domingo, 12 de agosto de 2012

TORERO DE ESPALDAS (POR NO DECIR DE CULO)



               Tengo un amigo que, siempre que se tercia, suele exponer una teoría bastante singular. Al menos así la interpreto yo. Es de orden erótico y habla de la atención, el “interés” que despierta la vista de determinadas partes del cuerpo, por encima de otras. No se trata de un “sí” y un “no” rotundos, de un 10 y un cero, sino de una escala en la que sitúan la zonas corporales, próximas o lejanas a los extremos de máxima relevancia o de insignificancia total.
               Parte, como es de esperar, de la distinción entre el físico masculino y el femenino, aunque parece centrarse más en este. Aporta también una visión histórica y tiene en cuenta las diferencias culturales. Es muy completo, como se ve, su análisis, aunque la red conceptual que lo nutre sea simple y no se base en doctas investigaciones; él argumenta acudiendo tan solo a la experiencia y a la observación, entiéndase, a su experiencia y a su observación, ambas limitadas, claro está. 
               Afirma, por ejemplo, que los hombres españoles y los europeos en general siempre nos hemos complacido más en la contemplación y la caricia visual de lugares bastante “dignos” (sic), como la cara (en particular, los ojos y la boca), así como el pelo, las manos, la parte descubierta de las piernas… Del ámbito velado o protegido por la ropa, destacan las caderas, pero el puesto primero lo ocupa el pecho, verdadero símbolo y emblema de la mujer, mujer-madre y mujer-hembra. El pecho, cree mi colega, excita el deseo y colma gran parte de las aspiraciones de posesión. Para ilustrar sus asertos, comprueba cómo “antiguamente” (¿?) las féminas llevaban el vestido largo hasta los pies, pero muy abierto y despejado el escote, que dejaba ver la mitad o más del órgano propiamente dicho. “Por algo sería”, se adorna el sociólogo aficionado.
               Está convencido de que, por el contrario, en nuestro entorno no ha sido costumbre dar como parte privilegiada el trasero. Su encumbramiento, que se extiende ya por el continente europeo, ha de considerarse importado. Viene de los Estados Unidos, país con un pasado menos refinado y un espíritu menos culto y sensible; también en Latinoamérica gustan las mujeres de ceñirse indecorosamente las “pompas” y los hombres de celebrarlas. En este punto, recuerda mi amigo que los animales se reconocen e inician el acercamiento erótico oliéndose por detrás, digámoslo así.  Únicamente una tradición y una mentalidad como las aludidas explican que la actriz y cantante americana (de origen portorriqueño) Jennifer López  tenga aseguradas sus nalgas en una pimporrada de dólares.
               Suele citar mi fraternal experto un hecho, para él de mal gusto, del mal gusto que se va imponiendo también por aquí. En una noticia que leyó no hace mucho en un periódico, se decía que madrileñas jóvenes, no muy aficionadas al balompié, se dan tortas por conseguir entradas para el Bernabéu, de las localidades de detrás de las porterías. ¿Para qué? Para poder verle el culo a Casillas (complacerse en él y adorarlo…), al menos durante medio tiempo del partido.
               Yo no entro ni salgo en las generalizaciones de mi amigo, el sexosociólogo de andar por casa. No entiendo mucho, la verdad. Pero estoy a la espera de que, cuando se pase por mi ciudad los días de feria, se tope con el cartel de las corridas de toros que este año luce en las calles. Como podéis ver, representa un torero haciendo el paseíllo, fotografiado o pintado por detrás, de modo que aparece, y aun destaca por contraste de color y otros recursos, el trasero. Supongo que mi amigo montará en cólera o caerá en profunda depresión, al comprobar que la colonización de nuestras tendencias y criterios estético-eróticos más genuinos se ha consumado, acercándonos, también en esto, a la barbarie. ¿Para qué ha quedado, se lamentará, aquello de “donde la espalda pierde su honesto nombre”?
               Sea cual sea su reacción, y al margen de lo sexual, yo comprenderé que le parezca un cartel insólito, chocante, irreverente. No creo que existan muchos posters de toros con un diestro dándole, estático, al público la espalda, por no decir el culo; tal vez, algunos haya en que la imagen proceda de congelar un lance de la corrida. El de esta feria representa, sin duda, una innovación atrevida, muy atrevida, en el seno de un mundo, como el taurino, tan conservador en todos los aspectos.