miércoles, 20 de julio de 2011

EL M.I.R. PARA PROFES

               Una de las pocas medidas más o menos concretas que Rubalcaba ha expresado como adelanto de su programa, se refiere a la forma de seleccionar al profesorado. Se ha presentado como una gran contribución a la mejora de la enseñanza, pero las cosas están tan mal en este campo y la modificación sería tan pequeña, que apenas se notaría, si efectivamente llegara a aplicarse. Me parece un cambio muy pequeño, que poco contribuiría a perfeccionar significativamente la educación reglada.
               La propuesta consiste en copiar el modelo MIR, que según dice el ponente está dando excelentes resultados. No conozco ninguna evaluación del sistema sanitario, ni en general ni en el aspecto particular del modo de acceso de los médicos a la red pública. Por lo tanto, no puedo opinar acerca de la exactitud de las palabras del candidato.
               Si no estoy mal informado, el MIR consiste en la realización de una primera prueba teórica, que, si se supera, va seguida de un tiempo (variable, según la especialidad) de prácticas en un hospital. Al término de este segundo período, el médico obtiene el título de “especialista en…”, que lo habilita para ser contratado en un centro sanitario y para ejercer la medicina privada. Por supuesto, también puede no encontrar trabajo. Es decir, el aprobar el MIR no supone ganar una plaza de funcionario, sino adquirir un reconocimiento oficial; es una condición previa para solicitar y conseguir, si hay suerte, un puesto en un hospital o centro de salud. Si el procedimiento no es exactamente este, espero que alguien me corrija.
               En el trasvase a la educación, veo algunos puntos dignos de comentario:
     1)  El modelo actual no difiere demasiado del descrito para los médicos en lo referente a las pruebas, pues consta de un examen teórico ante un tribunal, con dos ejercicios, uno escrito y otro oral. Los que aprueben y obtengan plaza (provisional) están un curso completo en prácticas en un colegio o instituto, al final del cual ganan de por vida la condición de funcionario docente con derecho a una plaza. Por lo tanto, es solo este último aspecto, importantísimo, el que se suprimiría al implantar el modo MIR, el de la obtención de una plaza vitalicia.
     2) El examen de contenidos no ha sido ni es, por sí mismo, un instrumento bueno ni malo para lo que se pretende, que es elegir a los “mejor preparados”. Depende de qué temas se fijen, de los criterios para evaluar a los opositores y de la competencia de los tribunales. En educación, los temarios siempre han sido definidos por “la autoridad política”, es decir, por el ministerio, con poca o nula intervención de quienes de verdad entienden sobre qué debe saber un aspirante a profesor. Respecto a la competencia de los examinadores, que mediatiza también la aplicación de los criterios dictados desde arriba, habría mucho que discutir, pues son profesores en ejercicio, escogidos al azar. Estoy absolutamente seguro de que muchos, muchísimos de los examinados saben más que bastantes miembros de tribunales en el momento de las pruebas. Repito, estoy absolutamente seguro. No sé, en cambio, cómo serán las cosas en las pruebas para MIR.
     3) El año de prácticas equivale, en la práctica, a un mero formalismo. Valga la siguiente anécdota: la última vez, hace dos cursos, que tuve ocasión de convivir en un centro de Secundaria con profesores en prácticas, sucedió que el titular de Física y Química tuvo que hacer de “tutor” de dos, uno de Educación Física y otro de Dibujo; el de Geografía e Historia, de la compañera de Música, etc.  Está claro, ¿no? Pero hay más: aunque no se diera esta anomalía, la actuación de un docente es muy difícil de evaluar y calificar, pues ni existe entre los propios profesores un consenso acerca del modelo de “buen profesor” (“buenas prácticas” suele decirse ahora) ni, ante tal ausencia, se dispone de instrumentos “oficiales” verdaderamente válidos. Tal vez en el campo de la salud haya menos dificultad, puesto que la actuación médica está sujeta casi siempre a protocolos bastante definidos, una vez establecido el diagnóstico, que tampoco es una operación subjetiva y espontánea.
               Así que la propuesta de Rubalcaba, este señor con apellido de pretérito imperfecto  -permítaseme la broma, reconozco que no exenta de intención, en un artículo sobre enseñanza como este- no me parece de gran mérito. Pienso que no querrá revolucionar el sistema con ella. Aparte, se ha metido en un terreno árido y pedregoso, como es el de la selección del profesorado: en muy pocos sitios han dado con “la” solución; todo lo más, se ha llegado a acuerdos entre las partes implicadas, que es el único modo de abordar materias así. Yo le aconsejaría al señor P.I. que intentara, mejor, esa vía.
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NOTA: Al parecer, existen problemas para que algunos lectores de este blog incluyan sus comentarios. No sé a qué pueden deberse. El sistema los rechaza o no los captura. Lo siento y pido excusas. Salud(os).


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lunes, 11 de julio de 2011

BODAS

               He participado este fin de semana en mi enésima boda. A estas alturas, tales celebraciones no presentan, para un invitado de mi veteranía, ninguna novedad ni casi atractivo. Todo discurre según lo esperado. Eso me da una cierta capacidad de distancia y de reflexión. No me zambullo ya en el mar de la fiesta con tanta voracidad y ansia de jolgorio, que no me permitan dejar fuera al menos la cabeza y mantenerla despejada para mirar, pensar y analizar.
               Las fiestas y celebraciones tienen como fin vivir colectivamente la alegría por un hecho o acontecimiento positivo trascendente, decisivo, que la suerte, el esfuerzo o la simple decisión personal ha hecho que ocurra a los fiesteros, convocados y convocantes.
               Contraer matrimonio siempre ha sido motivo de fiesta: almuerzo, tarta, brindis, música, baile… Se supone que el factor desencadenante es la alegría, tanto de los novios, como de sus familiares y amigos, porque se inaugura una etapa más o menos diferente en la relación entre los novios, al formalizarla administrativa y, con frecuencia, también religiosamente.
               Antiguamente, el día del casamiento era mucho más que el de la ceremonia y el trámite. Significaba, por ejemplo, el abandono de él y, sobre todo, de ella de la casa paterna para vivir en la propia y, por tanto, el término de la convivencia cotidiana con los padres durante tantos años, desde el nacimiento. Suponía el inicio de la relación sexual, la pérdida de la virginidad, pues casi siempre llegaban a la noche de bodas inmaculados, algo más frecuentemente las mujeres que los hombres. Era el acto fundacional de una familia y la creación de un marco para la acogida de los hijos, que muy pronto se pondrían en camino. En el contexto de una ceremonia con tenor de solemnidad, en la que no era factor secundario la indumentaria de los contrayentes, simbolizaba, por último, la eclosión definitiva del amor pleno, de aceptación consciente y entrega mutua, después de unos años de noviazgo, es decir, de acercamiento, de conocimiento, de adaptación… progresivos.
               Este tipo de bodas ya no existe. Así, se dan casamientos de parejas que llevan bajo el mismo techo algunos años y que , en ocasiones, tienen hijos incluso; a veces, se trata de segundas nupcias, después de uno o varios divorcios. En casi ningún caso, los jóvenes llegan vírgenes al matrimonio y muchos han sido promiscuos desde la adolescencia, han compartido casa con personas del otro sexo (pisos de estudiantes, por ejemplo). El principal propósito no es tener hijos, etc.
               La vida ha cambiado entre nosotros. Mucho. Por lo que se refiere a las bodas, no seré yo quien, tras distinguirlos, juzgue moralmente las costumbres del pasado frente a los usos del presente. Pero de lo que no me cabe ninguna duda es de que los casamientos de antes eran actos mucho más trascendentales, pues inauguraban más cambios, y más serios y hondos, en la existencia de los novios; era, como se decía, el comienzo de una “vida nueva”. Tal vez por eso, la ceremonia resultaba mucho más emocionante, la celebración mucho más intensa, la fiesta bastante más justificada. Hoy se da mucho el casorio civil, simple y falto de relieve, frente a la deslumbrante y espectacular teatralidad de la liturgia religiosa.
               Será por todo eso por lo que me aburro desde hace tiempo cuando he de asistir a un enlace, siendo todos, además, ya tan iguales (o así los veo yo) en el fondo y en la forma. Que conste que no reivindico el pasado, sencilla y llanamente porque reniego de las fiestorras de himeneo (entre otras) de ayer, de hoy y de mañana y, si de mí dependiera, todo se reduciría a decir “sí” delante del cura o del juez o del alcalde, echar la firma y adiós muy buenas.