lunes, 18 de octubre de 2010

ENSEÑAR

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Siempre he tenido la impresión de que la gente a la que se preocupa la educación y se dedica a pensar sobre ella, lo hace más acerca de cómo se aprende, que sobre cómo se enseña. La psicología se ha convertido, por eso mismo, en la ciencia reina entre las que sirven de soportes teóricos a la labor educativa. Hoy día se sabe mucho de la forma en que la mente asimila los conocimientos, en que se adoptan hábitos, se adquieren competencias, se interiorizan los valores, etc. Incluso existe un gran consenso en partir de una posición cognitiva básica, muy productiva, soporte de corrientes y direcciones diversas, y en trascender y superar el conductismo radical de antaño.


Nadie que esté relacionado con estas cuestiones niega ya que un niño solo puede aprender aquello que su nivel de maduración permite, aquello que puede conectar con los conocimientos previos y con experiencias anteriores, aquello por lo que está motivado, sobre todo si esa motivación consiste en un auténtico interés (aunque no llegue a “pasión” o “vocación”), etc. Parece que el cerebro se ha hecho más transparente y deja ver, al menos en situaciones de investigación y de laboratorio, qué es lo que ocurre en su interior cuando una persona incrementa sus saberes. En la vida diaria, también abundan quienes se atreven -nos atrevemos- a formular hipótesis referentes a lo que un niño puede aprender y cómo lo hace, sobre todo en relación con aspectos concretos y limitados, no solo domésticos, como la higiene, la convivencia familiar, la alimentación, etc., sino también escolares, como memorizar la tabla de multiplicar o los verbos.


De lo que no estoy tan seguro, como decía, es de que sea tan alto el nivel de indagación científica y de sabiduría teórica y práctica, acerca de cómo se enseña, con arreglo a lo que se sabe del aprendizaje. Empezando por lo más cercano, es notoria la inquietud de muchos padres que se las ven y se las desean para afrontar la educación de sus hijos y encauzar su vida de niños y adolescentes por el camino más adecuado. Muchos, muchísimos maestros y profesores se rinden a la evidencia de que, haciendo las cosas como se hacen en las escuelas y colegios, se consigue bastante poco; una buena parte de los niños no trabajan, no estudian, no avanzan, no llegan al nivel de formación que se pretende y, desde luego, podrían. Con bastante frecuencia se acierta por ensayo y error o, como en la fábula, porque suena la flauta por casualidad.


Lo que significa que, pese a que intuimos que los métodos de enseñanza actuales y los procedimientos para educar no son los mejores, que son poco efectivos, no alcanzamos a vislumbrar la vertiente positiva, es decir, cuáles serían las fórmulas más adecuadas, cómo deberíamos comportarnos padres y maestros para sacar más rendimiento a nuestro desvelo, a nuestro esfuerzo y a los recursos con los que contamos (en general, más abundantes que en épocas anteriores), cómo deberíamos ejercer la autoridad (de modo que no sea ni “la letra con sangre entra” ni el colegueo y la permisividad), cómo habríamos de gestionar la exposición de los chavales a los medios de comunicación y las nuevas tecnologías... Y no digamos ya si nos situamos en un terreno más ancho y complejo: cómo debería ser un colegio, tanto en su arquitectura como en su organización y funcionamiento o su dotación, cómo debería prepararse a los docentes, cuáles deberían ser los contenidos de aprendizaje académico y cómo tendrían que estar estructurados, qué directrices deberían inspirar el sistema educativo de un país, cuál habría de ser el papel de los padres y del entorno social en general, etc.


Suelen decir los expertos que el campo de la educación es uno de los que más sufre el peso, el lastre, de la inercia. Los cambios, si se dan, son escasos y lentísimos. Recuerdo el día en que gocé de oportunidad de entrar en el aula donde enseñaba Fray Luis de León en la Universidad de Salamanca. Tuve la sensación de que no presentaba grandes diferencias respecto a las de cualquier colegio actual, a pesar de los 500 años transcurridos. Esta idea me la reforzó la reflexión de un sociólogo que más tarde leí y que venía a decir, más o menos: si levantara hoy la cabeza una persona del siglo XV o XVI, se asombraría de todo lo que viera, excepto de una cosa, la forma en que se educa. Siento no recordar el nombre del autor.




¿Por qué se resiste tanto al movimiento, al cambio, el ejercicio de la labor educativa? Quizás influya el hecho de que los educadores, maestros e incluso padres, siempre pertenecen al pasado respecto a la época para la que educan a los niños y, como cada uno tiende a enseñar lo que sabe, son anticuados por definición, incluso para entender a las personas a su cargo. También tendrá algo que ver la confusión social y personal que reina entre los responsables, considerados desde un punto de vista global (que es el auténticamente relevante). Una vez oí a un maestro decir que los medios de comunicación, más concretamente la publicidad, representan el discurso del “sí”, al que padres y maestros oponemos el del “no”, y al final la juventud se aprovecha -o padece, según se mire- del principio aquel de “divide y vencerás”. En lo que depende de la Administración, el interés (poco), los medios (pocos) y la cualificación de los gobernantes en este campo (poca) resultan evidentes. La resistencia del sistema es enorme. Un amigo que hasta hace algún tiempo trabajaba en una institución relacionada con la innovación educativa, afirmaba que la mayoría de las propuestas interesantes de cambio metodológico, de intervención didáctica renovadora que se planteaban, chocaban irremisiblemente con un “eso no puede hacerse en mi escuela” de los maestros a quienes se dirigían. Da la impresión, añadía, de que el sistema educativo es una máquina tan oxidada, que no admite ni siquiera aflojar o apretar un tornillo pequeño.


Termino como empecé, con una impresión personal general, pero de signo opuesto. Creo que la investigación, la experimentación respecto del cómo enseñar, frente al rico panorama teórico del cómo aprender, está en una vía ciega o, al menos, muy a oscuras. Y creo, también, que no es algo casual, sino un fenómeno motivado, interesado. Al fin y al cabo, por mucho que sepamos cómo aprende el individuo, de nada sirve si desconocemos como hay que enseñarle las cosas eficazmente. Un conocimiento no se deriva del otro, aunque entre ambos exista la inevitable correspondencia.

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7 comentarios:

  1. Acertadísimo tu artículo: llevas la razón en todo lo que dices. ¿Cuántas personas hay dedicadas a la enseñanza sin haber abierto un libro de pedagogía, didáctica o psicología?; es más, muchos ignoran el contenido de esas disciplinas; a mi entender, materias fundamentales para el que se dedique a la docencia. Leí que si a un médico del siglo XIX lo pusiesen en un quirófano no sabría qué hacer; en cambio, un profesor de la misma época podría desarrolar su trabajo sin dificultad. Es un error pensar que todo el mundo está capacitado para enseñar. Una asignatura que tendrían que cursar todas las personas que se dedican a la enseñanza es Lengua, fundamentalmente la expesión escrita. No sigo,que esto se está alargando mucho y solo me he referido a uno de los puntos que tocas.
    Enhorabuena por tu brillante artículo.
    Un abrazo

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  2. Excelente reflexión, muy pensada y bien expuesta. Soy de la opinión de que la educación y la forma de enseñar siempre será un tema controvertido, sumido en la polémica y en la insatisfacción. El panorama que dibujas es certero, pero me resisto a pensar que un balance tan sombrío sea generalizable. A las pruebas me remito. Hay excelentes profesores, magnificos alumnos del mismo modo que en unos y otros se dan situaciones desastrosas. Hay experiencias pedagógicas que han sido una éxito y otras se han revelado como una tomadura de pelo. En el fondo es un problema de responsabilidad, de esfuerzo, de ilusión y de autocrítica. De asumir que es una tarea complicada, que hay que plantearse en serio y afrontarla con decidida voluntad de resolver los problemas, numerosísimos, que se plantean, incluso a sabiendas de que los entornos no son fáciles ni acogedores. No creo que los enseñantes del siglo XVI se llevasen las manos a la cabeza pensando que lo que hoy veían era desolador. En aquella época, en la de Fray Luis y Nebrija, no habia pedagogía, ni psicología, ni evaluaciones ni procesos de aprendizaje. Habia lo que habia. Grandes maestros con gran capacidad y autoridad. De los alumnos mejor no hablar, salvo excepciones.

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  3. Comparto por completo las ideas de tu segundo comentarista, Fernando Manero. En el XVI, incluso mucho tiempo después, la enseñanza ni siquiera era asunto que preocupara a nadie. No, no se puede comparar, y la insatisfacción que sentimos sobre ella hoy se debe a una conciencia nueva, que no existía antes y a la complejidad del asunto. La enseñanza no es sólo una cuestión técnica, es también social, política, ideológica...
    Un artículo muy interesante y que hace pensar. Gracias.

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  4. Estimados Fernando y A.R.C. Yo no me refiero en mi artículo a la enseñanza escolar solamente, sino a todo lo que engloba el concepto de educación. Además, esa vuelta a los tiempos de Fray Luis es una exageración, que me he permitido para darle un cierto énfasis a la idea y visualizarla. Para eso está la retórica, jeje. Por otra parte, lo que califico de mejorable(ahora más que antes y ojalá menos que después), no de malísima o fatal, es la manera, la forma de llevar a cabo en la práctica (doméstica y escolar) el proceso de educar y enseñar, sobre la base de todo lo que se sabe acerca de cómo se aprende, que es bastante más. Sobre la base, también, de todos los factores personales, familiares, sociales, culturales... presentes en el entorno, que unas veces actúan en contra y otras a favor. Fernando, debatiría yo contigo esta frase: "me resisto a pensar que un balance tan sombrío sea generalizable". Con datos en la mano y experiencias concretas, pese a que yo también me resisto, la evidencia se me impone. Gracias por vuestros inteligentes e interesantes comentarios.

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  5. Si por algo entro en tus blogs es porque siempre me enseñan algo.

    Un abrazo Maestro,

    Rato

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  6. Jajaja, gracias Rato. Por lo de maestro, aunque sea una doble inexactitud (no tengo maestría en nada y tampoco pertenezco -ya- al Magisterio). Muy bueno el juego de palabras en torno al tema, cosa en la que que tú sí que entiendes un rato. Saludos.

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  7. Poca gente lee, Antorelo. Tienes toda la razón. Y menos de lo que deberían, paradójicamente, quienes más tendrían que hacerlo, los maestros y profesores, que no paran de quejarse de los alumnos. Son, además, muchos menos, muchísimos menos, los que escriben. Cuestión grave, teniendo en cuenta que la enseñanza mantiene un carácter libresco fundamental, es decir, se gestiona mediante textos escritos. No extraña, pues, que los niños aprendan poco, porque falla el vehículo, y que opten, durante toda su vida, por un modo de comunicarse ágrafo, basado en la imagen, generalmente la producida para el ocio y la propaganda. No todos son así, ni maestros ni alumnos, pero sí los suficientes como para que nos causen preocupación. Saludos.

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