jueves, 29 de septiembre de 2011

LA CUNA


               Hace tiempo escribí sobre esas personas que, al caer la tarde y hasta entrada la noche, andan rebuscando en los contenedores de basura algo aprovechable (http://ahitequieroyover.blogspot.com/2008/07/el-sndrome-de-la-oferta.html). Hoy voy a coger de nuevo el tema, pero esta vez para narrar una breve historia. Es una escena real, curiosa y a la vez interesante, presenciada por mí hace unos días y en la que hasta participé como actor secundario.
               Venía yo de realizar una de mis tareas cotidianas, la compra, que tengo encomendada una vez relevado, por edad, de obligaciones profesionales. Como casi siempre, me acompañaba mi perrila “Pocho”. Junto a un contenedor próximo, un hombre de unos cuarenta años y un chavea de siete u ocho trasteaban con una especie de jaula grande de madera, tratando quizás de armarla. Al llegar a su altura, vi que era una cuna, desechada por alguien. El deseo de darle gusto a su olfato, hizo que mi lazarilla se parase, ocasión que aproveché para observar la actividad de los que luego supe eran padre e hijo, y de pegar la hebra, como todo buen jubilado que se precie. No los conocía de nada, pero eso no fue ni es nunca obstáculo, todo lo contrario. 

               Me enteré, por boca del padre, que pretendían averiguar si el mueble estaba completo y en un relativo buen estado. Supe que había en casa un niño de dos años, al que vendría de perlas la cuna. Mientras, advertí que una de las barandas laterales de la camita carecía de elementos de sujeción, porque no habían dejado los dueños la pieza metálica necesaria, según hice ver yo, implicado ya en la misión; añadí que, no obstante, podría ser suplida fácilmente.

              Había soltado mis bolsas a poco de llegar y sostenía el cabecero y un lateral para que el señor pudiese hacer sus cálculos, comprobar cómo se acoplaban las piezas  y valorar las posibilidades de reconstrucción y el posterior uso. En un alarde de cortesía, se apercibió de mi ayuda y denunció la incomparecencia de un hijo mayor, cuyas “manos”  -sic-  estaba echando de menos desde el principio.
    -  Se ha ido. Se ha ido porque le da vergüenza.  
    -  ¿De qué?  -indagué lo obvio.
    -  De que esté recogiendo cosas que han tirado. Ya ve…

               El padre de familia no tardó en llegar al convencimiento de que la cuna era reciclable. Apiló las piezas y las repartió entre sus dos manos para un seguro y cómodo transporte. Inició el regreso a casa, flanqueado por su pequeño; yo los seguí a ellos y a mí, la “Pocho”. Al bordear el contenedor, apareció un muchacho de unos catorce o quince años, que se levantaba y se sumaba al grupo.
    -  ¿Tú eres el mayor? –me metí donde no me importaba-. ¡Que no te dé vergüenza, hombre!  -seguí hollando huerto ajeno.
    -  No los conozco  -se protegió como San Pedro el púber, aunque sin esconder un punto de humor, que dio el nivel previsto de ambigüedad a su expresión.
    -  ¡Si no tenemos, pues no tenemos!  ¡Y habrá que buscar donde sea! –fue la recriminación del padre, exclamada con tono entre irritado, filosófico y educativo.
    -  Claro  -me adherí a su visión del mundo.

               Los caminos que nos llevarían a nuestros respectivos domicilios nos separaron. A cierta distancia, vi que el vergonzoso adolescente tapaba su coronilla y alrededores con gorrita blanca, vestía camiseta de color rosa fuerte y pantalón vaquero corto, con la cintura cuatro o cinco dedos por debajo de donde cabría esperar, y calzaba zapatillas sin cordones… Se me ocurrió que así, con ese estándar juvenil, no desentonaría ni se apocaría entre sus colegas de la ESO, a cuyos padres no imaginaría hurgando en la basura, como tampoco los demás al suyo. La ropa, seguí dándole vueltas, sirve para muchas cosas, incluso para esconderse. 

viernes, 23 de septiembre de 2011

LA MAGIA DE ESCRIBIR


               Acabo de leer el último libro que he conseguido de José Antonio Marina, La magia de escribir, de 2007, realizado en colaboración con María de la Válgoma (Barcelona, Plaza y Janés). Es un volumen relativamente breve, 189 páginas, que contiene un texto sencillo, ameno y variado. Comienza con una exposición teórica e histórica sobre la escritura, que es la parte más extensa de las tres en que se divide; la segunda trata sobre el aprendizaje de la expresión escrita en el marco escolar y la tercera se dedica a la creación literaria como actividad y como experiencia.
             
               La presencia de un sabio como Marina, aunque sea solo coautor (y sin dejar de apreciar la valía de su compañera), hace que se refleje en la obra la luz de su inteligencia y la amplitud, diversidad y profundidad de sus conocimientos. No obstante, creo modestamente que hay una limitación en la concepción misma de la obra, claramente incidente en el resultado final. Me refiero a que los autores parecen no haber definido con nitidez y precisión el perfil del destinatario principal. Así, para un lector ajeno al ámbito de la enseñanza y poco aficionado a la escritura, el libro no tiene excesivo interés; y para buena parte de los docentes especialistas en el área de lenguaje se queda corto, pues la mayoría de las cuestiones tratadas le resulta conocida, algunas incluso con más detalle de lo que las explican Marina y de la Válgoma. Por último, si ellos han pensado en un público intermedio entre ambos extremos, sinceramente creo que no existe o es bastante difícil de encontrar, porque es el que no gasta tiempo ni dinero en un título como este.

               Uno de los pensamientos que ilumina la exposición entera o, como ahora se dice, que opera de eje transversal, es el de que la escritura comporta una actividad mental de naturaleza creadora, que trasciende la mera mecánica del grafismo. Escribir es pensar y pensar es crear, repiten los autores, con estas u otras palabras. De ahí pasan a mostrar su convicción de que la enseñanza de la lengua debe situarse en el uso (“enérgueia”), y no en el objeto (“ergon”), lo que los lleva a entroncar sus planteamientos con la “escuela activa” y con los “talleres” como método de trabajo prototípico. Creen en el dinamismo creador de los niños (sobre todo, los pequeños) y en su incontenible afán de aprender. Rodari y su Gramática de la fantasía son puntos de referencia esenciales.

              Una persona que esté o haya estado ejerciendo dentro del aula, encuentra pronto los peros de tan brillante y atractiva propuesta, efectuada en términos parecidos por otros muchos autores desde hace décadas. Por desgracia, las iniciativas innovadoras puestas en práctica siempre se han estrellado, antes o después, contra los muros de los colegios e institutos, como las olas del mar contra los firmes e inmóviles acantilados. El plan de trabajo general de los centros educativos  (fines u objetivos reales, organización de personas, espacios y tiempos, materiales, métodos o estilo de tareas, evaluación del aprendizaje…) no admite, no soporta, no resiste… proyectos como el que insinúan, sin concretar, los autores de este libro. Es atractivo, ideal, hermoso…, pero impracticable en las actuales condiciones de los centros, incompatible con la mentalidad de la mayor parte de los alumnos y padres, irreconciliable con unas rutinas mentales y de funcionamiento tan firmemente arraigadas. Por su parte, muchos  profesores del área (no todos, claro) han querido, como digo, y quisieran caminar por ahí, porque también creen en “la magia” de la escritura, la lectura..., pero sencillamente no pueden, aprisionados como están dentro de los estrechos límites del sistema y del entorno educativo. Doy fe de ello.

               Así que el libro de Marina y De la la Válgoma es un libro seductor, rebosante de optimismo, pleno de ilusión y de imaginación, a reventar de ideas y sugerencias…, pero, por desgracia, no muy útil, si de él se espera que incida significativamente en la praxis escolar. 

miércoles, 14 de septiembre de 2011

LAS DOS HORILLAS


               Hoy, víspera del comienzo de curso en Secundaria, estaba convocada una huelga del profesorado en determinadas comunidades autónomas, finalmente aplazada, al parecer, para el 20 y 21. El motivo, el cambio de las 18 horas lectivas semanales por 20. En tal situación, ninguna persona relacionada directa o indirectamente con la enseñanza puede dejar de tener formada una opinión sobre las posturas adoptadas dentro del colectivo en relación con la medida y sobre la medida misma. Yo la tengo, y la voy a expresar y a tratar de explicar brevemente.
               Las movilizaciones se pretenden justificar, por parte de los que las convocan y secundan, como una defensa de la calidad de la enseñanza, que mermará por el aumento de horas lectivas. El concepto clave es, pues, el de “calidad de la enseñanza”. Se aduce que cada profesor deberá atender, así, a un número mayor de alumnos y desatender en alguna proporción las funciones no lectivas, valoradas como igualmente necesarias para la formación.  Yo no estoy de acuerdo con las acciones promovidas por los sindicatos (creo que todos o la mayoría), porque creo que el fundamento no es nada sólido, no existe un motivo razonable.
Quiero explicarme con una serie de consideraciones, como no podía ser menos, en torno a la calidad de la enseñanza. En primer lugar, es un concepto ambiguo, inconcreto, difícilmente medible e incluso de no fácil definición, a no ser que se haga en términos de calificaciones o notas. Por otra parte, si la calidad se aprecia en los resultados, sean las notas o cualquier otro elemento basado en el instrumento de evaluación que sea, deberíamos contemplar también la calidad del aprendizaje, pues de este otro factor, el aprendizaje, proviene, en no menor medida, el nivel de resultados. Si un niño alcanza un grado de preparación equis, no es solo porque los maestros le hayan enseñado mucho, poco, así o asado, sino también por su actitud, su trabajo y esfuerzo, por el apoyo de la familia, etc. Y también depende de la dotación de medios y recursos disponibles en los centros. De este modo, el profesor y su horario es un factor, pero no el único que condiciona la calidad final. De hecho, los profesores de la enseñanza concertada y privada tienen bastantes más horas de clase, hasta 28 semanales algunos, y nadie ha dicho nunca que los alumnos salgan en general peor preparados o que, si presentan diferencias negativas, sea por los horarios de los profesores.
               En segundo lugar, suponiendo que hubiese una correlación entre el horario lectivo actual de los profesores y la calidad del aprendizaje, la relación cantidad de horas / calidad del aprendizaje ¿quién y cómo se establece el horario? , ¿cuál es el criterio con que se marca el límite de horas lectivas? Al parecer, los patrocinadores de la huelga asientan sus argumentos en el simple principio de que “cuantas menos horas, mejor”, porque no he oído ni leído  -creo que nadie lo habrá dicho/escrito ni lo dirá/escribirá-  que 18 es calidad y 20 ya no es calidad, así, en términos absolutos. Según es sabido, el horario de los profesores, como todos los demás aspectos esenciales de su función, lo determina la ley; igual que los del resto de funcionarios y asimilados. Si la ley establece las horas lectivas en un margen entre 18 y 21 para los docentes de la enseñanza pública, ¿eso qué quiere decir? Quiere decir que, en las circunstancias concretas de nuestro país, la Administración entiende que tal volumen de horas es el adecuado para garantizar una enseñanza aceptable a los alumnos. Más claramente, para los que ligan número de horas y calidad: nuestros gobernantes determinan que, con un mínimo de 18 horas y un máximo de 21 por profesor y semana, los alumnos de Secundaria deberían concluir sus estudios con una formación de calidad apropiada. Este es su criterio, el criterio que prima y que se impone (se esté o no de acuerdo con él). Además, el sueldo se fija en correspondencia con esa dedicación: a usted le pagaremos tanto por dar entre 18 y 21 horas según aconsejen o exijan las circunstancias, viene a decir el contrato. 
               Hasta ahora, se ha generalizado el volumen mínimo como si fuera el máximo, sin detraer del sueldo ni un euro (por ese motivo, que no tiene nada que ver con el rebaje por la crisis, contra la que no se alzó, por cierto, ninguna voz de sindicato o colectivo organizado). Pero, la propia Administración (en este caso, una o varias de ámbito regional), sin salirse de la ley, cree llegado el momento de sumar dos horas al mínimo, que tampoco hacen llegar al máximo previsto. No se alteran, pues, las condiciones en las que la normativa juzga que se ofrece una enseñanza de aceptable calidad, cuyo límite está en las 21 horas. Las protestas surgen, pues,  del deseo de continuar con la situación actual, que demuestra una gran “generosidad” por parte de los gobiernos central y regionales: ellos han venido “regalando” a los docentes el pago de tres horas lectivas no dadas, que, no obstante, la ley contempla se pueden dar. Ahora, en tiempos de ajuste y requeteajuste, ya no se está para obsequios y se imponen condiciones algo más duras. Distinto es que el profesorado no esté de acuerdo con las horas que la norma vigente cree apropiadas para dar calidad; pero, que yo sepa, nadie ha gritado, desde que rige, contra esa normativa. Ni contra otros muchos componentes del sistema educativo con más incidencia en la formación de los niños y adolescentes.
               Así, pues, esta huelga no es la mía. Tendría que tener más calado y más sustancia. Tampoco me sumo a la discusión aislada sobre las horas, que más bien parece un regateo. ¿O quizás se trata de una buena ocasión para que los sindicatos aticen al/a la gobernante y lancen a su cara el malestar múltiple de los docentes, para, de camino, ganar algo de respaldo y perder algo de desprestigio?

miércoles, 7 de septiembre de 2011

HUBO UN AÑO...


               Hubo un año, no hace muchos, en que ocurrieron hechos bastante sorprendentes, de no poca trascendencia para el mundo y, dentro de él, España. Voy a reseñar unos cuantos.

               Se inicia el uso de los ultrasonidos en el diagnóstico médico, es decir, la técnica denominada ecografía, a partir de los descubrimientos de Ludwig y Struthers, que permitían detectar piedras y cuerpos extraños en el interior de un tejido. Hoy se ha convertido en un instrumento habitual y no nos percatamos suficientemente de su valor. Gran importancia tuvo, también, la realización del primer vuelo comercial de un avión de reacción destinado a pasajeros. Fue el cuatrimotor Haviland Comet  (¡hermoso nombre!), que hizo el trayecto Londres-Trípoli-Londres en 6 horas y 36 minutos, a una media de 726,66km/h. En nuestro país, ese mismo año se llevan a cabo las primeras pruebas de televisión: con una cámara, se capta el tráfico de la Gran Vía de Madrid; también se logra transmitir una corrida de toros desde La Ventas. Se da así paso a la implantación de la televisión en España. Trece o catorce años después vería yo mi primer programa televisado, que fue   -si no recuerdo mal-  una película de dibujos de Walt Disney. 

              En el ámbito del deporte y el espectáculo, destaco la creación, en agosto, de la Unión Deportiva “Las Palmas”, equipo entre los históricos de nuestra liga. Meses más tarde, en noviembre, se estrenó en Londres la ópera “Salomé”, de Strauss, con vestuario y efectos de Salvador Dalí, quien visualizó a los personajes como insectos gigantes; la representación resultó bastante controvertida. En el mismo país, Gran Bretaña, nació en gran actor, tan peculiar, Jeremy Irons, protagonista de películas como  La mujer del teniente francés o Inseparables, en la que da vida a los dos gemelos. En cines españoles se proyectaba, entre otras películas, Una mujer cualquiera, de María Félix, y en Hollywood recibió el “Oscar a la Mejor Actriz” la sublime Olivia de Havilland por su película La heredera. Murió en accidente la escritora Margaret Mitchel, que alcanzó la fama con su única novela Lo que el viento se llevó. Se retiró del ring, como boxeador imbatido, Joe Louis, después de poner en juego su título en 24 ocasiones. La prensa sensacionalista y del corazón difundían la inminente ruptura matrimonial de Ingrid Bergman y Petter Lundstrom, e insinuaban el inicio de un romance de la actriz sueca con el director Roberto Rossellini, casado y padre de varios hijos; al parecer, se enamoraron durante el rodaje de Stromboli.

              El día 12 de febrero, sobrevino una gran catástrofe:  descarriló el expreso Barcelona – Madrid y murieron más de 40 personas. Ya en verano, se registró una enorme explosión en una mina de Sama de Langreo, que causó 16 muertos y 7 heridos. En otro orden de cosas, se aprobó casi a finales de año la anexión del término municipal de Barajas a Madrid.

               En el plano internacional, se crea la OTAN con la firma de un pacto de defensa mutua entre Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y los estados del Benelux, con una vigencia inicial de 20 años. En el mes de mayo, el Consejo Parlamentario alemán aprueba una ley de creación de la República Federal Alemana, de la que Bonn es elegida como capital; el primer presidente  (canciller) es el democristiano Konrad Adenauer. En China, se proclama la República Popular, para cuya presidencia es nombrado Mao. La URSS y las demás “democracias populares”  (Bulgaria, Hungría, Polonia, Rumanía y Checoslovaquia) acuerdan crear una Consejo para la Ayuda Económica Mutua, COMECOM, organismo paralelo al Mercado Común Europeo, con el fin de coordinar los planes estatales de producción y facilitar la asistencia tecnológica en los países menos avanzados. Etc.

              
               Mientras todo esto sucedía en el ancho mundo, dentro del pequeño e íntimo reducto familiar centraba la atención un hecho verdaderamente extraordinario, el más destacado con diferencia de ese año, algo inolvidable… para los miembros del clan. Fue el nacimiento, en mayo, de un niño de grandes ojos negros. Lo llamaron José Antonio y hoy firma en internet con el acrónimo “Jaramos”.

              El año al que me vengo refiriendo es 1949, en el que tuvo la inmensa suerte de nacer un servidor.