortaleza, en la plaza que se denomina “de los Escribanos”. Me ausenté antes de que comenzara, nunca me han gustado los usos tan poco refinados de los caballeros medievales en la mesa. Como tampoco me agrada la forma que tenían de defender la fe, blandiendo el concepto de “guerra santa”, que tanto criticamos en otras religiones los que aún vivimos en el siglo XXI, e invocando a Santiago Matamoros, etc.

Yo no sé a qué se dedicarán estos trasnochados caballeros hospitalarios y militares a partir del ínclito día, anacrónicos cinco siglos más que Don Quijote. No sé en qué lucha se empeñarán o qué guerrita instigarán, o a qué hospitales o servicios de salud entregarán algo de su erario colectivo, que sospecho escaso. Tampoco sé qué otra huella dejarán en la población que los ha visto nacer. Me temo que muy poca gente los conoce y conocerá. Quizás tan solo se verán en tal o cual acto religioso o civil, como militares de capa y espada (igual que la comedia lopesca), intentando, fatuos, presumir de… no se sabrá qué. Quienes asistieran como yo al rito fundacional del otro día, a esa charlotada medievaloide, o estén al tanto del asunto, tal vez se avergüencen o escandalicen, al verlos, de tamaña irrisión en un pueblo serio como es este.

Yo me limito a pedir que el nuevo consorcio político-religioso-militar deje ya las fantasías y la añoranza de los tiempos heroicos y no le dé por alumbrar nuevos (y viejos) engendros. Porque quién sabe si no les están ya ronroneando en los oídos las cadenas de la Santa Inquisición y les está iluminando el rostro el cálido fulgor de las hogueras, de la llama otra vez prendida. No, por favor, no.

Ya termino. Por varias razones no quiero airear mucho la noticia de que tenemos aquí una santa hermandad militar y hospitalaria, acerado azote del descreimiento y el pecado, y bla bla bla. No quiero, más que nada, por un motivo: como se enteren de todo esto en los chiringuitos de Al-Qaeda, no muy distantes quizás y siempre con el oído puesto, “aviaos” estamos los de mi pueblo y sus contornos.

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Una información de corte más periodístico se halla en estos dos textos:
http://www.elsoldeantequera.com/cultura-y-festejos/135-cultura/2124-antequera-volvera-al-medievo-con-la-creacion-de-la-orden-del-infante-don-fernando.html
http://www.ymalaga.com/somos+101/antequera-se-reencuentra-con-el-siglo-xv.49092.html
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domingo, 12 de septiembre de 2010

TODOS MIS PADRES

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Yo podría haber sido hijo de un drogadicto. Hubo un tiempo en que iba para eso. No porque mi padre caminara por los andurriales del porro y el chutazo. Ni mucho menos. El verdadero motivo es que...

El texto completo de este breve relato está en el blog hermano JARA_MITO (http://jaramito.blogspot.com/)
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viernes, 10 de septiembre de 2010

AL COLEGIO

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Vuelvo hoy a la tecla bloguera, después de unas semanas de descanso, de barbecho. Y lo hago consciente de que no voy a ser muy original en el tema (¡si es que alguna vez lo fui con alguno!). Lo siento, pero un simple vistazo a la calle hoy, que comienza el colegio en Andalucía (supongo que en toda ella), a estas horas de la mañana, en que ya todos los niños de Primaria van con sus cosas en la mochila, lleva a pensar sobre la enseñanza.


“¡No les queda mili!” es lo primero que se me ha venido a la cabeza. He de reconocer que no he podido ser más tópico y simplón, pero ¿para qué disimular la verdad? Sí, les quedan nueve largos meses. A los niños y a los maestros. Más de 250 días.





Ahora van contentos. Los niños, que es a quienes se distingue. Los maestros, no sé, porque no los diferencio por la calle de cualquier otra persona adulta. Contentos los niños sobre todo porque estrenan, creo yo. Estrenan utensilios escolares y estrenan etapa, después del verano y las vacaciones, que ya se hacían largos y pedían un cambio. También estrenan, seguramente, profesores y algún que otro niño o niña que se incorpora al colegio, tal vez africano o de Hispanoamérica, de familia emigrante, o bien que repite curso. Estrenar, cambiar, variar… son verbos que se conjugan con ilusión, con esperanza, con alegría. Después… ya vendrá el tío Paco con la rebaja.


¿Y también por lo que van a aprender? No me cabe duda de que por eso no se sienten muy entusiasmados. Ni se les habrá ocurrido planteárselo. Ahora mismo, los libros de Sociales, de Lenguaje, de Matemáticas… están ahí, en el macuto, cerraditos. O sea, en la posición en la que, para mí, nunca debería estar un libro y, para los escolares, nunca debería abandonar. En cuanto que, mañana sin ir más lejos, se les ocurra decir al maestro o a la seño eso de “Abrid el libro por la página…”, ya la hemos… estropeado. Ya empiezan los resoplidos en las bancas y el tedio en los espíritus. Se me viene a la cabeza aquella escena de la película Rebelión en las aulas 2, en la que el profe, un Sidney Poitier viejo y sabio, coge los libros de texto y los tira a la papelera, mientras se justifica ante la clase, diciendo que en adelante se aprenderá “para la vida”, cosa que no está en esos tomos. O aquella otra de El club de los poetas muertos, en la que Robin Williams, iconoclasta, atrevido, valiente, ordena a los niños que arranquen y tiren la primera hoja del libro de Literatura.





Los niños, los de aquí de la vida real, abrirán sus libros mañana y empezarán a subir una cuesta de nueve meses, página a página. Algunos se quedarán a mitad de camino, otros llegarán justitos… Todos iniciarán el ascenso junto a sus maestros, que también notarán el sudor en la frente y el dolor en las rodillas o en la espalda. Es difícil enseñar. No menos lo es aprender. Hay muchas cosas en la vida muy difíciles.



Pero hoy es un día para estar (más o menos) contentos. La novedad, el cambio, el reencuentro… es lo que prima. Y lo que se respira en la calle, en la puerta de los colegios. Vivo cerca de uno, por eso lo sé. Bueno, lo sé por más motivos, por más cosas, de las que ya hablaremos…, hoy no, mañana.
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