viernes, 15 de marzo de 2013

YO PREGUNTO (4): BAJOS.

                Mi pregunta de hoy proviene de una observación callejera. He viajado varias veces a Barcelona y he visto que allí, al menos en ciertos barrios o distritos, en la planta baja de los bloques de pisos hay viviendas, alternando y en muchas ocasiones sustituyendo a los espacios vacíos, destinados a comercios o garajes. Seguramente ocurrirá lo mismo en otras grandes ciudades, aunque un servidor solo lo conoce en la ciudad catalana. En las demás, solo he visto locales.

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Seis. ¿Cuál puede ser la causa de que no esté generalizada  la construcción de pisos bajos en todos los sitios donde se levantan edificios de varias plantas? Creo que la interrogación resulta pertinente, puesto que muchos, muchísimos de estos locales se quedan vacíos, no se venden, no se les da destino alguno…, tal vez porque el mercado está saturado, porque el porcentaje de tiendas y garajes ya ha alcanzado su tope.  Así, aparecen con la entrada tapiada a base de rasillas, sin enlucir,  ofreciendo, frecuentemente, un aspecto bastante tosco y afeando la fachada general de los edificios. Supone además, me imagino, una pérdida para la empresa promotora.
               Tal vez siempre, pero mucho más en estos momentos de vacas flacas, haya personas o familias dispuestas a adquirir un piso bajo, si se le ofrece a un precio asequible, inferior a los de encima, claro está (*). Mejor es algo que nada, más vale conseguir la venta de la planta inferior, aunque sea con menor ganancia, que perderla.
               Juzgo mi apreciación razonable y mi pregunta, lógica. ¿Alguien puede responderla?
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(*)  http://svn.consumer.es/web/es/vivienda/compra/2008/04/18/176279.php

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domingo, 3 de marzo de 2013

FINAL DE LA CORBATA


               Lo que lleva siglos (entre tres y cinco) siendo breve atuendo inútil  -ni cubre ni abriga- en los hombres, la corbata, anda ahora, al parecer,  perdiendo aprecio. La primera, la mía, y desde hace décadas. Entre boda y boda, la tengo hibernada en el armario; lo habitual en mí es el cuello libre de camisa, camiseta o polo.

               Pero no es de mi vestimenta de lo que quiero hablar, sino de algo que en los últimos dos años, trimestre arriba trimestre abajo, he visto que ocurre en el ahora estrecho canto de la ya no tan pequeña pantalla, espejo y modelo del vestir popular. ¿No habéis observado que poco a poco han ido desanudándose y cayendo las corbatas de presentadores, animadores, comentaristas… y de toda suerte de machos televisivos, de terno antes rematado sin excepción por el inservible, aunque vistoso, trapo? La corbata otorga prestancia, eleva al estrato de lo formal, perfila el empaque, sella la elegancia clásica. Y es, por tanto, materia de protocolo. Todas esas cualidades van dichas por mí en presente, porque, en realidad, lo que va reculando no es el valor de la pieza, sino la rigidez o la extensión de la norma social que la impone o la aconseja.  Según veo, en los estudios de televisión, como en las oficinas bancarias o ministeriales, en los escaños del Congreso o el Senado…, ya no rige la antigua regla. Solo permanece respetada en ceremonias civiles o religiosas y en uniformes.

               A propósito del Congreso de los Diputados, quiero recordar el enfrentamiento que hubo en la anterior legislatura entre el entonces presidente, J. Bono, siempre hecho un figurín, y el diputado socialista y ministro de Industria M. Sebastián, menos atildado. Fue porque a este le dio por no llevar corbata en el hemiciclo durante el verano, para no pasar calor al parecer. Si no me equivoco, Sebastián se salió con la suya. El deseo de cómoda y barata refrigeración de la nuez tomó, así, un tinte especial, de disidencia, de contestación, de ruptura, de modernidad y progresía, de espontaneidad, de repudio de absurdos y rancios rituales, añejos reglamentos, hieráticas etiquetas, etc.  ¿Podría, entonces, calificarse la rebeldía de Sebastián como el hecho inaugural de la nueva moda descorbatada?  Podría. Y hasta dar pie en el futuro a una efemérides, designada como el “Día sin corbata”. Etc.

               Me viene a la memoria también el modelo que prestigió entre nosotros el veterano periodista José María Carrascal, con aquellas llamativas, chillonas corbatas de colores y dibujos inusuales en la vestimenta masculina tradicional, tan discreta, tan comedida, tan apagada. Ocurrió en los tiempos de la transición y, al contrario que el díscolo diputado socialista, insufló nueva vitalidad a la prenda, consiguiendo que muchos hombres la lucieran con gusto, la estimaran más que antes, al verle un singular atractivo: pudieron presumir de corbata y copmpetir entre ellos por el mayor atrevimiento en diseño y cromatismo. Carrascal fue un impulsor, Sebastián un destructor; aquel un reformista, este un revolucionario. Vaya una mención rápida a otro corbatero tan impenitente como original, aunque con menos popularidad y éxito en tanto que arbiter elegantiae: Inocencio "Chencho" Arias, el “hombre a una pajarita pegado”.

               En realidad, gran parte de las relaciones sociales van empapándose desde hace tiempo de informalismo, de intencionada incuria, de tono familiar, coloquial, tal como se aprecia en las fórmulas de tratamiento, entre las que cada vez es más raro el “usted”, por ejemplo, o en la falta de esmero general. En no pocas ocasiones se concluye, incluso, en el aplebeyamiento del atavío y la conducta. Ni entro ni salgo en tal evolución de las formas. Soy de los que creen que (casi) todo lo que es de una manera puede ser de otra. Pero me extraña que el cambio indumentario haya sido tan brusco y tan general en la tele. Ni el pantalón vaquero subió al trono absolutista de la moda cotidiana tan rápido. Más que un proceso, que es lo normal en materia de costumbres, hábitos y maneras, se ha dado un vuelco. ¿Ha operado alguna orden o circular interna, expresas o, mejor,  tácitas?  No sé qué ha podido pasar.