miércoles, 28 de noviembre de 2012

NO CONDENARÉ YO LA INCOHERENCIA


               La incoherencia es un rasgo de la condición humana, si no un requisito, un recurso de supervivencia. La contradicción, la faz cambiante, la convivencia en la misma mente de principios e ideas generadores de conductas opuestas, los impulsos encontrados…

               Hace unos años se celebró la designación   -no sé si es esta la palabra apropiada-  del Cristo de la Salud y de las Aguas como Patrón de Antequera, la ciudad donde vivo.  Con tal ocasión, el alcalde, socialista, publicó un bando en el que informaba a los ciudadanos del hecho y los animaba vivamente a que acudieran al acto, que tendría lugar en la iglesia tal, el día tal. Me chocó tal iniciativa, teniendo en cuenta no solo la aconfesionalidad del PSOE, sino la… distancia, el… poco apego  -llamemos así a su actitud-  que se cuida en mostrar respecto a la Iglesia Católica y que no ha cesado a día de hoy, según es notorio. A los pocos días del bando, me encontré por la calle con un militante socialista, amigo mío, al que yo creía fuertemente enemistado   -denominemos así su posición-  con la cúpula local del partido. Vi en ello oportunidad para manifestarle sin traba mi extrañeza y, de camino, echar leña al fuego, chinchar cariñosamente y tirarle de la lengua. Pero, cuál fue mi sorpresa: no solo no anduvo por donde yo esperaba, y aun deseaba, sino que respaldó el bando y defendió a su conmilitón: “La gente… ¿qué es lo que quiere? Eso, ¿no? Cristos, procesiones… Pues se le da y ya está”.  Así lo respaldó. O sea, pragmatismo total, utilitarismo político puro. Y contradicción flagrante. Tan evidente como cuando llegaba la Semana Santa y el concejal socialista de guardia figuraba en la presidencia   -no sé si se llama así-  del cortejo procesional; o como cuando por Navidad se montaba un “Belén Municipal”. (Ahora también acompañan ediles a los pasos y edifican belenes, pero el consistorio es del PP.)

http://es.wikipedia.org/wiki/Belenismo
               A mi amigo sociata le perdoné la incongruencia, el hacer compatibles ateísmo   -¿o debería decir anticlericalismo?-  declarado y apoyo y aliento a la fe popular (no me agradó mucho, sin embargo, ese tic, tan propio de los de su gremio, de contentar al pueblo, que/para que/porque los vota). Lo absolví  por ser yo de los que piensan como he expuesto en la cabecera de este escrito. Creo que, en muchas ocasiones, la realidad se impone, hay que vivir y la vida no va en sentido rectilíneo siempre, sino que zigzaguea, retrocede, volvemos a gobernarla y se recupera la senda, luego se nos escapa de nuestro ideario otra vez, etc. En el caso concreto de la religión, no sé si se puede esperar que los españoles rompamos de un día para otro con una tradición, unas costumbres, una inercia que tiñe de catolicismo algunos de nuestros comportamientos y modos de ver y vivir las cosas más afianzados. Se necesita mucho tiempo, un período de transición largo, para pasar de la fe al descreimiento, tanto en el plano individual como colectivo e incluso institucional; una fase, presidida por la comprensión, la tolerancia, en la que convivan lo negro y lo blanco, el agua y el aceite, el sí y el no…, al menos en asuntos cotidianos. Por ejemplo, si yo fuera director de una escuela, no se me ocurriría quitar los crucifijos de las aulas, al menos de momento. A no ser que, como han pretendido algunos, lo que quisiera fuera provocar. Soportaría y sería condescendiente con la presencia, si se quiere sentimental, de la imagen en unos colegios oficialmente laicos. 

               Perdono estas incoherencias porque me parece que son, como digo, consecuencia de nuestro ser, tan imperfecto, tan mixto de cerebro y corazón, tan riguroso unas veces como asistemático otras. Se comprenderá que prevenga yo del daño que nos puede hacer, a veces, a las personas un exceso de coherencia.

               Naturalmente, hay manifestaciones y actuaciones que no  pertenecen a este territorio del que hablo, sino al de la sucia mentira, la falsedad, el disfraz, la triquiñuela y el engaño malintencionados, interesados, que tan queridos son por la clase política, entre otras. Son algo muy distinto y hasta ellos no llega mi capacidad de indulto.