martes, 11 de diciembre de 2012

CONTRA UN LIBRO DE TEXTO

               Hace unos días escribía en este mismo blog sobre el margen de incoherencia que es esperable, permisible, aceptable y aun saludable en las personas, sobre todo en asuntos prácticos de la vida cotidiana. En determinadas circunstancias, como períodos de transición, de evolución o cambio, la presencia de comportamientos contradictorios no debe chocar a nadie, porque no es posible ni bueno una transformación radical de la noche a la mañana. Un comentarista del artículo aludido condensó en una frase feliz parte de mi pensamiento:  “Sin la incoherencia, las relaciones sociales serían un desastre” (“Antorelo”).
               De lo anterior se desprende que, en otras cuestiones distintas de las del día a día, no resulta aconsejable demasiada tolerancia. Dos ejemplos clarísimos: a) cuando el cambio de actitud o de opinión es intencionado, planificado, reporta un gran beneficio para el que lo realiza y supone una traición por incumplimiento de un compromiso (la vida pública, y más concretamente la política, con el conocido “cambio de chaqueta”, constituyen el paradigma en la actualidad); b) cuando se está haciendo o explicando ciencia: el discurso científico no admite la más mínima incongruencia ni falta de rigor, tal como impone el “principio de no contradicción”, y es así porque la ciencia busca la verdad (que no puede ser, a la vez, mentira).
               Vienen a pelo estas aclaraciones por el hecho de que, casualmente, me he topado con unas páginas de un libro de texto de Lengua para 3ª de la ESO que yo, que me he mostrado bastante comprensivo, no puedo tolerar ni dejar pasar sin gran cargo de conciencia. La incoherencia es palmaria. Trata el pasaje sobre lo que generalmente se conoce como “sintagma”, al cual los autores (sus nombres no los callaré) denominan “grupo sintáctico”, no sé por qué. Lo definen así: “Un grupo sintáctico o grupo de palabras es la unidad lingüística formada por una o más palabras organizadas en torno a un núcleo, con el que mantienen relaciones de dependencia y concordancia” (p. 62).

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               Tal vez los niños no lo adviertan (porque se fían de la “autoridad” del libro y porque no se ponen a pensar), pero quien esto escribe y, con toda seguridad, quienes estáis leyendo vemos al instante que el “grupo sintáctico” no puede ser a la vez “una palabra” y “varias palabras”, como dice tan atrevido manual; es decir, una palabra como “Antonio” es un grupo nominal formado por un solo vocablo. ¿No salta a la vista y daña al entendimiento la contradicción consistente en igualar dos entidades distintas, la incluida y la incluyente? Es como si se dijera que una pandilla (nombre colectivo, como grupo, por cierto) es un conjunto de personas o simplemente una persona. Para colmo, esa caracterización general de los “grupos sintácticos”, no recoge el que, en el propio texto, se identifica como “grupo preposicional”, el cual no tiene núcleo.
               Dicen que a muchos alumnos no les hace falta que nadie les corrompa o perturbe su actividad racional y su capacidad de pensar con coherencia, porque ya se bastan ellos solos. Pero definiciones como la que comento contribuyen muy poco, sin duda, a formar y desarrollar la mente de los jóvenes, no ya en materia científica, sino en el puro terreno de la lógica.
               A continuación, la  definición de “grupo nominal” sí que se guarda de ser concordante con la de “grupo sintáctico” en general (¡mejor no lo fuera!): “Un sustantivo es siempre el núcleo de un grupo nominal. Puede aparecer solo o formar grupo acompañado de otros elementos” (pág. 63). Aquí se agrava el asunto, pues se expone claramente, descaradamente, que un nombre puede ser núcleo de un grupo nominal formado por ese nombre solo. Los chavales no perciben la falta de lógica, pero luego encuentran dificultades a la hora de aplicar los conceptos, cuando deben escribir que “estantería” (en “No tengo estantería en mi despacho”) es a la vez sustantivo, grupo nominal, núcleo (¿de sí mismo?) y complemento directo (¿el sustantivo o el grupo o los dos?).
               Se me escapa el beneficio gramatical y didáctico que los autores han visto en esta descripción sintáctica. La mayor parte de los libros de texto (que conozco) optan por diferenciar “nombre”  o “pronombre” (palabra sola) y “sintagma nominal” (grupo o conjunto de palabras), para añadir que uno y otro, eso sí, pueden cumplir idénticas funciones dentro de una unidad mayor; y que, internamente, los sintagmas nominales incluyen un nombre o pronombre como núcleo.
               Pero, a efectos de lo que juzgo, lo de menos es la terminología que se emplee. Lo más importante, por grave, es el delito científico y didáctico que cometen, que están cometiendo, los que firman, sin rubor, barrabasadas como las expuestas. Termino con los datos del libro.

Autores:                                   Salvador Álvaro, Florentino Paredes, Marta Sanz, Santiago                                                                         Fabregat.
Coordinador del proyecto:   José Manuel Blecua  (¡¡¡Presidente de la Real Academia!!!)
Asesor lingüístico:                  Leonardo López Torrego   (¡¡Catedrático de Universidad!!)
Madrid, Editorial SM, 2011.    

2 comentarios:

  1. Después de lo que expones, no es de extrañar que en los informes PISA (pica aquí) los alumnos españoles salgan tan mal parados.
    Salud(os).

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  2. En PISA y en otras evaluaciones por el estilo tan solo se examina a los niños. Para tener una visión más completa, debería hacerse una prueba anónima también a los profesores, un análisis a los libros, etc. El contenido y forma de los manuales influye, sobre todo en materias como Lengua, Sociales, etc. Gracias por ese artículo sobre PISA; está bastante completo. Y por adoptar el salud(o), jeje.

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