sábado, 25 de mayo de 2013

PROS Y CONTRAS DE LA REVÁLIDA (I)

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               Después de bastantes años, se vuelve a hablar ahora de la reválida, a propósito del nuevo proyecto de ley de Educación, LOMCE (en cuyo texto no se utiliza, por cierto, el término, si mi observación es acertada). Se establecen dos pruebas de este tipo en la etapa de Primaria, otra al finalizar cuarto de la ESO y una más a la conclusión del Bachillerato. La dos últimas tienen un carácter muy distinto a las primeras, puesto que condicionan la obtención del título de Secundaria y de Bachillerato respectivamente. Me parece un buen momento, pues, para efectuar una reflexión sobre esta clase de acto educativo, que en la propuesta legislativa se repone. Vaya por delante que yo fui en mis tiempos alumno revalidando, pues atravesé una prueba de Ingreso (al Bachillerato) y dos reválidas, la de Cuarto y la de Sexto, previas a la Prueba de Selectividad.

               Uno de los beneficios  que se suele esperar de la realización de reválidas es la homogeneización de los aprendizajes y la homologación del valor de los títulos en un determinado ámbito administrativo, que en este caso es el nacional. En nuestro país no se viene alcanzando un nivel del 100% de igualación, puesto que las CC.AA. disfrutan de un margen de intervención en el currículum; en el proyecto de ley que me ocupa, está en torno al 30%. No obstante, llegar a un 70% de coincidencia en una nación como España, dominada hasta ahora por la dispersión y el cuarteamiento autonómicos, ya es bastante. Confieso que mi opinión es favorable al grado máximo posible de uniformidad.
               Sé que este punto causa encendida discusión, puesto que no todo el mundo ve como deseable la confluencia y muchos militan en pos de una extrema y general pluralidad. Estoy convencido de que el hecho de que todos los niños españoles de Primaria, Secundaria y Bachillerato estudien en gran medida lo mismo y aprueben o suspendan por saber o no saber más o menos lo mismo supone bastantes ventajas. No es la menor la posibilidad de que las familias se trasladen sin que sobrevengan graves inconvenientes. También, que, sea cual el sea la elección posterior al término de la ESO o el Bachillerato, la acreditación de la formación tenga el mismo valor y sea estimada por igual en todos los organismos, empresas o instituciones del país a los que acuda. Por último, un efecto no menos importante es la información que arroja el análisis de los resultados de estas pruebas generales en relación con la situación del sistema educativo y las posibles zonas de corrección y mejora. Ahora mismo, esto es absolutamente imposible; nadie conoce cómo marcha la empresa llamada “Educación”ni por qué va como va, y ya se sabe cómo acaba un negocio así.

PROS Y CONTRAS DE LA REVÁLIDA (y II)

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               Lo peor que podría ocurrir de un método de evaluación con varias calas o reválidas es que se convirtiera en un mero trámite, en una especie de segundo examen final que nada añada al primero, que sea papel mojado; supondría una inversión de recursos y energías, un absoluto paripé, si se me permite el término. Y eso es posible que suceda, incluso probable, si se dan determinadas circunstancias: que las pruebas no sean nacionales, sino que cada comunidad autónoma o, peor aún, cada centro fije sus contenidos; y que sean corregidas y calificadas por los mismos profesores que han dado clase y acaban de examinar y calificar a los alumnos unos días antes. Según el texto de la futura LOMCE, no se realizarán así las reválidas.
               De muy distinta índole es otra virtual desventaja, que algunos llamarán empobrecimiento o regresión: me refiero a la pérdida de un notable grado de diversidad. Ya me he referido a ello y he dicho que no juzgo negativa la homologación curricular, teniendo en cuenta además que no será total, pues quedará un margen del 30% para la intervención autonómica (que suele equiparase, de forma injusta, con diversidad educativa, dando por supuesto, además, que la diversidad es algo en sí bueno, una vez que se aplica el vocablo a la total disparidad o, lo que es lo mismo, a hacer cada uno de su capa un sayo).
               Otra consecuencia que a bastantes no agradará es el filtro que significan las pruebas.  Será más visible y determinante en Secundaria y Bachillerato, pues valdrá para la consecución de los respectivos títulos, según decía. Habrá, sin embargo, quien, como yo, no interprete este hecho tan negativamente, pues dará a cada alumno la medida de sus posibilidades presentes y futuras, antes de que sea demasiado tarde. La proyección de un estudiante está en relación directa con su rendimiento en los distintos ámbitos del currículum, derivado, sobre todo, de su capacidad de esfuerzo, su implicación y su trabajo. Sé que las diferencias entre alumnos respecto a estos y otros factores se reinterpretan y se meten todas en un único saco, el de las “dificultades de aprendizaje” y se promueve, consecuentemente, como único instrumento, la “adaptación” de la enseñanza para que todos alcancen “la misma meta”. Poca explicación merece esta falacia, base y fundamento de colectivos y organizaciones (partidos y demás) que dicen defender así la “igualdad de derechos” de todos los alumnos, etc., etc. ¡Qué daño hace a una sociedad difundir el espejismo de que todos los niños, independientemente de sus facultades, que los diferencian claramente, y de su actitud ante el esfuerzo del estudio, que los diferencia aún más, pueden llegar a ser aquello que ellos o sus padres deseen, pilotos, ingenieros o fisioterapeutas, ministros o abogados…!
               En general, me declaro partidario, pues, de la pruebas evaluadoras (de los alumnos y/o del sistema) al final de determinados tramos del proceso de enseñanza, siempre que se lleven a cabo en ciertas condiciones, de las que depende su garantía y su valor, según he afirmado arriba. No niego que los alumnos son diversos, que algunos tienen una capacidad muy limitada; de ahí que deba añadir a lo dicho una precisión: las reválidas deberán poseer un mecanismo de acomodación, pero siempre que se base en un diagnóstico riguroso de los evaluados. Comprobaciones como “Este chaval está muy atrasado porque no hace absolutamente nada” no constituyen un diagnóstico válido a tales efectos.


jueves, 9 de mayo de 2013

YO PREGUNTO (5): PADRES HUELGUISTAS



Siete. Se está celebrando hoy una huelga en el ámbito de la educación a favor de la escuela pública y contra el anteproyecto de ley del ministerio. La huelga ha venido en llamarse “general”, porque, según dicen, a ella se han convocado todos los sectores implicados y, sobre todo, porque están participando, según dicen, todos esos sectores. Son los siguientes: profesores, personal no docente, padres de alumnos y alumnos. La llamada la realizó una plataforma integrada por diferentes asociaciones y sindicatos. En su día, me pregunté si los alumnos menores de edad están revestidos del derecho a huelga, que la ley concede a los trabajadores adultos. Yo mismo me respondía, provisionalmente, que no. Ahora, me interrogo sobre un aspecto creo que más rocambolesco: ¿cómo se pone de huelga un “padre de alumno” (o “madre de alumna” o… añadidles todas las variantes)?, ¿qué hace o deja de hacer ese señor, señora, señorita… (ídem)? Cuando un trabajador va a la huelga, se ausenta de su puesto y, lógicamente, deja de percibir su salario. ¿Qué labor o dedicación abandona un padre o madre de alumno? Me imagino que no será la que le da el salario, esto es, la que constituye su profesión. Entonces, ¿cuál? ¿Deja de ejercer ese día como padre/madre en general? O sea, ¿no acude a la llamada del tutor de su hijo/a (o plural)?, ¿no va a preinscriibirlo/a (ídem) aunque se le pase el plazo? ¿No firma la justificación de falta a clase, aunque eso pueda acarrear sanción a los retoños? ¿No va a recoger el boletín de notas? ¿No lee el día de huelga la agenda del niño o niña? ¿No quita la tele para que hagan sus deberes?  ¿No lleva a su niño enfermo al médico? ¿No hace el almuerzo ni la cena? ¿No le lava la ropa? Etc. Todas estas preguntas vienen a cuento de que las madres o padres huelguistas actúan en tanto que padres o madres de alumnos, y no como trabajadores. Si lee esto alguien con responsabilidades paternofiliales, no cumplidas hoy en pro de objetivos más altos, le agradeceré me responda. Lo mismo que a cualquier otra persona que pueda darme alguna luz.