miércoles, 24 de abril de 2013

EMPRENDEDORES ÍNFIMOS


               Una de las palabras más de moda en los últimos años es sin duda la de “emprendedor”, conectada en el discurso con otra, muy cercana, la de “empresario”. Paralelamente, uno de los modelos sociales con más prestigio hoy es el del emprendedor, aquel que, en el campo de la economía, decide acometer una actividad laboral autónoma, iniciar una empresa o, como se decía antes, establecerse por su cuenta. También se llama así a quien se aventura a dar un giro sustancial a su negocio.
               Ahora hay mucha gente parada, sobre todo jóvenes (quizás de lo que más hay), que se meten a emprendedores como forma de salir de la situación y obtener algún medio de vida, además de encontrar algún sentido a la suya. Me da la impresión de que abundan en el ramo del comercio, del pequeño comercio. Últimamente veo muchas tiendecitas de ropa, sobre todo juvenil y de relativamente bajo precio, o de bebé, de medias y calcetines, lencería femenina o mercerías…, algunas bajo la modalidad de franquicia; hay también fruterías, locales para la elaboración y venta de pizzas, puestos de chucherías, churrerías donde dan café o chocolate...; en mi ciudad he visto una… no sé si llamarla “yogurtería”, pues se trata de una especie de cafetería para tomar solo yogur. Etc. Suelen ser espacios pequeños, con un mobiliario sencillo y barato, llevados por un personal muy poco especializado. La mayoría nace en unas condiciones muy precarias y bastante poco propicias para soportar el período que necesita la consecución de una clientela suficiente, es decir, abrirse un hueco en el mercado. También está la iniciativa de los que ofrecen servicios más o menos cualificados, como dar clases particulares, reparar ordenadores, peluquería,  arreglos de trajes y vestidos …, junto a otros que no requieren mucha preparación, como cuidar ancianos o niños, trabajo doméstico, pequeñas chapuzas, etc.
               Las personas, muchas, no todas, intentan buscarse la vida y hacen lo que pueden. Pero hay también quienes se quedan en el sofá o en la puerta del bar a matar las horas y dejar agonizar su autoestima y la poca ilusión y empuje que les queden.
               Entre quienes, a diferencia de estos últimos, se esfuerzan por moverse, por exprimir al máximo su capacidad y los medios con los que cuentan, tengo una especial aprecio por los que llamaré “emprendedores ínfimos”. Me refiero a  ese hombre que se va al campo a coger espárragos para sacar unos cuantos euros, a ese que vende naranjas o patatas o brevas o ajos en la puerta de supermercados, a un par de chavales que van ofreciendo por mi barrio tortas de Algarrobo, a una señora que pregonaba pares de calcetines tirados, al muchacho que recorre mil veces la playa con una pesada nevera llena de refrescos y cervezas, a ese casi anciano que pasea perros a un precio más que módico, a la gitana que lleva encajes, mantelerías  y debajo escondidos algunos décimos de lotería,  etc., etc., etc.  Son marginados de la economía, no solo porque el sistema los ha expulsado, como decía, bajo la excusa de que no hay tarta para todos, sino porque (¡vaya suerte!) consiguen burlar las trabas e impuestos “legales”.  Se hallan en la economía sumergida, son disidentes, antisistema… A la fuerza quizás, representan una alternativa, al menos en el ámbito circunscrito de su espacio de supervivencia. Su indignación no les lleva a irse a una plaza y montar la tienda de campaña con el cartelito, a suplicar que les den; por el contrario, ponen en marcha el motor y aprovechan la poca gasolina que les quede, alentados por un indiscutible espíritu emprendedor. Su fortaleza  y su empuje tienen todo mi reconocimiento, aunque abomino de su situación de extrema precariedad.

jueves, 4 de abril de 2013

EL CIENO DEL 11-M


               Acabo de leer el último libro sobre el terrible atentado del 11 de marzo de 2004 en los trenes de Atocha. Es la más reciente “investigación paralela”, según se denomina en él a toda indagación realizada al margen de la instrucción judicial, del juicio oral y su sentencia, en los que se pergeñó y se dio carta de naturaleza y respaldo institucional a la que vino a conocerse como “versión oficial”. Es un libro mediano, de 444 páginas, del que doy los datos: IGNACIO LÓPEZ BRU: Las cloacas del 11. Málaga, Sepha, 2013. El texto va precedido de dos prólogos, uno de G. Moris (“Nunca olvidaremos lo inolvidable”), padre de una víctima mortal, y otro de L. del Pino (“La verdad os hará libres”), uno de los primeros y más destacados “investigadores paralelos”.
               El contenido se distribuye en ocho partes, que equivalen en su mayoría a secuencias temporales, muy cortas por cierto, como corresponde a un examen extraordinariamente detallado, efectuado casi con lupa, de los hechos: “La situación previa”, “La mañana del 11-M”, “La tarde del 11-M”, “La noche del 11-M”, “La mochila de Vallecas”, “Varia islamista”, “Las cloacas”, “Verdad y justicia”. Se añade un apéndice sobre “El 23-F” y otro con un “Organigrama de la Dirección General de la Policía”, seguidos de una útil bibliografía.
               Desde ahora confieso que me pongo a escribir la presente reseña con la intención de aconsejar, animar, invitar… a toda persona de buena fe a que lea el libro. Lo de buena fe vale como exenta de prejuicios y ajena al espíritu del fanático “¡Vale ya!” o del imperdonable carpetazo.
               El método aplicado por López Bru consiste, básicamente, en reunir todos los datos posibles relativos a cada fase cronológica o a cada asunto (hechos, acciones y documentos, tanto escritos como audiovisuales), que son ingentes, para examinarlos en sí mismos y ponerlos luego en relación unos con otros, en pos de una lógica, una coherencia, una interpretación. A veces no se halla significado alguno si no es acudiendo a omisiones (la mayoría claramente intencionadas), que también constituyen, por supuesto, datos. Con todo ello, se llega muy a menudo a una reconstrucción de lo acontecido que no se corresponde con la “oficial”, o bien a la necesidad de desechar esta por falsa, contradictoria, inverosímil  o infundada, y al planteamiento de numerosas conjeturas y sospechas. Lo que hace que terminen los capítulos con una serie de interrogantes acerca de los verdaderos motivos y los auténticos actores, ausentes en una instrucción con tantos agujeros y lagunas, tan deficiente como sesgada. Tal instrucción debe considerarse como causa directa de que se desconozca lo esencial del atentado, aun hoy, después de 9 años: quién fue el instigador y promotor (persona o grupo), quiénes lo cometieron, con qué fines actuaron uno y otros.
               Uno de los supuestos de la investigación de López Bru consiste en que, desde aquel 11 de marzo hasta nuestros días, se da un acuerdo tácito, pero eficacísimo, entre instancias políticas (los dos grandes partidos) y judiciales, con la connivencia y ayuda de determinados medios, por taponar toda vía de averiguación que pueda conducir (incluso a título de mera sospecha) a teorías “espúreas” , es decir, diferentes de la institucional. Constituye la causa remota de la ignominiosa ignorancia en la que permanecemos. Ese supuesto queda ampliamente demostrado en la obra. Además, el lector termina perfectamente informado y convencido de que casi nada de lo fundamental que nos han contado del crimen (móviles, autores, ejecutores) se tiene en pie, aunque no se disponga todavía (o no se pueda probar) una tesis alternativa.
               El autor dice haber terminado la redacción de su libro, por esto mismo, con un sabor amargo. Yo confieso haber concluido la lectura con sentimientos de rabia y de vergüenza. Pierde su dignidad quien no respeta a sus muertos, sobre todo si han sido vilmente asesinados, y desde esa óptica España es un país que ha de redimirse a sí mismo: esta es la vergüenza; la rabia me asalta cuando compruebo que personas tan profundamente conocedoras y tan comprometidas desde hace años con la búsqueda de la verdad como Ignacio López Bru  -lo sé- afirman que “no albergamos, pese a todo, grandes esperanzas de que se pueda ver luz al final de este largo túnel”.  A lo que añade unas durísimas afirmaciones, con las que termino: “La tenacidad y contumacia que muestran todos los poderes e instituciones  -y la gran mayoría de los medios de comunicación- cada vez que asoma la sombra de una duda sobre la verdad oficial son tan descriptivos como reveladores del miedo cerval que les embarga, no fuera que algún atisbo de lo que cada vez más parece un Gran Secreto de Estado pudiera salir del arcano donde está encerrado” (p. 415).