martes, 29 de octubre de 2013

VICTIMISMO

               Conozco a un hombre que lleva mal el calor de verano y suele quejarse a menudo. No solo de la alta temperatura, sino también, y tal vez con más disgusto, de que no puede echar la culpa a nadie de ella. En este caso y en bastantes más, vengo observando la costumbre humana  de buscar e identificar a los responsables de aquellos hechos que no nos gustan, interesan o benefician;  y no tanto para obligarlos a que cesen en su perniciosa actividad, hacerles pagar su delito y pedirles compensación, sino simplemente para conocerlos y señalarlos públicamente: parece que muchas personas se conforman con eso y sienten un gran alivio.
               Tal vez en ello intervenga un cierto victimismo, es decir, la consideración de uno mismo como inocente e indefensa víctima de poderosas fuerzas invencibles, que al menos se pretende conocer. Resguardarse de sus ataques, esconderse, huir, quejarse, lamentarse amargamente… forman parte de la actitud victimista. Y la inacción, bien por miedo bien por comodidad o pasotismo, ya que “nada se puede hacer”.
2011/12/los-amos-del-mundo-15111998.html
               En nuestro país, observo desde hace algún tiempo, dos o tres años, la floración de manifestaciones victimistas en el ámbito político, consistentes en suponer la existencia de unos poderes superiores a las instituciones democráticas, ocultos, que son los que, teniendo en sus manos el poder económico, dirigen de verdad el mundo y provocan  las crisis y todos los problemas, dificultades y reveses por los que atraviesa la sociedad. La gente los sitúa en el grupo de los magnates de las finanzas y el comercio. Así, a quienes parece que mandan, presidentes, ministros o consejeros, directores, etc., no los toman muchos ciudadanos  sino por marionetas sin capacidad de decisión en asuntos verdaderamente importantes. Tal condición permite a aquellas diabólicas potencias manejar los hilos y actuar impunemente, tras el parapeto de la clase política, subordinada suya  (toda: los que gobiernan y los que aspiran a hacerlo), sin peligro de destitución o sustitución por vía de elecciones democráticas…
               No sé a ciencia cierta si esas entidades superiores existen así o no, ni, en caso afirmativo, cuál es su fuerza en la conducción y el destino de la humanidad, su modo de operar, etc. , y me parece que a la mayoría le ocurre igual. Se me ocurre pensar, sin embargo, que la creencia en ellos es una eficaz coartada para la renuncia de la sociedad a hacerse cargo de su situación, para no parar de gemir por las desgracias que vienen, para soltar el timón de la vida colectiva… Es decir, para hacerse las víctimas de un verdugo calificado de invulnerable. Es el victimismo (seguramente inducido).
               A veces da la impresión de que nos buscamos un enemigo demasiado lejano y tan bien pertrechado simplemente para abandonar nuestra lucha, vista como inútil. La propaganda política alimenta sin duda esa nefasta pasividad, bajo lemas como “Aplicamos medidas duras, pero no hay otras”, “Nosotros arreglaremos las cosas, no os preocupéis”. Arremeter contra los políticos, por ejemplo, que constituyen un adversario más asequible (pues pueden ser removidos cada cuatro años), tan culpables a su modo como los de arriba, llevaría a una postura más activa, a mojarse y a asumir responsabilidades como votantes y como ciudadanos.
               Pero no es el caso.


2 comentarios:

  1. Está claro que echarle la culpa de los males propios a una fatalidad ajena contra la que nada se puede hacer, consuela. Pero ese consuelo no es el remedio sino el analgésico.
    Un abrazo.

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    1. Gracias, CEcilio. Has perfilado la nuez de mi escrito. Salud(os).

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