domingo, 28 de junio de 2015

11 DE MARZO Y 24 DE MAYO (I)


               El acto de votar, o sea, de elegir a los representantes políticos, es o debe ser una decisión racional, futo de la reflexión y la meditación, del análisis de pros y contras, del estudio de las distintas ofertas y programas, etc. No obstante, no siempre es una acción tan fría, consistente en la valoración de datos, hechos y promesas. Muy frecuentemente, resulta de una reacción emocional, una explosión pasional, en las que el comportamiento del elector procede del enfado, el odio, el afán de venganza inmediata, o bien de la euforia extrema, de la total identificación sentimental con personas o símbolos, etc.
               Se me han quedado en la memoria dos momentos de la España actual en los que el ejercicio democrático de votar ha estado contaminado emocionalmente, donde los electores han podido actuar ofuscados; los resultados han sido los que han sido, y no otros, puede que por ese motivo, junto a otros quizás. Me refiero a las elecciones generales del 14 de marzo de 2011 y a las autonómicas y municipales de mayo pasado.
               El infernal atentado de los trenes de Atocha del 11 de marzo produjo, como no podía ser de otra manera, una enorme conmoción en el alma del pueblo español, hasta el punto de dejarlo turbado, extraviado, llagado; le hizo concebir un odio y un afán de desquite y represalia, totalmente comprensibles. Bastó con que un político, aspirante a ganar en esos días, señalara como posible culpable al partido en el poder, para que el incendio interior de la nación se convirtiera en potente lanzallamas contra dicho partido, que, al final, perdió las elecciones. Tal vez nunca se sepa si en efecto fue por la explosión anímica causada por el terrible crimen colectivo de los trenes, orientada por dirigentes de la oposición. No se sabrá, creo, pues ni siquiera se sabe aún quiénes fueron los auténticos instigadores y ejecutores del desastre. Si los votantes se equivocaron o no es asunto discutible y discutido, aunque resulta innegable que el período histórico iniciado el día 14 de marzo en las urnas no fue precisamente un ascenso hacia el éxito, más bien al contrario. No sabemos si erramos aquel día, pero sí es seguro que los españoles no pudimos gozar de la necesaria serenidad para estudiar y sopesar, hacer balance y plantearnos el futuro, prescindiendo del borboteo emocional, que, como he dicho, suele nublar la vista, tanto si se mira hacia atrás como hacia adelante.

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11 DE MARZO Y 24 DE MAYO (y II)


               La segunda convocatoria a la que me quiero referir es más próxima, la correspondiente a la elección de parlamentos autónomos y ayuntamientos el día 24 de mayo. En esta ocasión, la excitación colectiva ha tenido otro motivo muy distinto, pero no menos intensidad: las consecuencias de todo tipo (económicas, sociales, políticas… y hasta culturales y morales) de la crisis, larga ya y tan dura para muchas personas, familias, colectivos… Gran parte de la ciudadanía ha llegado encrespada, desesperada, sin muchas fuerzas ni lugar a dónde acudir. Es decir, con tanta falta de equilibrio anímico como para optar, racionalmente, por un programa de gobierno determinado.

               Cuando se está tan mal, lo único que se quiere es buscar un culpable (a quien hacer pagar por tanto sufrimiento) y que vengan otros que acaben con tan desgarradora calamidad, empezando por sus supuestos causantes. ¿Qué otra cosa va a anhelar el ciudadano en tan indignantes circunstancias? ¿Y a qué otro discurso va a prestar oídos, sino al que le exprese y le prometa, repitiéndoselo hasta la saciedad, que va a satisfacer sus aspiraciones y sacarlo del pozo casi por arte de biribirloque? Y, así, casi anulado su albedrío por tan gran desesperación, ¿a quién va a votar?

               Estoy seguro de que la aparición de algunos de los nuevos partidos y su relativo premio electoral, su presencia  en cámaras autonómicas y ayuntamientos, tienen que ver con esto que digo. El futuro nos mostrará si nos hemos equivocado y en qué. Como explicación (que no, justificación), podremos aducir la poca serenidad con que, en efecto, hemos depositado los votos.

miércoles, 17 de junio de 2015

CHISTES PRIVADOS, CHISTES PÚBLICOS

               Por mor de unos chistes en una red social de unos políticos madrileños, ha saltado a los medios y está en boca de mucha gente la cuestión de la gravedad de tales tipos de historias, a las que otros califican de simple “humor negro”, carente de toda malicia. Quienes así piensan, aducen que gracietas como esas acostumbra a contarlas todo el mundo, surgen en todas las reuniones festivas en familia o entre amigos, o bien en simples encuentros de barra de bar, en los que no solamente no se castigan, sino que se retribuyen con risas y hasta carcajadas.
               Me parece a mí que, antes de valorar la aceptabilidad de dichas manifestaciones supuestamente humorísticas, es necesaria una distinción, creo que fundamental y determinante: no es lo mismo contar chistes racistas, homófobos, contra la mujer o las minorías, favorables a la violencia, etc., en privado, que hacerlo en público. Entiendo que el límite entre ambas esferas no es absolutamente nítido, pero límite hay, como se aprecia en la diferencia entre un contexto familiar y una red social o un medio de comunicación: aquel es privado sin lugar a dudas y este es claramente público. Lo esencial de la distinción no reside en el número de oyentes o lectores, sino en la naturaleza del destinatario, en correspondencia con el canal de difusión, el escenario material y social, etc., en que suceden los hechos.
               La manifestación pública se dirige, virtualmente, a la sociedad entera, pues lo que se declaró o narró en un pequeño círculo no privado, puede extenderse y extenderse, e incluso en determinadas ocasiones saltar a las redes, la prensa, etc., donde adquiere ya su auténtica dimensión social, pues ningún ciudadano queda excluido en potencia de recibir el mensaje. Más aún: la comunicación pública no solo se da en términos de generalidad, sino que establece un compromiso entre quienes hablan (o escriben) y quienes escuchan (o leen). El emisor se muestra y se define “coram populo”, firmando así un contrato tácito, por el cual acepta ser considerado como sus manifestaciones determinen, según los principios y normas éticas vigentes. En consecuencia, la sociedad actuará de la manera que corresponda.
               Las sociedades occidentales se fundan, entre otros, en los llamados “derechos humanos”, cuyo valor como criterio de moralidad social es indiscutible. Este valor pasa unas veces a las leyes y otras solo actúa como patrón de legitimidad u honradez. En cualquier caso, si un individuo exhibe un discurso y un comportamiento públicos, en los que se afrentan algunos de los derechos humanos, que cimentan, como queda dicho, nuestra sociedad, es lógico, esperable y justo que la sociedad lo señale, lo estigmatice y lo excluya, con una reacción paralela a la ofensa. Esto es, como suele decirse, de libro.
               En conclusión, no digo yo que vayan a meter en la cárcel a Zapata, concejal madrileño triste y ampliamente conocido por sus chistes públicos, ni a los demás tuiteros ahora elevados a la categoría de ediles. Pero sí comprendo e incluso apoyo, basándome en lo expuesto, que se pida la dimisión y se les descalifique y se les considere personas no aptas para ser representantes de los españoles.

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