domingo, 3 de marzo de 2013

FINAL DE LA CORBATA


               Lo que lleva siglos (entre tres y cinco) siendo breve atuendo inútil  -ni cubre ni abriga- en los hombres, la corbata, anda ahora, al parecer,  perdiendo aprecio. La primera, la mía, y desde hace décadas. Entre boda y boda, la tengo hibernada en el armario; lo habitual en mí es el cuello libre de camisa, camiseta o polo.

               Pero no es de mi vestimenta de lo que quiero hablar, sino de algo que en los últimos dos años, trimestre arriba trimestre abajo, he visto que ocurre en el ahora estrecho canto de la ya no tan pequeña pantalla, espejo y modelo del vestir popular. ¿No habéis observado que poco a poco han ido desanudándose y cayendo las corbatas de presentadores, animadores, comentaristas… y de toda suerte de machos televisivos, de terno antes rematado sin excepción por el inservible, aunque vistoso, trapo? La corbata otorga prestancia, eleva al estrato de lo formal, perfila el empaque, sella la elegancia clásica. Y es, por tanto, materia de protocolo. Todas esas cualidades van dichas por mí en presente, porque, en realidad, lo que va reculando no es el valor de la pieza, sino la rigidez o la extensión de la norma social que la impone o la aconseja.  Según veo, en los estudios de televisión, como en las oficinas bancarias o ministeriales, en los escaños del Congreso o el Senado…, ya no rige la antigua regla. Solo permanece respetada en ceremonias civiles o religiosas y en uniformes.

               A propósito del Congreso de los Diputados, quiero recordar el enfrentamiento que hubo en la anterior legislatura entre el entonces presidente, J. Bono, siempre hecho un figurín, y el diputado socialista y ministro de Industria M. Sebastián, menos atildado. Fue porque a este le dio por no llevar corbata en el hemiciclo durante el verano, para no pasar calor al parecer. Si no me equivoco, Sebastián se salió con la suya. El deseo de cómoda y barata refrigeración de la nuez tomó, así, un tinte especial, de disidencia, de contestación, de ruptura, de modernidad y progresía, de espontaneidad, de repudio de absurdos y rancios rituales, añejos reglamentos, hieráticas etiquetas, etc.  ¿Podría, entonces, calificarse la rebeldía de Sebastián como el hecho inaugural de la nueva moda descorbatada?  Podría. Y hasta dar pie en el futuro a una efemérides, designada como el “Día sin corbata”. Etc.

               Me viene a la memoria también el modelo que prestigió entre nosotros el veterano periodista José María Carrascal, con aquellas llamativas, chillonas corbatas de colores y dibujos inusuales en la vestimenta masculina tradicional, tan discreta, tan comedida, tan apagada. Ocurrió en los tiempos de la transición y, al contrario que el díscolo diputado socialista, insufló nueva vitalidad a la prenda, consiguiendo que muchos hombres la lucieran con gusto, la estimaran más que antes, al verle un singular atractivo: pudieron presumir de corbata y copmpetir entre ellos por el mayor atrevimiento en diseño y cromatismo. Carrascal fue un impulsor, Sebastián un destructor; aquel un reformista, este un revolucionario. Vaya una mención rápida a otro corbatero tan impenitente como original, aunque con menos popularidad y éxito en tanto que arbiter elegantiae: Inocencio "Chencho" Arias, el “hombre a una pajarita pegado”.

               En realidad, gran parte de las relaciones sociales van empapándose desde hace tiempo de informalismo, de intencionada incuria, de tono familiar, coloquial, tal como se aprecia en las fórmulas de tratamiento, entre las que cada vez es más raro el “usted”, por ejemplo, o en la falta de esmero general. En no pocas ocasiones se concluye, incluso, en el aplebeyamiento del atavío y la conducta. Ni entro ni salgo en tal evolución de las formas. Soy de los que creen que (casi) todo lo que es de una manera puede ser de otra. Pero me extraña que el cambio indumentario haya sido tan brusco y tan general en la tele. Ni el pantalón vaquero subió al trono absolutista de la moda cotidiana tan rápido. Más que un proceso, que es lo normal en materia de costumbres, hábitos y maneras, se ha dado un vuelco. ¿Ha operado alguna orden o circular interna, expresas o, mejor,  tácitas?  No sé qué ha podido pasar.

10 comentarios:

  1. Podríamos tomárnoslo como una especie de simbolismo en contra de la opresión. Sintiéndonos cada vez más sometidos por el sistema, renunciamos a algo que parece creado para estrangularnos. ¡Quememos todas las corbatas! Algo así como lo sucedido con los sostenes en el pasado, aunque la causa es distinta, claro está.

    Saludos después de tanto tiempo.

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  2. ¡¡Cuánta alegría verte de nuevo y que ocurra en este humilde blog!! ¿Cómo estás? TE he echado de menos, Míster. No se me había ocurrido el paralelismo con el despojo del sujetador, osado y coqueto. Me ha recordado aquella medio famosa canción de Javier Krahe, en los primeros tiempos del top less, llenos aún de dignidad y belleza: "Tus tetas". Un sincero abrazo, Míster. Y que te des un grabeo por aquí de vez en cuando.

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    1. Estoy muy bien. Me alegra saber que se ha notado mi ausencia. Hace algo de tiempo que vuelvo a estar con el blog en activo, aunque le he dado un giro y ahora, en lugar de comentar la actualidad, lo utilizo para presentar relatos y poemas que escribo. A parte de eso, también tengo publicada una novela en Amazon; de hecho, ese es el motivo de haber estado apartado del blog durante un tiempo. Pero ya he vuelto, así que seguimos leyéndonos. Pásate por mi casa tú también.

      Un saludo.

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  3. Jamás fuí de corbatas. En mi juventud renuncié a ellas hasta en el día de mi boda. Luego con el tiempo dulcifiqué esa militancia. Hoy cuando tengo que usarla no me escandalizo y las pido prestadas o busco por si hay alguna en armario. (Tengo dos heredadas de mi padre).
    Lo que me preocupa en la indumentaria de la gente pública, es que el desaliño en el vestir es el mismo que en el pensar o el vivir. Alguien dirá que el hábiro no hace al monje.
    El esmero en la presentación es una forma de respeto a los demás. estamos cayendo un excesivo "campechanismo" que no es más que vulgaridad y mal gusto. En los platós de TV sobran camisetas chillonas y gritos destemplados. En los parlamentos sobran aplausos de corifeos y abucheos de contrarios.

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    1. No hay nada como un cuello de camisa abierto. Sin llegar a ir despecheretao. Hay camisas elegantes, propias para no llevar corbata. Creo que aún irá reduciéndose más el uso. Gracias por tu visita, amigo Urpiales.

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  4. Cuando estudié Bachillerato en el instituto nos obligaban a llevar corbata. Después la he usado poco, aunque tampoco me importa llevarla.
    Saludos

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    1. Yo también la llevé en el instituto. Y también dejé de llevarla muy pronto. Es un trapajo inútil y odioso, como una cuerda para ahorcarte, jaja. Gracias por tu visita.

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  5. Por desgracia en mi trabajo sigo siendo prisionero de la corbata

    Un abrazo,

    Rato Raro

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  6. ¡Pobre Rato! Gracias por pasarte. Ya hacía tiempo. Salud(os).

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  7. Todo cambia sin que cambie todo. Los estándares de la moda que todo lo pueden ya no consideran la corbata como algo que distinga. Es una prenda en desuso, por la que nadie verterá una lágrima, ya que no se ajusta a lo que hoy predomina en el vestir: la comodidad, el desenfado, la arruga y el vaquero blanqueado con chorro de arena. Hace dos años asistí a una boda absolutamente informal. Sólo la corbata chillona del padrino, que presumió de anti-corbata. He asistido posteriormente a otras pero de esas ya nadie habla. Sólo se recuerda aquélla en la que la "rebeldía" impuso su ley, que también se ha convertido en patente de originalidad y casi de admiración.

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