lunes, 5 de octubre de 2015

OTRA IMAGEN DEL ISLAM

Transcribo a continuación los últimos párrafos del librito El islam explicado a nuestros hijos (2002), del escritor marroquí Tahar Ben Jelloun. En sus 60 páginas, explica a su hija qué son la religión y la cultura islámicas, qué papel han desempeñado a lo largo de la historia y de dónde surge la confusión que hoy día reina sobre este tema. Ofrece una visión sencilla, apta para niños, aunque muy interesante de su religión, más auténtica, lejana de la idea que nos ha hecho concebir el inaceptable comportamiento de muchos musulmanes. Creo que este fragmento sintetiza bastante bien el contenido fundamental de la obra.

“-¡Bueno, creo que ya voy comprendiendo! Por un lado, está el islam y, por otro, los musulmanes. Hay unos que han entendido el mensaje del Profeta y hay otros que lo han entendido mal o hacen como si lo hubieran entendido pero quieren volver atrás. Pero, dime, ¿no se pueden cambiar las cosas en el islam?
  —Vivimos en una época moderna, así que queremos que el islam se adapte a esta vida moderna. Tienes razón. Los que han intentado cambiar las cosas en el sentido positivo, por ejemplo, mejorando la condición de la mujer, se han encontrado muchos obstáculos. En el islam, como en las demás religiones, hay cosas eternas y cosas pasajeras, es decir, válidas para una época, pero no para todas las épocas. Lo malo es que hay quien dice que todo es eterno y que nada debe cambiar. Otros dicen que se puede adaptar esta religión a los tiempos en que vivimos. Si ni siquiera se consigue que haya libertad en ciertos países musulmanes, ¿cómo quieres tocar la religión? Ya te dije el otro día que lo más importante, lo más urgente, es separar la religión de la política. Mientras los que gobiernan se apoyen en la religión, seguiremos teniendo problemas y enfermedades como el fanatismo y sus consecuencias, es decir, el terrorismo y la ignorancia.
  —No entiendo.
  —Como las demás religiones, el islam no es muy favorable a que la mujer sea igual que el hombre. La considera inferior respecto al hombre aunque se le conceden algunos derechos. Hoy, las sociedades musulmanas sienten la necesidad de evolucionar. Se olvida que Jadicha, la primera esposa del Profeta, era una mujer de negocios, una comerciante que hacía un trabajo de hombres. Se podrían referir a su situación, a su función, para reformar la condición de la mujer actual. El islam no prohíbe las leyes que conceden derechos a las mujeres, pero los hombres temen establecer una igualdad entre las mujeres y ellos. Túnez ha sido el único país que ha cambiado las leyes para que la mujer pueda defenderse. En Arabia Saudí la mujer ni siquiera tiene derecho a conducir un automóvil. En cuanto a las mujeres de Afganistán, han padecido la ley más bárbara que existe, la de los talibanes. Son unos individuos que no han entendido nada del islam y lo han desfigurado hasta el extremo de que toda la comunidad musulmana ha sufrido por ello y sigue sufriendo. Destruyeron las estatuas budistas que databan de hace varios siglos y que pertenecen al patrimonio de la civilización universal que dar a los escolares todos los medios para que se hagan su propia opinión. Es muy importante dar libertad al niño para que no le influya tal o cual religión. En suma, se trata de un trabajo inmenso, pero hay que empezar ya. Y es lo que acabamos de hacer nosotros. Antes de terminar la conversación, os voy a dar una lista de algunas palabras, y tenéis que decirme qué tienen en común.”


sábado, 1 de agosto de 2015

BIOGRAFÍA DE ESPAÑA

               Las breves líneas que siguen no tienen otro fin que recomendar un libro cuya lectura acabo de concluir, con la intención de convencer a muchos de que les será útil y, desde luego, interesante y grato. Para mí ha sido todo eso y más. Se trata de España. Biografía de una nación, del profesor, investigador y divulgador Manuel Fernández Álvarez (Madrid, Espasa, 2010). Mis razones son estas:

1)      Te hace ver la historia de España en forma panorámica, global (desde la época prehistórica hasta la muerte de Franco), y no trocito a trocito, a pedazos sueltos, como suelen presentarla los libros de historia, sobre todo los destinados al estudio. De este modo, ves el encadenamiento de los hechos y las circunstancias, así como las grandes líneas directrices que han conducido el devenir, sus avances y retrocesos. Casi nunca es posible comprender un proceso si no te alejas y contemplas el movimiento en la distancia. Aquí es posible hacerlo y apreciar la forma en que nuestra nación ha ido haciéndose, a partir de los tiempos en que ni lo era.
2)      Se atiene a los acontecimientos verdaderamente fundamentales y significativos, evitando así que el árbol te impida ver el bosque. Esta parte, llamémosle informativa, se completa con bastantes pasajes de carácter valorativo, expresamente anunciados, en los que se juzga lo sucedido, las conductas, las decisiones… y sus consecuencias. Deja, sin embargo, un amplio margen al juicio del lector, para que este extraiga sus propias conclusiones.
3)      Tanto en esas secuencias valorativas, como en la selección de la información, creo que el autor intenta ser lo menos parcial y subjetivo posible, y me parece que lo consigue. No aprecio partidismo o sesgo que deforme la realidad o los datos, interesadamente cribados, salvo lo mínimo inevitable, claro. Se nota, por otra parte, un deseo de moderación, de ecuanimidad y de prudencia a la hora de opinar sobre los sucesos, los personajes…, en el momento de hacer balance de aciertos y desaciertos…
4)      Aunque se atiene a la historia de España, nunca deja de situarla en sus diferentes contextos, europeos y mundiales. De este modo, permite una explicación de las relaciones y lazos causales, que llevan a una comprensión amplia y rica de las influencias mutuas, que desembocan en situaciones positivas o negativas.
5)      Está muy bien escrito, con una expresión clara y sencilla, sin alardes técnicos ni aspavientos retóricos. Cosa que permite el acceso y la perfecta comprensión al lector medio, al que va dirigido. Me parece un acierto que se haya prescindido de la tediosa alusión a las numerosísimas fuentes que se supone alimentan el texto, para hacer la lectura más ágil y fluida. Se trata de una obra de divulgación, carácter en el que se mantiene a lo largo de sus páginas, si bien con una dignidad y elegancia extraordinarias. La lengua es llana, natural, correcta y amena. Yo, que soy un lector lento, he de confesar que he leído las más de 450 páginas del libro (en versión electrónica) con mucha facilidad e incluso con cierta rapidez; también con bastante deleite.

               Sin ser especialista  -aunque tampoco ignorante, sobre todo tras la lectura de esta obra-, me atrevo a afirmar que el contenido de ella debería constituir el nivel de conocimiento que todo español debería poseer de la historia de su nación, y que muchos no tienen por causa de la forma en que se presenta y se estudia en los textos escolares, como he dicho, muy lejana al plan de la presente “biografía”. Ni que decir tiene que los políticos y dirigentes sociales, los formadores de opinión, etc., habrían de manejar, como mínimo, un bagaje de saber similar. Para terminar, voy a confesar algo que es totalmente cierto: la lectura de España. Biografía de una nación no sólo me ha hecho saber más de lo que sabía, sino que también  -y esto creo que resulta lo más importante-  me ha ayudado a convencerme de lo necesario que me era aprenderlo. 

domingo, 28 de junio de 2015

11 DE MARZO Y 24 DE MAYO (I)


               El acto de votar, o sea, de elegir a los representantes políticos, es o debe ser una decisión racional, futo de la reflexión y la meditación, del análisis de pros y contras, del estudio de las distintas ofertas y programas, etc. No obstante, no siempre es una acción tan fría, consistente en la valoración de datos, hechos y promesas. Muy frecuentemente, resulta de una reacción emocional, una explosión pasional, en las que el comportamiento del elector procede del enfado, el odio, el afán de venganza inmediata, o bien de la euforia extrema, de la total identificación sentimental con personas o símbolos, etc.
               Se me han quedado en la memoria dos momentos de la España actual en los que el ejercicio democrático de votar ha estado contaminado emocionalmente, donde los electores han podido actuar ofuscados; los resultados han sido los que han sido, y no otros, puede que por ese motivo, junto a otros quizás. Me refiero a las elecciones generales del 14 de marzo de 2011 y a las autonómicas y municipales de mayo pasado.
               El infernal atentado de los trenes de Atocha del 11 de marzo produjo, como no podía ser de otra manera, una enorme conmoción en el alma del pueblo español, hasta el punto de dejarlo turbado, extraviado, llagado; le hizo concebir un odio y un afán de desquite y represalia, totalmente comprensibles. Bastó con que un político, aspirante a ganar en esos días, señalara como posible culpable al partido en el poder, para que el incendio interior de la nación se convirtiera en potente lanzallamas contra dicho partido, que, al final, perdió las elecciones. Tal vez nunca se sepa si en efecto fue por la explosión anímica causada por el terrible crimen colectivo de los trenes, orientada por dirigentes de la oposición. No se sabrá, creo, pues ni siquiera se sabe aún quiénes fueron los auténticos instigadores y ejecutores del desastre. Si los votantes se equivocaron o no es asunto discutible y discutido, aunque resulta innegable que el período histórico iniciado el día 14 de marzo en las urnas no fue precisamente un ascenso hacia el éxito, más bien al contrario. No sabemos si erramos aquel día, pero sí es seguro que los españoles no pudimos gozar de la necesaria serenidad para estudiar y sopesar, hacer balance y plantearnos el futuro, prescindiendo del borboteo emocional, que, como he dicho, suele nublar la vista, tanto si se mira hacia atrás como hacia adelante.

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11 DE MARZO Y 24 DE MAYO (y II)


               La segunda convocatoria a la que me quiero referir es más próxima, la correspondiente a la elección de parlamentos autónomos y ayuntamientos el día 24 de mayo. En esta ocasión, la excitación colectiva ha tenido otro motivo muy distinto, pero no menos intensidad: las consecuencias de todo tipo (económicas, sociales, políticas… y hasta culturales y morales) de la crisis, larga ya y tan dura para muchas personas, familias, colectivos… Gran parte de la ciudadanía ha llegado encrespada, desesperada, sin muchas fuerzas ni lugar a dónde acudir. Es decir, con tanta falta de equilibrio anímico como para optar, racionalmente, por un programa de gobierno determinado.

               Cuando se está tan mal, lo único que se quiere es buscar un culpable (a quien hacer pagar por tanto sufrimiento) y que vengan otros que acaben con tan desgarradora calamidad, empezando por sus supuestos causantes. ¿Qué otra cosa va a anhelar el ciudadano en tan indignantes circunstancias? ¿Y a qué otro discurso va a prestar oídos, sino al que le exprese y le prometa, repitiéndoselo hasta la saciedad, que va a satisfacer sus aspiraciones y sacarlo del pozo casi por arte de biribirloque? Y, así, casi anulado su albedrío por tan gran desesperación, ¿a quién va a votar?

               Estoy seguro de que la aparición de algunos de los nuevos partidos y su relativo premio electoral, su presencia  en cámaras autonómicas y ayuntamientos, tienen que ver con esto que digo. El futuro nos mostrará si nos hemos equivocado y en qué. Como explicación (que no, justificación), podremos aducir la poca serenidad con que, en efecto, hemos depositado los votos.

miércoles, 17 de junio de 2015

CHISTES PRIVADOS, CHISTES PÚBLICOS

               Por mor de unos chistes en una red social de unos políticos madrileños, ha saltado a los medios y está en boca de mucha gente la cuestión de la gravedad de tales tipos de historias, a las que otros califican de simple “humor negro”, carente de toda malicia. Quienes así piensan, aducen que gracietas como esas acostumbra a contarlas todo el mundo, surgen en todas las reuniones festivas en familia o entre amigos, o bien en simples encuentros de barra de bar, en los que no solamente no se castigan, sino que se retribuyen con risas y hasta carcajadas.
               Me parece a mí que, antes de valorar la aceptabilidad de dichas manifestaciones supuestamente humorísticas, es necesaria una distinción, creo que fundamental y determinante: no es lo mismo contar chistes racistas, homófobos, contra la mujer o las minorías, favorables a la violencia, etc., en privado, que hacerlo en público. Entiendo que el límite entre ambas esferas no es absolutamente nítido, pero límite hay, como se aprecia en la diferencia entre un contexto familiar y una red social o un medio de comunicación: aquel es privado sin lugar a dudas y este es claramente público. Lo esencial de la distinción no reside en el número de oyentes o lectores, sino en la naturaleza del destinatario, en correspondencia con el canal de difusión, el escenario material y social, etc., en que suceden los hechos.
               La manifestación pública se dirige, virtualmente, a la sociedad entera, pues lo que se declaró o narró en un pequeño círculo no privado, puede extenderse y extenderse, e incluso en determinadas ocasiones saltar a las redes, la prensa, etc., donde adquiere ya su auténtica dimensión social, pues ningún ciudadano queda excluido en potencia de recibir el mensaje. Más aún: la comunicación pública no solo se da en términos de generalidad, sino que establece un compromiso entre quienes hablan (o escriben) y quienes escuchan (o leen). El emisor se muestra y se define “coram populo”, firmando así un contrato tácito, por el cual acepta ser considerado como sus manifestaciones determinen, según los principios y normas éticas vigentes. En consecuencia, la sociedad actuará de la manera que corresponda.
               Las sociedades occidentales se fundan, entre otros, en los llamados “derechos humanos”, cuyo valor como criterio de moralidad social es indiscutible. Este valor pasa unas veces a las leyes y otras solo actúa como patrón de legitimidad u honradez. En cualquier caso, si un individuo exhibe un discurso y un comportamiento públicos, en los que se afrentan algunos de los derechos humanos, que cimentan, como queda dicho, nuestra sociedad, es lógico, esperable y justo que la sociedad lo señale, lo estigmatice y lo excluya, con una reacción paralela a la ofensa. Esto es, como suele decirse, de libro.
               En conclusión, no digo yo que vayan a meter en la cárcel a Zapata, concejal madrileño triste y ampliamente conocido por sus chistes públicos, ni a los demás tuiteros ahora elevados a la categoría de ediles. Pero sí comprendo e incluso apoyo, basándome en lo expuesto, que se pida la dimisión y se les descalifique y se les considere personas no aptas para ser representantes de los españoles.

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Procedencia de la imagen:  

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lunes, 23 de marzo de 2015

AHÍ TE QUIERO YO VER: ELECCIONES ANDALUZAS I

AHÍ TE QUIERO YO VER: ELECCIONES ANDALUZAS I

ELECCIONES ANDALUZAS I


               Voy a ajustar unas cuentas fáciles, muy fáciles, del resultado electoral en Andalucía. Lo haré en términos de escaños, no de votos. Por una parte, tenemos los que ha obtenido el PSOE, partido gobernante, que han sido los mismos que tenía, es decir, 47. Muchos piensan que con ello se ha frustrado el objetivo que propició el adelanto un año, ¡un año!, que era, según palabras de la presidenta, lograr una mayor estabilidad en el gobierno de la región, basada en  -esto no lo dijo-  una mayoría absoluta socialista, sin necesidad de pactos. Sea como sea, el hecho es que la señora Díaz ha ganado las elecciones, pero única y exclusivamente porque ha obtenido más respaldo que el segundo partido más votado, el PP, con sus 33 escaños, hasta 17 menos que en las anteriores elecciones. El resto de partidos, dos de ellos de nueva concurrencia, suman 25 escaños. En cuanto a IU, con sus 5 escaños y una pérdida de 7, lo más probable es que haya sufrido la contaminación del PSOE, con el que ha gobernado, y además la arremetida de Podemos.
               Hasta aquí los datos. Ahora mi interpretación. Era de esperar, después de más de tres décadas de gobierno socialista, con una abultada talega de casos de corrupción y una gestión que no ha contribuido gran cosa a la mejora de la situación económica, social y cultural de Andalucía, se esperaba, digo, que los votantes se decantaran por un cambio. Y yo creo que así ha ocurrido, a pesar de que esa intención no se haya materializado en la correspondiente distribución de escaños. Si sumamos los de las tres formaciones que prometían mudar la política socialista y efectuar un pronunciado viraje , el PP, Podemos y Ciudadanos, resultan 57, que, además de ser una cantidad elevada, sobrepasa la mayoría absoluta.
               Sin embargo, los votos que sostienen esas 57 plazas no son de un solo partido, sino de varios, 3, de los que ni siquiera cabe esperar un mínimo acuerdo y, mucho menos, una alianza. Es más, con sus idearios y sus programas, han pugnado como enemigos en la campaña y son incompatibles los objetivos de su acción política. Por eso, sus escaños no suman, sino que restan. Y, al restar, dan como vencedor al PSOE, pese a que no ha incrementado su número de escaños y ha perdido, además, cerca de 200.000 votos (si mi información es cierta).  
               Como conclusión, afirmo que no es cierto que Andalucía no haya votado el cambio, lo ha hecho, pero repartiendo los votos determinantes de dicho cambio de manera tal, que resulta imposible la pretensión, dada la aritmética parlamentaria a que eso ha dado lugar. En otras palabras, los andaluces han querido modificar la situación y sustituir a esos gobernantes eternos, pero proponiendo modalidades de cambio tan distintas y distantes, que al final llegan a neutralizarse.
               Contemplado el escenario desde un determinado punto de vista, y teniendo en cuenta que la proximidad de las elecciones municipales y autonómicas no andaluzas taponará la firma de acuerdos, alguien dudará del supuesto beneficio de la existencia de “pequeños partidos” que rompan el últimamente tan denostado bipartidismo. 

lunes, 2 de marzo de 2015

GENEROSIDAD DESMEDIDA


               La gala de entrega de los premios Goya o la de los Oscar son un buen ejemplo de lo que pretendo decir. Me refiero, concretamente, al momento en que los artistas, productores y técnicos suben al escenario y, tras recoger emocionados su estatuilla, pronuncian un breve  -a veces no tan breve-  discurso.
               Por lo común, su alocución consiste en dedicar el trofeo a unas determinadas personas y grupos (familiares, miembros de sus equipos, compañeros…), así como a compartirlo con ellos. Esta es la cuestión que centra mi interés: a pesar de que se trata de una concesión individual casi siempre, la inmensa mayoría, en un alarde de generosidad, asegura que el  galardón es también de esos otros a los que nombran y que pueden ser… 10, 20, 40… o más. Como digo, es un alarde de largueza inusitado en otros aspectos de la vida actual, donde prima el individualismo, el egoísmo.
              
¿Tienen algo de especial estos acontecimientos o estos reconocimientos que se dan a personajes del mundo del cine, como para despertar tanto altruismo? Creo que no, porque también suceden en algunas otras circunstancias. Así, la familia que compra o alquila un apartamento en la playa y, con un enorme subidón, lo ofrece a los parientes al completo para que se lleguen en verano y pasen en él unos días (pronto se arrepentirá de tal invitación); o la señora que se compra un vestido de fiesta, unas joyas… , ¡una preciosidad!, para la boda de Fulanito y llama a sus amigas para informarles de la adquisición y ponerlos a su disposición; o el que, como un servidor, se presta en un momento dado a revisar todos los escritos que sus amigos y amigos de sus amigos produzcan. Etc.
               En efecto, hay momentos en que nuestro corazón pide expandirse y prometemos dar sin cuento. ¿Por qué? Por una parte, está la inmensa alegría que nos produce haber alcanzado un objetivo muy deseado y muy costosamente logrado, alegría que nos embriaga y aturde, hasta hacernos  perder el sentido de la mesura y la prudencia. Quienes hablan delante del atril de los Goya o los Oscar no pueden reprimir sus lágrimas ni disimular su excitación, su nerviosismo… De otro lado, y aquí reside el factor esencial, puede que sientan una especie de complejo de culpabilidad por haberse hecho con un premio que también se merecen muchos de quienes se han quedado sin él y, para compensar tal sentimiento, se pasan a la orilla contraria y el río de la esplendidez, de la generosidad, se desborda, dando lugar a esas largas listas de supuestos co-propietarios. Compensarlo ante sí mismo y ante los demás, para que no piensen que el elegido como ganador es un creído que derrama altivez por todos sus poros.
              
Sea lo que sea, lo seguro es que la escultura se queda en casa y los demás deben ir allí si quieren verla y tocarla; el apartamento se procura que vaya despoblándose de visitantes y se pide a Dios que los textos lleguen en la mínima cantidad para la corrección, o que no pida prestados mucha gente los vestidos y joyas. Donde dije digo… Por eso, estoy a punto de afirmar que las tan desinteresadas manifestaciones en caliente no son totalmente sinceras, puesto que no llegan a ser, como se dice ahora, sostenibles.  Buenos propósitos que duran poco.

miércoles, 11 de febrero de 2015

EL VOTO SOLIDARIO

               Todo estaba dispuesto para comenzar la votación. La mesa colocada en el centro del estrado, la urna de madera y los tres candidatos. Cada uno llevaba colgada una tarjeta de plástico del color que lo identificaba y diferenciaba de los otros dos: rojo, verde y blanco. Los electores, que eran exactamente 21, formaban una cola ordenada y tranquila. Se dividían en tres sectores cuantitativamente iguales: 7 niños/as, de entre 8 y 12 años; 7 mujeres y 7 hombres. Podrían haber sido más, pero así lo establecía el Estatuto del Espacio: tres grupos de 7 miembros cada uno. Todos los votantes habían recogido tres papeletas, con los tres los colores del trío de aspirantes a gobernador de aquel Espacio.

http://www.davidmerinas.com/como-crear-votaciones-twitter/
               El candidato blanco presentaba un programa dirigido al bienestar , felicidad y desarrollo máximo de los niños. El verde se comprometía a atender solo todos los problemas y aspiraciones de las mujeres. El rojo se correspondía con un proyecto para satisfacer a los hombres. La orientación de cada programa era única y exclusiva, de modo que solo tomaba en consideración al sector en el que se fundaba, salvo casos excepcionales de necesidades extremas en alguno de los demás. 
               Previamente, cada grupo se había reunido para dilucidar una cuestión esencial: si votarían nada más su color o depositarían papeletas de alguno otro, en detrimento de las propias. En caso de no hacerlo así, no habría manera de obtener un resultado efectivo, puesto que se produciría un inevitable empate entre los tres. No estaban permitidas las alianzas para formar mayorías posteriores a la elección.
               Todos eran conscientes de lo diversos perfiles de los programas de actuación y de la trascendencia del acto que se celebraba. Uno de los tres sectores gozaría de beneficios y privilegios de los que carecerían los otros dos.
               Se abrió la urna de madera y los electores comenzaron a depositar sus papeletas. Iban en sobre cerrados, de modo que nadie podía adelantarse a averiguar el resultado. Comenzó el escrutinio.
En unos minutos estuvo concluido: blanco 8, verde 6, rojo 7.  ¡Habían ganado los niños, gracias al voto solidario del sector de las mujeres! Durante dos años regiría el Espacio, con el cargo de gobernador, el candidato blanco, que en este caso era un muchacho de 18 años cortos.
               Las protestas del sector masculino no se hicieron esperar: como casi siempre, consistían en repudiar un sistema electoral que postergaba a las minorías. Decían que el voto solidario era una perversión, que obedecía seguramente a intereses ocultos. No era justo que las cifras que arrojó el recuento no se correspondieran con la distribución del conjunto de habitantes del Espacio; por el contrario, mostraba una imagen deformada de aquella sociedad, porque otorgaba preeminencia a quienes en realidad no la tenían. Alguno de los hombres denunció la indudable existencia de un pacto secreto entre alguna mujer y los niños, del que dicha señora y sus colegas obtendrían algún provecho. En realidad, las féminas depositaron una papeleta blanca por solidaridad, por un sentido de protección, pensando en romper, al menos por una vez, el dominio de los sectores adultos, que desde siempre se turnaban en el gobierno. Uno de los electores masculino pidió, como venía haciendo en los últimos en los últimos años, que la gobernación la llevara a cabo una especie de triunvirato. La nueva mayoría se opuso a todo. 
               El gobernador elegido juró su cargo y dio por finalizada la sesión, no sin aceptar en su fuero interno la anomalía que suponía el llamado voto solidario.  




viernes, 23 de enero de 2015

CURA OBRERO

               Me contaron de un sacerdote católico que renunció a su puesto y pidió permiso a la superioridad para meterse a cura obrero. Desde el punto de vista material, no perdía mucho en el cambio ni este suponía bajar demasiado de categoría, puesto que la plaza que regentaba hasta entonces era una simple capellanía.

               He de aclarar, para los más jóvenes, que en los años 60 se denominaba “cura obrero” a todo aquel presbítero que, por propia voluntad, sustituía el pastoreo de almas en una parroquia por un trabajo remunerado, generalmente manual y de escasa cualificación y relieve, como peón en el campo o en la construcción. Fue, sin duda, un fenómeno de cierto impacto dentro de la Iglesia. 
http://noticias.terra.cl/chile/siete-sacerdotes-corajudos-como-el-cura-pierre-dubois,0fef67535ad0a310VgnVCM5000009ccceb0aRCRD.html
               Se sumó, pues, nuestro capellán a una conocida tradición, pero lo hizo tal vez un poco tarde, porque el hecho que narro ocurrió muy al final de la década de los 90, cuando ya apenas se hablaba de aquella moda del obrerismo. Lo que, sin embargo, no originó merma alguna del entusiasmo y la ilusión con que determinó nuestro pater cambiar de profesión (sin renunciar, eso sí, a su condición de hombre consagrado, que solo dejaba en suspenso). Al parecer, sus objetivos eran más de tipo social que religioso: a diferencia de aquella primera oleada de curas obreros, que,  mediante el ejemplo (“testimonio”) y la palabra, perseguían sobre todo “convertir” a los trabajadores, introduciéndose en su medio y adoptando sus formas de vida para ser más fácilmente aceptados y escuchados, y hacer más creíble el mensaje; a diferencia de estos, digo, el cura del que trato pretendía despertar la conciencia de clase en los nuevos compañeros de tajo y avivar su inquietud por la justa reivindicación de mejores condiciones laborales y medios de vida, con un planteamiento colectivo. Lo más seguro es que soñara también con liderar algún grupo, pues es ese un sentimiento y una aspiración de todos los que se forman en seminarios: ser dirigentes, guías o cabecillas, y no simples comparsas o elementos del montón.
               No tuvo mucho éxito la generosa decisión del clérigo. En cuanto inició la función de   adoctrinamiento y de estímulo, de toma de conciencia y de compromiso social en el círculo, pequeño, en que se vio integrado; en cuanto empezó a explicar el sentido de la lucha proletaria y la necesidad del activismo, brotó también su desengaño. Vio que no existía ese espíritu de clase y que nadie lo echaba en falta, que no se perseguía la mejora colectiva, que nadie estaba dispuesto a arriesgar su puesto de trabajo ni restar equis días de nómina por hacer un paro, etc. Notó que los obreros estaban más o menos conformes con el sistema, que no creían en el igualitarismo que el cura predicaba y, por fin, que cada uno, individualmente, tan solo aspiraba a ser como su patrón, un rico burgués; a tener un buen coche y un bonito chalet, a ir cuando quisiera a ver el Real Madrid y a pegarse unas ferias de lujo. Cada uno individualmente, digo, y a los demás, que los zurzan.
               Fracasado en su noble intento, el cura se despidió del mundo del trabajo y regresó a su altar y su confesionario, que era donde el pueblo lo quería y, seguramente, lo entendía. El pueblo, o sea, las cuatro beatas y los dos o tres idealistas de derechas que en todas partes constituyen la grey a la que apacienta un párroco.

               A mí esta historia me dijo mucho cuando me la contaron. Creo que tiene enjundia y proporciona elementos de reflexión.

martes, 6 de enero de 2015

"AD HOMINEM" (I)



               Creo que fue Alfonso Guerra el político que estrenó en su juventud, con enorme éxito por cierto, la descalificación como recurso para oponerse a los adversarios, sobre todo en mítines e intervenciones mediáticas. El presidente Adolfo Suárez se convirtió muy a menudo en la diana de sus envenenados sarcasmos: "tahúr del Mississipi, con su chaleco y su reloj", "perfecto inculto procedente de las cloacas del franquismo..., regenta la Moncloa como una güisquería", "una bailarina de pasos contrarios", etc. El objetivo de la descalificación es desprestigiar a las personas y, como consecuencia, sus ideas, sus escritos, su discurso público, sus manifestaciones y comportamientos en general, para condenarlos y darles muerte. 


http://www.correodelorinoco.gob.ve/politica/lineas-estrategicas-psuv-seran-discutidas-todos-municipios-guarico/
               La política es uno de los terrenos donde esta forma de enfrentamiento más abunda. Técnicamente, se denomina argumento “ad hominem”. Desde aquellos primeros tiempos de la presente democracia y el actual parlamento, no ha cesado de emplearse. Incluso han aparecido formas nuevas, más complejas: así, la que se designa coloquialmente como el “ventilador” o el “y tú más”. En tal modalidad, ya no se trata de que “tú” estás manchado y “yo” no, sino de que “tú” tienes más suciedad que la que dices que tengo yo.
               Dentro de la retórica clásica, el argumento “ad hominem" se considera una falacia, es decir, una herramienta de refutación inservible, que no demuestra nada, por salirse de las leyes de la lógica. No debería, pues, utilizarse en el parlamento y la discusión política, por ejemplo, donde ha de reinar por encima de todo la racionalidad y la rectitud intelectual, sin trampa ni cartón. Por desgracia, no es así. 
               Todos los partidos y organizaciones políticas acuden a la descalificación una y otra vez, sobre todo cuando la confrontación se enciende, como sucede cuando están próximas las elecciones. 
               Hace muy poco tiempo, meses, ha surgido en España un nuevo grupo, Podemos, cuyos líderes causaron sensación y desconcertaron a la vez a muchos por sus discursos; también, por los resultados del partido en las últimas elecciones europeas. Lo más característico es que se define como un movimiento singular, diferente de todos los demás partidos, a los que encierra en un único conjunto, “la casta”. Se da por supuesto  -como tantas otras cosas en Podemos-  que las ideas, las acciones, las propuestas, las actitudes… propias son las buenas, la únicas buenas, frente a las de “la casta”, absolutamente repudiables.

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"AD HOMINEM" (II)

               En tal situación, y siendo además los máximos dirigentes nacionales profesores universitarios, cabría esperar una absoluta limpieza dialéctica, un respeto a la honradez intelectual, como signo y muestra del baldeo general que prometen realizar en las instituciones ahora en las corruptas manos de “la casta”. Es decir, ausencia de juego sucio al debatir, de trucos y fullerías; abandono, entre otros, del argumento “ad hominem”, como digo, tan extendido.
http://www.vertele.com/noticias/
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a-pablo-iglesias-en-el-24-horas/
               Pero no, no ha ocurrido ni está ocurriendo así. Muy al contrario, se dice que esos dirigentes suelen acudir a las tertulias y discusiones políticas cargados (ellos o sus “colaboradores”) con abultadas carpetas de errores, sospechas, acusaciones, citas, cifras… para tirárselos a la cara a los interlocutores a las primeras de cambio, en un intento de descrédito que no se esfuerzan, parece, en disimular. Para muestra, unos botones. En una especie de mesa redonda celebrada hace unas semanas en “24 horas” de TVE, el señor Iglesias, investido ya como Secretario General de Podemos, descargó toda la artillería descalificadora que pudo y más contra uno de los periodistas, el señor Rojo, no bien había mencionado este la posibilidad de que existieran algunas irregularidades del partido con Hacienda. A partir de entonces, me he fijado y, efectivamente, he visto que el joven dirigente lleva unos folios con información sobre las personas que se le oponen o simplemente le entrevistan en el plató. Tiene, además, el señor Iglesias una tendencia a expresarse con vehemencia, ímpetu, enfado, furia, con tono de amenaza, intimidación…, cuando levanta el látigo de las descalificaciones. Incluso la postura corporal y los gestos manifiestan su actitud envalentonada: se yergue en su asiento y mira fijamente, descaradamente, a quien pretende acorralar y achicar; eleva el volumen de la voz y deja aparecer a veces algún que otro término coloquial poco elegante, de gran impacto expresivo en tal contexto, no informal.
               Excúseme el lector de no traer a esta página una batería de secuencias textuales o televisivas probatorias de lo que digo, pues alargarían en exceso la exposición. En YouTube hallará abundante material. Me limito a la síntesis a la que he llegado después de ver y oír bastantes intervenciones del personaje en los medios. Sé que corro el riesgo de que se juzguen mis afirmaciones como invenciones y acusaciones gratuitas. Si algún lector ve así las que anteceden, solo puedo decirle que mi intención no es engañar ni caer en lo mismo que critico, el argumento “ad hominem”.

(Continúa aquí)



"AD HOMINEM" (y III)


               Pretendo, además, ser imparcial, pues ya he dicho al principio que la descalificación constituye un instrumento que, mejor o peor, con mayor o menor frecuencia, manejan todos los partidos. Ocurre, sin embargo, que en el discurso del Secretario General de Podemos es mucho más visible el deseo de desprestigiar al competidor. ¿Por qué? En primer lugar, porque esa marrullería oratoria la trae hacia sí con más decisión y sin tanto disimulo como muchos de los demás grupos políticos. La prueba está en que, según parece, encargó por internet a sus seguidores que buscasen “manchas” en la trayectoria de varios periodistas y que suele ir a los estudios de televisión o radio seguido de numerosos ayudantes portando maletines de documentos “complementarios”. También destacan más en Podemos estas acusaciones deslegitimadoras por la insistencia en ellas de los representantes del partido en esta primera fase de su corta vida, dedicada al parecer a la realización de un “diagnóstico” de la situación actual del país, gobernado (o sea, malgobernado) por “la casta.
               El argumento “ad hominem” tiene un efecto colateral muy pernicioso, creo yo: hiere al contrincante como si estuvieran clavándole agujas, hace que arranque a hervir su sangre, debilita sus mecanismos de autocontrol, lo pone muy nervioso, lo incita a decir lo que no quisiera, etc. Con lo que lo esperable es que salte el resorte de la modalidad que llamamos del “ventilador” o “y tú más”. O sea, que el debate, la discusión, pasen a ser una reyerta a puros navajazos, una auténtica pelea de gallos, para vergüenza del espectador de la función y, a veces, de algún que otro participante.
               Y, como todos los comportamientos se proyectan hacia abajo (de ahí la responsabilidad de los personajes públicos de rango), el pueblo trata de copiar el modelo, mejorándolo (o sea, empeorándolo) si puede. Se llega así a la situación que suele denominarse “de crispación” generalizada. De su origen y causa (como de todo) los contrarios  se acusan mutuamente, claro está, en un clarísimo ejercicio de argumento “ad hominem”. Y así se forma el bucle de la incomunicación entre competidores y se hace imposible la leal confrontación de ideas (verdaderos argumentos) y propuestas, la negociación…, de las que estamos aquí tan faltos en todos los niveles. Y, por lo que se ve, vamos a seguir estándolo.