sábado, 5 de marzo de 2011

"PASEARSE" Y "HABLARSE"

       El eufemismo constituye uno de los fenómenos que más suele atraer la atención de quienes, como aficionados, gustan de observar el lenguaje. Seguramente porque dice mucho de los hablantes que lo crean y usan, de su trasfondo moral y psicosociológico.

           Por si alguien no lo recuerda, se llama eufemismo a la palabra o expresión que se utiliza en sustitución de otra, cuya mención molesta porque nombra explícitamente objetos o actividades, situaciones o estados que la comunidad hablante juzga negativamente por alguna razón y no quiere ni oír siquiera. En general, los motivos son el miedo o la vergüenza. El término “prohibido” se denomina tabú. Recuerdo que en mis años de colegio (interno y de curas), en vez del verbo “orinar” o “mear”, había que decir “hacer menores”, de donde se colige qué era “hacer mayores”. Eufemismos sinónimos, aunque más infantiles, son “pis” o “pipí” y “popó”. En una placa o mosaico colocado en un rincón de una calle céntrica de mi pueblo, se prohibía hace años “verter aguas” bajo multa de… Sabido es que existen ciertos núcleos temáticos productores de gran cantidad de eufemismos. Entre ellos están el sexo y ciertas partes  o funciones del cuerpo, como la micción de los ejemplos anteriores. Así, “hacer el amor” es un eufemismo supercursilísimo, además de un galicismo, por “fornicar” o “follar”, que se va abriendo paso, este último, poco a poco en el registro coloquial.

          Hoy quiero recoger y comentar dos eufemismos, uno relacionado con la economía, tan de actualidad por desgracia, y otro con la pareja, el amor. Ambos son antiguos, pertenecen a otra época, ya no se emplean, lo cual aumenta, en mi opinión, su interés. Advierto que mi referencia lingüística principal es el español hablado en Andalucía.

          El primero es “pasearse”. Se decía “Paco se está paseando” para decir, en realidad, “Paco se ha quedado parado”, “… no tiene trabajo”, etc. Hoy no se utiliza apenas, pero sí hace algunas décadas, cuando el paro era mucho menos común que ahora y se asociaba a menudo a cierta incapacidad o insolvencia, o bien a la mera desidia y desinterés de la persona, más que a condiciones socioeconómicas y políticas. Era muy “fuerte” no tener ocupación. Los varones (que eran los convocados al trabajo, no las mujeres) “normales”, dignos, equilibrados, bien vistos, cumplidores, etc., no tenían ocasión de andar “paseándose”. En nuestros días,  lamentablemente, el desempleo se ha convertido en un estado habitual, muy extendido, del que participan lo mismo obreros manuales que ingenieros o médicos, etc., y no depende siempre de la preparación o de la actitud personal.

          El segundo, también en desuso, se refiere a la relación amorosa, cuya alusión causa a menudo bastante pudor y genera, por tanto, cadenas eufemísticas. Cuando una muchacha, Lola por ejemplo, y un chaval, Rafa, eran novios, sobre todo si estaban en los primeros meses de trato, se decía que Lola “le hablaba” a Rafa. Tal vez, pienso yo, resultaba demasiado atrevido, y aun impúdico,  hacer mención tan descarada de su relación sentimental. El noviazgo no era cualquier cosa, puede que incluso significara un vínculo más poderoso que el matrimonio de ahora en muchos casos. Por eso, el “hablarse” no creo que tuviera nada que ver con lo que hoy se llama “rollo” o “ligue”, tan sumamente superficiales y  efímeros. Incluso tratándose de novios recientes, mozo y moza estaban atados por un lazo social bastante cercano a lo indisoluble.

          Término próximo al de “hablarse” era “pasearse”, pero no en el sentido laboral anterior, claro está. “Se paseaban” dos jóvenes cuando él la acompañaba a ella para realizar el cortejo, una vez concluida la fase de aproximación, menos ritualizada. Suponía el consentimiento de la muchacha y frecuentemente, el de su familia también. “Se paseaban” antes de “hablarse”.

          Curiosos eufemismos, uno de los cuales, polisémico, enlaza tipos tan radicalmente diversos como el del parado y el pretendiente, aunque con algo de similitud en el fondo, por su común alusión al papel de quien aspira, postula o solicita.

10 comentarios:

  1. Muy acertada la reflexión y atinados los ejemplos. El lenguaje da para mucho y se emplea como cada cual quiere para decir lo que se quiere decir con otras palabras. Hay eufemismos que forman parte de las expresiones comunes, que nacen de la calle y que encierran un deseo de camuflar los términos reales por otros que demuestran ingenio o intención de suavizar una palabra que resulta incómoda. Lo peor es cuando se fuerza el lenguaje para dar lugar a una jerigonza postmoderna que evita la realidad o llama a las cosas con expresiones altisonantes y forzadas que en ocasiones rozan el ridiculo. Se ha empleado mucho en pedagogía, en la denominación de profesiones, en la identificación de rasgos personales. En esos casos más que de eufemismos cabe hablar de sandeces.

    ResponderEliminar
  2. El lenguaje de muchos políticos está cuajado de eufemismos. Pero de los malos, de los interesados e hipócritas, de los que tratan de engañar. Hay verdaderos maestros de ello, como tendremos ocasión de comprobar, una vez más, en la próxima campaña. El eufemismo, creo, se parece a algunos inventos: pensados y creados para la paz y el bienestar, son utilizados luego para la guerra. Saludos, Fernando, y gracias por entrar, leer... bla bla bla. Jeje.

    ResponderEliminar
  3. Entonces lo de "darle un paseo" a alguien.
    Me temo lo peor...jeje
    Buen post maestro.

    Salu2

    ResponderEliminar
  4. Efectivamente, lo peor. Como matarile o algo así. Mi padre me hablaba, no sé con qué fundamento, de la que llamaba "ley de fuga": sacaban a un preso, hacían la vista gorda, intentaba escaparse y pum, pum. Joé. Gracias, Toni.

    ResponderEliminar
  5. En la vida cotidiana, utilizamos los eufemismos por miedo al rechazo social. ¿Quién decide que una palabra es soez?: ¿la iglesia?, ¿el gobierno?, ¿la RAE?...
    Las palabras son expresiones y no deberíamos camuflarlas, pero así nos evitamos problemas...
    Y ya que hablo de las palabras, voy a aprovechar para promocionar mi blog:
    http://elzappingdelosdemas.blogspot.com/2010/09/las-palabras.html
    Un saludo y gracias por la "promo"...

    ResponderEliminar
  6. En ocasiones confundimos la claridad del lenguaje con la ordinariez. Para eso están los eufemismos, los cuales en mi opinión son más usados cuando hay falta de confianza (prueba de que esto es en parte así, es que en el ejemplo para explicar el "hablarse" se palpa la falta de trato con la persona y su entorno y el miedo a faltar sin saberlo al respeto) o bien falta de certeza de la correcta interpretación del interlocutor de lo que uno comenta. Pasada esta barrera, los eufemismos suelen desaparecer.

    A mi parecer la claridad de expresión no debería considerarse una falta de educación sino más bien una manifestación de sinceridad, claro está, hablando siempre desde el respeto.

    Un saludo, C3C1

    ResponderEliminar
  7. En el leguaje afloran todas las experiencias, sentimientos y cautelas que pueblan los quiebros de nuestra experiencia vital. Lo utilizamos como complice y mejor aliado, como instrumento para mostrar la imagen que deseamos de nosotros mismos. ¿Cómo no recurrir al eufemismo? Son tan necesarios que la mayor parte de las veces ni nos damos cuenta que los usamos.
    Un precioso artículo Jaramos. Gracias. Un saludo.

    ResponderEliminar
  8. Muchas gracias, amigo Arcadio. Efectivamente, el eufemismo forma parte de la cortesía, tan necesaria para convivir. Supongo que tú recordarás los dos eufemismos que comento en el artículo. Son de "nuestra época", jeje. Saludos.

    ResponderEliminar
  9. Por aquí se utilizaba en la segunda acepción, pero no en la primera. Muy interesante esta entrada.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
  10. Gracias por este blog tiene una tema muy buena me gusta mucho leerle excursiones en estambul

    ResponderEliminar