jueves, 27 de diciembre de 2012

DESFONDE ESPAÑOL: 11-M Y CRISIS.


               Hay muchos observadores de la sociedad española actual que la tachan de pasiva, conformista, sumisa, indiferente…, que la acusan de que encaja sin rechistar todos los palos que, en forma de recortes, por ejemplo, le están dando. Los pocos movimientos que han surgido, han sido reducidos y breves, incluida la huelga general o las concentraciones de la Puerta del Sol. Muchos dicen que España está narcotizada, dormida, ajena, entregada…, que pasa tres pueblos de reaccionar y pedir, al menos, explicaciones. Modestamente creo que llevan razón quienes así se expresan.
               ¿Por qué están las cosas de esta manera? En general, la gente se inhibe cuando ve que la realidad le sobrepasa, le excede, cuando su entendimiento y capacidad de comprensión no alcanzan a entender qué es lo que ocurre de verdad, o cuando se considera demasiado débil y pequeña para que su hipotética acción obtenga algún resultado. En resumen, cuando padece de desconfianza en sus capacidades y, por ende, de motivación y de impulso. Un sector amplio de la población española me parece que está convencido de que mucho de lo que es ahora nuestro país y nuestra vida proviene de decisiones que se adoptan más allá de donde alcanza la vista, en la penumbra, en la trastienda…, por personas que nadie sabe quiénes son, pero cuya presencia y poder se sienten. Se sienten en forma de medidas políticas y corrientes mediáticas y propagandísticas poco acordes, al menos, con los ideales de justicia, libertad, bienestar... de la población.
               Me da la sensación de que la falta de confianza y la inhibición de nuestra sociedad son efectos recientes, derivados de causas también recientes. Obviemos el desinfle general sobrevenido tras la euforia de los primeros años de la democracia, cuando nos dimos de bruces con el día a día, mucho menos romántico, atractivo y hermoso de lo que habíamos pensado, y bastante más difícil. Creo que fue una reacción normal: la democracia es aburrida y en ella el heroísmo consiste en ser constantes y pacientes, llenar el saco (agujereado a veces) granito a granito. Aparte de ese fenómeno, en mi opinión hay dos acontecimientos que han caído como una enorme losa sobre la sociedad española, dejándola sin fuerzas y sin norte, debilitada y aturdida, sin capacidad de reacción. Son el atentado del 11 de marzo de 2004 y la crisis en la que aún estamos.
               Los cerca de 200 muertos y casi 2.000 heridos o afectados de Atocha obraron como un estallido sideral que abrasó la ilusión y la esperanza de aquellas fechas preelectorales. Pero, si no me equivoco, lo verdaderamente significativo y trascendente fue lo que vino después: la forma en que se desarrolló la investigación de los hechos, presidida por un afán, enigmático, incomprensible, de taparlo todo (empezando por la destrucción de los trenes, por ejemplo), y el comportamiento judicial, no menos inexplicable, que culminó en un fallo pasteleado; fue el cierre oficial de un caso del cual hoy, después de tantos años y desgracias, no tenemos ninguna certeza real (otra cosa es la “versión oficial”). El aparato del poder, de los tres poderes, o sea, todos los de arriba, se cerraron en banda  -y así siguen-  para que no hubiera escape ni filtración posibles y para que los ciudadanos no nos enterásemos de nada conducente al meollo. Top secret. Muchos españoles nos venimos preguntando desde entonces por qué al mayor crimen de la democracia española   -que cuenta con tantos-  se le ha echado tal cantidad de tierra encima y cómo es posible que se haya puesto de acuerdo tanta gente para hacerlo. ¿Tan gordo es lo que había detrás, que no era aconsejable sino cubrirlo para que no se descubriera ni un ápice? ¿Qué fue, quiénes eran? ¿Para quién y para qué actuaron? Interrogantes no resueltos, de los que, de momento, hemos derivado una conclusión: hubo sujetos en la sombra, personajes de enorme potestad, criminales de cuello blanco, a los que todavía desconocemos y quizás no conozcamos nunca; y, peor aún, permanecen anónimos, intactos, “operativos”, como suele decirse, para cualquier otra acción que aconsejen sus intereses. Estallaron impunemente las bombas, se torpedearon todas las indagaciones, se silenciaron eficazmente todas las bocas… de rango, se borraron en las instituciones públicas el temor a la deshonra y el respeto a la moralidad. ¿No es para sobrecogerse hasta la parálisis?
               El otro suceso es la crisis. ¿Cómo es posible que se pase de la prosperidad a la carencia y la pobreza casi en un abrir y cerrar de ojos? ¿Tiene algún significado el que las únicas empresas en quiebra “rescatadas” hayan sido los bancos, cuyos responsables se han hecho con jubilaciones millonarias? ¿Por qué no las fábricas o los comercios… arruinados? ¿Por qué la solución, única al parecer, pasa por la pérdida de independencia y el empobrecimiento de bastantes países? ¿Por qué todo termina con gente sin hogar ni comida? Por último, y sobre todo, ¿a qué se debe que todo esto ocurra en casi todo el mundo de manera sincronizada? De nuevo nos sobreviene la imagen de que por ahí debe andar ese/a o esos/as que mueven los hilos para aherrojar a la humanidad a través de los políticos y de todos los que conducen la vida y el pensamiento (la opinión, la visión de las cosas) de la sociedad. Y otra vez asalta la impotencia, la tentación de pararse y no hacer nada, porque total para qué, la entrega en alma y cuerpo al señor-que-todo-lo-puede, el cual, por si faltara algo a su deidad, es invisible.
               Creo que estos dos hechos, entre otros, han empujado al país, a la gente, a un lugar situado a milímetros del punto en donde se saca la bandera blanca de la rendición. O sea, la de mostrarse dispuesta a lo que sea, pues lo mandan los que mandan. Yo, nosotros, los de a pie -piensan bastantes compatriotas-  no pintamos aquí nada.
               Pido, por favor, que brote algún manantial de aliento, que prenda alguna llama de ánimo, que vuelva el coraje y nos zarandee…, y que espabilemos, antes de que sea demasiado tarde.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

PORQUE EL ESPAÑOL NO ES ESPAÑA


               Si la “cuestión catalana” fuera solamente un problema lingüístico y si ese problema lo originara solamente la pugna entre la lengua “de España” y la lengua regional, todo sería más simple, creo yo, y menos grave. Pero ni el asunto se circunscribe únicamente al ámbito idiomático ni, en este, consiste  solo en la adopción y uso de una lengua u otra, sin mayores consecuencias.
               El acoso que sufría el catalán en la época franquista corre parejas con el que soporta el castellano en la región donde ambas entidades deberían convivir en paz. Los niños y adolescentes de allí, gracias a Dios escolarizados todos hoy, tienen como lengua habitual la de aquel territorio y adquieren, con dificultad, un nivel de castellano cada vez más bajo. Naturalmente, esto no es fruto de una decisión suya, ni de sus padres: el “sistema” nacionalista los está metiendo ese escollo.
               El hecho es que la catalanía idiomática va tomando una fuerza tal, que contrarresta y aun supera a la del castellano en Cataluña. Sin querer queriendo, como suele decirse, las medidas políticas y la propaganda están creando una conciencia de ideal monolingüe, que avanza en la misma medida en que retrocede el castellano, teñido de desprecio, en las instituciones, en la vida social, en la cultura e incluso en el rincón de lo personal y privado.
               El proceso no es espontáneo y cabe considerarlo anti natura, pues las lenguas no pertenecen a los dirigentes políticos o a los que dominan los medios de comunicación y manejan los cauces propagandísticos; ni siquiera tienen mando real en ella instituciones como la RAE (http://www.lavadoradetextos.com/2012/12/una-lengua-imparable/) . La lengua es propiedad de los hablantes y, en circunstancias normales, o sea, en contextos de libertad individual y colectiva, ellos son muy dueños de llevarla por donde mejor les parezca. Pero el entorno al que me refiero no goza, evidentemente, de tal privilegio.

2011/04/mundo-hispanohablante.html

               Antes aludía a la gravedad de las consecuencias. Se debe a que, en realidad de verdad, como también suele decirse, a la juventud catalana se la está encarcelando en una comunidad idiomática muy reducida, muy estrecha y aislada, porque se le va excluyendo de la comunidad española, cuya lengua  domina cada vez menos, usa menos todavía y tal vez llegue un día  -si no ha llegado ya-  en que no pase de ser una mera asignatura, que enseñe tanto como a nosotros nos enseñó en su día la de Francés, por ejemplo; o sea, casi nada. Los profesores que recibimos alumnos cuyos padres fueron emigrantes y ahora han vuelto, sabemos la ensaladilla rusa que cocinan esos niños cuando los ponemos a escribir en español, e incluso a hablar. Como mínimo se cansan, se trastabillan, lo mismo que yo, que me muevo a pie o en coche, me fatigaría el pedalear y perdería con frecuencia el equilibrio si tuviera que desplazarme en bici.
               Se detraen no solo de la comunidad española (que es lo que persiguen y venden quienes allí decretan a la voz de “¡Independencia!”), sino de la comunidad hispanohablante internacional. Esto es lo verdaderamente serio. Uno no acierta a comprender cómo los responsables de los niños y jóvenes no advierten que se les están quitando posibilidades a los chavales. Fijaos: en la actualidad, el castellano, con más de 450 millones de hablantes, es la segunda lengua mundial, después del inglés; el catalán no pasa de los 11 millones, incluyendo el Reino de Valencia y las Baleares. No sé si se advierte el daño que se puede causar a tantas y tantas personas por mor de esa miopía localista, dentro de un mundo donde la actividad económica, los intercambios comerciales, el desarrollo de la ciencia y del pensamiento, el arte  y la cultura traspasan toda frontera. En Estados Unidos, o sea, en el corazón del Imperio, más de uno de cada tres ciudadanos entiende y habla el castellano. Agachar la cabeza y mirarse el ombligo es ahora más pifia y error que nunca. A los niños y adolescentes hemos de abrirles horizontes, no cerrárselos con el idioma como reja y candado.
               El español no es España, esto es lo que hay que comprender. No son adversarios equiparables el catalán y el castellano. El castellano significa la amplitud, la expansión, la apertura, la apuesta de futuro,  la comunicación a gran escala; encierra en sí la suficiente virtualidad como para ser instrumento y vehículo y plataforma de lanzamiento de quienes quieran o deban transitar el mundo, llamados por necesidades profesionales o personales. El catalán, no. 



martes, 11 de diciembre de 2012

CONTRA UN LIBRO DE TEXTO

               Hace unos días escribía en este mismo blog sobre el margen de incoherencia que es esperable, permisible, aceptable y aun saludable en las personas, sobre todo en asuntos prácticos de la vida cotidiana. En determinadas circunstancias, como períodos de transición, de evolución o cambio, la presencia de comportamientos contradictorios no debe chocar a nadie, porque no es posible ni bueno una transformación radical de la noche a la mañana. Un comentarista del artículo aludido condensó en una frase feliz parte de mi pensamiento:  “Sin la incoherencia, las relaciones sociales serían un desastre” (“Antorelo”).
               De lo anterior se desprende que, en otras cuestiones distintas de las del día a día, no resulta aconsejable demasiada tolerancia. Dos ejemplos clarísimos: a) cuando el cambio de actitud o de opinión es intencionado, planificado, reporta un gran beneficio para el que lo realiza y supone una traición por incumplimiento de un compromiso (la vida pública, y más concretamente la política, con el conocido “cambio de chaqueta”, constituyen el paradigma en la actualidad); b) cuando se está haciendo o explicando ciencia: el discurso científico no admite la más mínima incongruencia ni falta de rigor, tal como impone el “principio de no contradicción”, y es así porque la ciencia busca la verdad (que no puede ser, a la vez, mentira).
               Vienen a pelo estas aclaraciones por el hecho de que, casualmente, me he topado con unas páginas de un libro de texto de Lengua para 3ª de la ESO que yo, que me he mostrado bastante comprensivo, no puedo tolerar ni dejar pasar sin gran cargo de conciencia. La incoherencia es palmaria. Trata el pasaje sobre lo que generalmente se conoce como “sintagma”, al cual los autores (sus nombres no los callaré) denominan “grupo sintáctico”, no sé por qué. Lo definen así: “Un grupo sintáctico o grupo de palabras es la unidad lingüística formada por una o más palabras organizadas en torno a un núcleo, con el que mantienen relaciones de dependencia y concordancia” (p. 62).

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               Tal vez los niños no lo adviertan (porque se fían de la “autoridad” del libro y porque no se ponen a pensar), pero quien esto escribe y, con toda seguridad, quienes estáis leyendo vemos al instante que el “grupo sintáctico” no puede ser a la vez “una palabra” y “varias palabras”, como dice tan atrevido manual; es decir, una palabra como “Antonio” es un grupo nominal formado por un solo vocablo. ¿No salta a la vista y daña al entendimiento la contradicción consistente en igualar dos entidades distintas, la incluida y la incluyente? Es como si se dijera que una pandilla (nombre colectivo, como grupo, por cierto) es un conjunto de personas o simplemente una persona. Para colmo, esa caracterización general de los “grupos sintácticos”, no recoge el que, en el propio texto, se identifica como “grupo preposicional”, el cual no tiene núcleo.
               Dicen que a muchos alumnos no les hace falta que nadie les corrompa o perturbe su actividad racional y su capacidad de pensar con coherencia, porque ya se bastan ellos solos. Pero definiciones como la que comento contribuyen muy poco, sin duda, a formar y desarrollar la mente de los jóvenes, no ya en materia científica, sino en el puro terreno de la lógica.
               A continuación, la  definición de “grupo nominal” sí que se guarda de ser concordante con la de “grupo sintáctico” en general (¡mejor no lo fuera!): “Un sustantivo es siempre el núcleo de un grupo nominal. Puede aparecer solo o formar grupo acompañado de otros elementos” (pág. 63). Aquí se agrava el asunto, pues se expone claramente, descaradamente, que un nombre puede ser núcleo de un grupo nominal formado por ese nombre solo. Los chavales no perciben la falta de lógica, pero luego encuentran dificultades a la hora de aplicar los conceptos, cuando deben escribir que “estantería” (en “No tengo estantería en mi despacho”) es a la vez sustantivo, grupo nominal, núcleo (¿de sí mismo?) y complemento directo (¿el sustantivo o el grupo o los dos?).
               Se me escapa el beneficio gramatical y didáctico que los autores han visto en esta descripción sintáctica. La mayor parte de los libros de texto (que conozco) optan por diferenciar “nombre”  o “pronombre” (palabra sola) y “sintagma nominal” (grupo o conjunto de palabras), para añadir que uno y otro, eso sí, pueden cumplir idénticas funciones dentro de una unidad mayor; y que, internamente, los sintagmas nominales incluyen un nombre o pronombre como núcleo.
               Pero, a efectos de lo que juzgo, lo de menos es la terminología que se emplee. Lo más importante, por grave, es el delito científico y didáctico que cometen, que están cometiendo, los que firman, sin rubor, barrabasadas como las expuestas. Termino con los datos del libro.

Autores:                                   Salvador Álvaro, Florentino Paredes, Marta Sanz, Santiago                                                                         Fabregat.
Coordinador del proyecto:   José Manuel Blecua  (¡¡¡Presidente de la Real Academia!!!)
Asesor lingüístico:                  Leonardo López Torrego   (¡¡Catedrático de Universidad!!)
Madrid, Editorial SM, 2011.    

miércoles, 28 de noviembre de 2012

NO CONDENARÉ YO LA INCOHERENCIA


               La incoherencia es un rasgo de la condición humana, si no un requisito, un recurso de supervivencia. La contradicción, la faz cambiante, la convivencia en la misma mente de principios e ideas generadores de conductas opuestas, los impulsos encontrados…

               Hace unos años se celebró la designación   -no sé si es esta la palabra apropiada-  del Cristo de la Salud y de las Aguas como Patrón de Antequera, la ciudad donde vivo.  Con tal ocasión, el alcalde, socialista, publicó un bando en el que informaba a los ciudadanos del hecho y los animaba vivamente a que acudieran al acto, que tendría lugar en la iglesia tal, el día tal. Me chocó tal iniciativa, teniendo en cuenta no solo la aconfesionalidad del PSOE, sino la… distancia, el… poco apego  -llamemos así a su actitud-  que se cuida en mostrar respecto a la Iglesia Católica y que no ha cesado a día de hoy, según es notorio. A los pocos días del bando, me encontré por la calle con un militante socialista, amigo mío, al que yo creía fuertemente enemistado   -denominemos así su posición-  con la cúpula local del partido. Vi en ello oportunidad para manifestarle sin traba mi extrañeza y, de camino, echar leña al fuego, chinchar cariñosamente y tirarle de la lengua. Pero, cuál fue mi sorpresa: no solo no anduvo por donde yo esperaba, y aun deseaba, sino que respaldó el bando y defendió a su conmilitón: “La gente… ¿qué es lo que quiere? Eso, ¿no? Cristos, procesiones… Pues se le da y ya está”.  Así lo respaldó. O sea, pragmatismo total, utilitarismo político puro. Y contradicción flagrante. Tan evidente como cuando llegaba la Semana Santa y el concejal socialista de guardia figuraba en la presidencia   -no sé si se llama así-  del cortejo procesional; o como cuando por Navidad se montaba un “Belén Municipal”. (Ahora también acompañan ediles a los pasos y edifican belenes, pero el consistorio es del PP.)

http://es.wikipedia.org/wiki/Belenismo
               A mi amigo sociata le perdoné la incongruencia, el hacer compatibles ateísmo   -¿o debería decir anticlericalismo?-  declarado y apoyo y aliento a la fe popular (no me agradó mucho, sin embargo, ese tic, tan propio de los de su gremio, de contentar al pueblo, que/para que/porque los vota). Lo absolví  por ser yo de los que piensan como he expuesto en la cabecera de este escrito. Creo que, en muchas ocasiones, la realidad se impone, hay que vivir y la vida no va en sentido rectilíneo siempre, sino que zigzaguea, retrocede, volvemos a gobernarla y se recupera la senda, luego se nos escapa de nuestro ideario otra vez, etc. En el caso concreto de la religión, no sé si se puede esperar que los españoles rompamos de un día para otro con una tradición, unas costumbres, una inercia que tiñe de catolicismo algunos de nuestros comportamientos y modos de ver y vivir las cosas más afianzados. Se necesita mucho tiempo, un período de transición largo, para pasar de la fe al descreimiento, tanto en el plano individual como colectivo e incluso institucional; una fase, presidida por la comprensión, la tolerancia, en la que convivan lo negro y lo blanco, el agua y el aceite, el sí y el no…, al menos en asuntos cotidianos. Por ejemplo, si yo fuera director de una escuela, no se me ocurriría quitar los crucifijos de las aulas, al menos de momento. A no ser que, como han pretendido algunos, lo que quisiera fuera provocar. Soportaría y sería condescendiente con la presencia, si se quiere sentimental, de la imagen en unos colegios oficialmente laicos. 

               Perdono estas incoherencias porque me parece que son, como digo, consecuencia de nuestro ser, tan imperfecto, tan mixto de cerebro y corazón, tan riguroso unas veces como asistemático otras. Se comprenderá que prevenga yo del daño que nos puede hacer, a veces, a las personas un exceso de coherencia.

               Naturalmente, hay manifestaciones y actuaciones que no  pertenecen a este territorio del que hablo, sino al de la sucia mentira, la falsedad, el disfraz, la triquiñuela y el engaño malintencionados, interesados, que tan queridos son por la clase política, entre otras. Son algo muy distinto y hasta ellos no llega mi capacidad de indulto.


sábado, 13 de octubre de 2012

"...ATMÓSFERA INFECTA, ARTERAMENTE PERFUMADA"




PUBLICIDAD / CARTEL ADSL MOVISTAR
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               Soy de los que temen a la publicidad, la condenan, la odian. Sobre todo porque es el emblema del juego sucio, que en la comunicación se llama mentira, engaño. Trata de convencerme de que necesito una moto o un microondas que no necesito, insiste hasta el infinito para cambiar mi opinión. Luego me señala, arbitrariamente, qué moto es la mejor o qué microondas es el que adquiere quien de verdad entiende. Y luego me lleva a quitarle importancia al precio. Finalmente, me deja tirado en la calle con mi moto, mi microondas…, “como un gilipollas” igual que Krahe, sin saber qué hacer con ellos, y sin mi dinero. Y sin tener para gasolina ni para electricidad. Pero lo peor no es eso, sino el hecho cierto de que el pago de su réproba faena se efectúa a mi costa, a través del precio de los productos, tanto más incrementado aquel cuanto más publicitados estos. La publicidad es una rata que te come las entrañas, te vacia de ti mismo, te posee. Para eso nació y para eso vive.
               El público se halla inerme, a su merced; la publicidad siempre lo sobrepasa y domina, porque viene ella bien pertrechada. El acto publicitario está diseñado con extrema exactitud, sin conceder margen al error, que significaría el fracaso. La campaña publicitaria se te aproxima con el perverso y estudiado sigilo de una serpiente, que te anuda con la fuerza y la maleabilidad de su helado cuerpo hasta asfixiarte.
               La publicidad guerrea, como mercenario, bajo cualquier bandera que la reclame para la conquista del mercado; como predicador a sueldo, sin ideología ni credo, promete cualquier pedregal que esté dispuesto a revestirse de paraíso. La publicidad se expande cual  atmósfera infecta, arteramente perfumada. El spot sale de un sepulcro blanqueado.
               Maldad intensificada por sabiduría sin honra: los dos adornos macabros del espíritu publicitario. La publicidad es un conocimiento y una técnica que, pese a todo / como no podía ser de otra manera, ¡se adquieren en la universidad, en el supuesto santuario de la ciencia y el saber! Pobre comprador, no titulado en facultad alguna, casi analfabeto, ingenuo del todo. Y más pobre aún por cuanto precisa el producto, no puede zafarse del objeto que cubre su necesidad real; y porque todo lo vendible es publicitable y publicitado  -falseado-  ab ovo

domingo, 2 de septiembre de 2012

A 5€ LA NOCHE

               No son pocos los participantes en la feria, me refiero a la de mi pueblo, a los cuales les sale increíblemente económica la celebración: hay quienes no gastan más de 5 euros por noche. ¿Cómo es eso posible? Tal como me lo han explicado algunos de los propios protagonistas lo voy a exponer. Una aclaración previa: se trata de gente joven, muchos adolescentes, sin gran interés por los cacharritos, con pocos cuartos y/o con pocas ganas de perderlos de vista. Empiezo.
     Primero: reúne una cantidad o bolsa común la peña de amigos/as, con la aportación de 4 o 5 pápiros por barba (exista o no pelamen en la cara).
     Segundo: se acuerda el volumen de bebida y picoteo necesario, según el número de componentes y el de horas de trinque. Hay que hacer bien el cálculo para no pasarse ni quedarse corto. Suponiendo que el grupo sea de seis, lo mínimo son dos botellas de ron, whisky ( a una media de 7 euros la botella), ginebra y/o vodka (unos 4 euros);  tres de Fanta, Trina, CocaCola o similar, de dos litros (entre 1,5 y 2 euros la unidad), y unas cuantas bolsas de chucherías saladas para masticar algo (palomitas, snacks, garfitos, cheetos, sticks, conos, rejillas, cuquis, doritos, etc.), a 1 euro por paquete, más o menos; vasos de usar y tirar (1,5  euros). Total: no más de 25 euros. Así que aún sobran 5 para imprevistos.
     Tercero: se acude a un supermercado, por ejemplo al Mercadona del barrio (ya casi puede llamarse así). Si ninguno de los colegas ha alcanzado aún la mayoría de edad, hay que conseguir a alguien externo que efectúe la compra del alcohol: un hermano/-a o primo/-a “competentes”, el cuñado de un pandillero, uno que jugaba con ellos al San Andreas…, o bien el que daré en llamar “comprador de alquiler” (siempre hay algún aspirante a serlo rondando por la puerta del súper), que cobra en especies (un cubata, mínimo, al terminar el servicio o luego, en los parajes del botellón).
     Cuarto: cada uno se marcha a su casa para apiparse bien con una cena pantagruélica, que aporte al estómago base sólida y duradera hasta la madrugada. Las botellas, que se han repartido convenientemente, están todo este tiempo en el congelador de los frigos caseros.


http://www.2camels.com/abril-feria.php

     Quinto: a la hora acordada, se reúnen las pandillas en sitios como el Llano,  ubicación habitual del botellón de los sábados, o el Mapa, más de diario. Allí se toman posiciones, se sacan los móviles para la música de fondo y se charla hasta que llegue el momento del consumo etílico. Las parejitas que pueda haber en cada grupo ponen a calentar el cocido, a fuego lento, claro; algunas quizás se formen sobre la marcha.
     Sexto: sobre las 2 de la mañana, se saca el material y se llenan los vasos. Empieza la priva. Sin prisa, se pasa a los segundos y siguientes pelotazos, hasta que se termina el líquido y/o se notan ya aturdidas las mentes por efecto de la humera.
     Séptimo:  una vez alcanzado el puntito (mejor, el puntazo), el colectivo formado por todos los hasta ahora habitantes del Mapa y del Llano empieza a desplazarse hacia el Real de la Feria. Cada peña enfila para la caseta de su gusto, donde pasará las siguientes tres o cuatro horas de música y bailoteo, cachondeo y juerga, y lo demás que caiga. No consumirán nada, porque ya vienen con todo el alcohol de la noche puesto.
     Octavo: con la primera luz del día, vuelven al casco urbano, pesadamente, fatigosamente. Si queda algo de guita o los niños encuentran unas monedas viudas en el bolsillo, se mercan unos churros para desayunar.
               La baratísima noche de feria llega así a su fin. El personal al que me refiero lo ha pasado aceptablemente bien. Ha habido de todo: comida, amigos, alcohol, música, baile y…  más cosas tal vez. ¡No se puede pedir más por menos!
               Las casetas, una parte de las cuales son benéficas (de cofradías, por ejemplo), han estado muy concurridas y animadas, pero el aspecto de las cajas registradoras o de los simples cajoncillos del dinero, obviamente a medio llenar casi todos, es un tanto desolador.  “Hay que buscarse la vida” son las palabras con las que concluye, interpreta y se justifica uno de mis informantes.

domingo, 12 de agosto de 2012

TORERO DE ESPALDAS (POR NO DECIR DE CULO)



               Tengo un amigo que, siempre que se tercia, suele exponer una teoría bastante singular. Al menos así la interpreto yo. Es de orden erótico y habla de la atención, el “interés” que despierta la vista de determinadas partes del cuerpo, por encima de otras. No se trata de un “sí” y un “no” rotundos, de un 10 y un cero, sino de una escala en la que sitúan la zonas corporales, próximas o lejanas a los extremos de máxima relevancia o de insignificancia total.
               Parte, como es de esperar, de la distinción entre el físico masculino y el femenino, aunque parece centrarse más en este. Aporta también una visión histórica y tiene en cuenta las diferencias culturales. Es muy completo, como se ve, su análisis, aunque la red conceptual que lo nutre sea simple y no se base en doctas investigaciones; él argumenta acudiendo tan solo a la experiencia y a la observación, entiéndase, a su experiencia y a su observación, ambas limitadas, claro está. 
               Afirma, por ejemplo, que los hombres españoles y los europeos en general siempre nos hemos complacido más en la contemplación y la caricia visual de lugares bastante “dignos” (sic), como la cara (en particular, los ojos y la boca), así como el pelo, las manos, la parte descubierta de las piernas… Del ámbito velado o protegido por la ropa, destacan las caderas, pero el puesto primero lo ocupa el pecho, verdadero símbolo y emblema de la mujer, mujer-madre y mujer-hembra. El pecho, cree mi colega, excita el deseo y colma gran parte de las aspiraciones de posesión. Para ilustrar sus asertos, comprueba cómo “antiguamente” (¿?) las féminas llevaban el vestido largo hasta los pies, pero muy abierto y despejado el escote, que dejaba ver la mitad o más del órgano propiamente dicho. “Por algo sería”, se adorna el sociólogo aficionado.
               Está convencido de que, por el contrario, en nuestro entorno no ha sido costumbre dar como parte privilegiada el trasero. Su encumbramiento, que se extiende ya por el continente europeo, ha de considerarse importado. Viene de los Estados Unidos, país con un pasado menos refinado y un espíritu menos culto y sensible; también en Latinoamérica gustan las mujeres de ceñirse indecorosamente las “pompas” y los hombres de celebrarlas. En este punto, recuerda mi amigo que los animales se reconocen e inician el acercamiento erótico oliéndose por detrás, digámoslo así.  Únicamente una tradición y una mentalidad como las aludidas explican que la actriz y cantante americana (de origen portorriqueño) Jennifer López  tenga aseguradas sus nalgas en una pimporrada de dólares.
               Suele citar mi fraternal experto un hecho, para él de mal gusto, del mal gusto que se va imponiendo también por aquí. En una noticia que leyó no hace mucho en un periódico, se decía que madrileñas jóvenes, no muy aficionadas al balompié, se dan tortas por conseguir entradas para el Bernabéu, de las localidades de detrás de las porterías. ¿Para qué? Para poder verle el culo a Casillas (complacerse en él y adorarlo…), al menos durante medio tiempo del partido.
               Yo no entro ni salgo en las generalizaciones de mi amigo, el sexosociólogo de andar por casa. No entiendo mucho, la verdad. Pero estoy a la espera de que, cuando se pase por mi ciudad los días de feria, se tope con el cartel de las corridas de toros que este año luce en las calles. Como podéis ver, representa un torero haciendo el paseíllo, fotografiado o pintado por detrás, de modo que aparece, y aun destaca por contraste de color y otros recursos, el trasero. Supongo que mi amigo montará en cólera o caerá en profunda depresión, al comprobar que la colonización de nuestras tendencias y criterios estético-eróticos más genuinos se ha consumado, acercándonos, también en esto, a la barbarie. ¿Para qué ha quedado, se lamentará, aquello de “donde la espalda pierde su honesto nombre”?
               Sea cual sea su reacción, y al margen de lo sexual, yo comprenderé que le parezca un cartel insólito, chocante, irreverente. No creo que existan muchos posters de toros con un diestro dándole, estático, al público la espalda, por no decir el culo; tal vez, algunos haya en que la imagen proceda de congelar un lance de la corrida. El de esta feria representa, sin duda, una innovación atrevida, muy atrevida, en el seno de un mundo, como el taurino, tan conservador en todos los aspectos. 

domingo, 29 de julio de 2012

CINCO IDEAS SOBRE EL ABORTO


               Me resulta muy difícil adoptar una postura clara respecto al aborto. Imagino que igual que a otros que, como yo, se atienen a criterios de carácter ético, intentando además no simplificar demasiado el problema. Estos días ha vuelto a surgir la discusión en la prensa, a raíz de unas declaraciones del ministro de Justicia referentes a la próxima modificación de la legislación sobre el asunto.
               En síntesis, el cambio afectará a la sustitución de los “plazos” por los “casos” o “supuestos” como razón legal para el aborto. Es decir, que, si según la norma vigente (desde 2010) una mujer puede interrumpir su embarazo hasta las 14 semanas sin aducir motivo alguno,  a partir de la reforma tal intervención no será posible  -entiéndase, legal-  si no se da alguna situación que la aconseje o justifique, o sea, si no concurre algún “supuesto”. Esta era también la fórmula anterior al cambio legislativo de 2010. Se contemplaban tres “supuestos”: violación, malformación del feto, consecuencias físicas o psíquicas para la madre. El señor ministro se propone entrar también en este punto y suprimir del ámbito de lo permitido las malformaciones del no nacido, incluso las de carácter grave. Por último, desaparecerá el aborto de jóvenes menores de 18 años sin el consentimiento paterno, que actualmente se admite.
               Las reacciones han caminado por senderos diferentes, según el credo político y ético de sus agentes. Desde quienes piden más “recortes” a una ley claramente inmoral, que desearían ver simplemente anulada, hasta los que acusan al gobierno actual de ser más reaccionario que aquel de Aznar, de retroceder más de 30 años y alejarse hacia atrás de Europa, de desposeer a las mujeres de la libertad para decidir acerca de “lo” que hay dentro de su cuerpo.

               Como dije al principio, me resulta bastante difícil adoptar una posición nítida, rotunda, definitiva, en medio de visiones tan encontradas, de argumentaciones tan irreconciliables (independientemente  de su varia y desigual fundamentación), evitando atacar los intereses y los derechos de los implicados en el acto del aborto, la madre y el hijo. Voy a tratar de esquematizar las cuatro o cinco ideas a las que hasta ahora suelo acudir para intentar situarme en tan espinoso territorio:
     1. El aborto, llámese como se llame eufemísticamente, equivale a poner fin a la vida de una persona humana, por corta que sea esa vida y pese a suceder en el interior de su madre. En general, el dar muerte a un semejante se considera asesinato en el código penal. Esto es así siempre en muchos países como el nuestro; tan solo se dan excepciones en ciertos “supuestos” (dejando al margen por el momento el aborto): la defensa propia ordinaria, la persecución de delincuentes especialmente peligrosos y la guerra. En el tema que trato, la eliminación de una persona no nacida, si llega a aceptarse como legal, creo que debería ser también bajo determinados “supuestos”, según ciertas condiciones.  Cuáles sean esos “supuestos” lo ha de determinar la sociedad por consenso o por mayoría muy amplia, después de una serena discusión, de la que no estén ausentes especialistas de diversas ramas.
     2. Para mí, aunque de manera bastante provisional, constituirían casos claros la violación y el embarazo de una mujer mentalmente disminuida; el daño grave para la madre, de carácter físico; la malformación grave del niño, imposible de remediar antes y después del nacimiento. Quiero aclarar un punto: deberían definirse con la máxima claridad el segundo y tercer “supuestos”, de modo que no se conviertan (como ha sucedido) en un coladero de amplio diámetro.
     3.  El aborto no es un derecho, sino una acción médica que se realiza para preservar un bien mayor.
     4. Las mujeres, solo por el hecho de estar embarazadas, no adquieren la capacidad plena de tomar decisiones sobre el no nacido. Aunque pueda parecer duro, soy de la opinión de que, si una mujer no tuvo la madurez (voluntad, fortaleza, formación, control de sí misma, etc.), antes de concebir, suficiente como para decir “no ahora” o “no así” o “no contigo”, tampoco la tendrá al mes o dos meses para decidir la eliminación del fruto germinado en su vientre como consecuencia de ello. Si antes no pudo disponer sobre sí misma, ¿cómo va a poder disponer después sobre la vida de otro con total garantía?
     5.  La mayoría de edad, que vale en nuestro país y otros semejantes para permitir y prohibir tantas cosas, debería también regir en el caso del aborto, como una condición indispensable para empezar a considerar la posibilidad de practicarlo; así, en el caso de menores, se ha de requerir el permiso paterno.

               Sinceramente, esto es lo que creo. Veremos cómo termina la propuesta esbozada por Gallardón. De momento ha despertado la polémica y seguro que habrá movilizaciones. Cosa normal, ya que se trata de uno de los puntos calientes de controversia política y ética, y el posicionamiento respecto a él aparece como uno de los signos más ostensibles y fuertes de la ideología que cada uno posee y/o quiere exhibir. Lo único que pido es sosiego y honradez en el debate, que ya ha comenzado y que desembocará en una norma escrita.

martes, 26 de junio de 2012

ALIENACIÓN Y ALINEAMIENTO EN POLÍTICA


               En mis tiempos (que quiere decir: cuando yo era joven), tenía mucho predicamento el verbo “alienar”, sobre todo formando parte de la perífrasis “estar alienado”. Procedía de una simplificación de la noción marxista de “alienación”. Si no recuerdo mal, se usaba para afear a alguien su adscripción acrítica a una forma de pensar o de comportarse solo por ser socialmente prestigiosa o estar de moda. Se decía de quienes carecían de ideas propias y se manejaban con conceptos ajenos, provenientes de instituciones o grupos sociales de gran empuje, aunque no siempre de igual sustancia. Hoy no se emplea apenas la expresión, lo que no significa que haya desaparecido la condición de alienado.
               En el terreno de la política, un alienado es aquel que, perteneciente o no a un partido, admite la prédica de este con los ojos cerrados y aun defiende públicamente su discurso, por encima de todo y en cualquier circunstancia, con argumentos servidos por la propia organización. No posee más verdad ni más proyecto que los del partido, en el mejor de los casos porque cree en él a pies juntillas. Jamás acepta un error de gestión, puesto que toda medida, piensa, incluso pareciendo equivocada, tiene su explicación. El alienado es un forofo, un seguidor incansable, un hooligan pacífico (casi siempre), etc., y una pieza apetecida por los dirigentes políticos. Para él, todos los que no piensan como los suyos están equivocados y actúan de mala fe. El alienado político es incapaz de la más mínima objetividad, porque su visión está mediatizada. En su cabeza no hay resquicio para el análisis personal, porque su mente está “ocupada”; allí no existe nada que no sea “lo que dice/diga el partido”. El alienado está vacío de sí mismo y lleno de otro.
               Estamos hablando de alienación política, pero lo mismo que podríamos tratar de cualquier tipo de ofuscación, motivado por la entrega o cesión del propio discurrir a una autoridad, tan discutible (aunque indiscutida), llena de carencias y contradicciones como todo lo humano. 
               Algunos establecen un paralelismo entre la confianza extrema del alienado en su mentor y la fe del creyente religioso. El supuesto parecido se basa en que, en ambos casos, el fundamento del vasallaje mental resulta gratuito, responde a un proceso de adscripción a ciegas, falto de argumentos racionales; no están convencidos, sino deslumbrados, como San Pablo, al que una luz tiró del caballo. En cierto modo, esa proximidad es real y sucede, según creo, porque el alienado político se apunta a una organización partidista como si ingresara en una secta o iglesia, y toma sus principios por dogmas y sus programas por catecismos. Se da en él una confusión entre política y religión en el sentido expuesto.
                No es difícil ver, por otra parte, el punto de unión, o de contacto al menos, entre los términos “alienación” y “alineamiento”, que menciona el título. El origen y la naturaleza semántica de uno y otro vocablo son distintos: mientras “alienar” procede del latín “alius”, que significa ‘otro’ (y está en la base de “enajenar”, “ajeno”, etc.), el verbo “alinear” viene de “linea”, español “línea”, que, entre otros, tiene el sentido de ‘dirección, tendencia, orientación o estilo de un arte o saber cualquiera” (DRAE). Con lo que “alinearse” indica “vincularse a una tendencia política, ideológica, etc.” (DRAE). En relación con lo que vengo diciendo, queda claro como el agua que el alienado político se alinea permanentemente, de por vida, con el partido de sus amores, del que ni sale ni quiere salir. Volviendo a la alusión religiosa, es como el que ha recibido un bautismo y con él una señal indeleble, eterna, de modo que la renuncia o la negación equivaldría a una apostasía vergonzosa y cobarde.
               ¿No es legítimo que cualquier ciudadano, en el ejercicio de su libertad, se dé de alta para siempre en la organización que más le guste? Por supuesto que sí. Pero en este caso, como en otros, la legitimidad no es un valor, sino un supuesto, una condición. Eso por un lado, y por otro, en muchas ocasiones la formalización del ingreso acerca el riesgo de alienación, de la que sitúa a un paso al sujeto.
               Prefiero la distancia, mental y material, que permite el juicio, la crítica, la denuncia, la disidencia, el cambio de acera incluso. Me gusta, en esto, la relación esporádica, temporal y efímera, más que el casorio. Hay ya mucha gente, en España y sobre todo en países con más tradición y cultura democráticas, que en el instante de emitir su voto o cuando participa en discusiones se atiene a los hechos y no a las doctrinas, o sea, respalda a la formación política que le ha demostrado, con su gestión, que puede confiar en ella para mejorar la vida colectiva e individual, aunque esa formación sea de signo ideológico distinto e incluso opuesto a la que votó anteriormente. “Cambiarse de chaqueta”, que es como llamamos aquí a tal proceder, igualándolo a la del apóstata, debería ya dejar sus connotaciones negativas, al hablar del elector. Sería un signo de madurez ciudadana, estoy seguro.

Post scriptum: A quien he puesto de vuelta y media en este modesto análisis es al alienado político, un tipo muy diferente del bribón político, del aprovechado o “convenío”, del que aplaude servilmente a quien le da de comer y le satisface sus caprichos. Ese no será nunca un alienado, ni tampoco lo contrario, sencillamente porque no tiene ni alma ni cerebro, sino solo estómago y cartera. 

sábado, 16 de junio de 2012

EL QUE PAGA, MANDA


               Este es uno de los principios que, en mis cortas luces económicas, veo que está en la base del proceso de crisis que llevamos (a cuestas). Países como España han recibido dinero, mucho dinero, en calidad de préstamo, de una serie de entidades de esas que se cobijan bajo la capa denominativa de “mercados” o “inversores”. Son los que han puesto la pasta y pertenecen a la especie de los que pagan.

               Y a la de los que mandan. Determinan el plazo de devolución y el interés. Lo que es lo mismo que decir que deciden sobre la vida entera del país receptor de empréstitos, pues todo gira en torno a la economía. Mientras más debe un país, menos manda y más ha de someterse a la imposición de los que mandan. Menos autonomía tiene, más soberanía cede. Puede llegar el caso de cesión total, o sea, de que un país como España ya no pertenezca a España, sino a los prestamistas, sean quienes sean. Grecia está a punto de pasar a manos extranjeras, que harán todo lo que sea menester para cobrar los miles de millones de euros que los helenos les deben. Acabo de escuchar la noticia de que a partir de julio no podrán cobrar allí los pensionistas. No sé si es augurio cierto o tan solo una posibilidad entre otras. Pero estoy seguro de que, si se hacen con la nación inversores foráneos, estos no dudarán ni un minuto en aplicar medidas como esa, o incluso peores, para resarcirse cuanto antes. ¿Que se deja a la mitad de la población en la más extrema y sangrante miseria? ¡Qué más les da! Esa población no les duele más que su billetera o su cuenta corriente. 

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               Todo esto es una verdad de Perogrullo. No obstante me sirve para entrar en el factor que más inquietud me produce. Si quien paga manda, entonces el que no paga, sino que pide, no manda. En ambos casos, en proporción directa. Puede no mandar el endeudado, según dije antes, hasta el punto de no mandar nada, porque ni el parlamento, ni el gobierno ni el país se pertenecen, son de otros. Atisbo un principio y una amenaza de destrucción de la democracia. Los parlamentarios y los gobiernos elegidos por los ciudadanos pierden su capacidad para ejercer el poder que supuestamente se les otorga, ya que dicho poder se ha trasladaría de lugar: no residiría en la nación soberana, sino en los despachos de los inversores, a los que nadie ha elegido. Aquí hay una dictadura incipiente, que puede crecer y decidir, por ejemplo, la supresión de los órganos legislativos (y, en general, todo el orden democrático), con cualquier excusa banal, como la necesidad imperiosa de economizar. La democracia sería tachada de “lujo” que no se puede permitir en situación de suma precariedad, es decir, cuando se debe hasta la camisa. Otra posibilidad, que no me atrevo a negar que ya se esté produciendo, es la de gobiernos pelele, al servicio de los que pagan. Es el mismo perro, pero con distinto collar.

               Repito mi ignorancia en materia económica. De la cual deduzco dos incógnitas, con las que voy a terminar: a) ya que el origen del actual estado de cosas es, al parecer, el excesivo endeudamiento de los gobiernos y de los particulares (me recuerda aquello de Carlos V y los banqueros, que estudié en Preu), me pregunto si es un error garrafal vivir a base de sablazos y por encima de las propias posibilidades, o si es que las cosas no pueden ser de otra manera, supuesto que las empresas funcionan solo a base de créditos y que nada es posible si no “fluye el dinero”, que emana de las entidades financieras (y que hace imprescindible la refinanciación de estas cuando están a un instante de quebrar, como es el caso de esa operación de 100.000 millones prestados a la banca española); b) no sé cómo se sale de este callejón, en el que, según escucho e interpreto en artículos y comentarios de prensa más o menos especializados, tires para donde tires, siempre te coge el toro.

               Me temo que vamos para atrás, como los cangrejos, y que la pobreza nos puede convertir en esclavos.



martes, 22 de mayo de 2012

CRISPACIÓN

               La crispación es un estado de ánimo bastante pernicioso. Según creo, consiste en una excitación interior permanente, que provoca reacciones desmedidas a estímulos exteriores apreciados como agresiones o ataques. Por ejemplo, si yo soy del  Atlético de Madrid hasta la médula y no puedo vivir sin admirar y defender a muerte a mi equipo y ¡ay del que ose insinuar alguna crítica en mi presencia, que a ese se le quitan las ganas de hablar de fútbol!, entonces es que estoy crispado. En el diccionario académico se define “crispar” como ‘irritar, exasperar’, es decir, como acción y no como resultado, que es lo correspondiente a la perífrasis “estar crispado”.
               La crispación se contagia con mucha facilidad. Así, los que me tiren de la lengua con el dichoso tema del Atlético de Madrid, pueden contaminarse por efecto de los sapos y culebras que salgan de mi boca. A partir de ahí, nuestra relación tendrá un tenor envenenado y estaremos ambos a la defensiva. La crispación incita a la crispación.
               Me parece a mí que la tensión interior correspondiente a la crispación también se generaliza con facilidad: una vez instalada, salta a propósito de cualquier asunto, aunque no sea aquel al que primeramente respondía. Es lo propio de personas que siempre están en tensión, como enfadados con el mundo; todo les parece mal, todo lo discuten, todo les molesta. Otras veces únicamente se es sensible a ciertas cuestiones o bien a ciertas personas o grupos de personas: hay quien no puede ver a su vecino, quien no aguanta la clase de Matemáticas o no puede oír al alcalde de su ciudad… o a los del PP, etc.).
               Por último, y esto es a lo que voy fundamentalmente, la crispación viene muchas veces intencionadamente provocada. Siguiendo con el fútbol, es sabido que los clubes suelen “calentar” especialmente ciertos partidos, enardeciendo a las mutuas aficiones y avivando en ellas el sentimiento de adhesión incondicional y el ansia incontenible de contundente victoria. Es una crispación inducida sin dificultad, porque el destinatario ya está entrenado  -nunca mejor dicho-  para dejarse arrastrar al combate. En otro orden de cosas, la política por ejemplo, no sucede de diferente manera:  en determinados momentos, generalmente las campañas electorales, los líderes crispan a la ciudadanía con toda clase de insultos y exagerados ataques a los adversarios (vistos y hechos ver como enemigos mortales), posturas extremas, radicalizadas…, para convertir al máximo número de censados en entusiastas votantes acríticos de sus respectivas siglas. 
               ¿Es legítima esta conducta por parte de quienes dirigen a las masas? Depende. Una cosa es, por ejemplo, empujar a la afición para que anime al equipo y para que el contrario termine  “machacado”, y otra, muy distinta, negarle el pan y la sal a los oponentes políticos, deslegitimarlos y hasta pretender su anulación en el juego democrático. Fomentar esta actitud es algo muy peligroso, porque su querencia es el exterminio del contrario. Aparte de que se basa en la existencia de verdades absolutas (“solo nosotros llevamos razón”), que no son sino absolutas mentiras, pues   -como decía el clásico- la verdad es una naranja de la que cada uno tenemos un gajo.
               Un dato más para ponderar tal peligro: la crispación, individual y sobre todo colectiva, es un estado emocional, irracional, al que sostiene e inflama la pasión, fuera del control de la inteligencia. Es una alteración que ciega a las personas y las deja con frecuencia a merced de sus instintos más primitivos, una vez abiertas las compuertas y anulado todo freno moral.
               Recuerdo que, hace años, estando yo en un grupo de teatro aficionado, el director nos decía que, antes de la representación y durante toda ella, no debíamos perder un cierto nivel de tensión, para que la actuación tuviese nervio, no debíamos “aflojarnos” interiormente y que la interpretación fuese desvaída. Valga esta anécdota para ilustrar una última idea, la de que los humanos no podemos eliminar el ardor, el apasionamiento, un cierto apasionamiento, una cierta excitación, en nuestra actividad externa e interna, porque actúan como motor complementario imprescindible, y tampoco una prudente rivalidad, que sirve de acicate. Pero también hay que salvaguardar un grado de objetividad y de racionalidad, de respeto a las posiciones ajenas, de aceptación de la propia limitación y posibilidad de fracaso, de calma, de distanciamiento intelectual, de sentido del humor (“reírse de sí mismo”). Si no, se caerá, precisamente, en la crispación. Los que manejan interesadamente la opinión pública y los comportamientos colectivos  -a los que conviene identificar y desenmascarar-  saben que no son estas últimas, precisamente, las virtudes amigas.

sábado, 5 de mayo de 2012

PEINADOS

SIGLO XIX


SIGLO XXI







SIGLO XXI                                                                                                                       SIGLO XIX






¿Revival?  ¿La historia se repite? ¿Nihil novum sub sole?





jueves, 26 de abril de 2012

QUITO LA RADIO


                 Hoy, esta mañana, ha sido uno de los pocos días en que he quitado la radio a mitad del programa informativo que normalmente escucho. Un programa de los que suelen realizar ahora desde muy temprano y que incluye no solo noticias, sino también comentarios y tertulia. No he podido soportar más, me he venido abajo. Le he dado al power entre hastiado y deprimido.  Me sentía ya harto de tan machacona repetición del mismo tema, la economía de nuestro país; cuestión que va camino de alcanzar en frecuencia a otras dos, reiteradas hasta la saciedad: la mentira y la corrupción, de las cuales acusan ininterrumpidamente unos políticos a los del bando contrario. Estoy hasta la coronilla (diría, si tuviera aún coronilla),  de déficit, recesión, prima de riesgo, mercados, etc., etc. , de que “Fulano no dice la verdad y lo sabe” o de que “Zutano y Perengano están metidos hasta el cuello en una operación de trinque”…, de oír todo esto una y otra vez, y luego otra vez y otra vez… sin parar.
                 Todo cansa y algunas cosas, más. Como estas, por ejemplo, de las que no solo se habla sin parar, sino que siempre se dice casi lo mismo: que van fatal, cada día peor. Lo quel da lugar al desánimo, al agobio, a la desesperación… Es como si te recordaran cada minuto que estás al borde del precipicio, en la punta más alta de un acantilado, dentro de un avión averiado que desciende sin control…, a punto de caer y estrellarte.
http://www.lastfm.es/group/GD+Game+Threads/
forum/211572/_/660789/1
              La radio, así, no es buena compañía.  Con ese tono dramático y ese aire lúgubre, ya no comunica, sino zarandea, empuja, tortura, amenaza. No quiero más información, no quiero más actualidad de tal signo. Prefiero algo más asequible a un nivel de resistencia a la angustia medio, como es el mío, creo. Quiero salir de esta especie de cámara de gas donde me ahogaré si no abro alguna ventana por donde respirar oxígeno, aunque sea de mala calidad. Prefiero que, en estos momentos de postración nacional, me hablen de realidades tal vez menos trascendentes, menos decisivas, pero más consoladoras, más sedantes: la iglesia que han restaurado en Segovia, las victorias del equipo de fútbol femenino de Nosedonde, la cazuela de calabacín con chistorra que cocinan en el chiringuito Equis de Santoña, el traje de comunión del vigésimo hijo de Julio Iglesias, etc., etc.  Sugiero que, al menos, combinen el condimento dulce con el agrio y alrededor del duro hueso encontremos los oyentes un poco de jugosa carne.  O que, cuando haya que tratar de lo desagradable, se exprese con los términos menos descarnados posible. O que encarezcan lo bueno que también ocurre en la economía y en la política.
                A mucha gente no nos interesan demasiado los temas frívolos, más bien poco, poquísimo. Si los pedimos y atendemos  a ellos, es por exclusión, para no dejar hueco a los otros , funestos, mejor dicho, al  insistente dale que dale de los otros. Y porque podemos… manejarlos,  criticarlos, poner de vuelta y media a los protagonistas o a los medios que cuentan las historias, o bien alabarlos hasta el infinito…, sin que pase nada ni quedemos motejados de antipatriotas, de progres o de carcas… y encima nos surja mala conciencia; y sin que se hunda el mundo por el simple hecho de que sucedan o dejen de suceder; sin que todo espacio informativo nos coloque encima la espada de Damocles. No queremos encontrarnos en situaciones límite cada cuarto de hora.
               No voy a exigir a los medios que sean una feria y que me alegren la vida; pero sí que, por lo menos, no me la fastidien más de lo que ya está. Que me distraigan un poco, entre una y otra noticia aciaga, relatada de forma austera; que me hagan olvidar, mientras salgo a la calle y compruebo, quiera o no quiera, que han cerrado un comercio más y que sestea en el parque una decena más de jóvenes en paro. Les haré un ruego general en los términos de una de las conocidas máximas comunicativas de Grice: llegados al punto fatídico, “sean ustedes todo y sólo lo informativos que deban ser”.  Queremos estar enterados de lo que pasa, pero no más de la cuenta.

viernes, 20 de abril de 2012

LAS CALLES DE MI PUEBLO (V): ¿QUIÉN TENDRÍA ESTAS OCURRENCIAS?


               Uno de los temas que primero me interesó teclear en los inicios de este modesto blog fue el de las calles de mi pueblo, mejor dicho, del nombre de las calles de mi pueblo (*).  Ahora, después de tres años y pico, vuelvo a percutirlo. ¿Por qué? ¿Quedó incompleto, tras cuatro entregas? Una cuestión como esa nunca está acabada, no porque el número de calles sea infinito, aunque a menudo se abren algunas nuevas, sino porque siempre cabe sacarle una punta nueva, descubrir un rincón o un recodo, unos balcones, una terraza, unas farolas… Regreso a las calles sencillamente porque he conseguido el plano actualizado de la localidad, con los nombres de las vías más recientes. Y hay algunos que tiran de espaldas.
               Por ejemplo, muchos de los que insisten en el desafortunado principio antroponímico. Uno de los peligros de esa postura consiste en seleccionar nombres muy poco familiares a los vecinos, si no totalmente desconocidos. Ocurre en las urbanizaciones de última construcción, que se concentran en la zona oeste, por detrás de “Santa Catalina” y “Torre Hacho”. ¿Quién sabe algo de Francisco Barrero Baquerizo, quién de Bernardo Simón de Pereda, quién de Mariano Beltrán de Lis, quién de Catalina Téllez, quién de Hipólita Narváez, por ejemplo? Pues todos tienen su calle allí. Otros tal vez les suenen a unos pocos, muy pocos, como demuestra el que los bautizantes hayan creído conveniente anteponer al nombre del elegido (generalmente, y para más inri, antiguo) su profesión o arte: “Pintor Bartolomé de Aparicio”, “Arquitecto Melchor de Aguirre”, “Retablista Antonio Primo”,  “Alarife Martín de Bogas”, “Escultor Diego Márquez”…, aunque muchos lugareños, como yo, lo confieso, ni así los sacamos. Sirvan estas dos relaciones nominales como muestra de errados acuerdos del ayuntamiento, en cuyo “debe” los incluyo.

               Pero hay más. Las rúas que, igual que el niño que nace feo o tiene la mala suerte de que sus padres le pongan Vistremundo, han sido condenadas, oficialmente, a nombres como “Regulares de Melilla” (¿tal vez para hacer simetría con el de Avenida de La Legión, donde vivo, de finales del franquismo?), “Constitución de 1883” (“-¿Dónde vives?  –En la calle ‘Constitución de…’, yo qué sé, nunca me acuerdo del año”)…, entre otras.

               Están, por último, las que pueden levantar discusión y polémica. Así, la que se llama como uno de los alcaldes de la época actual, “José Mª González”, por el hecho de que fue él el primero de la democracia (también ejerció como el último de la Dictadura, pero eso no…); en su contra tiene, aparte de los supuestos errores o deficiencias de gestión (que, no lo sé, pero algunos habría), el que militó en más de un partido político y, por ello, no atrae  -supongo-  respaldo unánime de la comunidad, como debe toda persona que se eleva al rango de titular de una avenida, plaza, institución, etc.  También puede originar división la efemérides “28 de febrero”, pues no todo el mundo  -según se está comprobando en estas últimas fechas-  está de acuerdo con la opción autonómica (me recuerda aquellas calles y barriadas denominadas “18 de julio” en recuerdo de la conocida y desgraciada gesta del 36).
               No por diferencias políticas, pero sí por la misma falta de aceptación universal, pues el ejercicio de su profesión y su trayectoria vital, con luces y manchas, como todo lo humano, transcurrieron hace no más de una década o dos, y está muy fresco el recuerdo, no creo acertados los de “Doctor Ricardo del Pino” o “Remedios Tomás”, entre otros. Además de ese problema, está la duda sobre si su labor o su personalidad poseen la excelencia y relevancia suficientes.
               Por todo ello, como en los juicios, condeno a quienes tuvieran semejantes ocurrencias a…, bueno, dejémoslo en ser olvidados para siempre y no figurar en ningún mosaico de esos en los que están escritos los nombres de las calles de mi pueblo.

martes, 10 de abril de 2012

"LIBERTÉ, EGALITÉ..." EN LA PESCADERÍA


               “Liberté, Egalité, Fraternité”.  Este es el lema de la República Francesa, una especie de eslogan, que hoy, al leerlo por ejemplo en sus euros, relacionamos, de forma algo desenfocada, con la Revolución de 1789. Es, en todo caso, emblema de la modernidad. Tres palabras y un solo deseo, tres conceptos y una sola meta, tres propuestas y una sola utopía, tres personas distintas y un dolo dios verdadero. Si yo tuviera que hacer una teología revolucionaria a partir de esa moral condensada en tres vocablos y debiera luego simplificarla en un catecismo, prensaría la frase y elevaría a dogma supremo la libertad, ese derecho supremo después de la vida.
/2011/01/liberte-egalite-fraternite.html
               La libertad es el supuesto de la igualdad, la justicia, la fraternidad… Sinceramente, prefiero luchar por la libertad del individuo y de la colectividad antes que por la igualdad y la fraternidad. Siendo libres, podemos aspirar a buscar la justicia. Si vivimos como esclavos, ¿de qué sirve que nos consideremos iguales y hermanos en el dolor y la humillación? De casi nada. La libertad es un objetivo que se persigue en exclusiva, ningún otro lleva a él; en cambio, arrastra a otros una vez alcanzado.
               En estas reflexiones sobre la “liberté” ando a menudo. Y un día, participando en una situación de lo más ordinario, vino a mi encuentro la “egalité”. Más de una vez he confesado que soy el comprador titular de mi casa, de mi reducida familia; el que va al mercado, el “agente de bolsa”, como suele decirse ahora irónicamente. Ocurrió una mañana de sábado en la pescadería. Por azar, coincidimos allí como clientes un médico especialista de aparato digestivo, un catedrático de universidad, algunas maestras y yo (catedrático de secundaria), junto a cinco o seis mujeres más, que tenían toda la pinta de ser amas de casa sin más. ¡Cómo han cambiado las cosas!, pensé.  Hace unas décadas, era impensable ver a personas de muy alta jerarquía social y posición económica en una tienda. ¡Y menos, hombres! Cuando la pescadera, una chica muy joven, morena, de perfil, gesto y gracejo pantojiano, me preguntó qué deseaba, recordé algo que me había contado hacía unos meses y que en ese instante adquirió un nuevo sentido: puesto que el trabajo es de media jornada, muchas tardes se iba a “su campo” (una parcela con huerto y casa) a montar un caballo “de paseo” que tiene. De hecho, la pasada feria la vi en la jaca, ataviada con traje de campera. 
                Estuvo a punto de cerrárseme ahí un círculo conceptual: esto se ha nivelado, ya no hay clases, se han derrumbado las barreras, todos somos iguales…, se me vino a los bordes del pensamiento. Me descubrí en un tris de caer en la trampa de las apariencias, de tomar por realidad el espejismo.
                Parecen así, a menudo, limadas las diferencias, desaparecidas las distancias, pero solo lo parecen. ¿Por qué? ¿No lo muestran y confirman hechos objetivos, como aquella confluencia en la pescadería, con todo lo que eso supone y significa, de personas antes tan alejadas entre sí por escalones sociales y ahora prácticamente codeándose en un palmo de terreno y de espacio social? No. Que el médico vaya a comprar pescado en vez de irse a su finca, que el catedrático se quite la chaqueta y la corbata y coja su carrito de la compra, que la pescadera cambie el delantal por la chaquetilla corta y la cofia por el sombrero cordobés, las katiuskas de goma por las botas de Valverde…, algo es, pero muy poco.
               Como puede suponerse por lo que expresé al principio, entiendo que las personas somos  iguales cuando disponemos del mismo grado de libertad. De libertad interior, de libertad para analizar acertadamente y decidir sin coacción acerca de cosas tan importantes como el rumbo de la propia vida, de la libertad suficiente para hacer frente a la propaganda y el consumismo, a la progresía y a la telebasura, etc. Mientras tanto, las coincidencias serán superficiales, engañosas.
               Para mí está claro que la masa de los que fuimos aquel día al pescado era homogénea solo en esto, en el trajín de vender y/o comprar bajo un mismo techo. Nada más. Fuera, el horizonte de libertad real de cada uno y de cada una apuntaba a horizontes distintos en anchura y profundidad. El dinero que le faltaba al señor doctor para que su señora mandase a una de sus cinco criadas a la compra o el que le había llegado a la niña Pantoja para mercarse un elegante caballo, el bajarse los otros de la cátedra en busca de peces para comer, etc., representaban vedaderamente muy poco en términos de “egalité”. Y nada, por sí mismos, en clave de “liberté”.

viernes, 16 de marzo de 2012

LA POSTMODERNIDAD (y II)


(continuación del post anterior)

    7.  Nihilismo sin tragedia. No solo se considera que “las convicciones firmes, que dieron seguridad y razones para vivir a generaciones pasadas, han desaparecido para siempre, sino que se acepta el hecho sin derramar una sola lágrima” (p. 168). Como forma del pensamiento “débil”, esta actitud tiene dos ventajas: una, el que poco apuesta, poco pierde (p. 169); dos, la tolerancia con quienes piensan de otra manera. Una tolerancia que es más bien indiferencia mutua: “vivir y dejar vivir” (p. 173).
    8.  El individuo fragmentado. Al pensar y actuar, el postmoderno “obedece a lógicas múltiples y contradictorias” […]. Sometido a una avalancha de información y estímulos difíciles de estructurar […], opta por un vagabundeo incierto de unas ideas a otras […]. No tiene certezas absolutas, nada le sorprende, sus opiniones son susceptibles de modificaciones rápidas” (p. 170). También en sus relaciones “renuncia a los compromisos profundos. La meta es sentirse independiente afectivamente, no sentirse vulnerable” (p. 171). El sexo ocasional es buena muestra de ello. “Una sociedad verdaderamente postmoderna es la constituida por infinitas microcolectividades heterogéneas entre sí” (p. 172).
    9.  El retorno de los brujos. Crecen el esoterismo, las ciencias ocultas, los astrólogos, las sectas… “Es una sociedad peligrosamente frustrada, que se está volviendo cada vez más receptiva a las soluciones carismáticas, mesiánicas y fanáticas” (p. 175). También se da el retorno de Dios, pero “un Dios no demasiado exigente” (p. 176). El hombre postmoderno “prepara él mismo su cóctel religioso”, tan incoherente y fragmentario como el mismo pensamiento. Es una religión “confortable” (p. 177).

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               En el siguiente capítulo, el último del libro, el autor realiza un “balance” de la postmodernidad. Como en todos los apartados donde evalúa, adopta una óptica católica, pues el fin es eminentemente pastoral (conocer al hombre de hoy para proporcionarle el alimento religioso que más y mejor lo nutra). 

               Al margen de esos pasajes valorativos, opinables, discutibles, claro está, creo que consigue trazar una buena panorámica de la mentalidad "moderna" y "postmoderna", que han caracterizado el modo de pensar y ser desde el siglo XVIII en los países dominados por la cultura occidental.

miércoles, 14 de marzo de 2012

LA POSTMODERNIDAD (I)


http://www.margencero.com/articulos/
new03/lyotard.html
               He oído y leído el calificativo “postmoderno” muchas veces, usado en diversos tipos de contextos, desde los que sugieren una intención humorística o irónica, hasta otros más propios del discurso sociológico, histórico e incluso filosófico. Sin embargo, se me ha resistido la extracción inductiva de un valor semántico claro y único, nítido, subyacente a tan diversos empleos. La palabra me atrae, no por sí misma, sino por una suerte de evocación inconcreta que en mí despierta: ¿decadencia?, ¿desengaño?, ¿estar ya de vuelta? Por suerte, acabo de leer un libro breve, titulado Ideas y creencias del hombre actual (L. González Carvajal-Santabárbara, Santander, Sal Terrae, 1991): en mi persecución del concepto, me ha venido de perlas. Analiza y describe, en una primera parte,  la modernidad, nacida con la Ilustración en el XVIII, y a continuación el postmodernismo, que emerge en el siglo XX.  El postmodernismo, se lee al comienzo del capítulo a él dedicado, “es, antes que nada, una especie de talante, un nuevo tono vital” (p. 155), “está hecho de desencanto” (p. 156). A partir de aquí, se exponen una serie de rasgos característicos, en los que he centrado mi interés. Creo que trazan una certera radiografía del movimiento y voy a pasar a resumirlos, casi nombrarlos tan solo, pues más no cabe aquí (he partido el artículo en dos, ya que, pese a todo, tiene una cierta extensión). 
    1. El fin de la idea de progreso. Se ha acabado “el tiempo de las grandes utopías” (p. 157). “Los postmodernos tienen experiencia de un mundo duro que no aceptan […], pero no tienen esperanza de poder cambiarlo” (p. 158). El resultado es la melancolía y el desencanto.
    2.  El final de la historia. La historia no existe como camino o marcha de la Humanidad hacia una meta de mejora, de superación, etc. “La gran historia se disuelve en muchas historias microscópicas. Tantas como individuos” (p. 159). No hay fin ni “objetivos últimos”, “disciplinas de marcha”, “precisas brújulas”, ni “nostálgicas esperanzas” (p. 159). Por lo tanto, y como no hay futuro, lo mejor es “disfrutar del presente” (p. 160), carpe diem.
    3.  Hedonismo. “La postmodernidad es el tiempo del yo y del intimismo” (p. 160). “Hoy es posible vivir sin ideales. Lo que importa es conservarse joven, cuidar la salud…” (p. 162).
    4.  La muerte de la ética. “Cuando queda tan solo el presente, sin raíces ni proyectos, cada uno puede hacer lo que quiera” (p. 163), “nada está prohibido” (p. 164). El único imperativo es ser feliz, hacer cada uno lo que le agrade.
    5.  Declive del imperio de la razón. El hombre postmoderno “valora el sentimiento por encima de la razón” (p. 165). “El racionalismo aburre a la juventud […]. A la tiranía de la razón ha sucedido ahora una explosión de la sensibilidad y la subjetividad” (p. 166).
    6.  El imperio de lo débil y lo ligth. ·”En la postmodernidad no queda más remedio que acostumbrarse a vivir en la desfundamentación del pensamiento” (p. 167), “únicamente hay lugar para el pensamiento débil y fragmentario”: yo, aquí y ahora, digo esto (p. 167). “Es la desvalorización de los valores  'supremos'  y de las grandes cosmovisiones” (p. 168).

(Continúa)