viernes, 25 de febrero de 2011

LA RED

          La muerte de Franco me cogió a mí haciendo la mili, en la modalidad de milicias universitarias. La verdad, no noté en el cuartel donde estaba una especial inquietud en los militares profesionales ni una alteración de las rutinas diarias, salvo que doblaron las guardias, sobre todo en los lugares estratégicos de la guarnición. Pasaron unos meses y me incorporé a mi trabajo, por primera vez aquel año de 1975. Junto con otro compañero de estudios, éramos los más jóvenes en el departamento universitario. Por cierto, tuvimos que jurar los Principios del Movimiento para que nos hicieran el contrato. Ese curso comenzaron a salir de la clandestinidad los grupos hasta entonces ocultos o semiocultos, empezaron las primeras manifestaciones pidiendo democracia, se iniciaron los primeros gritos exigiendo libertad. Esta era la palabra emblemática de aquellos tiempos: libertad. Mayoritariamente enunciada y/o entendida como “libertad sin ira”. 

          Pues bien, había en nuestro departamento un señor de mediana edad, que sostenía la siguiente idea: ahora se está permitiendo que salgan a la luz, a la calle, todos los partidarios de la libertad y la democracia, los comunistas, etc., pero es una trampa, pues sólo se pretende ver quiénes son y, en el menor descuido, lanzarles la red, atraparlos y quitarlos de en medio. Yo visualizaba esta teoría con la imagen de la red que en los tebeos de “El Capitán Trueno” echaban  sobre quienes querían inmovilizar y apresar. Esa red, la única arma eficaz contra el valeroso e invencible capitán y el corpulento Goliath, se guardó en mi memoria como signo de toda amenaza y peligro graves, y siempre que sentía miedo por algo, me acordaba de ella. Lo que yo entendía de las palabras de mi compañero era, pues, que alguien aguardaba el momento más propicio para desplegar la red, una gran malla exterminadora. He de confesar que, tal vez por mi ingenuo idealismo propio de la poca edad, no podía ni siquiera imaginarme tanta perfidia en quienes gobernaban; pero tampoco osaba discutir ni oponerme a quien hacía dos o tres cursos había sido profesor mío.

                                MIQUEL OSUNA
                                          http://www.fotonatura.org/galerias/fotos/196120/

          Transcurrieron los años y su siniestra profecía no se cumplió, gracias a Dios. Luego vino el intento de golpe de Estado del 23 F. Ya no trabajaba yo en el departamento aquel donde empecé, pero he de confesar que me acordé de la predicción que he referido y me dije: ya han arrojado la red, en la que han atrapado a los diputados en el Parlamento; luego caerá sobre todos los demás. Tampoco, por suerte, ocurrió así.

          Al correr del tiempo, he leído y oído bastantes interpretaciones del 23 F, que aún hoy sigue teniendo lagunas. Una de esas explicaciones remite de nuevo a la teoría de la red: alguna jerarquía civil o militar, o de ambas naturalezas, espoleó un falso golpe de Estado, en el seno del ejército principalmente, para ver quiénes se decantaban a favor del levantamiento e incluso se sumaban a él, y quiénes no, para sorprender a aquellos con las manos en la masa y limpiar la milicia de involucionistas y nostálgicos de la dictadura. Me parece un poco rebuscada tal visión del cuartelazo, pero quizás no haya que descartar nada en acciones que, como esa, tiene tantos entresijos, tanto subsuelo.

          En cualquier caso, la red no ha cesado de afianzarse en mí como instrumento de comprensión del mundo. Ahora, cuando la palabra se aplica a un ámbito de comunicación virtual mediante internet (la "World Wide Web" en general y las redes sociales en particular), no dejo de temer que por ahí, por algún rincón de ese universo invisible, donde tanta gente entra y muestra con descuido sus perfiles y posturas, haya alguien espiando y aguardando agazapado el instante en el que, con cualquier excusa, se lance a perpetrar una nefasta caza y captura. Sería más fácil que nunca, porque los perseguidos se han metido ellos solitos en la red.

          La última (mejor diría “penúltima”) aplicación de la metáfora de la red la he percibido en el discurso de quienes piensan que los levantamientos “por la libertad” de estos días de algunos países musulmanes pueden ser algo totalmente contrario a lo que parecen. Detrás, dicen, están los radicales y fundamentalistas, que intentan generalizar la república islámica como forma de gobierno, al modo de Irán, por ejemplo. Una vez depuestos los actuales gobernantes y aprovechando un vacío de poder, previamente calculado, los fanáticos integristas se harían con el mando. En ese momento, sabrían quiénes son los enemigos más cercanos y “peligrosos”: los que hoy se manifiestan pidiendo libertad y tratando de derrocar la tiranía. Es difícil saber o incluso imaginar en qué consisten estas revoluciones y cómo terminarán. Espero que de la manera que todos deseamos, por el bien no sólo de los ciudadanos de allí, sino también de los de aquí.

          Mientras, aguardo (sin entusiasmo, es la verdad) otras utilidades interpretativas de ese icono personal que es  la red. Porque sé que la red significa la amenaza, la intriga, la acechanza, el chantaje, el ataque furtivo, la  cuchillada por la espalda, la mano que te aplasta, como a una mosca cuando está saboreando un exquisito manjar, etc.

martes, 15 de febrero de 2011

LA PREGUNTA DEMOCRÁTICA

          Desde hace algún tiempo se vienen celebrando bastantes ruedas de prensa sin preguntas, por deseo e indicación expresa de quien las dirige. Son ruedas de presa desnaturalizadas, adulteradas. Porque lo genuino de un formato comunicativo como ese es el que un personaje con información relevante y novedosa se someta a una “rueda” de preguntas de los periodistas asistentes, de modo que los ciudadanos queden luego puntual y exhaustivamente  al tanto.

          La rueda de prensa se convoca por parte del que figurará en ella para responder o bien por el organismo o colectivo al que pertenece y que lo elige como portavoz: un ministerio, una universidad, un banco, una asociación, una familia, un partido, etc. Al hacerlo, se establece un compromiso entre la entidad convocante y la prensa (e indirectamente la población), que se obligan a respetar las reglas de juego. Una de ellas define el protocolo comunicativo antes referido de preguntas/respuestas, gracias al cual los periodistas pueden intentar obtener toda la información que inicialmente no se proporciona, detalles complementarios, matices, valoraciones, previsiones… , interesantes según su criterio. Si no se obedece este protocolo, que es la esencia del acto, no se podrá hablar nunca de una rueda de prensa, sino más bien de un comunicado, una nota informativa, etc., que son formas de discurso unidireccionales. Alguien los ha definido, con razón y gracia, como “apuntes dictados”, que los informadores recogen por escrito como si fueran estudiantes. 


http://www.bing.com/images/search?q=rueda+de+prensa&view=detail&id=231ACAC0AC981361BA2057F6C37753D6EBF55A62&first=151&FORM=IDFRIR
          La sustitución de una fórmula por otra tiene su aquel. Porque, si los presentes han de mantener la boquita cerrada, mucha información (tal vez, parte de la más significativa) se pierde, no llega a los lectores, oyentes o telespectadores. A no ser que algún avezado plumilla la consiga de contrabando, esto es, accediendo a filtraciones, a chivatos o a “investigadores” especializados, en el “mercado negro”, sin control de fiabilidad ni autenticidad, y sin seguridad de que no haya sido también censurada, manipulada, cribada… más sutilmente.

          El fenómeno adquiere especial gravedad cuando se trata de asuntos relacionados con la vida pública, con la labor del gobierno o de los parlamentos. Ahí, no ya por norma protocolaria, sino por estricto derecho, el proceso ha de discurrir de modo que los ciudadanos obtengan toda la información que les concierne.  Si el poder reside en la nación y la nación son los ciudadanos, nadie está facultado para privarles de saber acerca de los asuntos públicos, porque son sus asuntos. Dicha potestad se ejerce de varias maneras, una de ellas es la pregunta del informador. Otra, el pleno o las comisiones parlamentarias, donde por cierto se destina una sesión semanal a preguntas.

          Es, pues, la pregunta un modo de ejercer el derecho (y el deber) a participar en la gestión política. Nadie lo puede cercenar, ocultando, omitiendo, falseando contenidos fundamentales en las exposiciones orales o escritas, y/o no permitiendo preguntas ni réplicas. Únicamente resulta legítimo excluir, parcialmente, la materia llamada reservada, que se trata a puerta cerrada en el Congreso o en el Senado.

          La pregunta se constituye, así, en uno de los emblemas de la vida democrática, de la vida auténticamente democrática, y en uno de sus mecanismos irrenunciables. De donde se deduce lo poco democráticas que son las ruedas de prensa mancas, amputadas, así como quienes las convocan para decir nada más que aquello que estratégicamente les viene bien, y quienes, convirtiéndose en cómplices, acuden sólo para escribir al dictado.

          A veces tiene uno la impresión de que nos movemos hacia atrás, como los cangrejos. 

sábado, 5 de febrero de 2011

DOS ERRORES VERBALES QUE SUENAN A CATETADAS



          Discernir lo que está bien dicho de lo que está mal dicho en el territorio dialectal andaluz no siempre resulta tarea fácil. Carecemos de una norma única, ya se sabe, y de la suficiente estabilidad en la elección de variantes dentro de bastantes subdominios, sobre todo en el nivel que llamamos coloquial. Muchos andaluces pueden decir unas veces “hacer” y otras “haser” sin darse apenas cuenta, ni ellos ni los que los oyen. En términos algo más técnicos, el problema consiste en poder o no poder distinguir el dialectalismo del vulgarismo, el regionalismo o localismo de la incorrección. Se une el que bastantes andaluces están convencidos de que hablan muy mal, tanto que ya no tienen remedio ni solución; o bien, en el polo opuesto, que toda disidencia del modelo castellano (del norte), la que sea, es legítima e incluso merece respetarse y fomentarse. Es decir, no hay un criterio lingüístico sólido y seguro, cosa que no ayuda demasiado a la mejora de la competencia. La cuestión no es baladí y se convierte en un serio problema en la enseñanza, por ejemplo, cuando se ha de corregir el habla de los alumnos, de extirpar defectos, etc., sobre la base de principios y directrices netas.

          Donde se dan sobre todo las vacilaciones, la fluctuación, es en el plano fonético, y no tanto en la morfología, la sintaxis o el léxico, exentos en general de tantas contradicciones, vacilaciones y dudas. Pertenecen, precisamente, a la morfología los dos fenómenos a los que me voy a referir aquí. Ambos están presentes en zonas del habla andaluza, aunque tal vez no del todo coincidentes, y al menos uno, el segundo, salta también en el habla de otras regiones españolas. Son estos:
                   1)  Sustitución del verbo auxiliar “haber” por “ser” en el pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo: “si fuera estado allí…” en vez de “si hubiera estado allí”.
                   2) Cambio de la desinencia “-amos” por “-emos” en la primera persona del plural del pretérito perfecto simple (o indefinido) de los verbos de la primera conjugación (en “-ar”): “En el sitio donde nos encontremos la semana pasada” por “En el sitio donde nos encontramos la semana pasada”.

          A mí me parece que son dos errores y no dos realizaciones dialectales; dos faltas garrafales, que hay que erradicar del uso, incluido el coloquial (no digamos ya del registro formal). Solía yo comenzar por ellos los ejercicios de expresión oral con mis alumnos, encareciendo su gravedad con el argumento de que “cantan” demasiado, dada su frecuencia en la conversación y, además, el estigma que llevan asociado en la apreciación de las personas con una cierta cultura. Dicho más a las claras, como se lo advertía a los chavales: “os tomarán por catetos si los oyen de vuestra boca”.

          Refiriéndose al primero, “fuera estado”, los profesores A. Narbona, R. Cano y R. Morillo, en su espléndida obra de conjunto El español hablado en Andalucía (Barcelona, Ariel Lingüística, 1998), lo ven como “pervivencia” de un “arcaísmo residual” y añaden: “Se trata de algo no bien explicado y cuya difusión por buena parte de Andalucía  -que está por precisar-  no sobrepasa el ámbito de las capas no instruidas, especialmente de zonas rurales” (p. 196). En cuanto al segundo, “encontremos” por “encontramos”, J. Mondéjar (El verbo andaluz, Madrid, CSIC, 1970) declara: “Como es sabido, este cambio se debe a la influencia de la primera persona del singular sobre la primera persona del plural”. A continuación hace recuento de los lugares donde es más frecuente, pertenecientes la mayoría a la parte central y oriental de la región (p. 71).

          Mencionaba antes la aparición de esta alteración de desinencias fuera de la región andaluza. Y, efectivamente, puede oírse por casi toda la franja mediterránea hasta Cataluña, asociada siempre a la población con menos cultura. 

          Quiero terminar con un curioso documento sonoro. Conectad los altavoces. Lo recogí del programa de radio “Herrera en la onda”, de Onda Cero, concretamente del 31 de enero pasado. El director y presentador, Carlos Herrera, almeriense criado en Cataluña y residente en Sevilla, que no es un hombre inculto precisamente, sino todo lo contrario, dice, no sé si de modo inconsciente (en cuyo caso tendría interiorizado el error) o en tono humorístico, con el cual suele descender a pronunciaciones vulgares como “leuro” (por “euro”) o “analís” (por “análisis”), entre otras, dice “si fuera estado allí…”, hablando de una persona que podría haber dado sustanciosa información sobre Egipto “si hubiera estado allí”.  


          Sea cual sea la intención del popular comunicador, quiero aprovechar para aludir al vigor que ostenta hoy en Andalucía esta forma verbal anómala: lejos de estar en retroceso, va ganando terreno en la sociedad. Sé de maestros y profesionales de similar rango que la han incorporado ya a su corpus oral, incluso al que sobrepasa lo coloquial y privado.