martes, 29 de octubre de 2013

VICTIMISMO

               Conozco a un hombre que lleva mal el calor de verano y suele quejarse a menudo. No solo de la alta temperatura, sino también, y tal vez con más disgusto, de que no puede echar la culpa a nadie de ella. En este caso y en bastantes más, vengo observando la costumbre humana  de buscar e identificar a los responsables de aquellos hechos que no nos gustan, interesan o benefician;  y no tanto para obligarlos a que cesen en su perniciosa actividad, hacerles pagar su delito y pedirles compensación, sino simplemente para conocerlos y señalarlos públicamente: parece que muchas personas se conforman con eso y sienten un gran alivio.
               Tal vez en ello intervenga un cierto victimismo, es decir, la consideración de uno mismo como inocente e indefensa víctima de poderosas fuerzas invencibles, que al menos se pretende conocer. Resguardarse de sus ataques, esconderse, huir, quejarse, lamentarse amargamente… forman parte de la actitud victimista. Y la inacción, bien por miedo bien por comodidad o pasotismo, ya que “nada se puede hacer”.
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               En nuestro país, observo desde hace algún tiempo, dos o tres años, la floración de manifestaciones victimistas en el ámbito político, consistentes en suponer la existencia de unos poderes superiores a las instituciones democráticas, ocultos, que son los que, teniendo en sus manos el poder económico, dirigen de verdad el mundo y provocan  las crisis y todos los problemas, dificultades y reveses por los que atraviesa la sociedad. La gente los sitúa en el grupo de los magnates de las finanzas y el comercio. Así, a quienes parece que mandan, presidentes, ministros o consejeros, directores, etc., no los toman muchos ciudadanos  sino por marionetas sin capacidad de decisión en asuntos verdaderamente importantes. Tal condición permite a aquellas diabólicas potencias manejar los hilos y actuar impunemente, tras el parapeto de la clase política, subordinada suya  (toda: los que gobiernan y los que aspiran a hacerlo), sin peligro de destitución o sustitución por vía de elecciones democráticas…
               No sé a ciencia cierta si esas entidades superiores existen así o no, ni, en caso afirmativo, cuál es su fuerza en la conducción y el destino de la humanidad, su modo de operar, etc. , y me parece que a la mayoría le ocurre igual. Se me ocurre pensar, sin embargo, que la creencia en ellos es una eficaz coartada para la renuncia de la sociedad a hacerse cargo de su situación, para no parar de gemir por las desgracias que vienen, para soltar el timón de la vida colectiva… Es decir, para hacerse las víctimas de un verdugo calificado de invulnerable. Es el victimismo (seguramente inducido).
               A veces da la impresión de que nos buscamos un enemigo demasiado lejano y tan bien pertrechado simplemente para abandonar nuestra lucha, vista como inútil. La propaganda política alimenta sin duda esa nefasta pasividad, bajo lemas como “Aplicamos medidas duras, pero no hay otras”, “Nosotros arreglaremos las cosas, no os preocupéis”. Arremeter contra los políticos, por ejemplo, que constituyen un adversario más asequible (pues pueden ser removidos cada cuatro años), tan culpables a su modo como los de arriba, llevaría a una postura más activa, a mojarse y a asumir responsabilidades como votantes y como ciudadanos.
               Pero no es el caso.


lunes, 21 de octubre de 2013

NUEVOS AFICIONADOS

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               Veo en las retransmisiones televisivas que está cundiendo la costumbre de que niños y jovencitas acudan a los campos de fútbol con una cartulina en la que piden la camiseta a sus ídolos. Las primeras filas de las gradas están a menudo sembradas de solicitantes, a algunos de los cuales suelen satisfacer no pocas estrellas. En el último partido de la Selección Nacional, creo que Casillas, y alguno más quizás, se quedó descalzo y en calzoncillos, después de repartir  el resto de su uniforme. 
               No sé si siempre mueve a los pedigüeños el fervor por los equipos o las figuras. Creo que no. Más aún, de esos estoy por afirmar que hay más bien pocos. Lo que desean muchos es presumir de la prenda-trofeo, obtenida en pugna con la muchedumbre circundante, y provocar la envidia de sus amigotes, sentirse los más chulos del barrio. Cosa distinta es la vestimenta firmada y dedicada: esa ya tiene un valor, es un objeto que admite ser vendido o subastado, se puede traducir a dinero, como hacen desde hace mucho tiempo con los trajes (y mil abalorios) de actores y cantantes.
               Quizá no hayamos llegado al punto en el que me temo se puede terminar:  que la chavalería y las fans vayan a los encuentros a conseguir y acaparar “recuerdos” sin cuento. Lo que significaría la desnaturalización del acontecimiento deportivo. Porque no importa ya tanto ver un buen partido o disfrutar de las virguerías de un delantero o centrocampista ni que gane el equipo venerado.  Lo verdaderamente valioso y atractivo  -apasionante-  es atrapar lo que lance el jugador puntero o cualquier otro.
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               Cogerlo a costa de lo que sea, empujones, discusiones, manotazos... Hace poco vi a un policía verse obligado a dirimir un litigio por el que ocho muchachitos aspiraban a una camiseta que había caído, al parecer, en varias de las dieciséis manos.  Esa es otra historia: las disputas que deben  de tener   -no se suelen televisar-  lugar en las gradas  por adueñarse de una prenda tirada desde el césped sin destinatario fijo. Hay ya demasiado peligro de violencia y tensión por causa de un desacuerdo con el árbitro o cualquier otro factor puramente futbolístico, como para que se añadan más motivos de riña y enfrentamiento.
               Yo he visto pugnar, a base de codazos y empellones, por alcanzar una de las viseras de cartón que lanzaban como publicidad desde un autobús en la playa. Tal vez esté inscrito en la naturaleza humana el afán de conseguir, mientras más mejor, o sea, mientras más que los otros mejor, cualquier tontería regalada.
               El ejemplo más destacado, conocido y triste del fenómeno que describo es la cabalgata de los Reyes Magos. Niños y padres, sobrinos y tíos, abuelos… se agolpan alrededor de las carrozas con bolsas de plástico y hasta con paraguas invertidos para acumular caramelos o chucherías; solo por eso, por hacer acopio, pues tal vez ni se consuman. Ese desfile sí que está totalmente desnaturalizado, ha trocado su identidad. Tanto, que acuden ya inmigrantes musulmanes y de otras creencias, cuyos principios religiosos no les impiden asistir a lo que era una conmemoración católica, pero que es, para muchísima gente, el reparto gratuito, a modo de lluvia o maná celestial, de toda clase de golosinas.
               Volviendo al fútbol, me pregunto si se está incubando hoy una nueva suerte de aficionado dentro del sector que constituye la cantera de los espectadores de mañana.