viernes, 23 de enero de 2015

CURA OBRERO

               Me contaron de un sacerdote católico que renunció a su puesto y pidió permiso a la superioridad para meterse a cura obrero. Desde el punto de vista material, no perdía mucho en el cambio ni este suponía bajar demasiado de categoría, puesto que la plaza que regentaba hasta entonces era una simple capellanía.

               He de aclarar, para los más jóvenes, que en los años 60 se denominaba “cura obrero” a todo aquel presbítero que, por propia voluntad, sustituía el pastoreo de almas en una parroquia por un trabajo remunerado, generalmente manual y de escasa cualificación y relieve, como peón en el campo o en la construcción. Fue, sin duda, un fenómeno de cierto impacto dentro de la Iglesia. 
http://noticias.terra.cl/chile/siete-sacerdotes-corajudos-como-el-cura-pierre-dubois,0fef67535ad0a310VgnVCM5000009ccceb0aRCRD.html
               Se sumó, pues, nuestro capellán a una conocida tradición, pero lo hizo tal vez un poco tarde, porque el hecho que narro ocurrió muy al final de la década de los 90, cuando ya apenas se hablaba de aquella moda del obrerismo. Lo que, sin embargo, no originó merma alguna del entusiasmo y la ilusión con que determinó nuestro pater cambiar de profesión (sin renunciar, eso sí, a su condición de hombre consagrado, que solo dejaba en suspenso). Al parecer, sus objetivos eran más de tipo social que religioso: a diferencia de aquella primera oleada de curas obreros, que,  mediante el ejemplo (“testimonio”) y la palabra, perseguían sobre todo “convertir” a los trabajadores, introduciéndose en su medio y adoptando sus formas de vida para ser más fácilmente aceptados y escuchados, y hacer más creíble el mensaje; a diferencia de estos, digo, el cura del que trato pretendía despertar la conciencia de clase en los nuevos compañeros de tajo y avivar su inquietud por la justa reivindicación de mejores condiciones laborales y medios de vida, con un planteamiento colectivo. Lo más seguro es que soñara también con liderar algún grupo, pues es ese un sentimiento y una aspiración de todos los que se forman en seminarios: ser dirigentes, guías o cabecillas, y no simples comparsas o elementos del montón.
               No tuvo mucho éxito la generosa decisión del clérigo. En cuanto inició la función de   adoctrinamiento y de estímulo, de toma de conciencia y de compromiso social en el círculo, pequeño, en que se vio integrado; en cuanto empezó a explicar el sentido de la lucha proletaria y la necesidad del activismo, brotó también su desengaño. Vio que no existía ese espíritu de clase y que nadie lo echaba en falta, que no se perseguía la mejora colectiva, que nadie estaba dispuesto a arriesgar su puesto de trabajo ni restar equis días de nómina por hacer un paro, etc. Notó que los obreros estaban más o menos conformes con el sistema, que no creían en el igualitarismo que el cura predicaba y, por fin, que cada uno, individualmente, tan solo aspiraba a ser como su patrón, un rico burgués; a tener un buen coche y un bonito chalet, a ir cuando quisiera a ver el Real Madrid y a pegarse unas ferias de lujo. Cada uno individualmente, digo, y a los demás, que los zurzan.
               Fracasado en su noble intento, el cura se despidió del mundo del trabajo y regresó a su altar y su confesionario, que era donde el pueblo lo quería y, seguramente, lo entendía. El pueblo, o sea, las cuatro beatas y los dos o tres idealistas de derechas que en todas partes constituyen la grey a la que apacienta un párroco.

               A mí esta historia me dijo mucho cuando me la contaron. Creo que tiene enjundia y proporciona elementos de reflexión.

martes, 6 de enero de 2015

"AD HOMINEM" (I)



               Creo que fue Alfonso Guerra el político que estrenó en su juventud, con enorme éxito por cierto, la descalificación como recurso para oponerse a los adversarios, sobre todo en mítines e intervenciones mediáticas. El presidente Adolfo Suárez se convirtió muy a menudo en la diana de sus envenenados sarcasmos: "tahúr del Mississipi, con su chaleco y su reloj", "perfecto inculto procedente de las cloacas del franquismo..., regenta la Moncloa como una güisquería", "una bailarina de pasos contrarios", etc. El objetivo de la descalificación es desprestigiar a las personas y, como consecuencia, sus ideas, sus escritos, su discurso público, sus manifestaciones y comportamientos en general, para condenarlos y darles muerte. 


http://www.correodelorinoco.gob.ve/politica/lineas-estrategicas-psuv-seran-discutidas-todos-municipios-guarico/
               La política es uno de los terrenos donde esta forma de enfrentamiento más abunda. Técnicamente, se denomina argumento “ad hominem”. Desde aquellos primeros tiempos de la presente democracia y el actual parlamento, no ha cesado de emplearse. Incluso han aparecido formas nuevas, más complejas: así, la que se designa coloquialmente como el “ventilador” o el “y tú más”. En tal modalidad, ya no se trata de que “tú” estás manchado y “yo” no, sino de que “tú” tienes más suciedad que la que dices que tengo yo.
               Dentro de la retórica clásica, el argumento “ad hominem" se considera una falacia, es decir, una herramienta de refutación inservible, que no demuestra nada, por salirse de las leyes de la lógica. No debería, pues, utilizarse en el parlamento y la discusión política, por ejemplo, donde ha de reinar por encima de todo la racionalidad y la rectitud intelectual, sin trampa ni cartón. Por desgracia, no es así. 
               Todos los partidos y organizaciones políticas acuden a la descalificación una y otra vez, sobre todo cuando la confrontación se enciende, como sucede cuando están próximas las elecciones. 
               Hace muy poco tiempo, meses, ha surgido en España un nuevo grupo, Podemos, cuyos líderes causaron sensación y desconcertaron a la vez a muchos por sus discursos; también, por los resultados del partido en las últimas elecciones europeas. Lo más característico es que se define como un movimiento singular, diferente de todos los demás partidos, a los que encierra en un único conjunto, “la casta”. Se da por supuesto  -como tantas otras cosas en Podemos-  que las ideas, las acciones, las propuestas, las actitudes… propias son las buenas, la únicas buenas, frente a las de “la casta”, absolutamente repudiables.

Continúa aquí


"AD HOMINEM" (II)

               En tal situación, y siendo además los máximos dirigentes nacionales profesores universitarios, cabría esperar una absoluta limpieza dialéctica, un respeto a la honradez intelectual, como signo y muestra del baldeo general que prometen realizar en las instituciones ahora en las corruptas manos de “la casta”. Es decir, ausencia de juego sucio al debatir, de trucos y fullerías; abandono, entre otros, del argumento “ad hominem”, como digo, tan extendido.
http://www.vertele.com/noticias/
monica-carrillo-ni-una-sola-mujer-preguntando-
a-pablo-iglesias-en-el-24-horas/
               Pero no, no ha ocurrido ni está ocurriendo así. Muy al contrario, se dice que esos dirigentes suelen acudir a las tertulias y discusiones políticas cargados (ellos o sus “colaboradores”) con abultadas carpetas de errores, sospechas, acusaciones, citas, cifras… para tirárselos a la cara a los interlocutores a las primeras de cambio, en un intento de descrédito que no se esfuerzan, parece, en disimular. Para muestra, unos botones. En una especie de mesa redonda celebrada hace unas semanas en “24 horas” de TVE, el señor Iglesias, investido ya como Secretario General de Podemos, descargó toda la artillería descalificadora que pudo y más contra uno de los periodistas, el señor Rojo, no bien había mencionado este la posibilidad de que existieran algunas irregularidades del partido con Hacienda. A partir de entonces, me he fijado y, efectivamente, he visto que el joven dirigente lleva unos folios con información sobre las personas que se le oponen o simplemente le entrevistan en el plató. Tiene, además, el señor Iglesias una tendencia a expresarse con vehemencia, ímpetu, enfado, furia, con tono de amenaza, intimidación…, cuando levanta el látigo de las descalificaciones. Incluso la postura corporal y los gestos manifiestan su actitud envalentonada: se yergue en su asiento y mira fijamente, descaradamente, a quien pretende acorralar y achicar; eleva el volumen de la voz y deja aparecer a veces algún que otro término coloquial poco elegante, de gran impacto expresivo en tal contexto, no informal.
               Excúseme el lector de no traer a esta página una batería de secuencias textuales o televisivas probatorias de lo que digo, pues alargarían en exceso la exposición. En YouTube hallará abundante material. Me limito a la síntesis a la que he llegado después de ver y oír bastantes intervenciones del personaje en los medios. Sé que corro el riesgo de que se juzguen mis afirmaciones como invenciones y acusaciones gratuitas. Si algún lector ve así las que anteceden, solo puedo decirle que mi intención no es engañar ni caer en lo mismo que critico, el argumento “ad hominem”.

(Continúa aquí)



"AD HOMINEM" (y III)


               Pretendo, además, ser imparcial, pues ya he dicho al principio que la descalificación constituye un instrumento que, mejor o peor, con mayor o menor frecuencia, manejan todos los partidos. Ocurre, sin embargo, que en el discurso del Secretario General de Podemos es mucho más visible el deseo de desprestigiar al competidor. ¿Por qué? En primer lugar, porque esa marrullería oratoria la trae hacia sí con más decisión y sin tanto disimulo como muchos de los demás grupos políticos. La prueba está en que, según parece, encargó por internet a sus seguidores que buscasen “manchas” en la trayectoria de varios periodistas y que suele ir a los estudios de televisión o radio seguido de numerosos ayudantes portando maletines de documentos “complementarios”. También destacan más en Podemos estas acusaciones deslegitimadoras por la insistencia en ellas de los representantes del partido en esta primera fase de su corta vida, dedicada al parecer a la realización de un “diagnóstico” de la situación actual del país, gobernado (o sea, malgobernado) por “la casta.
               El argumento “ad hominem” tiene un efecto colateral muy pernicioso, creo yo: hiere al contrincante como si estuvieran clavándole agujas, hace que arranque a hervir su sangre, debilita sus mecanismos de autocontrol, lo pone muy nervioso, lo incita a decir lo que no quisiera, etc. Con lo que lo esperable es que salte el resorte de la modalidad que llamamos del “ventilador” o “y tú más”. O sea, que el debate, la discusión, pasen a ser una reyerta a puros navajazos, una auténtica pelea de gallos, para vergüenza del espectador de la función y, a veces, de algún que otro participante.
               Y, como todos los comportamientos se proyectan hacia abajo (de ahí la responsabilidad de los personajes públicos de rango), el pueblo trata de copiar el modelo, mejorándolo (o sea, empeorándolo) si puede. Se llega así a la situación que suele denominarse “de crispación” generalizada. De su origen y causa (como de todo) los contrarios  se acusan mutuamente, claro está, en un clarísimo ejercicio de argumento “ad hominem”. Y así se forma el bucle de la incomunicación entre competidores y se hace imposible la leal confrontación de ideas (verdaderos argumentos) y propuestas, la negociación…, de las que estamos aquí tan faltos en todos los niveles. Y, por lo que se ve, vamos a seguir estándolo.